Me vi de pie en el medio de la oficina, derrumbado en el sillón de mi cueva, despidiéndome subrepticiamente de todos los tunantes que tanto desprecian e intentan arañar mi posición de lameculos oficial, consumiéndome mansamente con el paso inexorable de los minutos y segundos (podía oír el tic tac del reloj de pared), como los focos del frente de la oficina, los neones, la máquina de refrescos, de café, de aperitivos, la del agua, todas las del mostrador en el que se acoda con ganas de florecer la recepcionista; las de la salita de mierda en donde había esperado aquella chavala de la que de pronto recordé (sin inmutarme, por supuesto) que debía enviar sus datos a la central antes del cierre, pero que había olvidado completamente. Lo había olvidado por ese mismo abandono que definitivamente me hacía aborrecer, no solo la relativa importancia del trámite en sí, sino el íntimo desdén que experimentaba al revelarse algo tan insignificante en mi psiquis, con esa mezcla de falsa preocupación en la epidermis, pero con la plena y clara certeza de que nada de eso importaba a nadie, ni siquiera a ella, a Magdalena, puesto que si no era aquí sería allí, daba igual en realidad. Como si todos los proyectos e ideas de progreso y abundancia que circulaban por el edificio estallaran en mil pedazos por un obús celestial y purificador. Como si el desprecio infinito hacia todas las obligaciones, marcadas como un guion preciso e infalible e inefable, me sublevaran hasta el punto de querer saltar por sobre todas estas exigencias y acabar con ellas a golpe de indiferencia, desvaneciéndome en los aspectos más básicos, elementales y necesarios incluso para vivir sin florituras. Disgregarme, y que todo acabara conmigo… ¡O todo lo contrario, vaya! Subirme al escritorio, eso es. Y arrancarme la camisa, la soga que llevo por corbata, como en las películas motivacionales para futuras garrapatas. Quitarme todo y hacer un centro al área con la impresora, cabecear la pantalla del ordenador y marcar un golazo inaudito, arrojarme sobre López y atizarle, a grito pelado, riéndome a carcajadas, chillando y llorando, escupiendo todos los improperios y salivazos de los que fuera capaz, huyendo a toda leche, driblando al segurata de los zapatos lustrosos por el medio de la avenida, dando saltitos hasta casa como un cuadrúpedo y descerrajarme la sesera con el revólver medio oxidado que nunca sabré si mi abuelo llegó a amartillar.
No regresé a tierra firme hasta el sábado por la mañana. Había quedado con mi hijo en el restaurante chino al que llevábamos yendo toda la vida, desde antes de que naciera. La época de los grandes proyectos de vida. Era como volver a casa, aunque la analogía no sea la más saludable. Nos dimos un abrazo de compromiso. No tenía ganas de hablar, y yo aún arrastraba algo que ya no consideraba que fuera simplemente circunstancial. Intenté entrarle con las preguntas que sabía que no podían ser evitadas con monosílabos, pero no conseguí sacarle gran cosa. Comimos lo de siempre y no levantamos la cabeza del plato hasta que acabamos. Luego pagué y nos despedimos sin exageraciones. Ni siquiera intenté emocionarme. Éramos dos armadillos. Ni un gesto. Eran las tres de la tarde y tuve una especie de vértigo, de agorafobia a mi estado anímico, al que hallé vulnerable, prodigiosamente dispuesto a lo que fuera que sucediera. Me hundí en el asiento trasero de un taxi hasta llegar a casa y apagué el teléfono durante todo el fin de semana, no sin antes proveerme de todos los alcoholes posibles para anestesiar lo que fuera que me habitara subconscientemente. Ese otro yo que me insultaba y se jactaba de su discernimiento, de su cabal sentido del ridículo, de su ascetismo, llevándome al borde del hipotético suicidio que, por cobardía, era incapaz de consumar, pero al que me aferraba todas las noches muy conmovido, como a esa idea de desaparecer y arrastrarlos a todos conmigo, metafóricamente hablando.
El lunes desperté vulnerable, con ganas de estrechar en mis brazos al mundo entero, o que el mundo me abrazara a mí, pero sabía que no era sincero del todo. Era, si se quiere, un placebo hasta la siguiente caída, hasta el correspondiente mal gesto del personal, el desencuentro de turno, el paso lento y atroz de las horas muertas y llenas de un silencio abrumador y ensordecedor, eléctrico, punzante, apabullante como la entrada triunfal y brutal del ejército vencedor.
Maximiliano J. Benítez

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