martes, 26 de mayo de 2026

CASA por TOMÁS RIVERO



Antes podía llamar casa a mi casa, y hasta esta otra casa que no parece mía podía serlo, y tener dentro de ella un ánimo de hombre de cansados huesos y carnes blandas, con un ojo y un ánimo o un alma en ristre. Podía pintar las paredes con el alma, apretar grifos, sujetar el goteo con llaves inglesas. Con el alma podía abrir y cerrar maletas. Antes podía decir yo soy ese, y ese es el mismo que entra despacio, busca un hueco y se aposenta en los lugares extraños de la casa, que siempre son lugares de otros. Y por un momento fui extraño y verde, verde como ese niño de tus sueños, como la puerta verde que se abre a estancias para tu corretear infantil por la entramada casa. Verde como el mar cuando juegas sobre las olas blancas. Y sentirme cómodo, intentarlo al menos. La frente oteadora y alta, el ojo blanco de cal para poder mirar en las sombras, y así fantasear que también lo de los otros es mío, y yo el de siempre, fácil y entregado a las maniobras generosas de la vida. Hoy me nacieron varios peldaños de madera en las rodillas. Ya caen las flores del manzano. El níspero florece en Diciembre. Y la vela del barco sobre el verde-azul del mar. Ando siendo el mismo de ayer.

Tomás Rivero


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