Debía vivir encerrada, odiar la luz del sol. Detestar a su madre y enterrar con vida a ese padre que la ignoraba. No quería belleza exterior ni dulzura. Necesitaba que desprendiera rudeza y, al mismo tiempo, una fragilidad que no cualquier lector sabría encontrar. Debía arrancar algunos llantos de compasión, incluso el mío.
Quería llorar con ella, desahogarla por completo, vaciarla de todo ese maldito peso al que iba a someterla. Llorar, sí: incluso ese mundo que aún no le había creado, llorarlo todo, hasta empapar mis papeles en blanco.
Debía matarla antes de nacer.
Natacha G. Mendoza

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