NOTA
Rafael Azcona escribió poemas de joven en Logroño y después no volvió. O sí volvió, pero de otra manera: en los diálogos de sus guiones, en la forma de escuchar a la gente sin enmendarles la palabra, en esa ironía que parecía modestia y era precisión. La poesía no lo abandonó. Se transformó.
En 2012, Planeta Clandestino publicó No canto porque existo, existo porque canto, la obra poética completa de Rafael Azcona. Aquella edición —un auténtico tesoro de coleccionista— recuperó su poesía juvenil y la devolvió a la lectura. Este libro toma distancia: no reeditamos aquel contenido, sino que añadimos cuatro poemas hallados desde entonces por Luis Alberto Cabezón —uno de los mayores especialistas en su obra— y reunimos a otros poetas para que dialoguen con él.
No es repetición. Es persistencia.
Este libro no viene a rescatar un capítulo olvidado. Azcona no necesita rescate. Viene a demostrar que su escritura sigue provocando otras escrituras. Que desde la periferia —desde Logroño, desde Agosto Clandestino— se puede construir un centro sin pedir permiso.
Los poetas reunidos aquí no le hacen un monumento. Le devuelven la palabra. Algunos desde las calles que él recorrió, otros desde el cine, otros desde el bar o la rabia. Todos desde la lectura, que es el único territorio donde un escritor sigue vivo. Que alguien lo lea. Es lo único que importa.
Enrique Cabezón
LA POESÍA, A PESAR DE AZCONA
En el centenario de Rafael Azcona no deja de tener gracia que sean los poetas quienes vengan ahora a saldar una deuda. No porque Azcona necesite que nadie lo rescate, a estas alturas, del olvido —sería un chiste bastante malo—, sino porque hay algo especialmente justo en que la poesía vuelva a sentarse a su lado. No para reclamar una primacía póstuma, ni para organizarle un homenaje con cara de sacristán, sino para recordar una verdad bastante simple: en Rafael Azcona hubo siempre una respiración poética, incluso cuando escribía como si estuviera haciendo otra cosa.
Él, naturalmente, habría desconfiado de una afirmación así. O la habría rebajado con una de esas frases suyas que parecían modestas y eran, en realidad, una forma muy refinada de no dejarse atrapar. Azcona no era hombre de entregarse al énfasis. Prefería la media sonrisa, el rodeo, la ironía, esa cortesía un poco canalla de quien dice lo importante sin ponerse estupendo. Pero debajo de ese pudor había oído, ritmo, precisión, sentido de la imagen, compasión y una forma de entender la palabra que tiene mucho que ver con la poesía y muy poco con la retórica.
Por eso este libro acierta. Porque no convierte a Rafael Azcona en un busto conmemorativo ni en un santo laico de la literatura y del cine. Hace algo bastante más inteligente: reúne a varios poetas para hablar con él, para escribir desde él, para devolverle en versos ajenos una música que también fue suya. No se trata de fingir que Azcona fue, ante todo, un poeta secreto al que la historia despistada colocó en otro estante. Se trata de algo más fino y más verdadero: reconocer que su mirada, su oído y su manera de contar el mundo nacen de una sensibilidad que la poesía supo afinar muy pronto y que luego siguió latiendo en toda su obra.
Eso es, quizá, lo más azconiano del asunto. La poesía, en él, nunca fue un despacho aparte. Fue una forma de estar en las palabras. Está en su manera de escuchar hablar a la gente sin corregirle el alma. Está en su compasión por los derrotados, en su desconfianza hacia los solemnes, en su talento para descubrir la tristeza dentro de la risa y el ridículo dentro de las apariencias respetables. Está en esa forma suya de no levantar nunca la voz y, sin embargo, dejar la frase colocada exactamente donde más duele.
De modo que este volumen no viene a exhumar un capítulo raro ni a colgarle a Azcona una medalla nueva. Viene a demostrar que su obra sigue provocando poesía. Y eso no es poca cosa. Hay autores que generan tesis, congresos, necrológicas largas y aniversarios bien peinados. Azcona, además de todo eso, genera versos. Genera complicidad. Genera respuestas poéticas. Genera la necesidad de volver a mirarlo desde un lugar menos administrativo y más vivo.
Los poetas reunidos aquí no comparecen, por tanto, como notarios de una efeméride. Comparecen como lectores tocados por una voz. Cada uno a su manera, cada uno con su música, cada uno con su herida y su ironía, pero todos reconociendo lo mismo: que en Rafael Azcona había una verdad literaria difícil de imitar y muy fácil de sentir. Una verdad hecha de inteligencia, de piedad sin almíbar, de humor sin payasada y de una precisión verbal que no necesitaba presumir de sí misma.
Quizá esa sea la mejor manera de celebrarlo cien años después: no repitiéndolo, no congelándolo, no dejándolo quieto en el escaparate de las glorias nacionales, sino provocando nuevas palabras a partir de las suyas. Que los poetas escriban hoy para Rafael Azcona no es un adorno del centenario. Es una prueba. La prueba de que sigue vivo donde de verdad importa un escritor: en la escritura de los demás. Y eso, bien mirado, tiene bastante de poema.
Luis Alberto Cabezón
Ay... Ya sabes, los pueblos y sus gentes.
Un homenaje a Rafael Azcona.
Enrique Cabezón (Coord.).
Planeta Clandestino, 2026.

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