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lunes, 7 de febrero de 2022

EL MERODEADOR: Prólogo.



(O una ventana que se abre a una vida ajena)

Hace tiempo que reflexiono sobre la naturaleza de los prólogos y su importancia, así que cuando comencé a pensar en la obra de Vicente Muñoz lo hice desde el convencimiento de que un prólogo no hace mejor un libro (al igual que una crítica, sea de quien sea, no nos engañemos), en contra de lo que se crea en algunos círculos, pero sí puede hacerlo peor, no cabe duda, así que asumí el reto de intentar que estas líneas no desluzcan la obra que preceden.

Vicente Muñoz Álvarez es uno de esos autores que requieren de pocas explicaciones a priori, pues su identidad literaria está más que definida y una larga lista de títulos lo avalan, creando así una trayectoria firme y una obra consistente como pocas lo son en gente de su edad (muchos son los casos de autores que no entienden el ritmo propio que sustenta el mundo literario y que se dejan llevar por las prisas o el exceso de sed de notoriedad, y es exactamente en esto donde Vicente Muñoz se distancia y con enorme perspectiva sabe que es una carrera de fondo este universo literario, y que a cada libro pone una baldosa más para sus seguidores y quizá para su camino de retorno, nunca se sabe).

El autor de este merodeador posee una innata capacidad para narrar escenas de la vida cotidiana, algo que inexorablemente lo une a la corriente realista; Eloy Fernández Porta ya incide sobre la peculiar percepción del mundo de Vicente Muñoz en el prólogo de Golpes. Ficciones de la crueldad social (edición de Vicente Muñoz Álvarez y Eloy Fernández Porta, Barcelona, DVD, 2004) y lo sitúa como uno de los cultivadores del nuevo realismo en España; “obsesivo” y “bernhardiano” son otras de las características por él señaladas, y aunque sí hay mucho de esto en la obra de Vicente Muñoz Álvarez, existen en ella muchas cosas más, como ahora veremos detenidamente.

Poeta de la conciencia, autor adscrito al nuevo realismo, poeta intimista, editor de fanzines… quizá estemos ante uno de los autores más camaleónicos en los tiempos que corren, y esa conjunción de géneros y estilos le hacen a su vez más equilibrado para el lector, más cercano también, capaz de contar con precisión cualquier tipo de situación. Esta conjunción estilística y de maneras de contar se puede ver con claridad en su libro Perro de la lluvia (Irún, Iralka, 1997); allí, un compendio desmesurado de formas narrativas toman forma y viajan de la más cristalina realidad al delirio sin mostrar fragilidad alguna, consistente siempre, mostrando un dominio del arte de la narrativa propio de los grandes del género, grande también en cuanto que es capaz de reírse de su propia vida. Los que vienen detrás (Barcelona, DVD, 2002) cuenta con todo lo ya mencionado (como es propio de todo autor de voz reconocible) e inaugura una de las “marcas de la casa” en la obra de Vicente Muñoz Álvarez: la fusión de prosas e ilustraciones en un mismo libro (un magistral Miguel Ángel Martín pone rostro e imágenes a las narraciones); éste es, sin duda, uno de los libros más significativos en la bibliografía del autor y, por qué no decirlo, en el nuevo realismo español del s.XXI.

Pero hablar de Vicente Muñoz no es hacerlo solo de prosa, es también hablar de poesía. Privado (Tenerife, Ediciones de Baile del sol, 2005) es una magnífica antología que recoge la esencia poética del autor y da testimonio de su capacidad para redescubrirse y mostrar bien una conciencia social admirable, bien un estilo exteriorista, bien un lirismo que arranca de lo más hondo para llegar a lo más hondo del lector, algo que experimenta también en Parnaso en llamas (Tenerife, Ediciones de Baile del sol, 2006). Canciones de la gran deriva (Gijón, Ateneo Obrero de Gijón, 1999) y 38 Poemash (León, Vinalia bolsillo, 2000) ya habían mostrado los distintos perfiles del autor, pero en la mencionada antología una nueva identidad, oculta bajo el título “vidas paralelas”, se aproxima con tanta consistencia que uno no puede más que sorprenderse ante tanta capacidad de innovación y a su vez tanto dominio del ritmo narrativo.

Vicente es, además, motor de proyectos como Tripulantes. Nuevas aventuras de Vinalia Trippers (Eclipsados, 2007), Resaca/Hankover (Caballo de Troya, 2008), 23 Pandoras. Poesía Alternativa española (Baile del sol, 2009), Beatitud. Visiones de la Beat Generation (Baladí, 2011) o El descrédito. Viajes narrativos en torno a Louis Ferdinand Céline (Lupercalia, 2014). La vinculación de Vicente Muñoz a estos proyectos colectivos dice mucho de sus intenciones literarias, de esa necesidad de mostrar al público a aquellos autores a los que considera cerca y de devolver a la literatura lo que ésta le da cada día en forma de atinadas invitaciones al lector.

El merodeador es uno de esos libros en los que el lector puede verse reflejado, en él puede sentir que observa tras una ventana las aventuras y desventuras vividas por el protagonista del mismo, como si de un mirón se tratara, sintiendo el corazón palpitar a cada instante ante la siguiente página. Ese reflejo se deriva de una sensación que le recorre de principio a fin, como si reconociera con claridad el tono, como una canción que conoce y no puede dejar de tararear, un grato aroma que reconforta, una canción que dice amor (y desamor), desasosiego (y paz) y ternura (y desolación).

El lector se va a sumergir en un espacio en el que ya habitan autores como Pavese, Castaneda, Bernhard (sí, sí, sí), Osho, Céline, Unamuno (también), Pascal… y este hecho y pluralidad en el uso de las citas no hace más que definir la propia identidad de Vicente Muñoz Álvarez, abierto siempre a todo aquel que diga algo y lo diga bien, expuesto sin recelos a todas las tendencias y a todos los vaivenes de la propia vida. Y en él también habita Pessoa, y con él su desasosiego, el mismo o uno semejante al que domina el libro, el que introduce al lector sin previo aviso en una cadencia musical de sentimientos. Este tono constante no termina con la última de las páginas del libro, pues su estructura circular le llevará de nuevo a la primera página, a la primera cita, a la primera presencia.

Para aquel que sea amante de las clasificaciones y que no pueda soportar la presencia de la duda antes de iniciar la lectura de un libro, debo añadir que nos encontramos ante una novela, compuesta de capítulos que podrían ser leídos de forma independiente, eso sí. En ella el autor parece distanciarse de la acción a través de la voz de su narrador (en tercera persona), pero no debe engañarnos este juego de manos, pues no es otra cosa que convertirse a sí mismo en personaje, capaz de ficcionar su propia vida. Esta distancia es una de las características propias de los autores exterioristas, aquellos que pueden narrar aspectos vividos con una mirada casi ajena, de aquel que presencia la escena pero no la vive, de un mirón, de un merodeador. El uso puntual de la inicial como muestra de identidad asume la presencia de otros autores y otras lecturas en la propia obra (otras visitas); Kafka, Blanchot, Auster… desfilan por estas páginas y nos ayudan a entender la cadencia del desasosiego, el tono constante del que vive y es observado. Una vida para ser observada, una ventana para entender una vida. ¿Alguien será capaz de no mirar?

Ignacio Escuín Borao

Tercera edición revisada, a la venta en LcLibros:



sábado, 8 de enero de 2022

SOBRE EL MERODEADOR



El merodeador es un itinerario a los mundos de las psicopatías, neurosis y obsesiones, de las que, en mayor o menor medida, solemos ser víctimas la mayoría de los que hoy habitamos un mundo preñado de ansiedades, propicio a generarlas... La maestría de la que hace gala el autor en el empleo de diversas técnicas literarias, permiten que este libro fantasmal se convierta a los ojos del lector en una pequeña joya literaria que se lee, quizás con desazón, pero de un tirón.

Franciso Martínez Bouzas

En 114 páginas y 18 ‘capítulos’ nos encontramos un universo mágico en el que caben todas y cada una de esas, cómo diría, cuestiones raras que muchas veces nos asolan: manías que una y otra vez vuelven a nosotros, angustias sin sentido y sin explicación, temores a esas voces que creemos oír, todos tenemos algo de hipocondríacos, muchos pensamientos que nos asaltan pero no nos atrevemos a expresar en voz alta… Pues bien, todo esto lo encontramos en El merodeador; escrita con firmeza, con fuerza y con voz alta y diáfana. Vicente Muñoz tiene la habilidad de transmitirnos todo un conjunto de angustias y zozobras que, a medida que vamos leyendo, somos capaces de somatizar.

Paco Marín

El merodeador: literatura funámbula entre la locura y la calma, de continente helado e interior infernal, que se lee de una sentada y permanece con nosotros —igual que los maullidos de esos gatos abandonados— durante mucho tiempo.

Elena Medel

La primera vez que leí El Merodeador de Vicente Muñoz Álvarez algo estalló en mi cabeza. En ese libro estaban reflejados mis miedos, mis neuras, mis dudas, mis desengaños, mis incapacidades… Aunque todas esas experiencias eran de Vicente, tuve la impresión de que estaba hablando de mis propios sentimientos. Y es que Vicente consigue transmutarse en el lector que le está leyendo, creando una simbiosis perfecta entre ambos, un baile pactado en el que los bailarines se acoplan con refinamiento y elegancia. Leer este libro fue una experiencia fabulosa que siempre he guardado con especial cariño.

Pepe Pereza

El merodeador es un libro inquietante, angustioso diría yo, en el que, relato a relato, se va resolviendo un puzle que conforma una obra coral, casi una novela. A medida que avanzan las historias en el libro, aumentan las pulsiones, el desencanto, la melancolía, la locura. El mundo obsesivo de un escritor se muestra con la crudeza natural de la realidad vivida, porque ese mundo obsesivo, es el mundo según la cabeza del propio autor... El poder de su descripción, profusa y lenta, consigue imágenes que el lector no podrá borrar de su cabeza jamás.

Esteban Gutiérrez Gómez

Es quizá su obra con más capas, la que más nos permite proyectarnos como lectores, apoyándonos en el nervio de sus páginas para construir nuestro propio nervio. Entre la autobiografía y la ficción, los relatos de El merodeador son la descripción de la quiebra mental de un escritor, un recorrido peligroso por ese filo de lo imposible que los creadores solitarios deben atravesar para alcanzar la autonomía creativa.

Inma de Arcos

Hoy he empezado El merodeador, a esa hora de comer cuando no se tiene hambre y no se distingue mucho si el sol sube o baja... si la luz entra o huye. Y me atrapó completamente, no lo solté hasta las últimas palabras "resuenan sus pasos dentro, atravesando lentamente el pasillo" y oí ese crujido penetrar desde las montañas y las grietas de ésta vieja casa e instalarse aquí y volver a pasar las páginas de El merodeador en una especie de atemporalidad y lava.

Mareva Mayo

Un libro poderoso, que conmociona, que entrecruza los estados de ánimo del autor y el lector, con toda la naturalidad del sentimiento, real o ficticio, que más da. Tremendamente interesante.

Ramón Guerrero

Alrededor de El merodeador crecen enredaderas que desde nuestros pies ascienden hasta lo más profundo de nuestro cerebro y corremos el riesgo de que se mantengan allí mucho tiempo, tirando de nosotros hacia el suelo primigenio de nuestros más ocultos miedos y fobias.... Un libro muy recomendable de uno de los adalides del underground literario en España. La oportunidad de leer buena literatura alejada de los ya ajados caminos del mainstream, literatura en estado puro, como un golpe directo a la mandíbula.

Pablo Malmierca

El lector de El merodeador, de Vicente Muñoz, se va a ir sumergiendo, sin apenas darse cuenta, en ese desasosiego inmanente que vive el protagonista de este magnífico libro, para convertirse en observador de quien se siente observado.

José G. Cordonié

Vicente Muñoz Álvarez. Literato de los que construye, día a día, desde hace muchos, el vocabulario anímico y sensorial de toda una generación. El merodeador. Una de sus más jugosas obras. La Ilíada del creador actual. La Odisea del escritor contemporáneo, en lucha continua con sus propios fantasmas con la sola intención de alcanzar algún día esa Ítaca en que, sueña, le espera la calma del abrazo amado. Vicente logra, una vez más, tocar con cada palabra la cuerda de las emociones, para arrancarle arpegios de vida.

Pablo Cerezal

Antaño me parecía éste el mejor libro de Vicente Muñoz y, releído hoy y aunque es difícil escoger entre su obra, me sigue pareciendo el mejor, el más personal.

José Ángel Barrueco

Este pequeño libro encierra algunos de los relatos más inteligentes, sensitivos y maduros que ha dado la literatura independiente nacional de la mano de Vicente Muñoz. Acercarse a El merodeador es hacerlo a toda una tradición de la literatura que él conoce tan bien, la de la angustia, el miedo atávico y el dolor de existir. Reivindico como receptor y apasionado lector esta colección introspectiva de relatos fantasmales que es El merodeador.

Julio César Álvarez

Tras leerlo, ese merodeador me recuerda al "infierno son los otros" de Sartre, pues ese "merodeador" no deja de ser " el otro", el que deambula a nuestro alrededor y que en ocasiones se confunde con "el infierno soy yo mismo ". Una lectura recomendada, donde el ser es la Nada y el Todo, la esencia de lo que se es y de lo que permanece en nosotros.

Pedro Gascón

¿Por qué maldito motivo no leo a autores contemporáneos?. Es lo que me recrimino cuando llega a mis manos un libro como éste. En estos tiempos de novelas "al peso" de no menos de 900 páginas, aquí un buen ejemplo de contenido contra continente. Pequeña pero contundente obra de un gran desconocido. Desconocido porque los grandes van solos por el desierto o la penumbra.

Max Benítez

Lo sublime de los románticos, el misterio de Poe, el martirio continuo del narrador... Relatos cortos que inquietan, que sobrecogen, que atrapan... Una catarata de sentimientos con forma de dietario para una novela de introspección y búsqueda de respuestas.

Josu Bustinzulu

El merodeador nos deforma la cara al vernos en el espejo, pero también nos enseña la puerta de salida, nos acerca al abismo para atraparnos y abrazarnos al último momento. Nos hace más humanos que nunca y a la vez nos saca del mundo. Vicente parafrasea acertadamente a Omar Kayyan: “el Cielo y el Infierno están en ti”. Cada uno hará su propia lectura. La mía, particularmente, ha sido de un 10.

Estelle Talavera Baudet

El merodeador es uno de esos libros en los que el lector puede verse reflejado, en él puede sentir que observa tras una ventana las aventuras y desventuras vividas por el protagonista del mismo, como si de un mirón se tratara, sintiendo el corazón palpitar a cada instante ante la siguiente página. Ese reflejo se deriva de una sensación que le recorre de principio a fin, como si reconociera con claridad el tono, como una canción que conoce y no puede dejar de tararear, un grato aroma que reconforta, una canción que dice amor (y desamor), desasosiego (y paz) y ternura (y desolación).

Ignacio Escuín Borao

Tercera edición revisada,
ya la venta en LcLibros:



martes, 14 de diciembre de 2021

EL MERODEADOR: Ya a la venta en LcLibros.



El merodeador
describe una visión: la de un narrador enfrentado en soledad a sus propios fantasmas.

Durante casi una década, huyendo del esplín de la ciudad, viví en viejas casas de pueblo aisladas y me dediqué, entre otras cosas, a escribir una ficción relacionada con mis percepciones y experiencias de ese cambio de entorno y lapso de vida, cuando menos, alienante y confuso. Lo que en principio iba a ser un retiro creativo y una expansión sensorial, se convirtió paulatinamente en una especie de laberinto de tinieblas y cárcel de sombras que, finalmente, me forzó a regresar de nuevo a la ciudad…

Novela fragmentada y en construcción, diario existencial, monólogo interior, libro de ensueños… El merodeador narra el desasosiego bernhardiano de aquellos días y la sensación de vaciamiento y deriva, de extrañamiento, que a partir de entonces se hizo habitual en mí.

Vicente Muñoz Álvarez,
de El merodeador
(LcLibros, 2021)

Ya a la venta (en papel y en ebook) en la web de la Editorial:




Portada y booktrailer por Marlus Leon

lunes, 21 de octubre de 2019

SOBRE EL MERODEADOR




El merodeador es un itinerario a los mundos de las psicopatías, neurosis y obsesiones, de las que, en mayor o menor medida, solemos ser víctimas la mayoría de los que hoy habitamos un mundo preñado de ansiedades, propicio a generarlas... La maestría de la que hace gala el autor en el empleo de diversas técnicas literarias, permiten que este libro fantasmal se convierta a los ojos del lector, en una pequeña joya literaria que se lee, quizás con desazón, pero de un tirón. 

Franciso Martínez Bouzas 

En 114 páginas y 18 ‘capítulos’ nos encontramos un universo mágico en el que caben todas y cada una de esas, cómo diría, cuestiones raras que muchas veces nos asolan: manías que una y otra vez vuelven a nosotros, angustias sin sentido y sin explicación, temores a esas voces que creemos oír, todos tenemos algo de hipocondríacos, muchos pensamientos que nos asaltan pero no nos atrevemos a expresar en voz alta… Pues bien, todo esto lo encontramos en El merodeador; escrita con firmeza, con fuerza y con voz alta y diáfana. Vicente Muñoz tiene la habilidad de transmitirnos todo un conjunto de angustias y zozobras que, a medida que vamos leyendo, somos capaces de somatizar. 

Paco Marín 

El merodeador: literatura funámbula entre la locura y la calma, de continente helado e interior infernal, que se lee de una sentada y permanece con nosotros —igual que los maullidos de esos gatos abandonados— durante mucho tiempo. 

Elena Medel 

La primera vez que leí El Merodeador de Vicente Muñoz Álvarez algo estalló en mi cabeza. En ese libro estaban reflejados mis miedos, mis neuras, mis dudas, mis desengaños, mis incapacidades… Aunque todas esas experiencias eran de Vicente, tuve la impresión de que estaba hablando de mis propios sentimientos. Y es que Vicente consigue transmutarse en el lector que le está leyendo, creando una simbiosis perfecta entre ambos, un baile pactado en el que los bailarines se acoplan con refinamiento y elegancia. Leer este libro fue una experiencia fabulosa que siempre he guardado con especial cariño. 

Pepe Pereza 

El merodeador es un libro inquietante, angustioso diría yo, en el que, relato a relato, se va resolviendo un puzle que conforma una obra coral, casi una novela. A medida que avanzan las historias en el libro, aumentan las pulsiones, el desencanto, la melancolía, la locura. El mundo obsesivo de un escritor se muestra con la crudeza natural de la realidad vivida, porque ese mundo obsesivo, es el mundo según la cabeza del propio autor... El poder de su descripción, profusa y lenta, consigue imágenes que el lector no podrá borrar de su cabeza jamás. 

Esteban Gutiérrez Gómez 

Es quizá su obra con más capas, la que más nos permite proyectarnos como lectores, apoyándonos en el nervio de sus páginas para construir nuestro propio nervio. Entre la autobiografía y la ficción, los relatos de El merodeador son la descripción de la quiebra mental de un escritor, un recorrido peligroso por ese filo de lo imposible que los creadores solitarios deben atravesar para alcanzar la autonomía creativa. 

Inma de Arcos 

Hoy he empezado El merodeador, a esa hora de comer cuando no se tiene hambre y no se distingue mucho si el sol sube o baja... si la luz entra o huye. Y me atrapó completamente, no lo solté hasta las últimas palabras "resuenan sus pasos dentro, atravesando lentamente el pasillo" y oí ese crujido penetrar desde las montañas y las grietas de ésta vieja casa e instalarse aquí y volver a pasar las páginas de El merodeador en una especie de atemporalidad y lava. 

Mareva Mayo 

Un libro poderoso, que conmociona, que entrecruza los estados de ánimo del autor y el lector, con toda la naturalidad del sentimiento, real o ficticio, que más da. Tremendamente interesante. 

Francisco Ramón Hermando Guerrero 

Alrededor de El merodeador crecen enredaderas que desde nuestros pies ascienden hasta lo más profundo de nuestro cerebro y corremos el riesgo de que se mantengan allí mucho tiempo, tirando de nosotros hacia el suelo primigenio de nuestros más ocultos miedos y fobias.... Un libro muy recomendable de uno de los adalides del underground literario en España. La oportunidad de leer buena literatura alejada de los ya ajados caminos del mainstream, literatura en estado puro, como un golpe directo a la mandíbula. 

Pablo Malmierca 

El lector de El merodeador, de Vicente Muñoz, se va a ir sumergiendo, sin apenas darse cuenta, en ese desasosiego inmanente que vive el protagonista de este magnífico libro, para convertirse en observador de quien se siente observado. 

José G. Cordonié 

Vicente Muñoz Álvarez. Literato de los que construye, día a día, desde hace muchos, el vocabulario anímico y sensorial de toda una generación. El merodeador. Una de sus más jugosas obras. La Ilíada del creador actual. La Odisea del escritor contemporáneo, en lucha continua con sus propios fantasmas con la sola intención de alcanzar algún día esa Ítaca en que, sueña, le espera la calma del abrazo amado. Vicente logra, una vez más, tocar con cada palabra la cuerda de las emociones, para arrancarle arpegios de vida. 

Pablo Cerezal 

Antaño me parecía éste el mejor libro de Vicente Muñoz y, releído hoy y aunque es difícil escoger entre su obra, me sigue pareciendo el mejor, el más personal. 

José Ángel Barrueco 

Este pequeño libro encierra algunos de los relatos más inteligentes, sensitivos y maduros que ha dado la literatura independiente nacional de la mano de Vicente Muñoz. Acercarse a El Merodeador es hacerlo a toda una tradición de la literatura que él conoce tan bien, la de la angustia, el miedo atávico y el dolor de existir. Reivindico como receptor y apasionado lector esta colección introspectiva de relatos fantasmales que es El Merodeador. 

Julio César Álvarez 

Tras leerlo, ese merodeador me recuerda al "infierno son los otros" de Sartre, pues ese "merodeador" no deja de ser " el otro", el que deambula a nuestro alrededor y que en ocasiones se confunde con "el infierno soy yo mismo ". Una lectura recomendada, donde el ser es la Nada y el Todo, la esencia de lo que se es y de lo que permanece en nosotros. 

Pedro Gascón 

El merodeador es uno de esos libros en los que el lector puede verse reflejado, en él puede sentir que observa tras una ventana las aventuras y desventuras vividas por el protagonista del mismo, como si de un mirón se tratara, sintiendo el corazón palpitar a cada instante ante la siguiente página. Ese reflejo se deriva de una sensación que le recorre de principio a fin, como si reconociera con claridad el tono, como una canción que conoce y no puede dejar de tararear, un grato aroma que reconforta, una canción que dice amor (y desamor), desasosiego (y paz) y ternura (y desolación). 

Ignacio Escuín Borao 

Como en El crack-up, de F. Scott Fitzgerald, Vicente Muñoz Álvarez narra en El merodeador un estado mental al borde de la quiebra. Y como Winesburg, Ohio, de Sherwood Anderson, y tantos otros grandes libros de relatos, también El merodeador puede y debe leerse como un todo que multiplica el sentido de cada una de sus narraciones, en una estructura circular y autorreferente. 

José Marzo 

Lo sublime de los románticos, el misterio de Poe, el martirio continuo del narrador... Relatos cortos que inquietan, que sobrecogen, que atrapan... Una catarata de sentimientos con forma de dietario para una novela de introspección y búsqueda de respuestas. 

Josu Bustinzulu 

El merodeador nos deforma la cara al vernos en el espejo, pero también nos enseña la puerta de salida, nos acerca al abismo para atraparnos y abrazarnos al último momento. Nos hace más humanos que nunca y a la vez nos saca del mundo. Vicente parafrasea acertadamente a Omar Kayyan: “el Cielo y el Infierno están en ti”. Cada uno hará su propia lectura. La mía, particularmente, ha sido de un 10. 

Estelle Talavera Baudet




domingo, 7 de enero de 2018

BREVE HISTORIA DE LA VIDA INCIERTA por ERNESTO COBOS



Supe de la existencia de un autor llamado Pablo Cerezal por una reseña que éste había hecho de una novela de Vicente Muñoz Álvarez. En aquel tiempo, yo gestionaba un espacio en la red junto a otros tres compinches, un espacio dedicado a dar un espacio en el mar bravío de la red, a autores, pintores y músicos del océano mediático que nunca habían gozado de un espacio para enseñar sus trabajos. Vicente Muñoz Álvarez había accedido, dada su inefable humildad, a compartir con nosotros algunos fragmentos de su poesía, lo que nos llenó de orgullo y optimismo. Todo este contacto se gestionó a través de una red social que ya todos sabéis cual es. Hurgando un poco, precisamente en esta red social, un buen día me encontré con esa reseña que había hecho Cerezal de “El merodeador”, una novela que iba poco a poco captando cada vez más mi atención cuando algún que otro fragmento se publicaba en la susodicha red social. Y fue así como llegué, un día cualquiera, a aquella bellísima reseña del libro de Muñoz Álvarez. Aquellas palabras, como los fragmentos del autor de El Merodeador, calaron muy hondo en mi alma. Hacía años que no leía a autores contemporáneos. No sabría decir por qué. Y las palabras tan sinceras, tan desprovistas de artificios, directamente clavadas en el corazón de un solitario hablando de las vicisitudes de tantos anónimos, me emocionaron hasta las lágrimas. Así, finalmente, acabé leyendo aquella obra de aquel buen hombre, tan desconocido para el gran púbico. Un ilustre desconocido más. Algo había cambiado en mi interior, y había cambiado para siempre.

El libro de Vicente y las palabras acerca de aquella novela que Cerezal tan bien había entendido me llevaron a mi primera Juventud, a mis primeras lecturas, cuando con ansiedad abría esas obras que abrieron unas puertas que jamás volvieron a cerrarse. Con casi cuarenta tacos a mis espaldas y un par de infiernos vividos y sufridos, supe que ya no estaba solo. Una vez más, y veintipico de años después, supe que ya no estaba solo. Como en aquellas primeras lecturas, como cuando leí por primera vez aquel maravilloso capítulo de la novela de Ernesto Sabato “querido y remoto muchacho” volví, de manera despiadada, sin anestesia que es realmente de la manera que se aborda una lectura de estas características a leer compulsivamente, pero ahora a autores contemporáneos.


Luego, tuve la oportunidad de intercambiar unas palabras con ambos en un local de Madrid, en el aniversario de un fanzine en el que uno colaboraba y otro era uno de sus fundadores. Tener enfrente a un par de tipos que han conseguido emocionarte de tal manera nunca es tarea fácil a la hora de entablar una conversación, de manera que nuestra breve conversación quedó (como suele pasar) en un par de lugares comunes. Sin embargo, algo había pasado en mi interior. Las cosas importantes siempre se debaten en el interior y lo que vemos es tan solo una costra.

Pasó cerca de un año y yo estaba muy ocupado en uno de los libros que a duras penas, conseguí publicar en las plataformas de autoedición: yo también tenía mucho que decir. Entonces supe que Pablo iba a publicar un nuevo libro. Breve historia del circo era el nombre. En esos días yo estaba sumergido en Manhattan transfer, de John Dos Passos. Quise alternar ambas lecturas hasta que, en el libro de Cerezal, leí lo siguiente:

Las nubes ronronean
Un torpe maullido de humedad
Y la tierra crepita libido
Con tonada de tormenta inminente
Que ansía devorar
Los puestos callejeros
Toman nota de los cielos
Y comienza su agria danza
De pan de ayer y de fruta fea
Y mercadería en desbandada

Amas de casa recuerdan
Haber olvidado
En la quietud sospechosa de la cocina
La nota que les recordaría cuantos tomates precisa
El guiso que al día siguiente alimente a la familia

Un cancionero culpable
De brazos esclavos de bolsas
Demandan abolición de taxis
Desdibujando sombras a la orilla
De caminos calles y calzadas

Boliches peluquerías colmados
Inician naufragio en perfiles
Que no quieren dar la cara
A la meteorología fiera
De nubes que han de sembrar rastro

Yo añoro el caldo de nube
Que me aderece la calma
Con que paseo las calles
De la ciudad y la nada

Entonces abandoné al gran Dos Passos. Las palabras de Cerezal me transportaron a mi propia vida. A mis casi dos años en el país andino vecino en el que Pablo sitúa sus tribulaciones con la cincelada de la poesía desprovista de artificios. La prosa poética de Pablo, sin esperármelo puesto que hasta el momento yo sabía muy poco de la materia que erguía su libro, despertaron los fantasmas de los recuerdos de mi vida en aquel otro país, aquella otra tierra a la que me había embarcado con tantos proyectos, con tanta ilusión, con tantas ganas de pelear por algo distinto. Lloré largo y tendido al acabar el libro, aunque ahora, ya no sabría decir si fue por el gran retrato anímico de Cerezal o por mis propias tribulaciones. Pero acaso nada de eso importe. Lo que realmente era vital, es algo tan simple como redundante si se quiere: creía haber leído a un autor y en realidad estaba frente a un escritor. Pero tampoco era esto.

Pablo Cerezal no era un autor ni un escritor ni un poeta. Era mi hermano, y tuve que leerlo para tener conciencia de ello. Cerezal era uno de los grandes sin que ni él mismo lo supiera, como suele suceder con los escritores a diferencia de los autores de género que persiguen la aprobación y el éxito. Se trata de algo tan íntimo, que ni siquiera el propio escritor llega a saberlo. Y esto es lo que lo engrandece.

Qué puedo añadir después de esto? Muy poco y mucho al mismo tiempo. Puede que sea más bien un deseo: que alguien pueda experimentar lo que yo al leer esta gran obra de este autor vallecano que (afortunadamente?) no goza de los mimos de la prensa mediática.

PD: Que no pase mucho tiempo más hasta tu próximo descubrimiento.

Hasta siempre, comandante.


Ernesto Cobos, en Crónica de un hombre invernal.


martes, 7 de junio de 2016

EL MERODEADOR según PABLO CEREZAL



ME VA LA VIDA EN ELLO

Despertar sin haber descansado, preparar una generosa cantidad de café, sentarse frete al teclado, perder un rato leyendo titulares, recordar aquella palabra inicial, sorber el café, encender un cigarro, contemplar el humo, escribir la palabra, luego otra, elegir algo de música que ahuyente el silencio, dar fin a una frase, tumbarse a pensar, quedar levemente amodorrado, recuperar la vigilia con una idea entre los labios de la mente, sentarse de nuevo frente al teclado, escribir siendo consciente de que ya has cambiado las palabras que tan exactamente modelaban esa idea de la que querías dejar noticia, contrariarse, ofuscarse, encender otro cigarro... 

Contemplar cómo el reloj anuncia horarios propicios para el sueño, desnudarse, lentamente, frente al espejo del cuarto de baño, dirigirse a la cama, profanar su vientre de algodones y color desvaído, estirar el cuerpo y escucharlo quejarse de tantas horas encorvado frente al teclado, cerrar los ojos, pensar en aquella frase que no acertaste a componer, esa idea que no lograste expresar, sentir el pánico de tu difícil situación económica, también personal, pensar en el modo de seguir adelante, escuchar los bostezos de la casa en silencio, dar vuelta hacia un lado, pensar que deberías levantarte y abrir las puertas a los fantasmas que te persiguen, terminar ese texto que nadie te pagará pero en el que te va la vida como le irá, quieres soñar, a alguien, algún día, cuando tu libro esté impreso y encuentre en sus páginas esa revelación que a ti hoy se te escapa.

La vida de escritor no es bella, ni buena. El mundo oprime. El mundo nos exprime. A todos. También a los escritores. Nunca llegaremos a nada. Tampoco deseamos llegar a ningún lugar más allá de la siguiente página. He ahí el drama. Porque lo es, doy fe. Si lo hiciesen "reality" televisivo (todo se andará, mercado manda) os resultaría fascinante...

Toda esta retahíla para hablar de un libro. Un gran libro. Una obra literaria delineada con la dolorosa exactitud de quien escribe porque la va la vida en ello. Un volumen de relatos que funcionan perfectamente por separado, pero conforman, unidos, una novela inolvidable que desnuda la más cruda realidad cuando se viste de fantasía. Y viceversa.

Vicente Muñoz Álvarez. Literato de los que construye, día a día, desde hace muchos, el vocabulario anímico y sensorial de toda una generación. 
El merodeador. Una de sus más jugosas obras. La Ilíada del creador actual. La Odisea del escritor contemporáneo, en lucha continua con sus propios fantasmas con la sola intención de alcanzar algún día esa Ítaca en que, sueña, le espera la calma del abrazo amado. Vicente logra, una vez más, tocar con cada palabra la cuerda de las emociones, para arrancarle arpegios de vida. 

Vicente escribió este magnífico libro hace ya años, cuando algunos aún jugábamos a emborronar páginas soñando con edificar volúmenes que sí, llegarían, pero de nada nos servirían más allá de la satisfacción por haber cerrado otra puerta (¿la de nuestro futuro?). Hoy, el tiempo, tan horrendo a menudo, ha decidido marcar la hora de los justos, y El merodeador se reedita con una par de relatos extra que no hacen más que enriquecer la ya proteínica prosa de sus páginas primigenias, cuadrar ese círculo que ya era cuadrilátero en que peleaban los fantasmas del que se perdió en los vericuetos de la vida. Y es que El merodeador no es más que eso: un ajuste de cuentas con los espectros del día a día. Nada más. Y nada menos.

No hace falta ser escritor para, acompañando a este moderno doctor Jekyll que es el protagonista -alter ego del autor-, sentir el espinazo recorrido por los escalofríos que provoca el miedo de saberse vivo. No hace falta compartir las obsesiones de su inseparable Mr. Hyde -el merodeador del título-, que recorre las páginas como ánima en pena, para descubrir que la vida es mucho más de lo que ocurre mientras estamos dormidos. Porque, además, él nunca duerme, viste disfraz de insomnio y careta de amanecer insolente. No poder dormir, sentir el tic tac del reloj como el lamento del sepulturero, saber extraña a la que duerme a tu lado, no querer dormir solo... saber, sentir, sufrir. Luchar para que deje de doler todo aquello que nos hiere. Eso, y mucho más, es El merodeador. La epopeya del hombre actual que nos pretendemos. Si alguien desea investigar los crímenes del día a día, los homicidios que cometemos cada vez que caminamos sólo por mantenernos en pie, que se zambulla en estas páginas. El merodeador será su acompañante sabio y fiel, torpe y traidor. De paso, comprenderá los solitarios suplicios del escritor contemporáneo.

Vicente nos recuerda en estas páginas que, a pesar de todo, estamos solos. Pero, paradójicamente, mientras él escriba, sus lectores podremos sentirnos acompañados. Sus párrafos acunan multitudes y yo, hoy, me enorgullezco de ser parte del gentío.


Pablo Cerezal, 
en Vislumbres del Dorado.


A la venta en:


martes, 10 de mayo de 2016

EL MERODEADOR EN PLAYTIME / EL PLURAL




ACVF Editorial recupera 'El merodeador' de Vicente Muñoz Álvarez en edición ampliada con dos textos nuevos

Por José Ángel Barrueco

Es curioso el caso del poeta y escritor Vicente Muñoz Álvarez (León, 1966): cuenta con una trayectoria literaria que para sí quisieran muchos, que abarca la novela (El merodeador), el relato (Los que vienen detrás, Mi vida en la penumbra…), la poesía (Canciones de la gran deriva, Animales perdidos…), el ensayo (El tiempo de los asesinos, los dos volúmenes de Cult Movies) y la edición y coordinación de antologías (Golpes: Ficciones de la crueldad social, Tripulantes: Nuevas aventuras de Vinalia Trippers, Resaca/Hankover: Un homenaje a Charles Bukowski…), sin olvidarnos del fanzine independiente Vinalia Trippers, y sin embargo sigue siendo una figura marginal y marginada de la literatura española. Tal vez porque es reacio a ejercer de trepa, práctica habitual de tantos en el sistema editorial de este país. Es decir: va a lo suyo, escribe lo que quiere y no se casa con nadie. Y esto, aquí, tiene un precio: los márgenes.

La primera versión de este Merodeador fue publicada por Baile del Sol en 2007: un libro obsesivo, casi asfixiante, con una voz narrativa que los lectores tardaban en olvidar. Aunque en la novela se incluyen varias citas de otros autores cuyo espíritu planea por la obra (Louis-Ferdinand Céline, Jack Kerouac, Fernando Pessoa,Cesare Pavese…), era sin embargo la sombra de Thomas Bernhard la que adquiría mayor presencia en sus páginas. En el libro abundan las citas de sus novelas y se le menciona en varias ocasiones. Pero no nos confundamos: aquí no hay copia o intento de parecerse al escritor de Hormigón. Porque Vicente tiene su propia voz, su propio estilo, su ritmo que también se empapa de los beat y del jazz. Los lectores cegatos suelen confundir el plagio con el homenaje. Lo que encontramos de Bernhard en El merodeador es esa especie de divagación sobre los asuntos cotidianos, de darle vueltas a las cosas, de ir y volver en torno a una idea, de tocarla y regresar y seguir pensando y elucubrando sobre ella. E, insisto, con una voz diferente, entre el pesimismo y la inquietud. Porque la inquietud acecha en casi todos los capítulos.

Apuntaba al principio que ésta es una novela repleta de obsesiones. El narrador, un álter ego del propio Vicente, es un hombre que se ha apartado de la sociedad urbana y se traslada a una casa de campo con su mujer, pero de vez en cuando visita el pueblo, con lo que acaba ingresando en una sociedad rural, que viene a ser lo mismo porque también hay ruidos, molestias, gente que va y viene… Dicho narrador colabora en un periódico y pronto volverá a echarse a los caminos para trabajar con su padre en la nueva temporada de venta de calzado (oficio que Vicente desempeña desde hace años y que compagina con la escritura). Padece insomnio y éste, como apunta, es un creador infatigable de monstruos. Los ruidos del caserón (pisadas, crujidos, roces…) le atormentan por las noches. El entorno se le antoja hostil. Las decisiones le perturban el pensamiento. Cualquier incidente (unos cachorros abandonados en un contenedor, un cartero que tarda en aparecer, un artículo que no cuaja, un malentendido…) lo trastorna, y las derivas mentales no cesan de atormentarle. Esté donde esté y haga lo que haga, cree que es el estado erróneo, la actitud equivocada, el rumbo incorrecto… porque así es el ser humano, siempre ávido de lo que no tiene y de la opción que no ha elegido. En esta estructura (capítulos breves, cada uno de ellos centrado en una obsesión) encajan los dos nuevos textos que ha incorporado, y que, contrariamente a lo que podría parecer, funcionan perfectamente porque ayudan a cerrar el cuadro completo. El escritor, años después, ha visto con la perspectiva que da la distancia que podría añadirle un broche, redondear el retrato de su protagonista. Antaño me parecía éste el mejor libro de Vicente Muñoz y, releído hoy y aunque es difícil escoger entre su obra, me sigue pareciendo el mejor, el más personal.



A la venta en ACVF Editorial



lunes, 25 de abril de 2016

EL MERODEADOR en ACVF EDITORIAL: Reedición ampliada.




El insomnio, el miedo a envejecer, la hipocondría...

Como en El crack-up, de F. Scott Fitzgerald, Vicente Muñoz Álvarez narra en El merodeador un estado mental al borde de la quiebra. Y como Winesburg, Ohio, de Sherwood Anderson, y tantos otros grandes libros de relatos, también El merodeador puede y debe leerse como un todo que multiplica el sentido de cada una de sus narraciones, en una estructura circular y autorreferente.

Lirismo, realismo... Un homenaje a Bernhard y a Pessoa...

Una cría de delfin en la playa y unos peces en la pila de la cocina. Unos gatos en un contenedor de basura, cuyos maullidos reavivan una y otra vez la culpa y la angustia. Y la presencia permanente de ese otro yo que mira sin vivir.

Vicente Muñoz Álvarez nació y vive en León. Es una de las voces más personales de la literatura alternativa española y, como editor y antologista, uno de sus más activos dinamizadores. Entre sus poemarios, se cuentan Canciones de la gran deriva y Animales perdidos, y entre sus libros de prosa, Los que vienen detrás y Regresiones. Su ensayo más reciente es Cult movies: películas para la penumbra. Edita el fanzine Vinalia Trippers.

*

El merodeador describe una visión: la de un narrador enfrentado en soledad a sus propios fantasmas. 

Durante casi una década, huyendo del esplín de la ciudad, viví en viejas casas de pueblo aisladas y me dediqué, entre otras cosas, a escribir una ficción relacionada con mis percepciones y experiencias de ese cambio de entorno y lapso de vida, cuando menos, alienante y confuso. Lo que en principio iba a ser un retiro creativo y una expansión sensorial, se convirtió paulatinamente en una especie de laberinto de tinieblas y cárcel de sombras que, finalmente, me forzó a regresar de nuevo a la ciudad... 

Novela fragmentada y en construcción, diario existencial, monólogo interior, libro de ensueños... El merodeador narra el desasosiego bernhardiano de aquellos días y la sensación de vaciamiento y deriva, de extrañamiento, que a partir de entonces se hizo habitual en mí.


Vicente Muñoz Álvarez

*

Segunda Edición, ampliada y revisada, a la venta en ACVF Editorial



lunes, 8 de febrero de 2010

EL MERODEADOR según Esteban Gutiérrez Gómez.


El merodeador
Vicente Muñoz Álvarez
(Editorial Baile del sol, 2007)
Ilustraciones de Toño Benavides

Un vaciamiento
por Esteban Gutiérrez Gómez

Un vaciamiento. Ese es el subtítulo de esta propuesta narrativa de Vicente Muñoz Álvarez. En El merodeador nos ofrece unas escenas de su propia experiencia vital, una angustia latente fruto de la soledad, ya que Vicente Muñoz vivió durante diez años en casas deshabitadas de distintos pueblos leoneses. La soledad más extrema, aún buscada, que le hizo luchar con los demonios pesimistas que le habitan.

Vicente Muñoz Álvarez nos muestra diversas escenas relacionadas con la trama central de la obra que fue su vida: un personaje enfrentado a sus pensamientos en plena soledad, en la soledad más extrema, querida y odiada a partes iguales, en la que cualquier sonido es un mundo, y los ladridos de los perros o el trinar de los pájaros, una absoluta distracción. Aparecerán por estos parajes diversos relatos que trasmiten inquietud, que sumergen al lector en baldes de angustia en los que se reconocerá.

Dedica Vicente Muñoz Álvarez el libro a los insomnes, como él, como su personaje, y también a los hipertensos, a los que viven en el pánico interior e inexplicable, se lo dedica a ellos y a Thomas Bernhard. Al Thomas Bernhard de La Calera, me atrevería a decir, con las mismas obsesiones, con el mismo deseo de soledad y las mismas dosis de pesimismo existencial.

Los pasos, el primero de los relatos del libro (perfectamente hilados de tal forma que podría ser una novela o, para expresarlo mejor, una película narrada) sumerge ya al lector en la atmósfera angustiosa que domina toda la narración. Como en los buenos cuentos, en este relato ya se contiene todo el libro: quizás los ruidos, los pasos, los merodeadores estén dentro de mí. El narrador se confiesa en un pensamiento último que le cuesta creer, que teme pronunciar porque huyendo de la ciudad y de el hombre social e hipócrita no ha encontrado más bálsamo en su soledad que al propio monstruo que le habita: un ser intelectual e incomprendido que no pertenece a este mundo.

En Las tarjetas, el siguiente relato, continúa la introspección, en la que una confusión siembra más temor sobre nuestro personaje y, por ello, sobre el lector. Más miedo, más angustia. El insomnio sigue latente. Opresión. Magistral el tono narrativo elegido, la tensión que provoca en el lector, la intensidad de su propuesta.

El cartero y su retraso en suficiente argumento para desolarlo, para impedir que se concentre en su trabajo. Su trabajo, algo indigno que cada vez le cuesta más llevar a cabo. Una condena. Y los estudios, las oposiciones, son como la fronteras imposibles de salvar.

Ante la perspectiva de no encontrarse, opta por El paseo, por la búsqueda de la paz, por intentar dejar la mente en blanco, pero los demonios interiores son tan poderosos...
Los relatos se suceden a modo de imágenes de una película de autor, de un film de culto que sólo pretende mostrar la humanidad de la persona, con sus defectos, con sus carencias, con sus obsesiones y con sus miedos.
Entonces El lunar, el primero de los quiebros del libro. Un relato en el que nuestro protagonista comparte escena con otro hombre en la consulta del médico y nos muestra su asombrosa (y convincente) visión de la realidad. Una metáfora, una explicación extrapolable a lo que en verdad es el mundo.
Y la angustia se mezcla con la agonía de Los gatos, y nuestro personaje no encuentra el final del abismo. Y no encuentra confort en La noche, porque el insomnio agranda su vacío. Se exige mucho Vicente Muñoz Álvarez, llegar a querer entender el mundo nada menos. Y eso le lleva a confundir la vida con Los sueños.
A estas alturas de la obra, el lector estará completamente desasosegado, empatizará con el protagonista y autor de la obra, porque los demonios son los mismos y alguna vez habrán llamado a su puerta. Sobre todo de aquellas personas sensibles, creativas, de aquellos que se proponen cambiar el mundo. De ellos es este libro.

En El relato, Vicente Muñoz Álvarez quiere cumplir el exorcismo del personaje-narrador-autor, dar de comer a la bestia para poder cerrar los ojos y dejar de pensar.
Pero pronto llegan Los malentendidos que buscan la herida, porque la incomprensión, el no entenderse con “otros”, es su condena. De ahí la búsqueda de la soledad. Una búsqueda incansable que en El artículo le coloca al borde de la locura. Es conciente de que no puede seguir así, pero es tan difícil reencontrar el camino adecuado que le haga salir de sí mismo. Y entonces aquel recuerdo, descrito en La playa, aquellas imágenes con su admirado padre, aquella soledad compartida por el silencio en una playa donde, recuerda, fue feliz por un instante y su alma reposaba en paz.
Inmediatamente después, como pegada a la felicidad, la desdicha. Felicidad y fatalidad, cara y cruz de la misma moneda: la vida. Los peces son la antesala de La carta, el relato más impactante, la imagen más desoladora, a la que el lector deberá haber llegado después de leer casi todo el libro para obtener de ella todas las sensaciones que ofrece, toda su desolación. Un relato magistral, equilibrado, trama y forma perfectamente medidas, intensidad creciente, tensión en el momento cumbre: una obra de arte narrativa.
La lluvia trae la realidad de la asfixia del personaje y El merodeador, relato final, cierra el libro de modo perfecto, porque el merodeador no existe, piensa el narrador encerrado en una casa vacía, donde el silencio de la soledad suena a crujir de vigas de madera, a repiqueteo de gotas de lluvia en el tejado, a pasos arrastrados sobre la tarima de madera, a cuchicheos extraños, a inquietantes susurros animales.
El merodeador no existe Vic, no existe, está dentro de ti, de nosotros, y estamos condenados a vivir con él, a entendernos, ya sea en la ciudad o en la soledad de unas montañas. Debemos aprender a dormirlo, a dejarlo descansar después de un empacho de sus obsesiones, para disfrutar de esos momentos únicos, de esos instantes que a lo largo de una vida seguro que sólo completan unas pocas horas y que llamamos, de modo iluso, felicidad.
Sí, debemos perseguir siempre esa "perla azul". Si no sería como estar muertos.

El merodeador, un libro grande, que permanecerá en la mente del lector. Una propuesta literaria que traspasará el tiempo, siempre de actualidad, que sobrevivirá otras épocas, porque en el fondo no es más que la confesión de una buena persona que intenta alejarse de la mezquindad del mundo y descubre que el mundo enemigo del que quiere alejarse también se encuentra dentro de él.

El botón de muestra:

LOS PASOS

Esteban Gutiérrez Gómez, Baco, de El Laberinto de Noé.

lunes, 18 de enero de 2010

EL MERODEADOR según Estelle Talavera Baudet.


EL MERODEADOR

Vicente Muñoz Álvarez
Ilustraciones: Toño Benavides
Prólogo: Ignacio Escuín Borao

Edita: Baile del Sol, 2007
Nº páginas: 150

Me he topado con un libro-paréntesis. Cómo explico esto… a ver. Cuando leemos, nos trasladamos donde el autor nos quiera (y logre) llevar: podemos estar en la Edad Media, en la Selva Amazónica buscando una especie nueva, en el futuro más cibernético o en la Irlanda de los hombres con trenza y mujeres jinete. Vicente Muñoz Álvarez me ha llevado al cuarto trasero de una mente enfermiza. Y allí he permanecido días y horas, horas y días, y, lejos de aburrirme, evidentemente, he sido partícipe activa de lo dañinas que pueden ser cuatro paredes y una mente-locomotora. Imaginad que vivís en la casa que aparece en la ilustración (mi enhorabuena a Toño por cada una de las ilustraciones de este libro), que cruje, que vive rodeada de hastío, que duele, que llueve y se renueva cien veces el insomnio.

Cuando digo que es un libro-paréntesis me refiero a que entramos en un limbo, en tierra de nadie, y sentimos en nuestras carnes esos tic tac del reloj y sus fantasmas nocturnos, el aflorar, como en ese grabado de Goya (de la serie Caprichos), donde “el sueño de la razón produce monstruos”, todos aquellos miedos insustanciales que, a ciertas horas, en cierto espíritu convaleciente, cobran el tamaño de Goliat, y arrasan con la razón, revuelven los papeles, ladran como cien perros y nos hunden bajo la cama, anclándonos a las tierras movedizas que mal sujetan nuestra casa de papel.

Demoramos las preguntas decisivas, al hacer ininterrumpidamente preguntas inútiles y viles, ridículas, y cuando hacemos preguntas decisivas es demasiado tarde. Durante toda la vida demoramos las grandes preguntas, hasta que se convierten en una montaña de preguntas y nos ensombrecen.

Thomas Bernhard

Cada relato podría ser independiente, sin embargo va pintando un cuadro por cortometrajes, como quien cose y vuelve a coser con parches una misma tela. El resultado es la vida del protagonista, una angustiosa sensación de retroceso, de anclaje, de reconstrucción y deconstrucción. Y el sabor final es absolutamente ESPECTACULAR: un largometraje innovador, la vida tal y como es, sin nudo ni desenlace, sino diálogo interior que amanece con un lenguaje y se duerme (pastilla en mano) en falso con otro lenguaje bien distinto, que viene a ser la incongruencia del ser humano, la antítesis de sí mismo, el decir y desdecir según el ánimo, la contradicción en estado puro. El esfuerzo por salir airoso de su propio encierro cada mañana tras los monstruos nocturnos. Repetición, obsesión, pasividad. Bien podría ser cualquiera de nosotros este personaje que cojea lamentablemente ante el mundo.

Relatos como LOS GATOS, LA NOCHE, EL RELATO, LOS MALENTENDIDOS, LOS PECES… son un tablero donde se juega con las sensaciones del lector. Yo, personalmente, viví cada escena con una intensidad dolorosa. LA PLAYA quiero entender que es un fuego fatuo, una breve luz que entra en el cuarto oscuro y que nos deja respirar para volver a encerrarnos de nuevo: ya vimos la luz, ahora volvamos a la realidad.

Y puede parecer que esta visión oscura de la vida nos vaya a dejar medio muertos en el sillón. Bien, pues NO. El merodeador nos deforma la cara al vernos en el espejo, pero también nos enseña la puerta de salida, nos acerca al abismo para atraparnos y abrazarnos al último momento. Nos hace más humanos que nunca y a la vez nos saca del mundo. Vicente parafrasea acertadamente a Omar Kayyan: el Cielo y el Infierno están en ti. Cada uno hará su propia lectura. La mía, particularmente, ha sido de un 10. Gracias, Vicente, por presentarme a tus monstruos y desnudarte así ante el mundo y ante ti mismo. Más de un escritor debería hacer un ejercicio similar.

La vida, al final, es, en sí misma, un gran insomnio, y hay un aletargamiento lúcido en todo cuanto pensamos y hacemos.

Fernando Pessoa


viernes, 9 de enero de 2009

ELOGIO DEL RESEÑISTA, por Elena Medel.

El viaje en tren de Madrid a Córdoba es un trayecto que, a base de nostalgia por la familia y los amigos, conozco de memoria: poco más de hora y cuarenta minutos, pequeña tortura los fines de semana, calma sobrenatural según qué días. Hoy es miércoles de marzo por la mañana; comparto vagón con un matrimonio de jubilados, un ejecutivo que aprovecha para recuperar algo de sueño, y otra chica que también lee, que aparenta mi edad, que se baja en Córdoba: azar número 1. La tranquilidad que —esto no es lo habitual— me brinda me permite ahora hojear un libro, después abrir el ordenador, teclear un poco, regresar a las páginas.

Me acompaña El merodeador, una novela de Vicente Muñoz Álvarez que acaba de publicar Baile del Sol. Me la regalaron el sábado, la devoré el domingo —de un tirón, que es como se saborean los grandes libros breves—, y desde entonces pienso en reseñarla: cómo enfocar el texto, por qué interpretación decantarme, de qué forma convencer al lector de mi reseña de que salte a la librería, y se convierta en lector de la novela de Vicente Muñoz Álvarez.
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Releo, por tanto, El merodeador. Armada: lápiz para subrayar, folio y bolígrafo para anotar ideas. Comienzo, e interrumpo al poco mi labor. Ignacio Escuín Borao en “Prólogo (o una ventana que se abre a una vida ajena)” escribe: «un prólogo no hace mejor un libro (al igual que una crítica, sea de quien sea, no nos engañemos)» (p. 7).
Subrayo. Reflexiono: importa el texto, claro. Aunque viajo sola, Perogrullo ocupa el asiento contiguo ¿Sólo importa el texto? En este caso, a mí me importa —y mucho— la novela de Vicente Muñoz Álvarez. Anotaré más tarde: fragmentados cuentos de un cuento de terror, gritar sin nadie en kilómetros a la redonda, oscuridad que surge desde la boca del estómago. He disfrutado —goce extraño, complicado, el que nos deparan algunos libros nacidos del sufrimiento— con El merodeador, no por la sencilla y lúcida introducción de Escuín Borao —que también—, sino por la capacidad de Muñoz Álvarez para condensar varios siglos —el simbolismo del XIX, la angustia del XX, el pesimismo del XXI— en un mundo y un hoy. Ahora bien: una reseña no mejora un libro, faltaría más, pero sí se empeña en buscarle adjetivos, en —igual que cualquier lectura— explicarlo, en trocar al lector de futuro a presente. Nacimos, crecemos, nos reproducimos, morimos; las fases de un libro se enumeran también, poseen brazos y piernas. Un autor, un editor —y un diseñador, y un corrector—, un impresor, un distribuidor, un librero, un lector: pero a veces, en muchas ocasiones, un librero, un crítico, un lector, o incluso un crítico previo al abandono de las máquinas, pdf o pruebas mediante.

Antes de pasar el control de equipaje he echado un vistazo a las novedades en la librería de la estación, he acabado comprando un botellín de agua y el periódico. Manuel Rodríguez Rivero escribe en Leer por haber leído, en su sección “Ídolos de la cueva”: «Según el historiador Anthony Grafton, y tal como calculan (un tanto perfunctoriamente, al parecer) los agentes digitalizadores de bibliotecas, el número de títulos publicados a lo largo de la historia podría oscilar entre 32 y 100 millones. Suponiendo que una persona corriente tardase cuatro días en leer un libro “de tamaño mediano” (para entendernos: ni El extranjero ni El hombre sin atributos, por citar sólo ejemplos narrativos), al cabo de una vida lectora de 65 años, sólo podría haber leído 5.931» (El País, 5 de marzo de 2008).
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Aunque el lector descubrirá este texto a finales de año, hoy es marzo, y cumpliré veintitrés años el 29 de abril. ¿Cuántos libros he leído a lo largo de mi vida? Unos quince al mes desde los doce, pero el nivel desciende en época de exámenes y sube en vacaciones, y se ha elevado a veinte o veinticinco ahora que también leo por trabajo. Casi dos mil, superando la cifra si sumo los de mi infancia. ¿Cuántos libros podré leer hasta que muera? Si dentro de unos años tendré que dedicar parte de mi tiempo a cuidar de mi familia, si con la edad mis ojos miopes y agotados no darán más de sí, ¿cuántos libros maravillosos me perderé? He leído a Stendhal y a Balzac, pero no a Zola. En mi lista de grandes damas de la literatura estadounidense quedan todavía nombres por tachar. Lagunas con los rusos, con los escandinavos —aunque Diego Moreno y Ana María Patrón, de la maravillosa editorial Nórdica, ponen remedio con cada una de sus jugosas novedades—, con el ensayo y el teatro. Poesía latinoamericana, no importa la generación: sólo sé que no sé nada. Me quedan tantos muertos, tantos vivos…
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Vicente Muñoz Álvarez, otra vez: «Se necesitan la concentración y el silencio adecuados para escribir algo interesante y profundo, no una mera reseña, pero uno termina escribiendo finalmente una mera reseña por falta de la debida concentración y el silencio adecuado…» (p. 101). Y aquí no estoy de acuerdo. Uno es uno, y su biblioteca: las novelas cuyo lomo ha cedido por las relecturas, los poemarios con las esquinitas dobladas en los mejores momentos, los ensayos subrayados, ahogados entre post-it. Uno es uno, y su biblioteca, pero por más que aprieta no abarca más allá de lo que su cuaderno de afinidades electivas señala, de lo que su sala de lectura más cercana oferta, de las recomendaciones de los amigos y las intuiciones propias. Una reseña, por muy pequeña o liviana que nazca, por mucho —o poco— conocimiento en diagonal que ofrezca, se transforma en brújula. Al hojear los suplementos culturales o la sección de libros en alguna publicación de temas generales, al visitar algún blog o página web, yo confío en unos —lo busco, lo compro, solicito el préstamo— y desconfío de otros —lo desecho—, reseñistas que se libran de las notas al pie, de la filología, reseñistas que tejen y publican meras reseñas. Siempre pruebo en la librería o biblioteca, hojeo las primeras páginas, pero el reseñista me ahorra el trabajo, y me regala el tiempo de búsqueda para que durante esa hora, hora y media, yo lea. Después está el placer de toparte con un libro del que nadie te ha hablado, por supuesto, pero… ¿Por qué renunciar a una de las dos opciones? ¿Por qué desdeñar al reseñista, su labor minuciosa y vital al separar el grano de la paja, su generosidad ampliando la lupa sobre los libros que de verdad importan?
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El tren deja atrás Alcolea, Rabanales, los entrevistos barrios de Fátima, Levante, Zumbacón. Caminata, autobús urbano, llaves recuperadas un mes después: estoy en casa. Deshago el equipaje, rescato El merodeador —Vicente Muñoz Álvarez, Baile del Sol, no se la pierdan— de mi bolso, despierto al procesador de textos y escribo: «Confieso mis reservas ante los paratextos: los reclamos en la contraportada, los prefacios y epílogos, las fajas laudatorias y los marcapáginas con citas alimentan mis pesadillas. La expiación de todo lector ingenuo —yo, de nuevo, confieso— es toparse con un producto subterráneo al comprar un libro por lo que su envoltorio —y no su contenido— anuncia…».

Elena Medel, Literaturas.com

http://www.literaturas.com/v010/sec0812/repoquer/repoquerdamas.html
http://latormentaenunvaso.blogspot.com/2008/03/el-merodeador-vicente-muoz-lvarez.html

martes, 25 de noviembre de 2008

LA LLUVIA: Vicente Muñoz Álvarez & Toño Benavides.


El lenguaje es inútil cuando se trata de decir la verdad, de comunicar cosas, sólo permite al que escribe una aproximación desesperada y, por ello, dudosa al objeto, el lenguaje sólo reproduce una autenticidad falsificada, una deformación espantosa, por mucho que el que escribe se esfuerce, las palabras lo aplastan todo contra el suelo y lo dislocan todo y convierten la verdad total en mentira sobre el papel.
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Thomas Bernhard


Otro extraño día de lluvia.

He despertado con la cabeza llena de fantasmas y me he sentido enfermo, incapaz de concentrarme. Así que ni siquiera lo he intentado. Estoy harto de romper folios, de tachar palabras: no encuentro la forma.
La idea lo ha absorbido todo, pero se ha quedado dentro.
No puedo pensar en otra cosa... Horas y horas viendo caer la lluvia, anulado, hipnotizado junto a la ventana... ¿ Cuánto tiempo llevo así ? Me levanto y veo la lluvia, vuelvo al sillón, intento escribir, me levanto y veo la lluvia… La secuencia es invariable, pero el resto es tan confuso… Me asfixiaba, no podía continuar así, traicionándome, saliendo de mí, escribiendo de aquel modo... la casa solitaria, el borracho desahuciado, el hombre que oye pasos, el pintor suicida, el joven que se pierde entre la multitud... Lo que yo buscaba estaba dentro, en lo profundo, una intuición, una sospecha, un sentimiento... Lo demás sólo era un camino: cinco folios, semana tras semana, sigue así, funciona bien, así está bien, lo quiero así… La absurda imagen de un reflejo.
Hasta que algo en mi cabeza se rompió.
Lo escuché nítidamente una mañana, un chasquido sordo, como si se desencajara al fondo un hueso.
Y comenzó a continuación la lluvia.

Una lluvia obsesiva.
Una lluvia hipnótica.
Una lluvia amnésica.

Me siento junto a la ventana a contemplarla y me voy reprogramando. Desintegración, ausencia, agotamiento... La idea lo ha absorbido todo. La siento en mi interior, en cada neurona, en cada célula, perfilada en sus más nimios detalles. No es la eternidad, sino el vacío. Y se ha quedado dentro. Podría escribir sobre él cientos de líneas, colores, graduaciones, lo que va desde el principio al fin... Pero no encuentro la forma... Y tengo miedo. Soy incapaz de concentrarme... Me levanto y veo la lluvia, vuelvo al sillón, intento escribir, me levanto y veo la lluvia… La secuencia es invariable. Aquí sentado...Una bomba que nunca estallará...

Una frase borrada por la lluvia.


Vicente Muñoz Álvarez, de El merodeador ( Baile del sol, 2007 ).

Ilustración by Toño Benavides.

lunes, 22 de septiembre de 2008

EL MERODEADOR, por Vicente Muñoz Álvarez.


Llueve intensamente sobre la casa del narrador. Una noche de viento enloquecido y tremendo invierno. La lluvia proyecta violentas ráfagas contra la ventana de la habitación donde escribe, única iluminada en toda la casa. Un viejo caserón de pueblo aislado, que se utilizó como molino tiempo atrás. Rugen las vigas del techo y penetra el viento helado a través de las rendijas de las puertas. Una noche de diciembre, oscura y sin luna, desapacible e invernal. El narrador está sentado en su escritorio, bajo el flexo, concentrado en una historia que la negritud de la noche le ha inspirado. Está solo en la casa y en ese instante la luz de su despacho es la única encendida: sólo la luz de su despacho, como un faro magnético en la noche helada. Escribe el narrador sobre alguien o algo que se acerca bajo la lluvia a una casa aislada donde a menudo se oyen pasos y donde sólo brilla una macilenta luz, la luz de un flexo bajo el que otro narrador, a su vez, cuenta una historia. La persistente lluvia, que dentro de la casa es sólo un susurro, empapa mientras la silueta aún difusa del merodeador. Lleva calado un pequeño sombrero y una gabardina gris cubre su cuerpo. Apenas se le distingue en la lluvia, sólo sus pies descalzos sobre el barro, sus manos blancas sobresaliendo de la gabardina y una goteante melena tapizándole la espalda y el rostro. Lentamente, a medida avanza el narrador en su historia, se acerca sigiloso a la casa el merodeador, cobra forma en la noche, se perfilan bajo la lluvia sus rasgos. Quiere situarle junto a la casa solitaria, frente a la ventana del narrador de su historia, contemplándole mientras escribe: el narrador de su historia escribe bajo el flexo de su despacho y el merodeador le observa bajo la lluvia empapado. En ese punto del relato se encuentra, absorto en la escena, cuando, al elevar la vista de su escritorio, distingue una sombra a través del cristal empañado. El vaho y las gotas de agua le impiden ver nítidamente, al otro lado, el rostro del merodeador. Sólo su silueta clavada en la lluvia, observándole por la ventana, y la melena chorreante que, bajo el sombrero, oculta su rostro.
No puede ser, piensa, no puede ser real, no puede estar sucediendo... sí en mi historia, en mi novela, en la noche y en la casa de mi novela, pero no aquí y ahora, el merodeador en el fondo no existe...
Eso se repite el narrador, presa del pánico, mientras contempla, tras el cristal empañado, la silueta inmóvil del merodeador que le observa.
Yo le he creado, piensa entornando los ojos, concentrándose, es fruto de mi imaginación, no puede salir de su historia, el merodeador en el fondo no existe, no existe.. no existe...
Se repite eso el narrador, aún bajo el flexo, cuando un súbito estrépito de cristales rompe el silencio en la casa.
Estremecido, abre los ojos: el merodeador no está en la ventana.
Resuenan sus pasos dentro, atravesando lentamente el pasillo...


Vicente Muñoz Álvarez, de El merodeador ( Baile del sol, 2007 ).
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Accede al prólogo y al primer capítulo de la novela pinchando aquí.

martes, 12 de agosto de 2008

EL MERODEADOR según Iñaki Estévez.


Hace poco más de un mes que terminé este libro, y he esperado un tiempo para poder comentarlo, lo debía, pero quería dejar pasar todo un mes para hacerlo fríamente y desde el recuerdo de las sensaciones que me produjo leerlo, casi devorarlo en noches plenas de revelaciones que no esperas encontrar en un libro, sensaciones inquietantes, diferentes y extrañas, pero tan familiares a la vez... Y ese es el verdadero encanto de esta obra, "El Merodeador" (Edit. Baile del Sol) en la que una vez más, la literatura y la forma directa y desgarradora que tiene el autor, Vicente Muñoz Álvarez, de escribir, no te deja para nada indiferente. Cualquier relato de los que componen "El Merodeador", perfectamente ilustrados por Toño Benavides, es digno de una segunda lectura, de un punto y retroceso en las historias e intrigas que la propia mente de nuestro protagonista y narrador nos propone. Como digo, una lectura que remueve, que no nos deja para nada indiferentes. Un ejercicio cien por cien recomendable y que nos ayudará en esos momentos tan temibles para nosotros mismos, como si de una guía para el Camino se tratara...


Iñaki Estévez, del blog Here Comes the Sun.
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Accede al primer capítulo de la novela pinchando aquí.