lunes, 27 de julio de 2026
jueves, 23 de julio de 2026
NUNCA VOLVERÁ A SER AHORA: EPÍLOGO por JESÚS PALACIOS
LOS CUENTOS CRUELES DE VICENTE MUÑOZ ÁLVAREZ
Si han llegado ustedes hasta aquí, atravesando las páginas que me preceden, ya habrán notado que, ahora, no son exactamente las mismas personas que abrieron la cubierta de este volumen. Atravesar los tres libros que lo forman: Perro de la lluvia, Los que vienen detrás y El merodeador, es atravesar también junto a su autor, Vicente Muñoz Álvarez, un territorio minado, un devenir en el tiempo y el espacio sembrado de trampas, de agujeros negros, de zonas (o interzonas) prohibidas, donde nuestra mente puede perderse y, quizás, quedar atrapada para siempre.
Los cuentos de Vicente Muñoz Álvarez no son inocentes artefactos literarios para pasar el rato —aunque, por supuesto, sirvan perfectamente para ello— son perlas a veces ensangrentadas cuyos destellos iluminan, siquiera brevemente, el lado oscuro de la experiencia y el ser humanos. En este sentido, se inscriben en la gran tradición del relato corto bien temperado para conseguir con el mínimo número de páginas, párrafos y frases, el máximo impacto en el lector desprevenido. Aquí se nota, también, que su autor es un poeta y conoce el valor de cada palabra, su peso simbólico y real, así como el de cada coma, cada punto, cada inspiración y exhalación, cada repetición y cada acento, para crear un ritmo interno en el texto que no solo acompaña lo narrado, sino que es también parte orgánica de la narración misma.
De Edgar Allan Poe, gran teórico y práctico del cuento moderno, a Raymond Carver, depurador de la realidad más sucia hasta dejarla limpiamente ante nosotros, ese lector omnívoro e insaciable que es Vicente Muñoz Álvarez ha aprendido y asimilado, que no imitado, la mejor técnica narrativa de los grandes y pequeños del género. Ese género aparentemente tan poco querido por muchos lectores actuales, que tan poco y mal parece venderse y que tanto cuesta hacer bien de verdad, aunque muchos crean lo contrario: el cuento corto. Pese a Poe, pese a Borges, pese a Chejov, Bierce, Gogol, Cortázar, O. Henry, Merimée, Dorothy Parker, Maupassant, Bradbury, Jean Rhys, Bioy y tantos otros y otras que encontraron en la distancia corta su ideal y el nuestro como narradores, hoy el cuento no goza de las simpatías de editores ni lectores.
Signo de los tiempos que vivimos y contra los que se rebela, como bien puede colegirse de su lectura, nuestro autor. Por el contrario, la brevedad, la concisión, la frase corta y la expresión justa, son el arsenal con el que Vicente Muñoz Álvarez desarma al lector y le deja frente a la verdad desnuda. Una verdad dura, dolorosa e incluso cruel, pero también por ello mismo catártica, justa y necesaria.
De una primera parte conformada por cuentos netamente crueles, donde el autor deja correr libremente la imaginación sadiana más perversa, salvaje y gráfica, jugando con el terror sangriento, la pornografía del dolor, la ciencia ficción distópica y el ahora tan de moda body horror, un Muñoz Álvarez bien conocido también por sus querencias cinéfagas de culto y amor a la pulp fiction, ofrece un cóctel extremadamente extremo y personal de Clive Barker, Cronenberg, Brett Easton Ellis, Marina de Van, el hard boiled americano, Kafka, William Burroughs, Boris Vian, y demás hierbas rojas, decadentes y despiadadas, para desnudar no tanto su mente enferma como la nuestra, pues de esta exhibición de atrocidades digna menos de Ballard que de Kraft-Ebbing, que se pinta en nuestra imaginación con los colores falsamente ingenuos de ese otro leonés desabrido, genial y virulento que es Miguel Ángel Martín, no puede sino derivarse una conclusión no por oscura menos cierta: en toda «buena» persona anida un asesino, un perverso pervertido, un psicópata sociópata, un perturbado fetichista, es decir: una «mala» persona. Pero, ojo, no en toda «mala» persona anida una persona «buena». No hay redención: solo placer y dolor, a menudo convertidos en uno y lo mismo.
De ahí, pasamos a un interludio donde, como señala José Ángel Barrueco en su prólogo, reina un cierto realismo sucio, amparado por el estro de Carver, pero hacia el que apuntan también algunas facetas de otros autores de influencia admitida y muy queridos por el propio autor: Henry Miller, Charles Bukowski, Jack Kerouac —y con él la insoslayable presencia fantasmal de la beat generation al completo—, Joseph y Philip Roth e incluso reminiscencias de Hemingway, Nathanael West o Sherwood Anderson, así como de Hammett, Chandler, Horace McCoy y los maestros de la original novela negra americana, que tanto y tan cerca están del propio realismo usamericano, sucio o no. Todo ello pasado por la trituradora de lo kafkiano, pero no tanto como influencia literaria en sí como en la mucho más personal y dolorosa esencia de una experiencia, una percepción kafkiana del mundo moderno, con toda su deshumanización, consumismo, corporativismo, mediocridad y adocenamiento, sonido y furia embrutecedores y esclavizantes.
Inevitable, pues, que la tercera y última parte, que puede entenderse también como una novela corta en la que cada relato funciona de forma perfectamente independiente tanto como a la manera de breves capítulos de la misma, sea ya una suerte de autoficción (ese inclasificable animal que ahora también todos los creadores tienen de mascota, a menudo famélica y maltratada), donde narrador y escritor, personaje y persona, se funden y confunden a través de una poética sucesión de estampas psicológicas, instantáneas cotidianas y momentos dramáticos, travestidos en angustiosa confesión existencial por una prosa en primera persona, implacable consigo misma, que exhibe desinhibidamente sus debilidades, fallas, torpezas, errores y absurdos, su angst y su pathos, utilizando una serie de acordes narrativos que recorren todo el espectro (nunca mejor dicho) de los sentimientos más enfermizos, mórbidos y depresivos que pueden hacer mella, y a menudo la hacen, en el espíritu demasiado sensible del artista, del escritor, del creador... o de quien al menos intenta serlo por auténtica e íntima necesidad.
Bajo la sombra de Thomas Bernhard —autor favorito también de Thomas Ligotti— la experiencia vivida del autor se ficcionaliza convirtiéndose en pesadilla obsesiva, digna a veces de algún atormentado personaje de Poe, como el hipersensible Roderick Usher, perseguido y acosado por pasos invisibles, maullidos de gatos agonizantes, ruidos callejeros, ladridos en la noche y, sobre todo, por el irreprimible, inasible, indomable ir y venir de una mente inquisidora e inquisitorial, incansable, que no puede parar de pensar y de pensarse, de elucubrar, torturarse y buscar respuestas a preguntas que no las tienen ni tendrán nunca. Una pesadilla eternamente insomne que muchos de los que nos dedicamos, de una u otra forma, a la creación literaria y artística sabemos más real que el peor de los fantasmas góticos de M. R. James o de los dioses arcanos de Lovecraft. De la crueldad inicial del autor para con sus personajes y lectores, pasamos a una no menos despiadada crueldad final consigo mismo, de una sinceridad desarmante, que no duda en desnudar su alma, sus miserias y sus miedos. Una visión implacable, construida sobre el tambaleante edificio del existencialismo de Sartre y el absurdo kafkiano de lo familiar y cotidiano, contra los que nuestro autor/narrador/personaje lucha aferrándose desesperadamente a la metafísica chamánica de Castaneda, a la espiritualidad de Osho y la práctica del yoga, pero que quizá solo encuentre verdadero consuelo, finalmente, en el gesto redentor de devolver un delfín varado a las aguas del océano, salvándolo de una muerte cierta. Quizá nada de lo que haga el escritor, nada de lo que haga el artista, pueda compararse con ese simple, sencillo y al mismo tiempo trascendental gesto.
Los cuentos de Vicente Muñoz Álvarez, entre la pulp fiction y el realismo poético, entre la fantasía cruel y una cotidianidad no menos cruel, de engañosa prosa sencilla, clara y directa, producto de un depurado proceso de elaboración literaria que se adivina a veces doloroso y difícil, son una demostración a contracorriente — hijo de la contracultura, al fin y al cabo, pero de la de verdad, no de la que hoy se dice tal— del valor y la fuerza expresiva del relato en un mundo de pesados e interminables novelones, tan voluminosos como vacíos de significado. Sus cuentos son, sin duda, como lágrimas que se perderán en la lluvia… Pero esa lluvia nos empapa y nos cala, dejando en nosotros un poso real y verdadero, pasando a formar parte de nuestra experiencia y nuestra vida. Si ya has cruzado a través de sus mares de palabras, sabrás perfectamente a qué me refiero.
Jesús Palacios,
epílogo a Nunca volverá a ser ahora (Trilogía de la lluvia),
de Vicente Muñoz Álvarez
(Efe Eme Ediciones, 2026).
martes, 21 de julio de 2026
VÉRTIGO por JESÚS SORIA CARO
Madeleine, te amo
en otros cuerpos,
en el sueño
de la vida,
en el vértigo
de la verdad.
Julie, te deseo
en la necrofilia
de las identidades,
te busco en
la velocidad
de tu piel,
en los campanarios
del miedo.
Jesús Soria Caro, de The end (Editorial Aqua, 2008)
sábado, 18 de julio de 2026
TRES POEMAS DE AMABILIS INSANIA por CARLA BADILLO CORONADO
BIENVENIDO
no gritas
no lloras
no emites sonidos
pero estás vivo
no estás cubierto de sangre
ni placenta
ni viscosidades
lo primero que ves son dos manos
aproximarse a tu cabeza
pestañeas
la imagen cambia
ahora es un rótulo en letras de neón:
VIVIRÁS PARA SIEMPRE
dice
la primera mentira
NO SABES LEER
*
PERO SIGAMOS CON ESA IMAGEN EN BLANCO Y NEGRO
un ángel andrógino de brazos abiertos
mirando el horizonte
como si estuviera en dos lugares al mismo tiemo
es ESA mirada
y no el ángel
lo que persegirás toda tu vida
*
LO PRIMERO QUE OBSERVAS ES LA SOMBRA
dos cabezas empaladas
una de ellas tiene un cuervo encima
mujer y hombre supuestamente
pero basta mirar la imagen en primer plano
para ver que ni siquiera se trata de humanos
las sombras proyectadas son dos bolas de pájaros muertos
no disecados
apenas muertos
hechos una bolita que bien podría ser un músculo
dos corazones empalados
picos y plumas estáticos
la belleza y el horror siempre van de la mano
Carla Badillo Coronado, de Amabilis Insania o el libro de las mutaciones (Ruido Blanco, 2023).
viernes, 17 de julio de 2026
jueves, 16 de julio de 2026
martes, 14 de julio de 2026
NUNCA VOLVERÁ A SER AHORA: Prólogo por José Ángel Barrueco.
No me equivoco si afirmo que la compilación de estos tres libros de relatos del escritor Vicente Muñoz Álvarez en un único tomo supone un regalo para sus lectores, del mismo modo que lo ha sido Huellas en el polvo (Efe Eme, 2026), el reciente compendio de la narrativa de David González (1964–2023), que el propio Vicente y quien esto firma nos encargamos de prologar y epilogar.
El paralelismo obedece a una evidencia: ambos autores publicaron a menudo en editoriales muy pequeñas, de vanguardia y, por desgracia, con escasa proyección, salvo algunos casos aislados, o en editoriales que hace años dejaron de existir. Rastrear sus obras en un mercado que transforma las novedades en productos obsoletos un mes después de salir de la imprenta suele ser tarea vana.
En un mundo perfecto alguien que maneja tanto conocimiento del cine y de la literatura más pulp y underground debería estar en un altar, un caso más o menos equiparable al de Jesús Palacios, otro de los gurús imprescindibles de nuestro país, y también incluido al final de este libro. Porque la destreza de Vicente para adentrarse en distintos géneros y para utilizar diversos estilos en sus narraciones sorprenderá a quienes no hayan leído sus textos. Puede que Nunca volverá a ser ahora, su Trilogía de la lluvia, la que ahora tienes entre las manos, sea el camino más preciso para conocerles a él y a los espacios por los que acostumbra a transitar. Reconozco que sus textos, se mueva por donde se mueva (poesía, novela, narrativa breve…), han influido en mayor o menor medida en algunas de las cosas que he escrito en los últimos tiempos.
Al contrario que el añorado David, cuya producción no salía del terreno de la no ficción (exceptuando un par de encargos), en Vicente la ficción y la autobiografía van tan intrínsecamente unidas que, pese a nuestra amistad y a mi papel de lector fiel de sus libros, ignoro si muchas de las historias que cuenta las ha vivido o se las ha inventado. Pero esa es una de las características que se derivan de la literatura: mezclar en el texto lo real con lo ficticio y sumarles lo visto y lo oído y lo soñado y lo deseado.
Cada uno de los tres bloques de esta trilogía aboga por un estilo diferente y por unas intenciones alejadas entre sí, aunque todas están empapadas, como el agua de lluvia que cae en tantas narraciones, de guiños y homenajes a la literatura que le marcó. Y, aquí y allá, encontramos algunos inéditos, lo que amplifica el interés de la compilación.
El primer libro, Perro de la lluvia, contiene relatos en los que predomina lo ficticio, así en general. Historias extrañas, truculentas, salvajes a ratos, deudoras de autores del calibre de Franz Kafka, Arthur Machen o Algernon Blackwood, pero sin olvidarse de algunas deferencias hacia literatos de cabecera como Jack Kerouac, Charles Bukowski o William S. Burroughs, aunque estos tengan más peso y presencia en la segunda parte de la trilogía.
Aquí hallamos relatos fronterizos con el género de terror: “Mi vida en la penumbra”, con un prisionero atado en un cuarto espantoso y espeluznante; “Saudade”, donde el encierro también resulta esencial para la situación del personaje; “Dmtfágos”, en el que además apuesta por la ciencia ficción… por citar algunos; otros, en los que lo onírico y la naturaleza hacen mella en las mentes: “Perro de la lluvia”, con ese tipo cuyo día transcurre en medio del malestar y la desorientación y en el que las pesadillas relacionadas con el agua, los relojes y las persecuciones van minando su cordura; “Wendigo”, “Las setas” y “Una historia de Halloween” marcan esa misma fractura de la mente, donde lo alucinógeno y lo paranoico y las fuerzas misteriosas de la naturaleza desestabilizan a sus protagonistas; un poco alejados de lo siniestro encontramos otros textos en los que se destila la esencia de Kerouac (“Beatitud”) y de Bukowski (“Beodisea”), ambos con inicios potentes y que consolidan su declaración de intenciones: «Visionaré esta historia a la manera del santo beato Jack, no para imitarle (no podría) ni por deslumbrar con falsas claves de desolación, inquietas fórmulas de pensamiento» y «Me estaba suicidando trago a trago cuando aquella mujer llamó a la puerta. Mi chica se había ido de casa el mes pasado. Habíamos perdido el trabajo, no teníamos dinero, no follábamos y cada uno bebía por su cuenta».
Este primer bloque deja en el lector una sensación de angustia, de incertidumbre, de sospechar que, bajo las grietas de la realidad, subsiste un mundo que puede fracturar nuestro juicio, o una naturaleza cósmica que carcome el cerebro, o una recua de hombres malvados dispuestos a torturar o a quitarle la piel a todo, como el protagonista del inquietante “El despellejador”.
Los que vienen detrás conforma el segundo libro. En esta sección el autor abandona lo pulp y las ficciones extrañas para introducirnos en historias cuyos parámetros abogan sobre todo por el realismo sucio. Esto no significa que Vicente rehúya los comportamientos perturbadores, solo que ahora se incrustan en otro marco. Aquí se perciben la náusea, el miedo, el cansancio de quienes pretenden salirse de la maquinaria social o, aunque no lo hagan, no le encuentran sentido a esa vida laboral que consiste en girar en la rueda al dictado de los patrones.
Operarios de producción en fábricas, chavales de resaca, comerciales de zapatos, niños crueles, padres maltratadores, jóvenes estudiantes de oposiciones a quienes el futuro parece haber vencido, parejas en crisis o situaciones cargadas de tensión que pueden derivar en arrebatos de violencia. Pequeños fragmentos de existencias en los que se intuye la presión de lo temporal en algunos títulos: “Una vida modelo”, “Una tarde de agosto”, “Pasando el tiempo”, “El aniversario”, “Fin de estación”…
Hay aquí, por ejemplo, en el que da título (el relato “Los que vienen detrás”), una crítica al sistema actual, y a la manera en que ese capitalismo feroz y esa tendencia a producir y agigantar espacios deviene en la desolación que ha invadido algunos negocios pequeños, devorados por los grandes y por la maquinaria de publicidad y las superficies comerciales cada vez más inmensas y saturadas de ofertas.
El último bloque es El merodeador: aunque tejido mediante relatos cortos interrelacionados entre sí (y admiten una lectura independiente), podría considerarse una novela corta. Se trata de un ejercicio existencialista de introspección en el que la sombra del escritor Thomas Bernhard está siempre presente. El devenir cotidiano de un hombre del que se van apoderando las obsesiones y las sospechas. Pensemos en el capítulo o relato titulado “El lunar”, en el que, en la sala de espera de un ambulatorio para que le receten somníferos, el narrador coincide con un hombre que se rasca una especie de mancha de la piel del cuello y le endosa a su oyente una diatriba paranoica y maníaca. O cómo en “Los pasos” y en “El cartero” se desasosiega porque oye o cree oír pasos en la casa o porque ese cartero al que espera nunca llega.
El narrador colabora en un periódico y pronto volverá a echarse a los caminos para trabajar con su padre en la nueva temporada de venta de calzado (oficio que Vicente desempeña desde hace años y que compagina con la escritura). Padece insomnio y este, como apunta, es «un creador infatigable de monstruos». Los ruidos del caserón (pisadas, crujidos, roces…) le atormentan por las noches. El entorno se le antoja hostil. Las decisiones le perturban el pensamiento. Cualquier incidente (unos cachorros ese cartero que tarda en aparecer, un artículo que no cuaja, un malentendido…) lo trastorna, y las derivas mentales no cesan de atormentarle. Esté donde esté y consiste en girar en la rueda al dictado de los patrones.
La historia ofrece una divagación sobre los asuntos rutinarios: darle vueltas a las cosas, ir y volver alrededor de una idea, obsesionándose con los matices de lo real y de lo imaginado. Y siempre con una voz que oscila entre el pesimismo y la inquietud. Porque la inquietud acecha en todas sus páginas. De esta parte, por cierto, se extrae la frase que, amputada para que no sea muy larga, sirve de título a la trilogía: «Nunca volverá a ser ahora y todo lo demás puede esperar».
Vicente Muñoz Álvarez despliega aquí múltiples recursos y ofrece este compendio para las recientes y las próximas generaciones de lectores, pero también para que los incondicionales continúen comprobando la eficacia de su incansable labor literaria. Al igual que su celebrada antología poética Hombre de mimbre, publicada en 2025, este libro debería figurar en los estantes de cada lector de raza. Sálganse del circuito poco alentador de los best sellers al uso y entren de cabeza en estas historias, tan apetitosas como reconfortantes.
José Ángel Barrueco,
prólogo de Nunca volverá a ser ahora (Trilogía de la lluvia),
de Vicente Muñoz Álvarez
(Efe Eme Ediciones, 2026)
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