lunes, 7 de enero de 2013

NACERÁN DOS HIJOS by Ricard Millàs


Tus manos son dos llamas dibujando una historia en la pantalla en blanco. Tus dedos le quitan el sujetador a la inspiración. La madre loba te enseña la teta y comienzas a mamar de ella. Escribes. Escribes toda la mierda que se te pasa por la cabeza y descubres que el milagro y la magia follan en el techo de tu habitación. Sus jadeos son la batalla que Beethoven libró en su propia cabeza. Luchando contra las partituras. Blandiendo semicorcheas en el vacío que sentía cuando no escribía. La música se escribe. La escritura se convierte en música mientras tus dedos se convierten en un destello con las luces apagadas.

Te rodeas de inspiración; zombis falangistas comiéndose a docenas de rojos, compositores ahogados en bañeras de hotel,… Mamar de un pecho te regala unos segundos más de tu existencia. Eres lo que nunca quisiste ser. El camino te eligió a ti. Bebes en un charco de sangre y nadie te mira. Y qué más da; Beethoven seguirá escupiendo en un pentagrama electrificado.

Cierras la luz. Te están espiando. La guerra civil Z te está afectando más de la cuenta; una plaza de toros repleta de muertos sedientos de carne Roja. Sedientos de la carne de los Rojos. La falange vuelve para atormentarte en la medianoche del diablo. Quince años despertándote a la misma hora. El reloj sonríe desde la cómoda. Te mira directamente a los ojos y se burla de tu cara y de tu afán de superación. El Diablo empieza a darte un poco de pena. No crees demasiado en Dios, pero morirías dos veces por verlos a los dos en un ring de boxeo. Sería el evento del año. Todas las entradas vendidas. Cinco trillones de invitados en Facebook. Eventos evangélicos. Eventos deportivos. Dios y el Diablo dándose lo suyo en la lona. Sí. Y todo con algo de Beethoven brotando de los altavoces del subconsciente.

Tus dedos golpean las teclas en la medianoche del diablo. Dios se convierte en Kate Upton y te besa detrás de la oreja. Sabes que es un hombre pero te dejas hacer. Repito: Dios se convierte en Kate Upton. Aporreas las teclas y lloras sangre y enciendes un cigarrillo eterno mientras tus pulmones son una discoteca en llamas. Te levantas y abres la luz del baño. Te cepillas los dientes con la poca cordura que te queda. Escupes toda la autoayuda que has podido tragar con los libros de James Ellroy. La novela negra ha cortado la soga con unas tijeras de podar cada vez que has tratado de poner punto y aparte al parpadeo de tus ojos. No existe un fin. No hay puntos finales. Toda esa basura que te contaron de la muerte es mentira. Vivirás durante mucho tiempo; nacerán dos hijos por cada vez que tus manos han follado con el teclado. 


Ricard Millàs, del blog Palabras bajo las sábanas.

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