Mostrando entradas con la etiqueta la polla. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta la polla. Mostrar todas las entradas

lunes, 19 de septiembre de 2011

EGO TE ABSOLVO. Patxi Irurzun


Las clases comenzaban con un padrenuestro y un diostesalvemaría. Después tocaba lenguaje, matemáticas y al mediodía religión. Las clase de religión las daba un cura de los de siempre que nos hacía aprender de memoria el catecismo, los mandamientos y nos enseñaba que había pecados de tercera división, como pelear con los compañeros o no hacer la tarea, de segunda, como mentir o sisarle de la cartera a la mamá, y de primera, que eran unos pecados terribles y que se llaman pecados mortales como insultar a Dios, matar o pasar un año entero sin confesarse. Los pecados mortales no tenían perdón y te llevaban directamente al infierno. Los otros no contaban si luego te confesabas.

-Nuestro corazón está limpio- decía aquel cura-, pero con cada pequeño pecado, por ejemplo, con cada palabrota, lo ensuciamos un poco y se va volviendo negro como el carbón, así que de vez en cuando tenemos que confesarnos para lavarlo y volverlo a tener limpio, como le gusta a Dios- de modo que aquello de confesarse era como una tintorería para el alma y lo único malo eran los pecados mortales, que no se iban ni frotando con lejía.

Recuerdo que una mañana, tras el padrenuestro y el diostesalvemaría, al santigüarme me toqué entre las piernas ("en el nombre del pijo", dije) y que mi compañero de pupitre, que me vio, dijo que aquello era pecado mortal.

El mundo se me vino abajo. Me sentía la persona más malvada del mundo. Pensaba que me iban a echar del colegio. Desconfiaba de mi compañero porque creía que se iba a chivar. Tampoco podía pedirle ayuda a Dios porque era precisamente a él a quien había ofendido. Hubiera deseado morirme pero tampoco podía porque iría a parar directamente al infierno. Nunca hasta entonces había querido y a la vez había aborrecido tanto mi vida.

Los miércoles por la tarde tocaba confesarse. Nos bajaban a la iglesia y, sentados junto a los confesionarios, esperábamos nuestro turno haciendo una lista mental de los pecados que ennegrecían nuestro corazón. Cuando te tocaba te acercabas al locutorio, le decías “Ave María Purísima” a unos ojos que olían a menta, recitabas la lista de pecados y después una voz cavernosa soltaba cuatro latinajos y te mandaba rezar varios padrenuestros, dependía de si tus pecados eran de tercera o de segunda división; luego cumplías la penitencia arrodillado en algún banco de la iglesia y entonces ya podías morirte tranquilamente porque como tenías el corazón limpio ibas al cielo (o sea que los mejores días para morirse eran los miércoles a partir de las seis y los peores también los miércoles pero antes de las seis). Resultaba todo muy sencillo. Aquella tarde, sin embargo, no se trataba de un pecado de tercera o de segunda división, sino de un pecado mortal, y cuando fuí a confesarme mi voz daba volteretas por el miedo.

-He... he pegado a mi hermana pequeña - empecé-, le he robado un caramelo a mi otra hermana, he insultado a Dios y a mi hermano, he desobedecido a mi madre y no he hecho los problemas de matemáticas.

Hubo un silencio que duró siglos. Después aquellos dos ojos con olor a menta dijeron “bien” y comenzaron a soltar aquella parrafada que no entendía. Mientras lo hacían yo me deshacía de miedo.

-Dos padrenuestros y dos diostesalves- sentenció, sin embargo, la voz.

Comencé a incorporarme para ir a todo meter a rezar la penitencia pero en ese momento la voz volvió a hablarme; no podía ser todo tan fácil.

-Ah- dijo, y comprendí que alguien tan malvado como yo no merecía tal suerte-. Y a ver si te portas un poco mejor en casa hijo, que no cuesta nada- añadió.-Puedes irte.

Y por supuesto que me fuí. A toda mecha. Recé las oraciones y salí dando botes de la iglesia. La vida era maravillosa. La vida sería maravillosa mientras pudieras sentirte limpio y bueno vomitando tus pecados en un confesionario.

Después de las clase de religión, al mediodía, tocaba ciencias y sociales y luego a comer a casa. Por la tarde había gimnasia o pretecnología y también misas, catequesis para la primera comunión, cosas por el estilo. Las clases acaban con un padrenuestro y un diostesalvemaría.


Patxi Irurzun, "La polla más grande del mundo, y otros 69 cuentos" (Baile del sol, 2007)

viernes, 21 de enero de 2011

BSO. Patxi Irurzun



Lo recuerdo. Recuerdo aquel disco de Platero y Tú, sonando una y otra vez en la vieja furgoneta de Josema. Recuerdo llos vasos vacíos y los ceniceros llenos en la cocina de Maider, allá en Beasain, por la mañana. Recuerdo a Body Count en los bares de macarras. Las botellas de sidra en el gaztetxe de Ordizia. Los marianitos con Patxi. Y a Silvia, paseando el perro, de gau-pasa. Recuerdo el beso que nunca me atreví a darle, el olor a hierba de su pelo, la carta que le escribí, el dibujo que ella hizo en su respuesta. Recuerdo que nunca volvimos a saber el uno del otro. Recuerdo a María tirada en mitad de la carretera de Leitza. A Alphablondy en la playa de Carraspio. Recuerdo a Mikel tiritando la noche que llegamos, en taxi, después de que la furgo de Iñigo se quedara tirada bajando Lizarrusti. Cómo le dejé mi chupa, mientras miraba de reojo las cicatrices de su cara. Recuerdo que nunca condenaron al hijoputa que le disparó el bote de humo a un metro de distancia. Lo recuerdo dándole una y otra vez la vuelta a la cinta de Patagonia, el día de la madre de todas las borracheras, allá en Lekeitio. Recuerdo muy bien aquel verano loco y alcohólico.
Recuerdo "Esta es una noche de rocanrol", de Barricada, en casa de Alfredo, como paseábamos por Villava persiguiendo a dos chicas de las que, una vez que las encontrábamos, nos escondíamos, muertos de vergüenza.
Recuerdo aquel concierto de reaparición de La banda Trapera del Río en Arrasate. A Mintxo, bebiendo vasos de leche, y a todos los camellos que le entraban justo entonces, que había ingresado en Proyecto Hombre. Recuerdo a Josema meando por la ventanilla, mientras conducía a toda hostia y en el loro sonaba AC/DC. Recuerdo aquel concierto en Barcelona. Y aquel trompo volviendo de un concierto de La Polla en Aoiz después de que las novias nos dejaran a los tres a la vez. Recuerdo a Los Calis, y a Sabina, mientras Migueltxo conducía por carreteras oscuras e interminables de la Ribera, en silencio.
Recuerdo la voz rota y desesperada de Janis Joplin en los walkman, aquel día de reyes que me extirparon el tumor. Recuerdo a todos los amigos que vinieron a verme al hospital. Y el cuaderno en el que empecé a escribir "Cuestión de supervivencia", que entonces se titulaba "La virgen puta". Recuerdo las cintas de Metallica que me dejaba Mikel, el pelos, en aquel turno de noche de 12 horas en la fábrica, justo antes de que cayera enfermo.
Recuerdo los bares jevis del casco viejo de Iruña con Yoli. Y aquellos besos interminables en el Kayak. Recuerdo a los Red Hot Chili Peppers en el asiento de atrás del coche. Recuerdo "Solidaritiy " aquella canción lenta de los Angelic upstars, que yo sabía que era un presagio. Recuerdo que la oí el día que cumplí 19 y conocí a Maite. Recuerdo los caracoles azules de su pelo, su sonrisa, su culito respingón, sus celos enfermizos, las llamadas a casa. Recuerdo lo valiente y lo fuerte que era. Recuerdo cómo la esperaba a la puerta del supermercado, muerto de frío, oyendo a Sanchís y Jocano. Recuerdo "Críme nes perfectos", de Calamaro, y pienso en todas las otras chicas que nunca llegué besar, Cristina y la pupa de su nariz, Nerea y sus hermosas cartas...
Recuerdo a Baldin-Bada en el Bar Lacalle de Jarauta. Los empujones. El olor a cerveza y serrín. Los pelotazos de la policía contra la persiana. Las miradas cruzadas de punta a punta de la barra. Aquella rubita de primero, en Irubide, que apoyó su cabeza en mi hombro mientras Gari cantaba "Aitormena", lo bonita que era y lo joven que me parecía, a mi que ya estaba en tercero.
Recuerdo a Belladona en un concierto de Aste Nagusia, en Donosti, mientras dormíamos en la playa y la gente nos tiraba botellas, nos llamaba "piesnegros". Recuerdo el sabor del colacao con agua, y el calor de las rejillas de los aparcamientos...
Me recuerdo a mi mismo tumbado en el cuarto, a oscuras, otra vez Calamaro "Otra vez a brindar con extraños". Recuerdo a toda la gente que ha pasado por mi vida, recuerdo las fábricas, la universidad, los euskaltegis, los fanzines... Gracias a la música, lo recuerdo todo.

Patxi Irurzun

Este cuento forma parte de "La polla más grande del mundo y otros 69 cuentos". Patxi Irurzun. Baile del sol (2007)

viernes, 15 de octubre de 2010

LA TINTORERÍA DEL ALMA. Patxi Irurzun


Las clases comenzaban con un padrenuestro y un diostesalvemaría. Después tocaba lenguaje, matemáticas y al mediodía religión. Las clase de religión las daba un cura de los de siempre que nos hacía aprender de memoria el catecismo, los mandamientos y nos enseñaba que había pecados de tercera división, como pelear con los compañeros o no hacer la tarea, de segunda, como mentir o sisarle de la cartera a la mamá, y de primera, que eran unos pecados terribles y que se llaman pecados mortales como insultar a Dios, matar o pasar un año entero sin confesarse. Los pecados mortales no tenían perdón y te llevaban directamente al infierno. Los otros no contaban si luego te confesabas.

—Nuestro corazón está limpio –decía aquel cura–, pero con cada pequeño pecado, por ejemplo, con cada palabrota, lo ensuciamos un poco y se va volviendo negro como el carbón, así que de vez en cuando tenemos que confesarnos para lavarlo y volverlo a tener limpio, como le gusta a Dios– de modo que aquello de confesarse era como una tintorería para el alma y lo único malo eran los pecados mortales, que no se iban ni frotando con lejía.

Recuerdo que una mañana, tras el padrenuestro y el diostesalvemaría, al santigüarme me toqué entre las piernas (“en el nombre del pijo”, dije) y que mi compañero de pupitre, que me vio, dijo que aquello era pecado mortal.

El mundo se me vino abajo. Me sentía la persona más malvada del mundo. Pensaba que me iban a echar del colegio. Desconfiaba de mi compañero porque creía que se iba a chivar. Tampoco podía pedirle ayuda a Dios porque era precisamente a él a quien había ofendido. Hubiera deseado morirme pero tampoco podía porque iría a parar directamente al infierno. Nunca hasta entonces había querido y a la vez había aborrecido tanto mi vida.

Los miércoles por la tarde tocaba confesarse. Nos bajaban a la iglesia y, sentados junto a los confesionarios, esperábamos nuestro turno haciendo una lista mental de los pecados que ennegrecían nuestro corazón. Cuando te tocaba te acercabas al locutorio, le decías “Ave María Purísima” a unos ojos que olían a menta, recitabas la lista de pecados y después una voz cavernosa soltaba cuatro latinajos y te mandaba rezar varios padrenuestros, dependía de si tus pecados eran de tercera o de segunda división; luego cumplías la penitencia arrodillado en algún banco de la iglesia y entonces ya podías morirte tranquilamente porque como tenías el corazón limpio ibas al cielo (o sea que los mejores días para morirse eran los miércoles a partir de las seis y los peores también los miércoles pero antes de las seis). Resultaba todo muy sencillo. Aquella tarde, sin embargo, no se trataba de un pecado de tercera o de segunda división, sino de un pecado mortal, y cuando fuí a confesarme mi voz daba volteretas por el miedo.

—He… he pegado a mi hermana pequeña – empecé–, le he robado un caramelo a mi otra hermana, he insultado a Dios y a mi hermano, he desobedecido a mi madre y no he hecho los problemas de matemáticas.

Hubo un silencio que duró siglos. Después aquellos dos ojos con olor a menta dijeron “bien” y comenzaron a soltar aquella parrafada que no entendía. Mientras lo hacían yo me deshacía de miedo.

—Dos padrenuestros y dos diostesalves– sentenció sin embargo la voz.

Comencé a incorporarme para ir a todo meter a rezar la penitencia pero en ese momento la voz volvió a hablarme; no podía ser todo tan fácil.

—Ah– dijo, y comprendí que alguien tan malvado como yo no merecía tal suerte-.Y a ver si te portas un poco mejor en casa hijo, que no cuesta nada– añadió–. Puedes irte.

Y por supuesto que me fuí. A toda mecha. Recé las oraciones y salí dando botes de la iglesia. La vida era maravillosa. La vida sería maravillosa mientras pudieras sentirte limpio y bueno vomitando tus pecados en un confesionario.

Después de las clase de religión, al mediodía, tocaba ciencias y sociales y luego a comer a casa. Por la tarde había gimnasia o pretecnología y también misas, catequesis para la primera comunión, cosas por el estilo. Las clases acaban con un padrenuestro y un diostesalvemaría.


De La polla más grande del mundo y otros 69 cuentos (Baile del sol, 2007)

http://ajustedecuentos.blogspot.com

sábado, 11 de septiembre de 2010

PEDOS DE COLOR DE ROSA. Patxi Irurzun



Todavía hoy, después de tanto tiempo, cuando me levanto de madrugada para ir a la fábrica y te veo ahí, tumbado a mi lado, cuando veo tu espalda desnuda hinchándose y deshinchándose, me cuesta creer que te haya tenido a mi lado durante toda la noche, y pienso que eres como un pequeño planeta que respira e insufla con su respiración la mía. Miro tu pelo desordenado y todo se ordena en mi interior, me acerco a tus labios y huelo tu aliento, y descubro en él el olor de las cosas pequeñas, domésticas, que se hacen grandes porque las compartes conmigo: el último cigarro, el último café antes de acostarnos, esa muela podrida que podías ir de una vez a sacarte, cabrón, las bufas que te tiras y que hueles, metiendo tu cabezota debajo de las sábanas. Dicen que una pareja está verdaderamente unida cuando supera "la prueba del pedo", cuando uno de los dos miembros de la misma tiene la suficientemente confianza para tirarse el primer y sonoro pedo. Tú debes de pensar que no hay nadie en el mundo tan unido como nosotros.
Recuerdo cuando te conocí, aquel verano, en la playa, cómo entonces ya cada mañana espiaba tus rutinas y pensaba que ello me hacía formar parte de ellas, cómo te veía llegar por el malecón, desenredándote el árbol pulmonar con las caladas del primer cigarrillo, cómo escupías sus esquejes podridos al mar, cómo extendías tu toalla sobre la arena y te rascabas los huevos antes de quitarse la camiseta. Y recuerdo que entonces todo aquello me gustaba, quizás porque a continuación, cuando te desnudabas, yo imaginaba que lo hacías sólo para mí, que si yo lo deseaba podría acercarme, apoyar mi cabeza sobre aquel torso moreno, y que tú atusarías mi cabello de manera que con cada una de tus caricias todas mis preocupaciones se esfumaran.
En aquella época de mi vida tenía la sensación de estar siempre esperando algo que nunca llegaría, a alguien que me amara... Tal vez por eso cuando quise despejar la duda de saber si tú podrías haber llegado a fijarte en mí lo hice de una manera tan rocambolesca. Hubiera sido tan fácil acercarme hasta ti, en aquella playa y preguntártelo... Pero busqué alguien que conociera a alguien que conociera a alguien que te conociera, y así conseguí tu dirección, y te escribí, y esperé, por pura rutina, porque pensaba que tú nunca responderías y esa sería una forma más de seguir esperando.
Tú , sin embargo, respondiste.
-Me gustó que hicieras complicado algo que podía ser tan aburridamente sencillo- dijiste.
Y la verdad es que si, que a ti te encanta complicar las cosas, siempre te las arreglas para que te echen de todos los trabajos, o para mear en la tapa de la taza, o para seguir durmiendo a pierna suelta mientras yo me levanto para ir al trabajo.
Creo que, de todas maneras, incluso si no tuviera que levantarme cada mañana para ir a la fábrica, si no tuviera que soportar a todos esos borrachos que regresan tambaleándose a casa y me piden fuego mientras espero tiritando al autobús, me levantaría igualmente de madrugada y miraría tu espalda, que lo haría sólo para sentir ese agradable hormigueo que me provoca pensar cuánto te quiero y cuánto te odio, cuánto me gustaría asesinarte con un beso en la nuca, recostarme sobre tu torso desnudo y comerte el corazón, que lo haría para acompasar mi respiración con la tuya y sentir que sigo viva, que todavía tengo paciencia para esperar a que alguien me ofrezca un poco de su amor.

De La polla más grande del mundo y otros 69 cuentos (Baile del Sol, 2007)

sábado, 19 de junio de 2010

PEDOS DE COLOR DE ROSA. Patxi Irurzun




Todavía hoy, después de tanto tiempo, cuando me levanto de madrugada para ir a la fábrica y te veo ahí, tumbado a mi lado, cuando veo tu espalda desnuda hinchándose y deshinchándose, me cuesta creer que te haya tenido a mi lado durante toda la noche, y pienso que eres como un pequeño planeta que respira e insufla con su respiración la mía. Miro tu pelo desordenado y todo se ordena en mi interior, me acerco a tus labios y huelo tu aliento, y descubro en él el olor de las cosas pequeñas, domésticas, que se hacen grandes porque las compartes conmigo: el último cigarro, el último café antes de acostarnos, esa muela podrida que podías ir de una vez a sacarte, cabrón, las bufas que te tiras y que hueles, metiendo tu cabezota debajo de las sábanas. Dicen que una pareja está verdaderamente unida cuando supera "la prueba del pedo", cuando uno de los dos miembros de la misma tiene la suficientemente confianza para tirarse el primer y sonoro pedo. Tú debes de pensar que no hay nadie en el mundo tan unido como nosotros.
Recuerdo cuando te conocí, aquel verano, en la playa, cómo entonces ya cada mañana espiaba tus rutinas y pensaba que ello me hacía formar parte de ellas, cómo te veía llegar por el malecón, desenredándote el árbol pulmonar con las caladas del primer cigarrillo, cómo escupías sus esquejes podridos al mar, cómo extendías tu toalla sobre la arena y te rascabas los huevos antes de quitarse la camiseta. Y recuerdo que entonces todo aquello me gustaba, quizás porque a continuación, cuando te desnudabas, yo imaginaba que lo hacías sólo para mí, que si yo lo deseaba podría acercarme, apoyar mi cabeza sobre aquel torso moreno, y que tú atusarías mi cabello de manera que con cada una de tus caricias todas mis preocupaciones se esfumaran.
En aquella época de mi vida tenía la sensación de estar siempre esperando algo que nunca llegaría, a alguien que me amara... Tal vez por eso cuando quise despejar la duda de saber si tú podrías haber llegado a fijarte en mí lo hice de una manera tan rocambolesca. Hubiera sido tan fácil acercarme hasta ti, en aquella playa y preguntártelo... Pero busqué alguien que conociera a alguien que conociera a alguien que te conociera, y así conseguí tu dirección, y te escribí, y esperé, por pura rutina, porque pensaba que tú nunca responderías y esa sería una forma más de seguir esperando.
Tú , sin embargo, respondiste.
-Me gustó que hicieras complicado algo que podía ser tan aburridamente sencillo- dijiste.
Y la verdad es que si, que a ti te encanta complicar las cosas, siempre te las arreglas para que te echen de todos los trabajos, o para mear en la tapa de la taza, o para seguir durmiendo a pierna suelta mientras yo me levanto para ir al trabajo.
Creo que, de todas maneras, incluso si no tuviera que levantarme cada mañana para ir a la fábrica, si no tuviera que soportar a todos esos borrachos que regresan tambaleándose a casa y me piden fuego mientras espero tiritando al autobús, me levantaría igualmente de madrugada y miraría tu espalda, que lo haría sólo para sentir ese agradable hormigueo que me provoca pensar cuánto te quiero y cuánto te odio, cuánto me gustaría asesinarte con un beso en la nuca, recostarme sobre tu torso desnudo y comerte el corazón, que lo haría para acompasar mi respiración con la tuya y sentir que sigo viva, que todavía tengo paciencia para esperar a que alguien me ofrezca un poco de su amor.

Patxi Irurzun
http://ajustedecuentos.blogspot.com

Este cuento pertenece al libro La polla más grande del mundo y otros 69 cuentos (Baile del sol) y ha sido publicado en el número 8 de la revista Groenlandia.

miércoles, 9 de junio de 2010

GATOMAQUIA. Patxi Irurzun


Esos que dicen que nosotros, los gatos, tenemos siete vidas no han debido viajar mucho, al menos no por carreteras comarcales. En esas carreteras estrechas y curvilíneas como serpientes venenosas no hay rayas que separen los carriles pero de vez en cuando alguno de nuestros hermanos aparece estampado en el asfalto por las ruedas de algún dominguero. Desde luego mucho más a menudo que los tímidos erizos, que rara vez acostumbran a cruzar la carretera. Tal vez gracias a eso, mientras que ver uno de nuestros cuerpos despanzurrados lo que debe provocar, además de repugnancia, es frases como: “Bueno, todavía puede resucitar seis veces”, el atropello de uno de ellos, un erizo, es capaz de inspirar un hermoso poema, como el de Atxaga.*

Yo es que soy un gato muy leído. Siempre se habla de los ratones de biblioteca, pero los ratones no leen los libros, sólo usan sus tapas para afilarse los dientes y sospecho que en épocas de hambruna hasta se zampan algún que otro soneto, según delata el regusto a papel de alguno de los que, cada vez con más dificultad, todavía soy capaz de cazar.

Paso estos mis últimos días de gato artrítico en una escuela abandonada, como todas las escuelas rurales, entre cuyos escombros florecen los viejos y olvidados libros que releo y cuyas páginas me transportan a otras etapas de mi vida, todas ellas quemadas, desperdiciadas por culpa de mis veleidades intelectuales que me abocaron estúpidamente a la contemplación y el celibato, y cuyos rescoldos me queman ahora el alma.

No siempre fuí , de todas maneras, un viejo gato de pueblo. Mis primeros recuerdos son las paredes de una caja de galletas en la cual me trasladaron siendo sólo una bolita de pelos palpitantes, hasta el urbanita hogar de mis primeros, y únicos, dueños, quienes me pusieron por nombre Pelusa, que era el apodo de un futbolista muy famoso por entonces, con una cabellera oscura como la mía y que, al parecer, manejaba el balón con la misma gracia con la que yo jugueteaba con lo ovillos de lana.


Con el paso del tiempo también pude haberme convertido en un drogadicto, como aquellos gatos de mi infancia que me invitaban desde el callejón a sus correrías y a los que acompañé más de una vez, con los que me revolqué enloquecido por la tierra de los descampados, después de haber mascado arbustos mágicos, a los que lamí las heridas que les abrían los perros guardianes de los chalets en los que entrábamos a rondar a lindas siamesas, con los que compartí las raspas de pescado y los trozos de pizza de los contenedores…


Pero una noche, al rasgar una de aquellas bolsas de basura, se postraron a mis pies los cadáveres de seis mininos recién nacidos y un escalofrío recorrió mi columna vertebral, replegándola como un muelle que me impulsaba de vuelta a casa, de donde decidí no volver a salir y escuchar las aventuras salvajes con las que mis compañeros me tentaban desde el callejón y con cuyos mimbres urdía historias que les contaba de madrugada desde el alfeizar y con las que me gané su respeto, haciéndoles olvidar lo que en realidad era, un gato timorato que vivía mi vida a través de las suyas.

Había días, sin embargo, en los que sentía un impulso irresistible que me pinchaba entre las patas para volver a las calles con mis amigos, pero conseguía aplacarlo frotándome sobre los jerseys de lana de mis amos, u orinándome en sus cortinas, lo cual, lo reconozco, no era el comportamiento propio de un gato instruido como yo, pero que no podía evitar, pues obedecía a una fuerza superior a mí y que a la postre terminó por expulsarme de aquel lugar. El olor de mis hormonas quizás resultara irresistible para las lindas gatitas, pero a los humanos les repelía hasta tal punto que decidieron cortarlo de raíz, situando la raíz a la altura exacta de mis testículos.

Me convertí de esa manera en un gato redoblado en su tamaño y en su carácter huraño. Ya ni siquiera encontraba un desahogo en contar historias a mis congéneres a la luz de la luna, sólo era capaz de disipar el recuerdo de la dolorosa castración volviendo a mascar hojas, esta vez las de ciertas plantas de interior, que resultaron ser las favoritas de la señora de la casa, lo cual propició mi salida de la misma. Ya no era aquella preciosa bolita de pelos que cabía en una caja de galletas sino un monstruoso gato cascarrabias.

Fue de esa manera, en fin, como di con mis huesos en este pueblo, en el cual la familia pasa los veranos y me deja a mi y mis libros los inviernos, y en el que me encaminó sin remisión hacia una muerte, una única muerte, preguntándome si, de ser cierto, aceptaría esas siete vidas y estas serían suficientes para amar a todas la gatitas, para embarcarme en todas las aventuras que desperdicié o si, por el contrario, se trataría de una condena, de siete condenas, crueles y lentamente dolorosas.


*Gatomaquia es uno de los cuentos que ilustró en su día Exprai para una columna semanal en prensa y que ha comenzado a colgar en su blog: http://exprai.blogspot.com. Además, aparece en el libro "La polla más grande del mundo" . Exprai señala en su blog que hay una traducción al castellano del poema del erizo de Atxaga aquí

sábado, 10 de enero de 2009

La polla de Baco (El laberinto de Noé)


Patxi Irurzun (Iruña, 1969) fue el primer cuentista del mes en este Laberinto y, lo que es más, fue el primer post de este blog dedicado al cuento. ¿Por qué? Porque leí uno de los cuentos de este libro y me quedé de piedra; porque luego buceé en Internet y descubrí una serie de cuentos que me mostraban a un hombre sensible, cachondo, irónico (inteligente, pues) y comprometido (socialmente, ¿o debería decir antisocialmente?), un cuarto de cada, que conforman un narrador singular.
Como dice nuestro común amigo David González en el prólogo, en este libro de cuentos tienen cabida desde tiernas historias de amor (achispadas con esa gota de esencia del autor) hasta realismo sucio del más abismal; tiene cuentos inmersos en la corriente del realismo mágico del boom latinoamericano y cuentos de pura denuncia social (crítica irónica).
Es curioso lo que podemos saber de un autor al leer sus narraciones porque, aunque él diga no ser autobiográficos, muchos de estos cuentos destilan humores (generalmente etílicos) de su infancia y juventud.
No busque el lector una unidad temática en este libro de cuentos, no la hay. El lector debe prepararse para saltar de un relato con crítica social a otro colmado de ironía y desde éste a uno que versa sobre la infancia y acabar en uno completamente subversivo. Eso si no se dan los cuatro elementos a la vez (como, por ejemplo, en “Retrato de familia” o en “La ciudad del futuro”).
Me gustan especialmente varios relatos (no loas enumero todos): “El pan nuestro de cada día”, “Anticuento de navidad número un millón”, “La leyenda del perro errante”, “B.S.O.”, “Buzón de voz”, “Ángeles en el infierno”, “Melancolía otoñal” o, el antes mencionado, “Retrato de familia”. Cada uno tiene algo de lo que busco en un buen cuento, un alma propia que comulga cuando lo leo con la mía.
La polla más grande del mundo (y otros 69 cuentos) es un libro recomendable, divertido, desengrasante; que muestra a un narrador muy inteligente, que domina recursos propios del cuento, que encuentra el tono apropiado que atribuir al narrador en cada relato, y que no duda en poner la ironía y el cachondeo al servicio de la causa en iguales proporciones a las de la sensibilidad melancólica de los recuerdos en otros cuentos.
Antes de terminar de hablar de este libro debo desvelar una obsesión que puede que ni el mismo Patxi sepa que tiene. Se trata de la “Chica del tiempo”, esa maciza que enfocan siempre de muslos hacia arriba, con buenas peras y ceñido pantalón.A Patxi le pone. A quién no.




Esteban Gutiérrez Gómez, (BACØ), 2009

sábado, 20 de diciembre de 2008

100.000 pollas


100.000 visitas ha alcanzado este fin de semana el blog La polla más grande del mundo. La mayoría de ellos, seguramente, pajilleros, que caen en la página tras teclear en el Google "polla" y salen de ella tan deprisa como entran, pero entre todos ellos más de uno -y una, me consta- también se ha detenido a leer las andanzas de la estrella del porno (amateur) Dick Grande. Os dejo con un fragmento del último capítulo. ¡Y a por las 200.000! P.

KEBAB Y MIERDA EN LA PLAÇE VENDOME

Después, estuve varios días a dos velas, sin apetito (sexual, quiero decir, en lo que se refiere al otro me inflé a kebabs por lo garitos turcos y griegos del Barrio Latino, madre, qué cosa más rica y qué suerte la mía, porque era lo más barato que se podía comer y a mí los ahorrillos que me había ganado a golpe de escobón en Pamplona, comenzaban a esfumárseme –y es que por aquella época, con lo que te dejabas en un kebab en París podías pagarte un primer plato en las Pocholas o en el Hartza-).

Todo apuntaba, pues, a que mi aventura parisina había sido un fiasco, yo me había plantado en el centro del mundo creyéndome el dueño de la polla más grande y más bonita y más todo del mundo, la más valiosa, la que me iba a quitar de pobre, y había resultado que el centro del mundo era mi propio ombligo, o más bien, lo que había bajo él, y por una vez no estoy hablando de mi pito, sino de ese estómago maleducado y gritón que tenía la fea costumbre de reclamar comida todos los días. Ni siquiera mi aventurilla con Clotilde había conseguido consolarme, supongo que porque ella no era Amelie, sino una comepollas de Ribaforada, y para ese viaje – Ribaforada estaba a solo 100 kilómetros de Pamplona, a donde, por cierto, todo apuntaba que tendría que volver ahora con el rabo duro y entre las piernas- para ese viaje, decía, no hacían falta tantas alforjas.


-Jodidos alemanes- me repetía, aunque yo también tenía mi parte de culpa, uno no podía fiarse de alguien que lleva calcetines de monte debajo de las sandalias.


Para colmo, cuando volvió a ponérseme tiesa no conseguí más que frotarme con las carnes fofas de un vejestorio, una actriz, gloria nacional venida a menos, y más loca que un rebaño de cabras triscando marihuana.


Pasó casi una semana hasta que me armé de valor necesario para llamar al director de porno blando del que me había hablado Clotilde. Durante ese tiempo, además de cambiarme de pensión, de Montmartre a una por la zona de Pigalle, con baño compartido y unas paredes tan finas que no solo filtraban el sonido de los pedos de los otros inquilinos sino también su olor, me dediqué a hacer turismo, me convertí, primero en eso que los gabachos llamaban un flanneur, un paseante, y luego en un clochard, un mendigo.

sábado, 18 de octubre de 2008

SEXO PIRATA (La polla más grande del mundo).


Tras varias semanas sin subir ningún capítulo, Dick Grande, el autor del blog La polla más grande del mundo, vuelve a la carga... Nada, ni las amenazas de sindicatos de barrenderos, las hordas ultracatólicas ni los zombis chinos (de todos ellos ha recibido amenazas en el blog) puede con él. P.

SEXO PIRATA

Así fue como acabé en París, con un calcetín de lana, cuanto más picajosa mejor, embutido en la polla y quemándome el culo al calor de una de esas inevitables chimeneas que aparecen en las pelis de porno blando, que tuve que rodar para ganarme la vida una vez que los alemanes y la chocholoco de su hija desaparecieron a la francesa, precisamente, a los dos semanas de llegar a la ciudad de la luz.

La verdad es que París no fue ninguna fiesta, o desde luego no una fiesta como yo la había imaginado, una orgía sin fin en la que un desfile de mujeres vestidas solo con una gota de Channel 5 me chupaban el nabo como si bebieran a morro una botella de Don Perignon y, después, cuando eructaban la espuma decían oh la la. No, al poco de llegar a la ciudad se le fundieron todas las bombillas, al menos allá por donde yo pasaba, y tuve que buscarme la vida en lo oscuro: tocando canciones de los Gipsy Kings en el metro o cascándomela en los sex-shop de Pigalle delante de cuatro viejos verdes.

Resultó duro, pero aguanté, fui fuerte, un emigrante orgulloso, como los magrebís que me encontraba esperando para cagar en el baño común de las pensiones de mala muerte en que me alojaba, que en verano volvían a sus casas como auténticos príncipes, con las bacas de sus coches repletas de regalos. Yo, como ellos, solo regresaría a casa convertido en un rey, el rey del porno (amateur). Aunque, pensándolo bien, en realidad a mí en Pamplona nadie me esperaba, ni a nadie le había importado una mierda que me hubiera ido de la ciudad, tan solo mi madre, que cuando se lo dije (no le dije, claro, que iba a rodar películas picantes, como las hubiera llamado ella , sino a hacer de Pato Donald en Eurodisney) contestó:

-Ay, hijo, tú siempre has sido un poco ganso. Pero mejor, así sales de una vez de tu habitación, todo el día viendo esos vídeos asquerosos o escuchando a esos melenudos...

En cuanto a mis compañeros del grupo, no me despedí de ellos, la verdad es que hacía ya mucho tiempo que ni siquiera ensayábamos y yo comenzaba ya a notar que ellos renegaban del heavy metal, se daban cuenta de que en la calle la gente se reía a nuestras espaldas, de que el parche de Edi, el monstruo de Iron Maiden cosido a la espalda de la chupa vaquera, ya no asustaba ni a los niños de teta... Yo mismo estaba ya un poco cansado de todo aquello, de quitar pelos por la mañana en la ducha, de las afonías que me provocaba poner voz de pito al cantar, de que me tirara la sisa de los elásticos, a mí, una estrella del porno que debía cuidar sus huevos como si fueran de porcelana china.

No me costó nada, en definitiva, abandonar mi vida, mi trabajo, el grupo, ni siquiera los fritos del Cordobilla, y plantarme en París. Los pornógrafos alemanes me alojaron en una pensión, en Montmartre, repleta de parejitas de turistas y con las paredes de pladur, a través de las cuales yo comprobaba que aquella ciudad era la capital del amor, al menos para los que estaban en ella de paso, pues sus gemidos, chirriar de somieres, golpes del cabecero de la cama, no me dejaban dormir. Una noche, incluso, tuvimos que salir al pasillo porque a un gilipollas romántico se le ocurrió encender en la habitación media docena de velas, que debía de haber robado en la Saint Chapelle o el Sacre Coeur, y una de ellas prendió en el colchón...

Recuerdo que mientras los bomberos apagaban el fuego nos hicieron esperar abajo, en el comedor y allá estaban todas las parejitas, que habían tenido que salir por patas de sus habitaciones, medio desnudos, envueltos en las sábanas, y que estas les delataban, estaban llenas de corronchos, sudor, sangre, lefa, todo un mapamundi en el que seguir el rastro a las pasiones humanas... A la chica en cuya habitación había comenzado el incendio, ni siquiera le había dado tiempo para coger algo con lo que taparse, había salido al pasillo en sujetador y con unas bragas diminutas y temblaba como una hoja agitada por el viento (yo no sé si era que no conseguía sacarse el miedo del cuerpo o que se había dado cuenta de repente de que su novio era un lelo y un sinsorgo que había estado a punto de matarla), daba igual en realidad a mí solo me interesaba la pequeña mancha húmeda que había dibujada en aquella braguita, no podía apartar la vista de ella, y se me empezó a poner tiesa, "no, ahora, no", me decía, pues a la mañana siguiente tenía que rodar la primera escena de la nueva película, y además en cualquier momento tendría que levantarme, y resultaría difícil ocultar mi erección descomunal bajo la manta-como dormía en bolas solo me había dado tiempo a cubrirme con ella-.

-No, por favor- me repetía, pero no podía dejar de mirar aquella mancha en la braguita, como una perla resplandeciente colocada sobre el cofre del tesoro, ni de pensar que hacía solo unos minutos la chica había estado haciendo el amor con su novio, que era medio gilipollas, esa chica necesitaba alguien que la pusiera caliente de verdad, que en lugar de encender cuatro velitas, la hiciera arder por dentro, alguien que le diera un buen meneo, que le dijera, déjate de moñadas, olvídate de París porque yo voy a ponerte mirando a Cuenca, eso era lo que tenía ganas de hacer yo, me imaginaba entrando al abordaje en sus cama arrebatándole aquella joya entre sus piernas temblorosas, follándomela salvajemente, como un pirata cruel que después de que se corriera se comería su corazón todavía caliente, y después volvería a follármela, y ella volvería a correrse y yo a follármela otra vez, así hasta que solo quedara su calavera, y entonces todavía me la follaría una vez más, se la metería por el hueco de uno de los ojos y por el otro ella derramaría su última perla de flujo vaginal.

Ah, aquella chica me estaba poniendo muy bruto, la verdad, palote perdido, y tenía que hacer algo, así que ahuequé la manta, como si fuera una tienda de campaña y comencé a sacarle brillo a mi sable, con disimulo, mientras todos los demás se paseaban nerviosos, y los bomberos entraban y salían del hotel, mejor, cuanto más jaleo mejor, nadie se iba a dar cuenta, pensaba, pero justo cuando sentí que miles de hormigas carnívoras me mordían los cojones, la chica volvió la cabeza hacia mí y clavo sus ojos en los míos, justo en el momento en que me desangraba con un chorro de esperma tan abundante que hubiera servido para apagar las llamas de la habitación en que había comenzado todo.

Por un momento me quedé helado, paralizado, pero de repente ella, en mitad del fuego, y el frío, y la incertidumbre, sonrío entre tímida y picarona, apenas fue un segundo, después giró de nuevo la cabeza y la apoyó en el hombro de de su novio, el pirómano, el romántico, el gilipollas, y volvió a temblar y a gimotear, regresó resignada a su vida anterior, probablemente sin saber que me había proporcionado uno de los mejores orgasmos de la mía.