jueves, 2 de septiembre de 2010

QUINIELA por David Pérez Vega.


O como aquella mañana de sábado en que E. V.
se baja las gafas negras de resaca y dice: "tengo que
dejar el alcohol y las drogas, estoy viendo un elefante"
y es cierto, sonambulismo de un elefante de circo por
el Paseo de Goya, parece seguirnos como flotar en
un charco gris cuando entramos en la tienda
de quinielas. Pero este sábado por la mañana
un año después no hay elefante y sí las mismas
gafas negras de resaca de E. V. y mi dolor de cabeza
y piernas; sueño náusea y resaca, y la total
ausencia de esperanza de que vaya a tocarnos
la quiniela. Pero quedamos para marcar X
en el lomo del azar igual que otros quedan para
pasear al perro o tomar una cerveza, y unir
sus casualidades, ambiciones, proyectos o la ausencia de ellos.

Siempre son los mismos rostros desolados el sábado
por la mañana en la tienda de quinielas:
la embarazada polaca, los africanos moros y negros
con posos de marfil en la mirada, el pescadero del mercado
con su delantal viscoso, la chacha cubana, el tonto sin memoria
que se equivoca, el jubilado a muerte, el currante de la peña,
la muda distancia de la pareja de adolescentes.
Es evidente que los banqueros no creen en las quinielas.

Saludos, chapurreos de español, voces, empujones y
fútbol:
rostro del azar en un bombo de gomina y calzoncillo.

Le digo a E. V. que lea La Broma de Kundera.
Los chicos de la resaca nos situamos en la fila,
que ya sale a la calle, detrás de la pareja
de adolescentes, que ni ven elefantes como
charcos grises tras gafas de resaca, ni hablan de Kundera.

Un autobús verde se detiene, espera, y se marcha vacío.


David Pérez Vega, del poemario Móstoles era una fiesta (inédito).

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