miércoles, 17 de agosto de 2011

EXTRAÑAS MANERAS DE NO ENCONTRAR LA FE EN EL DESIERTO por Juan Carlos Vicente.


Caían al suelo con un golpe seco mientras el ruido de la cadena metálica poco a poco se detenía. Por un momento se le antojó la idea de que era como derribar a un hombre grande, inmensamente grande, cortándole por los pies hasta que este caía a plomo, como por una inercia superior a la gravedad y mantenía su estatus de vida hasta el justo instante en que se estrellaba contra el suelo y crujía y se astillaba como el trozo de madera (madera en proceso a cadáver) que en realidad era. Luego él, levantaba la cabeza y se secaba el sudor en su sucio antebrazo y a sus ojos todo tenía el color amarillo del desierto, a excepción de los cuerpos-árboles que yacían con los brazos-ramas abiertos de par en par esperando una salvación o una cura que nunca llegaría, y si lo hacía, ya sería demasiado tarde para salvar o recuperar cualquier vestigio que tuviera que ver con el pasado más cercano. Estas divagaciones no eran más peligrosas que las que había sufrido apenas unos minutos antes, entre la caída de un cuerpo-árbol y la evaporación sónica de la cadena dentada que actuaba como un bisturí preciso que cercenaba las piernas-troncos sin esperar, nada más, que la satisfacción provocada por un sonido seco en el desierto una tarde agotadora y terriblemente calurosa de un mes de agosto cruel. La incapacidad para apreciar cierto tipo de belleza le había atormentado una noche y le había obligado a plantearse si tal vez el problema, un problema demasiado profundo quizás, residiría en la incapacidad de sus ojos para ver ciertos colores o para creer que era suficiente con distinguir una cosa de otra totalmente diferente, sin tener que plantearse nuevas direcciones, dudas o análisis sobre la veracidad y la durabilidad de esa supuesta belleza. Hasta el mortal más común disfrutaba de pequeñas cosas como comer, beber, soñar o follar, y no necesitaba en ninguno de los momentos, ni posteriores ni anteriores, plantearse la veracidad o mejor, la autenticidad, de ninguna de ellas. Sin embargo le atormentaban esas ideas absolutamente absurdas e innecesarias para disfrutar de esos pequeños actos que hacen que los hombres se igualen unos con otros y encuentren su verdadero lugar común en ese alejamiento de lo, teóricamente, divino o místico. Pensó que, en medio de esa sequedad de boca que provocaba el polvo y el calor, en medio de la tormenta salada y ácida que caía goteando de manera continua desde su cuero cabelludo hasta sus labios, y que formaba pequeños charcos en los que ahogarse en ese lugar que hay entre la nariz y el labio, el hecho de que no pudiera apreciar la belleza de los caballos que en el desierto de al lado parecían esperar a la muerte, flacos, con las costillas marcadas, las patas arqueadas, famélicos hasta la extenuación, era en realidad un problema de los demás o del autoengaño al que cada uno decide someter su existencia. En esta laguna, casi negra y fangosa como si fuera alquitrán, nada lo poco que queda o lo mucho que quedará, de esa estructura frágil y altamente contaminada, que él, en un alarde de contemplación onírica hace de su propia cabeza desde un mundo que intenta sea solamente exterior.

Ante el comentario de su compañero, “Esto es para que baje dios y lo vea”, no puede hacer otra cosa que reír y apuntar, a modo de cicatriz, una más, en su interior, que hoy de nuevo no ha tenido noticias de dios, pero que si las tuviera, o le tuviera de alguna extraña manera en frente, en mitad de ese desierto, le serraría las piernas-tronco y le haría caer como un árbol-cuerpo para luego astillar sus brazos-ramas junto al resto de figuras yacentes sin esperar (¿por qué iba a hacerlo?) que la belleza se manifestase para convencerle de su equivocación.

Juan Carlos Vicente, del blog Matahoras.