lunes, 30 de noviembre de 2009

VIEJAS GLORIAS by Sonia San Román.


Nací
cuando la virgen de Fátima
se apareció a los pastorcitos.
Cuando en Rusia empezó el comunismo.
Cuando en Europa se acabó la guerra.
Nací poeta en esta vida perra.

Gloria Fuertes (Madrid, 28 de julio de 1917 - ídem, 27 de noviembre de 1998)


En 1917 un grupo de soldados alemanes sumergen un submarino en el mar del Norte provocando una sucesión de olas de cuatro metros que acabarán por hundir una pequeña embarcación de pescadores que se encontraba cerca de la costa.

Los tripulantes se salvan milagrosamente de la muerte pero vuelven a casa con signos evidentes de hipotermia.

Algunos sólo tienen el virus de la gripe. El pescador Bert Verstraeten lanza un estornudo que viaja primero por la alcoba en la que está acostado en una vieja casa herencia de su padre cercana a la Mark Plazt de Brujas y luego, por la plomiza atmósfera neerlandesa a una velocidad de 160 kilómetros por hora. Las bacterias molestas, pero prácticamente inofensivas para el señor Verstraeten, llegaron en cinco días y tres horas hasta la cama parisina del pintor Edgar Degas ocasionándole un estornudo y, dos meses más tarde, la muerte.

Justo encima de su tumba, en el cementerio de Montmartre de París, un gorrión picotea las semillas de las flores secas de unos ramos de margaritas. Levanta el vuelo a las doce en punto, asustado por las campanadas de algún reloj cercano que anunciaba el mediodía y se posa, exhausto, en el bordillo de una ventana abarrotada de la prisión de Saint-Lazare donde se entristecía sola una marchita Mata Hari.

Cuando vuelve a marcharse, el gorrión pierde una de sus plumas cerca de uno de los barrotes oxidados y los pensamientos de la bailarina viajan hasta Madrid, donde vistió por última vez su elegantísimo foulard de plumas de marabú mientras espiaba, para una Francia que la acusaba de traidora, al embajador de los alemanes. Cerraba los ojos y veía con todo lujo de detalles las suntuosidades del Hotel Palace, ajeno al mundo convulso donde agarraba sus cimientos. Cuando los abría, contemplaba la mugre que la rodeaba en la prisión, impropia de una cortesana de su altura, y recordaba a los sucios obreros madrileños, a punto de alzarse en huelga general, que la observaban lascivos y admirados, como quien observa un sueño sólo alcanzable para señoritos en el barrio de Lavapiés de la capital de España.

Allí mismo, en Lavapiés, en una humilde buhardilla de la calle de la Espada, el 28 de julio, una matrona robusta empapada en sudor con trazas de elefanta vieja, propinaba un azote más brusco de lo común en las nalgas de una recién nacida, para adiestrarla desde el principio en las crueldades de la vida. El azote, lejos de producir el efecto deseado, desencadenó una serie de prodigios contra natura aún inexplicables según los parámetros del empirismo científico y la pequeña lanzó una sonrisa desdentada y limpia con un ligero gorjeo.

La niña Gloria acababa de convertirse en poeta.

Sonia San Román, del blog 23 Pandoras.

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