sábado, 13 de agosto de 2011

EL VIAJANTE por Luis Miguel Rabanal.


Traía en sus baúles amarillentos medias de colores, sábanas bordadas por las monjas de Sahagún, navajas de muy extraños filos, libros de cuarta o quinta mano repletos de proezas, lápices que no era preciso mojarles la punta para escribir palabras: Begoña, Carnaval, Feldespato, Vulva, El Cuco...Era el Viajante, que venía cada tres meses a renovar los ojos grandes de los niños, y de paso, en el mostrador del abuelo Miguel, a difundir dibujos de escopetas, retales de vestidos más cortos que la tarde, y facturas y grasa para las pieles rugosas e inconcebibles. En un rincón les explicaba los últimos avances en política y en la ciencia extraordinaria del saber amar, a su manera escabrosa que reunía amor con mala leche, con mentiras y polvo del más solitario de los caminos.Nos parecía escaso el tiempo que pasaba entre nosotros, nos gustaba su modo de hablar, acalorado, tremendo en su apuesta por las marcas y los nombres de mujeres casi hermosas, nos convencía cada vez de que el mar no podría estar demasiado lejos, que una tarde de agosto nos iba a enviar, desde Gijón, botellas con agua de la playa. Cerraba sus baúles con pesar y nos besaba un poco. Se contaba de él que una noche de tormenta le alcanzó un rayo y su pelo, desde aquella, se fue desperdigando, y sus dedos fueron menos, pero más afables. Se decían de él tantas cosas: el aguacero, aquella muchacha de Salce, el barranco ante sus ojos, el accidente sin apenas ruido.

Luis Miguel Rabanal, de Casicuentos para acariciar a un niño que bosteza (Ediciones Leteo, 2011).