sábado, 23 de julio de 2016

UNA NOVELA QUINQUI: Framentos.



Para ir entrando en materia y situar, tendría que decirte primero que todo esto sucedió hace muchos años, o no tantos, si pensamos en Marco Antonio y Cleopatra… pero un cacho de tiempo en el fondo, más de calidad que de cantidad, también es verdad. Todo esto sucedió allá por los ochenta, mediando la década, cuando una generación en ciernes aparcó la pandereta para comprarse una guitarra eléctrica, cuando la España cañí de toda la vida, esa España de rosario y de peineta se pegó un revolcón por Europa para quedar sentada en el mismo sitio con el alma zurcida de chirlos, que así es como lo veo y como lo siento. Un sentir particular, por supuesto, pero que no dejará de ser compartido por todos aquellos que saltaron al ruedo del desparrame para acabar pagando el precio en cordura y en carne, generación perdida que salió desbocada y se atragantó a dentelladas con la mala vida, y eso en este pueblo que me vio nacer a las sombras, en este corral de gallinas ponedoras con cuatro lobos tuertos de un ojo, no digamos ya en la capital o grandes urbes. Ha llovido champú de huevo desde entonces, han pasado más de treinta tacos, corriendo los ochenta como digo… Una época salvaje, una década violenta, un tiempo de contagio. Y eso en un terreno abonado por lustros de miseria, con una peña de lo más permeable a la leyenda, una tierra famélica de cultura en la que la libertad llevaba atada 40 años con cadenas. Y una generación de jóvenes promesas a los que de repente con criterio se les soltó de buena fe para que saliesen a correr libres por el bosque de la metáfora, que así es como lo veo y como lo siento, y que terminaron hundidos en el mismo sitio de partida, vencidos por el desarraigo más amargo y contemplando un camposanto tachonado de jóvenes estrellas. Que para eso nos entregó dios el libre albedrío y los carniceros de la política le dieron valija libre a la heroína, no sé si me explico.

Y es en este decorado que llaman contexto donde nos encontramos por fin al Boni y al Cuco, dos puntos de cuidado, unos hijos del agobio destetados con asfalto, dos golfos con radar en las pupilas y pólvora en los zapatos. Pirris de barrio bajo, de barrio obrero, o sangre de extrarradio, de lo más normal en esos años, nada del otro mundo en el fondo. Una pareja de tantas, chavalillos espabilaos a los que les dedicaban baladas los Chunguitos, que eran más espabilados todavía y se anduvieron al lío con los royalties de la lírica. Unos mendas que no podían estarse quietos, que se aburrían dos minutos seguidos en el mismo sitio, algo que ahora llaman chinorri hiperactivo y que antes le decían tener el diablo en el cuerpo, que ahora se medica con psicólogo y mano izquierda y antes se trataba con varas de olivo. Cabroncetes de culo inquieto que no salían nunca en las fotos del colegio, cualquier colegio. Y eso en una España que pretendía ocultar en el baúl de los recuerdos las sotanas del caudillo, seguir alquilando Torremolinos y presentarse al escaparate de Europa con vaqueros nuevos del corte inglés. Todo en plan que no que no, que aquí no ha pasado nada, que llevamos cuarenta tacos jugando al mus por puro aburrimiento, que no sabíamos qué hacer. Aunque los pirris que presento no sabían nada de esto, y no sabían nada de esto porque nada querían saber. La política de altos vuelos se la traía al pairo por Levante así que vamos a ponerle un puto y aparte para que puedan empezar a correr.


Gabriel Oca Fidalgo, de Una novela quinqui (Ediciones Lupercalia, 2016).

viernes, 22 de julio de 2016

HUESOS DE JUM. HUESOS DE GUR por JOSÉ PAJARES IGLESIAS



Son lechos. ¿O son tumbas? La colección de relatos que propone “Huesos de Jum. Huesos de Gur” se sostiene sobre dos pilares narrativos casi constantes: El sexo y la muerte. No en vano, etimológicamente, thanatos comparte raíz con thalamon. La palabra muerte comenzaba en griego del mismo modo que aquella que designaba el tálamo nupcial. La habitación donde habita la esposa. La habitación más oscura de la casa. Así, se van alternando personajes reales con otros anónimos, ficticios, en una danza macabra de pequeñas y grandes muertes. Lechos donde se conspira, se ríe y se bebe. Hasta se ama. Lechos para recibirse y despedirse para siempre. ¿O son tumbas?

*

José Pajares Iglesias (León. 1965) debuta en el mundo de la literatura recopilando una colección de relatos que fueron naciendo sin intención de ser libro pero que en un determinado momento pidieron serlo. Pajares proviene del mundo del rock. Prestó su guitarra eléctrica, sus letras y sus acordes a la banda Deicidas desde 1983 a 1993 y, como él mismo reconoce, su universo literario debe más a The Rolling Stones, Howlin´ Wolf, John Huston o Jim Jarmusch que a Dostoiewski. Buscador incansable de imágenes que se revelen nítidas al lector y que salten del papel a la imaginación con rapidez. Sudoroso. Rítmico. Nocturno. Cronista de la sensualidad que se esconde en los recodos más oscuros del alma humana. Como si sonase el quinteto de Thelonious Monk…


jueves, 21 de julio de 2016

VOLVIMOS A ESCUCHAR ESE ADAGIO DE MOZART



OPACIDAD

el cansancio viene hacia mí
arenosa nube densa
no me permite resguardo
trote de horizonte lóbrego
caída extremosa
un reguero de pólvora
estoy en la etapa final de esta cultura
el cansancio me somete
estoy pronto a transmutarme o a morir
al territorio donde nos disipamos
seguir juntos quizás en el país volátil
devoción de misterios
otras costumbres
iré aprendiendo si hay instrumentos
o sólo opacidad

Guillermo Samperio,
de Volvimos a escuchar ese adagio de Mozart
(Chaman Ediciones, 2016)


Guillermo Samperio publicó su primer libro en 1974 y desde entonces no ha cesado de cautivarnos con una creación ajena a etiquetas y caracterizada por el abordaje de diferentes géneros literarios. Reconocido internacionalmente por sus cuentos, cada vez el abanico de su obra se despliega con más ambición y soltura, de modo que la lucidez de sus ensayos, la experimentación formal de sus novelas y, por supuesto, la brillantez seductora de su poesía han pasado ya de la consagración a la perdurabilidad.

Lo mismo puede decirse del propio Samperio, quien comienza este deleitoso Volvimos a escuchar ese adagio de Mozart citando a sus tocayos Guillaume Apollinaire y Orlando Guillén. La proliferación de Guillermos no es casualidad, sino un guiño hacia la pluralidad de voces que se concentran en su persona, señalando con esta polifonía poética su vocación, o más bien su destino, de clásico contemporáneo.

Rafael Pontes

miércoles, 20 de julio de 2016

DOS FRAGMENTOS DE VANG! por JOSÉ G. CORDONIÉ


VANG! - José G. Cordonié

Siempre he odiado las mentiras. Incluso las piadosas. Ahora, tras el paso del tiempo, vuelvo a pensar en que aquellos años fueron posiblemente los mejores de mi vida, cuando conocí a Julia de aquella manera casual en la que ninguno de los dos podíamos imaginar que llegaríamos a ser importantes el uno para el otro; cuando comenzamos a descifrar nuestros misterios a la vez que fuimos descubriendo que, de algún modo, empezábamos a amarnos, a pesar de que nunca creí que pudiéramos acabar de una manera drástica y enigmática tras la que averiguaría muchas más cosas sobre ella de las que, posiblemente, hubiera deseado saber. Lo primero que me llamó la atención de Julia, cuando la conocí, fue que tenía muchas cosas en común con aquella ciudad en la que nos encontramos. A pesar de su juventud, su mirada era igual de ajada y sinuosa que aquellas callejas de la Ciudad Vieja. Incluso el color ocre de sus ojos tenían ese punto de penumbra del caer de la noche en la ciudad, con el iris lamido por una enigmática media luz tan parecida a la de las farolas antiguas que colgaban de las casas de piedra besando con su luz de limón las encorvadas calles. Su voz pausada y sus palabras tan certeramente escogidas en cada frase, entraban en perfecta sincronía con el trazado de la calzada de piedra o con la estructura poderosa de los muros de la ciudad, cuando en nuestro paseo se empezaba a notar la brisa salada del mar en nuestros rostros. Ella parecía contener todo aquello que atravesábamos; como si cada una de las cosas que nos rodeaba fuera una parte propia de sí misma. Incluso su olor suavemente almizclado y sus cabellos alborotados en el primer aire de la noche tenían también —en mi imaginación— una relación inaudita con ese mar que nos encerraba. Su rostro, además, tan bello y recóndito, guardaba el mismo enigma que la propia Ciudad Vieja encerraba y que, de alguna forma, presentía o sabía que nunca llegaría a desvelar. Al menos por entero. De la misma manera que supe entonces, nada más conocerla, que la amaría hasta el dolor, porque ella era como el impacto de un Blues. Como una melodía simple que trae con fuerza honda la pesadumbre y la esperanza, el impacto de la realidad con la fuga de los sueños. El sabor mágico de la amargura que deja dulzor en la punta de la lengua y que te recorre las venas como si hubieses tragado fuego.

*

¿Cuál es el valor de un sueño? Me refiero a cómo podríamos valorar un sueño que puede llegar a modificar la vida y mejorarla. Aún voy más allá; un sueño que llegue hasta el pasado y se expanda hacia el futuro interviniendo de manera inmediata en el presente. Un sueño que borre de nuestra memoria las acciones pasadas que nos frustraron y que nos marcaron de manera negativa, y que nos introduzca valores y motivaciones que nos permitan atravesar el camino del presente hacia el futuro con ganas renovadas, con voluntades y fuerzas reavivadas, con nuevas ambiciones y deseos. Un sueño que nos haga sentir lo que realmente queremos ser. Que nos prepare para afrontar aquello que anhelamos y que, de otra forma, no seríamos capaces de hacer frente. Estoy hablando de mensajes cifrados a través de sueños que nos hagan mejores, que orienten nuestra mente hacia lo que en verdad queremos ser. Y hacer. Eliminar de nuestra mente los recuerdos negativos, reinventando nuestro pasado, construyendo una sólida base donde crecer a nuestro antojo para ser lo que realmente queremos ser y así ser capaces de llegar a donde ciertamente queremos llegar. Es ofrecer una segunda oportunidad para que todo salga como uno desea. No se trata de una fábrica de ilusiones, sino de un programa donde te puedes crear a ti mismo según tú decidas. Y que nunca sabrás que lo has hecho. ¿Cuál es el valor de ese sueño?


José G. Cordonié, de Vang ! (Lupercalia Ediciones, 2016).


lunes, 18 de julio de 2016

NOSOTROS por FRANCISCO RAMÓN HERNANDO GUERRERO




Nosotros somos
los abrazos feroces.
El dolor feliz
que perfuma el ambiente,
la genial agonía,
el astuto labio
que besa incesantemente
a la muerte.
Nosotros somos los votantes,
los que en arranque pasional
violamos, robamos,
las palabras de quienes
callan por miedo.
Nosotros abandonamos las velas,
los remos, pues entonces
estábamos enamorados,
sin dirección
sin luna donde aterrizar.
Nosotros, nosotros, nosotros...

Fracisco Ramón Hernando Guerrero


domingo, 17 de julio de 2016

MUSGO por PEPE PEREZA



Mi padre conduce y yo, sentado en el asiento del copiloto, finjo que estoy dormido. Hace media hora que salimos de la ciudad. No sé muy bien dónde nos dirigimos, con lo cual no puedo calcular cuánto durará el viaje. Espero que no se alargue. Mientras tanto sigo con los ojos cerrados, haciendo que duermo. Se acercan las navidades y en la parroquia quieren montar un Belén. En su momento mi padre se ofreció a llevar el musgo, así que esta mañana, aprovechando que es sábado y que no tengo instituto, me ha pedido que le acompañe al bosque a buscarlo. No me hace gracia tener que acompañarle, y es que nunca sé de qué hablar con él. A él le pasa lo mismo conmigo. Cuando estamos juntos la mayoría del tiempo permanecemos en silencio. Un silencio incómodo que nos separa y nos lleva a mundos diferentes. De repente, el coche pega un frenazo y salgo impulsado hacia delante. El cinturón de seguridad evita que me golpee contra el parabrisas delantero.
-¿Has visto eso?
No sé a qué se refiere. En la carretera no hay nada fuera de lo normal.
-Hemos estado a punto de atropellar un jabalí.
-No he visto nada.
-Era enorme. Ha cruzado la carretera como un rayo. Menos mal que he podido frenar a tiempo.
Estamos en zona boscosa y la carretera está flanqueada de árboles. El hábitat ideal para toparse con ese tipo de fauna. Reemprendemos la marcha. Hace frío dentro del coche. Subo la calefacción y enciendo la radio. Música clásica. No es lo que me apetece oír, pero dado que a mi padre parece gustarle dejo el dial donde está. Al fondo, a lo lejos, pueden verse los picos nevados de unas montañas. Un mar de nubes desciende por sus laderas a paso de tortuga. Seguimos por la carretera comarcal. Un poco más adelante hay una pequeña explanada. Mi padre desvía el coche hacia ella y para el motor. Antes de adentrarnos en el bosque en busca de musgo, nos abrigamos con los plumas, los guantes y el gorro de lana. Abrimos el maletero, cogemos una pequeña azada y dos cestos y nos ponemos en marcha. Debido al frío, el aliento que sale de nuestras bocas lo hace en forma de vapor. El suelo está empapado por la lluvia caída y a los pocos pasos tenemos las botas embarradas. Mi padre va en cabeza, abriendo camino. No vamos por ningún sendero, nos limitamos a avanzar campo a través sorteando zarzas y todo tipo de vegetación. Llegamos a una pendiente que se eleva casi en vertical. La bordeamos y salimos a un terreno más accesible. Seguimos ascendiendo. Sé que el musgo crece en lugares húmedos. Todo lo que nos rodea está húmedo, encharcado, chorreante, inundado… sin embargo, no veo musgo por ningún sitio.
-¿No hubiera sido mejor comprar el musgo en una floristería?
-Seguramente, pero entonces no estaríamos disfrutando de estas vistas.
El paisaje es bonito, no cabe duda, pero hace tanto frío que si me dan a elegir entre estar aquí o en mi cama, elegiría lo segundo sin dudarlo. Tengo los pies helados y empiezo a estar harto de todo esto. Continuamos andando. Al rato, salimos a una franja despejada de árboles. Es un cortafuegos que atraviesa la montaña dividiéndola en dos. Al no tener la protección de los árboles en esta zona el viento sopla con más fuerza. Cruzamos deprisa y volvemos a internarnos en la floresta. Empiezan a caer pequeños copos de nieve. El viento los impulsa de un lado para otro. Miro al cielo con preocupación. Mi padre sigue colina arriba sujetando su cesto. Le sigo.
Finalmente damos con un área donde las rocas y el suelo están cubiertos de musgo.
-Lo ves, te dije que lo encontraríamos.
Se muestra contento por el hallazgo. Me quito los guantes y avanzo hacia un grupo de piedras dispuesto a arrancar un buen pedazo de musgo que cubre una losa plana, pero antes de que lo haga mi padre sugiere que nos tomemos un descanso.
-Disfrutemos un rato del paisaje.
Le da la vuelta a su cesto y se sienta sobre él. Hago lo mismo. Aunque sigue nevando, los copos no llegan a cuajar. En cuanto tocan el suelo, se disuelven y desaparecen sin dejar rastro. Los minutos pasan y ninguno dice nada. Es en momentos como este cuando la falta de comunicación entre mi padre y yo se vuelve incómoda. Me gustaría poder decir algo. Tener la confianza para hablar con él sin tapujos, pero siempre se origina un bloqueo por parte de los dos que lo impide. Mi padre es un completo desconocido. Me di cuenta el otro día en el parque del Ebro. Juanjo, mi mejor amigo, y yo conocimos a una pandilla de chicos y chicas en el Bunker, estuvimos bebiendo cervezas con ellos y nos caímos bien. Alguien sugirió ir al parque a fumar unos petas y todos nos fuimos para allá. Llegamos y los canutos empezaron a circular. Todo iba genial, hasta que uno de los chicos dijo: Mirad, ahí está el pervertido que viene a espiar a las parejas. Todos dirigimos nuestras miradas hacia un tipo alto que iba vestido con un abrigo largo. En un principio no le reconocí, pero cuando el grupo se puso a insultarle y él se volvió brevemente pude ver que era mi padre. Me quedé helado. No podía creérmelo… Se escuchan unos ruidos entre la vegetación. Lo que sea que origina el ruido es grande y se acerca. Bien podría ser un jabalí furioso como el que hemos estado a punto de atropellar. De reojo veo que mi padre sujeta la azada con fuerza. Sus nudillos están blancos por la presión que ejerce sobre el mango. Pero no, los que salen de la espesura son una vaca y su ternero. Pasan pacíficamente por delante de nosotros y siguen su camino hasta que desaparecen detrás los árboles. El incidente pone fin al descanso. Empezamos a coger pedazos de musgo. Mi padre ayudándose de la azada, yo directamente con las manos. Es como arrancar postillas de una gran herida.
Si caminar por el monte con los cestos vacíos era peliagudo, acarrearlos llenos se vuelve tremendamente complicado. Tengo que esforzarme por mantener el equilibrio, luchar con la vegetación y no resbalar con el barro. Luego está que no caminamos por terreno llano o un sendero, vamos campo a través, igual que lo hicimos antes. No me parece la opción más inteligente, pero la iniciativa es de mi padre y no me queda más remedio que seguirle. A medida que avanza la mañana la nevada va tomando fuerza. Si hace unos minutos los copos eran escasos y se derretían al tocar el suelo, ahora se han multiplicado y al posarse permanecen intactos. Dentro de poco estará todo cubierto de blanco.
En el suelo hay tres dedos de nieve. Sigo las huellas que va dejando mi padre. Para mí que ya deberíamos haber llegado al cortafuegos. Hace rato que caminamos y tengo la impresión de que nos hemos perdido.
-¿Seguro que vamos bien?
-Seguro. Confía en mí.
Sospecho que en realidad no sabe dónde estamos. Nieva tanto que apenas se distingue lo que está a unos metros de distancia. Mi padre avanza en línea recta. En un momento dado se detiene. Mira de izquierda a derecha. Titubea. No sabe qué dirección debe tomar. Sus dudas confirman mis temores.
-Admítelo papá, no tienes ni idea de dónde estamos.
-Puede que me haya despistado un poco.
-¿Y qué hacemos ahora?
-No sé. Déjame pensar.
Noto la preocupación en su cara y eso me da miedo. Saco el móvil. No hay cobertura. Estamos perdidos en el bosque, nieva, hace frío y para colmo no podemos hacer uso de lo único que nos podría ayudar. Dejamos los cestos en el suelo y echamos un vistazo alrededor. Árboles por todos los sitios, imposible ubicarse.
-Imagino que si seguimos bajando, tarde o temprano llegaremos a la carretera.
Volvemos a cargar con los cestos y descendemos. La vertiente es pronunciada, tenemos que agarrarnos a las ramas de los árboles para no caer de culo. Llegamos a un tramo donde la fisonomía del terreno nos obliga a ascender. De repente deja de nevar. Un problema menos.
Después de subir y bajar unas pocas colinas seguimos sin dar con la carretera. Entramos en un área plantada con grandes pinos. El suelo es blando, se nota que debajo de la capa de nieve hay una tupida alfombra de agujas secas que amortiguan nuestras pisadas. A lo lejos escuchamos unos ladridos. Tanto mi padre como yo llegamos a la misma conclusión: donde hay un perro hay un dueño. Sin necesidad de hablarlo cambiamos de dirección y nos dirigimos hacia los ladridos. Salimos a un claro. Un perro ratonero aparece frente a nosotros y se acerca amistosamente moviendo el rabo. Dejo el cesto en el suelo y le rasco detrás de las orejas. El animal se pega a mis tobillos.
-¿Qué pasa, perrito, te gusta que te rasquen?
-Yo que tú tendría cuidado, esos chuchos suelen estar plagados de pulgas y garrapatas.
No hago caso de las advertencias de mi padre y sigo rascándole los lomos. De pronto escuchamos un silbido. El perro sale disparado hacia el lugar de donde proviene. Le seguimos. El silbido es la confirmación de que alguien está cerca. Sorteamos unos arbustos altos y vemos a un hombre de mediana edad sentado en un tocón. En la comisura de los labios sostiene un cigarrillo liado a mano. Manipula una soga y apenas presta atención a nuestra llegada, tan solo una mirada de soslayo. A su vera, el perro mueve la cola con entusiasmo. Le damos los buenos días y le ponemos al tanto de nuestra situación. El hombre, sin ningún entusiasmo, nos señala el camino que debemos tomar.
-Vayan por ahí hasta que lleguen a un sendero. Síganlo y les llevará directamente hasta la carretera.
Mientras habla el perro vuelve a acercarse a mí.
- ¿Cómo se llama el perro?
- Ese malnacido ha dejado de tener nombre. No se lo merece.
- ¿Por qué?
- Ahí donde le ves, anoche mató cinco gallinas. Por eso lo voy a colgar por el cuello de esa rama-dice señalando con la punta de la nariz hacia uno de los árboles.
Me doy cuenta de que habla en serio al ver que con la cuerda que tiene entre las manos está haciendo el típico nudo corredizo de la horca.
-Supongo que está bromeando-dice mi padre.
-No señor, no bromeo. Cuando un perro mata a una gallina tenga por seguro que lo volverá a hacer. Si no lo hace en tu propio gallinero lo hará en el del vecino. Por eso es mejor acabar con animal cuanto antes y así evitarse problemas.
No quiero ni pensar que este perro tan simpático que estoy acariciando dentro de unos minutos estará colgado de la rama de un árbol.
-Se lo compro.
Lanzo la oferta sin pensar. Un acto reflejo que sorprende tanto a mi padre como a mí. El hombre deja de manipular la soga y me mira directamente a los ojos.
-¿Cuánto ofreces?
Abro mi cartera. Tengo treinta y cinco euros.
-Por esa cantidad prefiero darme el gusto de verlo colgado por el pescuezo.
Miro a mi padre suplicando ayuda.
-No sé si es buena idea. Además, a tu madre nunca le han gustado las mascotas.
-Papá, por favor, préstame el dinero que lleves, te prometo que te lo devolveré.
De mala gana saca la cartera. Hacemos recuento. Entre los dos sumamos ciento diez euros. Mi padre reserva el billete de diez, el resto se lo ofrecemos al hombre a cambio del perro. El perro, ajeno a las negociaciones, sigue junto a mí reclamando caricias.
-Cien euros me parecen bien.
Mi padre le entrega el dinero.
-Por el mismo precio les regalo la correa- dice arrojándome la soga con el nudo corredizo terminado.
La cuerda es lo único que puedo utilizar para poder llevarme al perro, así que la cojo y se la pongo alrededor del cuello. Empieza a nevar otra vez. Miramos al cielo. No pinta bien.
-Va a caer una buena. Si quieren les acompaño hasta la carretera.
El ofrecimiento del hombre nos parece bien. Cargamos con los cestos y nos ponemos en camino. Al poco llegamos a un sendero. Lo seguimos hasta dar con la carretera. En el arcén hay un todoterreno. El hombre monta en el vehículo y pone el motor en marcha.
-Les aconsejo que se den prisa si no quieren que les pille la tormenta.
A continuación se despide de nosotros y se aleja conduciendo en dirección opuesta a la nuestra. El perro al ver que su dueño se marcha sin él quiere seguirle. Tengo que sujetar firmemente la cuerda para detenerle. Tiro con fuerza, pero está obcecado en ir en busca de su amo. Dejo el cesto en el suelo y trato de imponerme al animal. Cuanto más tiro de la soga más presión ejerzo sobre su cuello. Veo que el pobre chucho está con la lengua fuera. Al ceder un poco para no ahogarlo la cuerda se me escurre de las manos. El perro aprovecha para escapar. Corro detrás intentando darle alcance. Es una batalla perdida. El perro se aleja cada más y más. Al final lo pierdo de vista. Pronto me quedo sin aire en los pulmones y tengo que parar. Frente a mí los copos de nieve caen como confetis en una fiesta. Doy la vuelta y regreso hasta el lugar donde aguarda mi padre.
-Veo que no has podido alcanzarle. Mejor.
Me jode que diga eso porque en estos momentos ese perro tonto corre para reunirse con su verdugo. Para colmo, lleva al cuello la cuerda de la que terminará colgando.
-¿Te acuerdas del otro día en el parque cuando un grupo de chavales te insultaron diciéndote que eras un pervertido y un mirón? Yo estaba con esa gente-le digo sin pensar, dejándome llevar por un arrebato.
Mis palabras lo paralizan. Con él se detiene la expansión del universo y los planetas dejan de girar. Los copos de nieve que caen se frenan en seco y quedan flotando en el aire. Todo, absolutamente todo se detiene durante el breve momento que mi padre guarda silencio. La pausa universal acaba cuando habla y el mundo recobra el movimiento con sus palabras:
-Ya hablaremos de eso en otro momento.
Emprende el camino. No le veo la cara, aunque puedo notar la tensión a través de su espalda. Me gustaría decirle que no, que este es el momento perfecto para hablar de Eso. Pero callo. Me limito a coger el cesto y a seguirle a cierta distancia. 


Pepe Pereza, del blog Asperezas.


viernes, 15 de julio de 2016

CAERÁS EN EL INFIERNO (RADIONOVELA). Patxi Irurzun



El pasado jueves 14 de julio Radio Euskadi comenzó a emitir mi radionovela "Caerás en el infierno". Es la historia del grupo punk Eskupitajo (¡con k!) y de su reunión 30 años después de disolverse para participar en el Ultrabank Rok Jaialdia. Pero el tiempo no ha pasado en balde y, por ejemplo, su bajista y cantante cree ser ahora Supercuto, un superhéroe vasco que dispara morcillas de Beasain por el culo. AQUÍ podéis escuchar el primer capítulo. Los siguientes se emitirán todos los jueves de este verano en el programa Boulevard http://www.eitb.eus/es/radio/radio-euskadi/

jueves, 14 de julio de 2016

HIATOS por CELESTE PÉREZ FERNÁNDEZ




la fracturas
los huecos
las constantes epidémicas del temblor
gestar silencio
es aliviar la neuralgia de la boca
desmayar la primera persona
las hebras de la hernia y del cosquilleo

se pronuncian hiatos por las manos
se tensa la red entre dientes
me mastican las hormigas


Celeste Pérez Fernández


miércoles, 13 de julio de 2016

CONSCIENCIA por JOSÉ G. CORDONIÉ



Quizá todo esté en buscar la razón de las cosas. De las cosas propias de uno mismo, experimentar con el propio cerebro hasta llegar a la membrana del núcleo, al motor de su cosmos, ponerse al mando de la sala de máquinas y observar el funcionamiento interno, lo que de otra manera es imposible intuir, y encontrar al fin el nagual (o nahual o náhuatl), lo escondido, lo que allí está oculto y que es, sin embargo, la raíz del Todo, el punto de conexión del espíritu con el universo, con el animal interior que nos une a través de la percepción de la Conscientĭa en estado puro.

Fumé la hierba del diablo en las páginas de Castaneda en la juventud y atravesé los desiertos psicodélicos de la realidad primaria, donde cada gramo de arena contenía en sí mismo un universo, dentro del cual siempre podía hallar mi reflejo en un estado de consciencia aumentada.

Busqué la razón de las cosas, al igual que otros buscan la sensación del hielo derritiéndose en el licor de su copa.

Cruzando universos

con la mente abierta,

sin batir las alas.


José G. Cordonié, en Artefactor.


martes, 12 de julio de 2016

TEOREMA DE LA CARNE FLÁCIDA por SONIA FIDES



Cuando miro hacia el cielo
no veo nubes,
ni colores pastel,
sólo sale a mi encuentro una mujer crucificada,
un trozo de carne flácida
al que muchos le rezan.

Sonia Fides, del blog Mademoiselle joue avec son revolver.

Photo by Nathalie Poza

lunes, 11 de julio de 2016

FARO por ALFRED CORN




Piloto que al timón de un escondido
promontorio dirige libre
de convergencia con el carguero
cuando tormenta y niebla se congregan

Un chispeante comunicado sin punto final
su cantada emisión en un giro de 360 grados
su entonado ciclo en cinco segundos de sol

Ojo de la medianoche que elimina
la invisibilidad alto destello desplegado
que revela cuántos mares o cuántos barcos
le devuelven la mirada a la tierra firme


Alfred Corn, de Rocinante (Chamán ediciones, 2016)

http://chamanediciones.es/

martes, 5 de julio de 2016

LOS DUEÑOS DEL VIENTO por PATXI IRURZUN: Próximamente.

MICROSOLEDADES por MARÍA JESÚS MARCOS ARTEAGA



Enjambre de celdas en rascacielos superpoblados de células unihabitadas que, pared con pared, escuchan el ruido interno. El atractivo de perderse entre la multitud para huir de uno mismo casi siempre es la trampa que te cuelga de las campanas que repican como bombas en tu pecho. Unos se buscan en la soledad del monte o de las dunas, mientras que otros, tratando de escaparse, terminan dándose de bruces consigo mismos en medio del asfalto y el tumulto despiadado. La luces urbanas tililan, simbióticas como estrellas, en medio de la noche oscura, ejerciendo una poderosa atracción para quienes necesitan creer y crecer en lo insondable y crear otros mundos paralelos que se mueren con el día. ¿Cómo es posible no tener miedo en medio de una ciudad salvaje, con todos sus peligros nocturnos, y sin embargo alterarnos tanto en medio de la naturaleza? No hace falta que sean la selva o la sabana… nos sueltan en medio de un camino en el campo y se nos disparan todas las alarmas al mínimo ruido extraño. Atavismos grabados a fuego en nuestro ADN, de cuando éramos primates que dormían en las ramas para protegerse de sus depredadores, tal como cuenta Jack London en “Antes de Adán”.

¿Qué miedos tendrá la sociedad- si existe- dentro de miles de años?

Creo que para encontrarme a mí misma no me iría al mar, ni a la tundra o el desierto… me sepultaría en medio del caos, donde calla el silencio y se esconde la luna. Y convivir, sobrevivir y medirme con mis limitaciones en el entorno crudo y descarnado del millón de soledades, armónicamente ordenadas en sus universos privados.


María Jesús Marcos Arteaga


Foto: Chien-Chi Chang

sábado, 2 de julio de 2016

1 POEMA de CHAPU VALDEGRAMA




Fabricaron la sed
destilando nuestro sudor,
y
nos hicieron creer
que beber de un charco
gotas
de nuestra sangre
la puede saciar.

Chapu Valdegrama


jueves, 30 de junio de 2016

ESTO NO ES UN POEMA POLÍTICO por IVÁN ROJO




Dos cosas:
es una guerra,
y la vas a perder.
Son más,
Ellos siempre son más.
Están por todas partes
y además
mejor armados.
Son expertos combatientes.
Están curtidos en el odio.
Nacieron para matar,
porque nacieron muertos.
Su miseria es invencible.
Así que coge lo que puedas,
lo que te quepa en las manos,
a quienes quieres y te quieren,
y deserta.
Atraviesa bosques, campos, ruinas.
Avanza hacia nuevos soles,
limpios y pacíficos.
Deserta.
Dirán que no has ganado,
y tal vez sea cierto.
Pero tampoco habrás perdido.
No del todo, al menos.
Estarás vivo.

Iván Rojo


miércoles, 29 de junio de 2016

ROJO por MIGUEL ÁNGEL BERROCAL



Dame un motivo para no arrastrar la cuchilla, uno que no pueda refutar, uno del que no pueda dudar; y coseré con tus palabras mis intenciones. Ahora, contempla el agua, mi desnudez, el vaso roto, la botella vacía, la belleza de toda esta mierda, de esa canción, y la luz, entre las cortinas, apagándonos.

Ahora, sólo en este segundo, todo es perfecto, menos el ruido de tus ojos.

Rojo.

Miguel Ángel Berrocal


lunes, 27 de junio de 2016

CUADERNO DE NOTAS por GSÚS BONILLA



14/06 [Cuaderno de notas]

Ir a tu puesto de trabajo mañana tras mañana, día a día, semana tras semana, mes a mes, y encontrarte la puerta cerrada, y no poder acceder a él, y sentarte allí ocho horas, día a día, etcétera tras etcétera, en la peana de la misma puerta de acceso, es tiempo más que suficiente para pensar en la legislación vigente, en la reforma laboral, en la reforma de la reforma laboral, en otra hipotética reforma de la reforma laboral, y concluir que el problema no es la reforma de la reforma, ni otra hipotética reforma, sino que el asunto es el legislador vigente, y, ay amigo, el legislador vigente en cada momento, se debe a redactar y establecer leyes y la ley siempre está de parte del poder y de la autoridad, la autoridad competente en ese momento, en cada momento, y entonces es cuando comprendes que estás al otro lado, por incompetencia de un incompetente o impresentable, al que, también, le beneficia la ley, o, al menos, más que a ti, que te presentas, y te presentas no solo porque estés capacitado para desempeñar tu labor en tu puesto de trabajo sino porque los tuyos tienen que comer, vestir, etc, y además, no es asunto menor, la ley te obliga a presentarte mañana tras mañana, día a día, semana tras semana, mes a mes, aunque no puedas acceder a tu puesto de trabajo, por tanto te encuentras en un bucle o espiral que no sabes cómo salir de él, y comprendes que quizá, lo mejor sea, alejarse cada vez más del punto, hoy ya, de no retorno.

Gsús Bonilla


sábado, 25 de junio de 2016

ERA UN PIEZA DE CUIDADO. Txema Maraví




A veces me pasa
cuando voy a comer
a casa de mis padres

Se me olvidan las llaves
y no hay nadie en casa

Entonces me toca esperar
sentado en el suelo de la calle
observando a la gente pasar
hasta que alguien llega
y me abre la puerta

Sin ir más lejos
hace cuatro días
me tocó esperar
un buen rato

Estaba yo sentado en el suelo de la calle
observando a la gente
cuando de repente reconocí
a un chico de mi barrio de la infancia

Uno de los macarras 

Uno de los que nos solían cascar
a mí y mis amigos
cuando éramos pequeños

Había pasado por muchos reformatorios

Era un pieza de cuidado

Lo recuerdo muy bien
era pura dinamita
tenía mucha rabia contenida
dentro del cuerpo
y siempre parecía estar

a punto de estallar

Le gustaba vacilar
y pegar a los pequeños
era el típico abusón
del colegio

Lo más curioso de todo
es que cuando lo reconocí
iba con un niño pequeño en brazos
y una chica que supongo era su novia

Parecían la típica familia feliz

La chica empujaba un carrito
y el chico acariciaba
con mucho mimo a su hijo

Le hacía cosquillitas en la nariz
con su propia nariz
y jugaba con él
y le abrazaba con ternura

y entonces pensé
que quizás la gente supera etapas
sean buenas o malas
y que hay cosas que nunca cambian
pero supongo que las etapas
están ahí
para superarlas

y que todo tiene un sentido
y que nada
es definitivo
seas o no seas
un caso perdido


Txema Maraví acaba de publicar el poemario "A través de la ventana cerrada" en Desacorde ediciones:

NATACHA GONZÁLEZ: Microrrelatos.



Me perdía en juegos de la calle, con un amigo del barrio; tirando piedras a los coches o vaciando gasolina de depósitos viejos. Jorge tenía unas cerillas que le había quitado a su madre. Como me gustaba observar ese trozo de madera, ver al fuego atravesándolo hasta convertirlo en ceniza. Nunca pude salvar a mis dedos de la quemadura, porque mi preferencia fue siempre la llama. Aquel día la gasolina me dio una lección. Y a Jorge, otra.

*

Llevo tres días cavando mi tumba. Hace calor en el jardín del abuelo. Pero es el sitio perfecto para dejar de existir. Me duelen las manos, están llenas de heridas, mi piel era delicada antes de perderme. Nunca pude regresar, por eso cavo esta fosa. Llevo tres días dándole profundidad; necesito que sea muy honda, por si me arrepiento y quiero respirar. Tengo sed. El sol es implacable. La tierra cada vez está más dura, hay rocas muy pesadas, humedad, gusanos y otros animales diminutos que no reconozco. Hace años que en esta casa no vive nadie. Es un jardín solitario, me gusta el silencio de este lugar. No hay árboles, es árido. Estoy en el fondo de mi tumba. El sol da una tregua. He avanzado tanto que no logro alcanzar el borde para salir. Tengo mucha sed. No siento las manos. Tampoco logro ver la casa del abuelo. Me tumbaré un rato en la humedad de esta fosa. Hasta el cielo está en silencio. Tengo sueño. Tengo tanto sueño.

*

Ella teje umbrales en cada distancia, no se refleja en los espejos porque es toda y cada una de las imágenes que proyecta cualquier mujer. Y se hace arena con el viento, es el mar entre mis dedos cuando en un arrebato de angustia intento tomarla. Regreso cada noche al lugar donde me hacía sangrar, no hay piedad en ese hueco, tan oscuro que ni la muerte reconoce. Ella es el cuerpo que cabe en mi pecho, la insistencia que me hace respirar un aire que se desmorona ante mis ojos. Y cómo duele mirarla cuando no está, cómo agota recorrerla sin su piel, arrodillarme ante una ausencia tan sólida. 

*

Siempre quise escribir un policial. Poner a un tipo desaliñado, maltratado por el alcohol y las drogas, pasado de cuarenta, una placa, pistola. Quizá Harry, o Jack, no sé, me valen los dos. El escenario, zona residencial, casas exactas, separadas por jardines perfectos, coches ilesos, todo ordenado. Cierro la noche, tres o cuatro de la madrugada, las luces de varias patrullas hacen eco de colores en las paredes del vecindario. Murmullos, coches que llegan, dos cadáveres; matrimonio. Una niña en camisón, unos ocho años, tiene un osito en la mano, la mirada perdida. La pondré sentada en la escalera de la entrada. Jack se agacha (con Harry). La observa, la consuela.
-Nena, ¿sabes si alguien quería hacer daño a tus papas?
Pongo a la pequeña con los ojos clavados en el inspector. Expando un silencio incómodo. Incluyo algún pensamiento de Harry “No debería presionarla”, “tan solo es una cría”.
-Sí.
-Bien, tranquila. ¿Quién odiaba a tus papás?
-Yo.


Natacha González


jueves, 23 de junio de 2016

DOLOR FANTASMA por BALLERINA VARGAS TINAJERO



Tócame con tu nada y con tu nunca.
                                        Juan Eduardo Cirlot



A veces nos duelen los cuerpos ajenos
La mano al otro lado de la mesa
El filo de la mirada que siempre
Clava su punta en otra parte
La visión de la espalda amada
                                    al alejarse

Como el final del verano
O el recuerdo astillado en la memoria
De una palabra rota

Así tu cuerpo hostil duele en el mío

Y ni siquiera han llegado a rozarse


Ballerina Vargas Tinajero, del blog Ínfula Barataria.


Imagen: © Alice Springs

miércoles, 22 de junio de 2016

MANGUIS



Corre el año 1972 en Canillejas, un barrio del extrarradio de Madrid. Todos esperan que Luis Fores, inspector jefe en la comisaría de San Blas, sea nombrado subcomisario. Sin embargo el cargo es finalmente para Jerónimo Cabezas, un inspector más joven y con nuevas ideas, como quieren los de arriba, debido al cambio político que se avecina. Esto colma el vaso de las aspiraciones del veterano inspector que decide tomarse la justicia por su mano organizando un atraco a un furgón blindado y garantizarse así una jubilación de oro. Para ello se alía con el Torre, uno de los capos del barrio, en quien delega para conseguir las armas y reunir un equipo de personas de confianza que finalmente resultan ser dos putas, un yonqui y dos politoxicómanos. En estas condiciones, después de muchas horas de negociar un plan y los porcentajes, arranca esta novela negra aderezada de costumbres y paisajes de otra época, en la que se muestran la idiosincrasia y el modus vivendi de aquellos que se ven obligados a delinquir porque son los desheredados de una ciudad que no les ha dado nada.


¿Cómo hablar de una obra que acabo de leer cuando aún me encuentro en estado de shock tras terminar con ella sin poder soltarla durante unas pocas horas? Ese es el estado en el que me encuentro a la hora de escribir unas palabras sobre Manguis, la última novela de Paco Gómez Escribano.

Manguis es la tercera obra que dedica Paco Gómez Escribano a su barrio de nacimiento, en lo que ha venido a llamar Trilogía de Canillejas. Manguis comienza situándonos en el barrio marginal de Madrid del año 1972, a punto de morir Franco y en espera de unos grandes cambios. En este barrio, antes pueblo limítrofe de la periferia, se alían dos singulares personajes para tramar un gran golpe. Por un lado el Torre, el jefe del barrio, reverenciado por los toxicómanos, putas y gitanos que le rodean, y con varios negocios nada limpios. También está Luis Fores, inspector de policía del barrio de San Blas, y que espera llegar a subcomisario en breve, aunque sus planes se ven truncados al ascender un compañero más joven, ante el beneplácito del comisario. Luis Fores ve un negro futuro a corto plazo y le propone al Torre un golpe audaz, con el cual se podrán retirar para toda la vida.

Manguis es, sin lugar a dudas, la gran consagración de Paco Gómez Escribano como escritor de novela negra española. Él ha inaugurado un género, el Quinqui Thriller, basado en los bajos fondos de los barrios marginales de Madrid, absolutamente original y que no se parece a nada de lo que se edita en estos tiempos de recorta y pega de los éxitos que nos llegan de otros lares. En sus obras, con un lenguaje cuidadísimo y con destacados detalles ambientales, discurren las vidas de seres sin futuro. Por no tener, ni siquiera tienen presente, agobiados por el mono de conseguir droga o las carencias primordiales de cualquier individuo. Pero el autor no se para en hacer una novela de crítica social, sino que nos ofrece, como así fue en la deslumbrante Yonqui, su continuación en tiempos actuales, Lumpen, y en la esplendorosa Manguis, originales obras de corte policíaco que brillan por sí solas. Y es tal la maestría de Paco Gómez Escribano que estoy seguro que, si hubiera nacido en Norteamérica, sería un número 1 en ventas y autor consagrado. Su narrativa, llena de colorido y pequeños detalles de situación, ya sea con la música de los tiempos, las marcas de coches y demás enseres, la comida de esos barrios, o el tipo de ropa de esos tiempos, nos sitúa con absoluta maestría en el barrio marginal de Canillejas de los años 70. Su maestría queda ya patente a la hora de estructurar la trama de la obra: un comienzo deslumbrante con la presentación de los personajes, un desarrollo sin una línea que no sea de interés para el lector y una consecución espectacular, rápida y original. No hay un sólo momento en el que el lector pueda poner un bostezo, ante la intensidad y la calidad del texto. ¿Qué más puedo decir? Manguis es una novela negra trepidante, original, macarra, con gran estilo, trazada con maestría única y que no puede dejar de leerse hasta llegar a la última página. ¡Ya quisiéramos los libreros recibir obras de esta intensidad para poder recomendar a cualquier tipo de lector sin peligro a equivocarse!

El Torre ha dado atracos, palos de todas clases. Su suerte es que nunca han podido probar su participación en ningún delito, salvo en los menores: tenencia ilícita de armas, posesión de estupefacientes… Está fichado, pero es escurridizo. Su gran acierto fue decir no a la heroína cuando esta empezó a poblar las calles. Ahora todo aquello está olvidado. Y sus colegas han ido desapareciendo, uno tras otro. Levanta su copa al cielo y brinda por ellos. (p. 106)

Paco Gómez Escribano es Ingeniero Técnico Industrial en la rama de Electrónica. Sus poemas y relatos están publicados en diversas antologías, ya que ha sido finalista en distintos premios. Suele frecuentar y participar en los principales festivales de Novela Negra de la geografía española. Escribe en diversas publicaciones dedicadas al género negro, en sus blogs y en su página web. Además, es particularmente activo en sus cuentas de Twitter y Facebook.

Hasta ahora ha publicado cuatro novelas: El círculo alquímico (2011) y Al otro lado (2012), ambas con la editorial Ledoria, calificadas como “Thrillers esotéricos”, con gran éxito entre sus lectores; Yonqui (2014) con la editorial Erein, y Lumpen (2015) con la editorial Pan de Letras, escrita a cuatro manos con el escritor Luis Gutiérrez Maluenda. Con Yonqui entra de lleno en el género negro. Junto a Lumpen y ahora con Manguis, las novelas comprenden un viaje físico y literario por distintas épocas del barrio del propio autor, Canillejas, situado al este de Madrid. También es músico. Actualmente toca la batería y hace coros en Ochentacos, un grupo tributo a la Movida Madrileña.? Imparte clases de Formación Profesional en un instituto público de Madrid.

Manguis es una de las mejores y más originales novelas negras españolas de los últimos tiempos. De lectura absolutamente obligatoria.


martes, 21 de junio de 2016

UNA NOVELA QUINQUI según PACO GÓMEZ ESCRIBANO



Dicen que el fin principal de la Literatura es entretener, sobre todo si hablamos de una novela. Pero si además esa novela lleva un mazo de crítica social, muchas dosis de mala hostia, poesía de la miseria y de la desesperanza y un estilazo tan lírico que será reconocible aunque el autor no firme las sucesivas obras, puede que nos encontremos ante una jodida obra maestra. Lo digo desde la admiración, desde la envidia sana, desde la confirmación del rigor histórico del tiempo en que transcurre la novela (los ochenta), desde la jodida pasmación que se me ha quedado en el cuerpo tras haber terminado el viaje por sus párrafos que parecen escritos a navajazos.

Conocí a Gabi por Facebook. Al parecer el nota se había leído alguna novela de las mías y le había gustado, lo cual, para qué vamos a engañarnos, me moló que te pasas. Y como el ser humano es cotilla por naturaleza me quedé con la copla y vi que el menda escribía. De hecho tiene publicada otra novela titulada “Ansiedad, vida de un yonqui” (http://www.edicioneslupercalia.com/colecci%C3%B3n-compacta/#cc-m-product-8005130486), además de algunos poemarios y colaboraciones con otros autores. Lo curioso del caso es que la novela vino a mí y no al contrario. Hablé con Gabi hace poco por Facebook. Una amiga común nos proponía un cambio de cromos, su novela por la mía. Pero eso implicaba gastos de envío y demás, así que le dije que no se comiera el tarro, que ya me hacía yo con la suya. Pensaba hacerlo, no inmediatamente porque tengo una cola de lectura de la hostia. Pero hete aquí que me voy un día a la Feria del Libro de Madrid, paso por la caseta de la librería Muga y allí estaba, sola, en primera fila y entre best-sellers. ¡Coño! -me dije-. Y cayó, cómo no iba a caer. He de confesar que me adentré en ella con miedo. No es fácil encontrar novelas de aquellos tiempos con esa temática que estén bien documentadas y narradas. Hay que conocer las circunstancias, la calle, el argot. Pero ese miedo inicial me duró dos páginas. Es más, cuando llevaba unas veinticinco, sin podérmelo creer me dije: ¿Será posible cómo escribe este cabrón?

La novela nos cuenta la historia de dos chavales de dieciséis años, el Boni y el Cuco, el Cuco y el Boni, dos yonquis prematuros, dos pirris de barrio, dos críos echaos p’alante cuyo objetivo en la vida fue pasarlo bien y hacer lo que les salía de los huevos, simple y llanamente. Están enganchados al tabaco, a la priva, al perico al caballo y a su voluntad. El caso es que un incidente en su pueblo con resultado de tres fiambres que están mejor muertos que vivos les hace huír a Madrid. Y como el destino es muy cabrón y la vida parece que se ha cebado con ellos, el resultado del viaje a la capital es que tienen que salir de najas y no se les ocurre nada más que volver a su pueblo, en donde acabarán perseguidos por la pasma, los picolos y un sicario de una banda de narcos. Total na.

“Rondó el silencio. La paranoia quería embestir otra vez pero la echaron de un volantazo a la cuneta. No la querían tocando el claxon en su zona de descanso. Necesitaban un alivio, un pitillo y un pico, un tiempo muerto indefinido. Abrieon la bolsa con respeto, en silencio, reverencia en cada gesto: como los monjes del templo en los tiempos antiguos; como el chamán en los sacrificios, el corazón palpitando en una mano y en la otra el machete ensangrentado; o como Moisés bajando el K2 con las tablas; Hendrix de rodillas inmolando la Stratocaster blanca, colgao del guindo en su funeral vikingo, puesto de ácido25 con la petaca de gasola y el zippo.”

Pero no es la historia en sí, que también, sino el estilo, lo más fuerte de esta novela. Gabi domina a la perfección el argot de aquellos años y, sin saber nada de él, me da que acumula las experiencias suficientes como para escribir bastantes más novelas. El caso es que uno transita por la narración de forma que parece que vas metido en el buga con esos dos pobres chavalillos, o que vas ajusticiando a esos pavos que se cargan con ellos, o que sufres incluso su angustia cuando les caen palos por todas partes. Y eso, colegas, es culpa de Gabi, que es quien ha escrito la historia, llena por otra parte de referencias musicales y cinematográficas.

“El buga tenía un loro de puta madre acogido a sagrado, haciendo voto de silencio, imposible sacarlo a la fuerza. Ultra católico el aparato, de clausura como estaba enquistado en el salpicadero. Pusieron la radio pero por más que le dieron al dial no encontraron una mierda. No tenían muy claro a dónde ir, la verdad es que no iban a ninguna parte de momento. De todas formas descartaron regresar a la pensión, eso desde luego,, pero tampoco tenían un destino concreto. Habían levantado el coche porque se puso delante, porque era imposible pasar de largo sin verlo. Ahora se deslizaban en la noche sin rumbo, cogiendo calles a voleo, rodando al son del aquelarre hasta que en una de estas vieron el Calderón a su izquierda.”

Por momentos me recordaba a esos párrafos tan de Montero Glez que hacen únicas sus novelas. Por momentos me recordaba mi propio barrio en los ochenta, a pesar de que la historia se sitúa en un barrio de León, que eso es lo de menos. Agujeros como ese existían en los ochenta como consecuencia del desarrollismo salvaje y la puta heroína en todas las latitudes de España.

Es curioso que ahora bastantes autores hayamos empezado a escribir de aquellos tiempos sin ponernos de acuerdo. Es curioso cómo parece que ahora, con la perspectiva y el poso del tiempo, necesitamos exorcizar todos aquellos fantasmas del pasado. Es curioso que hasta ahora nadie haya sido capaz de contarlo. En eso estamos. Pero este cabronazo de Gabi, joder, qué bien lo hace. La novela es intensa, amena, dramática, humorística, muy negra e histórica, pero no es una novela histórica al uso. No habla de reyes ni de príncipes ni de hazañas militares. Nos habla de la cara B de un periodo histórico que no está resuelto. De miles de muertos en las aceras, en el asfalto, en los descampados o en kelis en ruinas. Solo el cine con aquellas películas quinquis de Saura, De la Loma, De la Iglesia, Gutiérrez Aragón, etc, se acercaron a contarnos aquellas movidas. Pero les faltaba la perspectiva del tiempo, el rigor y que en sí mismas resultaban bastante patéticas, porque más que ahondar en el problema perseguían que los productores se llenasen los bolsillos.

Soy asiduo de festivales de novela negra. Y de un tiempo a esta parte se empezó a hablar deLiteratura Quinqui, un subgénero que empezaba a sacar la cabeza. Con las novelas de Gabi, la de Montero Glez y algunas otras, el subgénero se va convirtiendo en género por sí mismo, con unas características claras y precisas. Novelas en donde ni los buenos son tan buenos ni los malos son tan malos, en las que se da una inversión de roles que nadie había contado hasta ahora.

En “Una novela quinqui” (Ediciones Lupercalia), Gabi emplea la técnica narrativa del narrador equisciente, ya que él mismo fue protagonista secundario de la historia y nos la cuenta, como ya he dicho, con la lejanía del tiempo transcurrido, con el empeño de domar demonios indomables, con la voluntad de exorcizar fantasmas imposibles de exorcizar. Y lo hace con una destreza que me ha dejado to flipao.

Ya estáis tardando en comprarla, colegas, en leerla, en disfrutar de una odisea que no es homérica, sino muy de aquí, muy de barrio. Yo voy a ver si me hago con Ansiedad, muy ansiosamente.


Paco Gómez Escribano


lunes, 20 de junio de 2016

CANSADO por IVÁN ROJO



Estoy cansado, creo que esa es la explicación, estoy cansado, innegablemente cansado pero no muy cansado ni mucho menos mortalmente cansado, digamos algo cansado, que es mucho más y a la vez mucho menos cansado de lo que me gustaría estar, porque si estuviera en plena forma probablemente haría mejor las cosas y si estuviera cansado hasta la extenuación no haría las cosas ni bien ni mal, simple y llanamente no las haría y con razón, así que es una jodienda esto de estar algo cansado, este ritmo que llevamos, esto de estar siempre algo cansado, cansado de pie, cansado sentado, cansado dormido, cansado despierto, cansado en la oficina, cansado en la playa, en el campo, en la butaca del cine, todas las noches acostarse algo cansado y levantarse algo cansado todas las mañanas es un asunto mucho más grave de lo que pueda parecer, no tener la fuerza necesaria para exprimir al máximo tus posibilidades ni la suficiente merma físico-psíquica para que el médico te dé la baja, no poder creerse capaz de todo ni tampoco sentirse legitimado para tomarse unas vacaciones o una cura de reposo, sencillamente tener que seguir cansado, como si fuera lo más natural del mundo, seguir comiendo algo cansado, bebiendo algo cansado, amando y odiando algo cansado, trabajando algo cansado, escribiendo algo cansado, cansándose cansado para volver a cansarse algo cansado es agotador y el principal motivo de que la Humanidad se haya convertido en lo que se ha convertido, lo cual no quiere decir que en ocasiones y por ciertas causas no merezca la pena cansarse. Solo un poco. Digamos: algo.


viernes, 17 de junio de 2016

MAREVA MAYO en el BELMONDO BAR



la poesía me ha dado mucho en la vida, me ha salvado del naufragio en más de una ocasión, puede que gracias a ella incluso, cuando torres más altas ya han caído, todavía siga en pie, y me parece de ley devolverle, dentro de mis posibilidades, parte de su regalo... pero hablo, claro, de una poesía insobornable y feroz y al margen de lo que dicta subrepticiamente el sistema y el canon, fuera de pasillos y mamoneos, de intrigas e intereses creados, a buen entendedor sobran las palabras... y hablo, ahora, de Mareva Mayo, que para mí, sin duda, es la Poesía... mañana tendréis la oportunidad de escucharla en el Belmondo Bar, nuestra capilla sixtina del arte subterráneo, y os lo aseguro, ella sí que es un regalo...

la historia
se repite

insisto

el talento
y los corazones

no


Vicente Muñoz Álvarez


jueves, 16 de junio de 2016

OFFLine del otro lado




Una niña comía peces voladores sin cabeza
Sin cabeza comía peces voladores 

¿Qué voz puede mantener el juramento de decir todo aquello que vio, ya sea atributo o símbolo, sueño o vigilia, utopía o fuga, todo aquello que es, que es y no tiene contraseña?

La poesía suele desviarse desde la razón y desde la imaginación por un camino de fiebre sin temperatura, donde los caracteres forman significantes que atraviesan, perforan la verdad. Y cuya verdad perforada a su vez atraviesa la sombra del tú poético, a veces impersonal, otras un tú femenino, en su llama de deseo e insurrección, más allá de la esperanza y más acá de la doma, en una derrota tras otra, imbatible, infatigable escriba de esa tensión y pulsión por vivir, es decir por no renunciar a sus márgenes de libertad creadora. Se crea desde el lenguaje, y se crea vida. Y esa vida en la voz de Cecilia Quílez salta por encima de los conformismos y de las cárceles de la vertical ordenación patriarcal. Es un devenir, un nomadeo, un estar en movimiento cuidando los límites de su libertad y la potencia de su deseo.

Partiendo de una soledad radical, la voz poética es una mirada táctil, sensible, doliente, que no desvía la mirada, que la mantiene alzada, que nos pone en alza la dignidad de “los heridos graves” que diría Julieta Valero.

Como en sus trabajos anteriores la poesía desde Cecilia es un diálogo con un tú, un amante o un hermano imaginario, en un esfuerzo a no resignarse a las leyes que fragmentan la humanidad, la amistad, los vínculos, que no se resigna al ninguneo ni a la inexistencia que ofrece el triste espectáculo de la ahoridad. Esa ahoridad que tan sugerente y misteriosamente cotidiana y extraña ha sabido fotografiar Santos Perondones, haciendo del símbolo desnudez y de la desnudez cercanía y de la cercanía extrañeza, cuestionamiento, temblor. Dialogo entre la imagen y la imaginación, entre el ojo táctil y la voz que parpadea, entre dos artistas, dos disciplinas.

Vuelvo sobre los poemas de Offline, para exponer un espinoso asunto: la palabra puede liberar o ser un libelo, un engaño. Todo se juega en el lenguaje, y es feroz este combate por la libertad, por superar el logocentrismo, las dicotomías que aprisionan, distorsionan y enfrentan, la vulgaridad del sentido común al que nos obligan los censores de la cultura del pensamiento único. Por ello, la palabra en este libro es poética, desbordada cabalga sin estribos a dos metros sobre la hierba y los vallados campos. Una palabra deseante, que deviene mujer como origen del tiempo sin amo, palabra apasionada, en celo.

La palabra no sabe de medidas
Está en celo eternamente

Esta disconformidad obliga en su itinerancia a lo imprevisible y a renunciar a las promesas de protección del Sistema-mundo. La genuidad del ser es la ingenuidad, así se deviene poeta, así se nomadea contra la impotencia del sedentarismo y contra ese otro infierno que es el exilio forzoso. Se nomadea porque se lleva consigo el territorio de tu libertad, tu deseo, tu verdad, tu sombra. Offline, sí, horada en el lenguaje y en la existencia, los une en raíces que harán brotar de nuevo palabras de honor y de amor, que posibilitaran el primigenio ímpetu del habla de unir y sanar los vínculos entre las personas, entre las personas y su entorno.

Y si la bestia fuera yo

El poema advierte siempre de ese doble filo de la palabra, y la poeta, el tú que nos habla, sabe que lleva dentro de sí una estrella y un dragón (bestia), con el que tendrá que lidiar en cada texto, en cada momento de su vida. Poesía y vida son la intimidad y la política esencial que depende del cuidado, del auto-conocimiento y los “trabajos de purificación” que decía Miguel Ángel Curiel.

Se libra una lucha con lo imposible, en el lenguaje y en la con-vivencia, existir es tomar opciones, escoger la “forma” y hacerla caminar, brincar, volar. Las formas pre-fijadas de las leyes de la ortodoxia quieren la servidumbre voluntaria de sus fieles. De ese infierno renuncian estos poemas. Se sale de ese infierno a través de una pesadilla. Sueño angustioso que es oráculo abierto:

“De un vaso de sangre
Mana una flor
¿Es esto la belleza?”

La belleza es la más antigua e inconcebible expresión de lo indecible, del imposible necesario: deseo e insurrección sólo alcanzan a balbucir su posibilidad, su fragancia. Hay en la apertura y en la hospitalidad de este decir ceciano una lección de rebeldía y una revelación no nominada, que se deja en tu boca, al roce de tus labios y tu lengua, para que la paladees y la pronuncies en silencio, dentro de tu conciencia, de tu intuición y tu más íntimo gozo, lucha.

Si además, morosamente te has ido deteniendo en cada una de las imágenes del libro que Santos nos ha ofrecido con buen pulso y profundidad de significantes, la sinfonía de sentido otro que manara será un plato para gourmets de lo suficiente. ¡Disfrútenlo! Toda buena obra, de alguna manera, nos cambia tanto la percepción del mundo como nuestra propia mismidad. Y en este caso, a un servidor, le ha dado un pellizco de felicidad, tan inusual como alentador. Una exigencia. Una devolución.

Viktor Gómez Valencia, a 3 de enero de 2016


Sobre la fuerza del hierro

Desde la aparición del mismísimo daguerrotipo cierta fotografía se ha visto sometida a una carrera tecnológica imparable. Ópticas casi perfectas de definición inmaculada, veloces emulsiones argénteas de fino grano capaces de registrar en su latitud desde las luces más brillantes hasta los negros más profundos, formatos cada vez mayores, o cada vez menores pero con mayor rendimiento… Aquella riqueza en los matices, aquella perfección en la resolución no era en absoluto gratuita, pues aspiraba alcanzar o incluso superar al ojo humano en su capacidad de reflejar fielmente el mundo.

Paralelamente a esa corriente, otro modo de entender el hecho fotográfico potenciaba precisamente aquellos defectos que la tecnología pretendía corregir: la borrosidad, el velo, la mancha, la falta de contraste… Una multitud de procesos pigmentarios respondían a los fieles haluros de plata: cianotipias, bromóleos, carbón fressón, colodión húmedo, gomas bicromatadas y por supuesto, los ferrotipos. El pictorialismo se apropió de estas técnicas y las utilizó en un vano intento de imitar a la pintura más académica, buscando desesperadamente un lugar para la fotografía entre las bellas artes. Y su imitación no se ceñía a su mero aspecto técnico: los motivos que aparecían en sus fotografías también rememoraban los temas de la pintura o la literatura clásica. De este modo las fotografías se llenaron de imágenes bucólicas y pastoriles, alegorías mitológicas y estampas folclóricas.

Las imágenes que Santos Perandones presenta junto a los textos de Cecilia Quílez evocan a los antiguos ferrotipos y sin embargo su obra dista mucho del uso y la intencionalidad de aquellos primigenios trabajos. Lo primero que difiere de aquellas imágenes son los objetos fotografiados.

No aparecen aquí las grandes historias épicas, ni el exotismo grandilocuente de salón. Sobre la fuerza del hierro

Santos Perandones fija su mirada en los utensilios más cotidianos y casi ordinarios que cabría imaginar: unas monedas, un ovillo de cuerda, un sacacorchos, una navaja… y al sustituir plata por hierro, el autor distorsiona el referente, modifica el tono, aumenta la densidad de los graves, rasga el soporte, golpea el bajo vientre y consigue fundirse en la profunda oscuridad de Cecilia Quílez.

El diálogo que se establece entre texto e imagen fluye coherente, sin jerarquías ni vasallajes. Que nadie busque pie de foto en el texto, ni la mera “ilustración” de lo escrito en las imágenes. Ambos lenguajes discurren entrelazados, superpuestos, enriqueciéndose mutuamente, con una premeditada y desazonadora ambigüedad, recogiendo el testigo histórico de aquella colección de libros mítica: Palabra e Imagen, de la editorial Lumen, donde la literatura y la fotografía se hermanaban de modo hermosísimo.

Jaume Fuster, Valencia 2015. Doctor en Comuncación Audivisual por la Universidad de Valencia. Profesor de fotografía de la Escuela de Arte y Superior de Diseño de Valencia.



HIJOS DE SATANÁS

Zero Woman: Red Handscuffs 

martes, 14 de junio de 2016

COMO SI FUESEN BANDADAS DE PÁJAROS por LAURA MARTÍNEZ GARCÍA



Como si fuesen bandadas de pájaros cayendo en picado con su pico clavado en el suelo, así me levanto vertiginosa en las mañanas en que un insomnio, que lleva tu nombre,me parte el pecho y me lo recompone de nuevo al alba.Obligada a poner la cara de los alegres Viernes, cuando sobre mí se cierne la sombra de los domingos culminantes en caminatas sin horizontes, sin destino, sin más emoción que el pisar de las hojas o el crujir de una rama, el picotazo intempestivo de la maléfica tarántula que no es nada más que otro modo de llamarte,como si fuesen avatares sepultados en el puro rencor cincelado en el mármol, así me asemejo a Camille Claudel, incrustada en las esculturas hieráticas y en las hidráulicas turbinas de molinos de agua que arrastran el agua, o los hermosos epítetos que acompañan a un sustantivo viejo y desvencijado con las arrugas propias no ya de la edad, sino de la propia consumición ensimismada y ojerosa de uno mismo. Como los andamiosy los muros de contención que protegen las estructuras, las columnas macizas, así me aferro hermética, a la ardua tarea de protegerme a mí misma, contra Vándalos y Suevos, con fiereza y sin compasión, como si fuese vikinga que busca honrar a su pueblo, que es en definitiva honrarse a sí misma del indolente fracaso.


Laura Martínez García


MAREVA MAYO en el BELMONDO BAR




lunes, 13 de junio de 2016

ROCINANTE: Alfred Corn.


chaman-rocinante

ROCINANTE, DE ALFRED CORN, 
SEGUNDA ENTREGA DE LA EDITORIAL 
CHAMÁN EDICIONES

Chamán Ediciones publica el segundo de sus libros en la colección de poesía Chamán ante el fuego.

La editorial Chamán Ediciones saca a la luz el segundo de sus libros: Rocinante, del poeta y escritor estadounidense Alfred Corn.

Se trata de una antología, en edición bilingüe, que recorre la obra poética de este autor, desde su aclamada opera prima All Roads at Once (1976) hasta Tables (2013), su poemario más reciente. De diez libros de poesía publicados en Estados Unidos se recopilan poemas de siete de ellos, además de los citados, otros como: A Call in the Midst of the Crowd (1978), The Various Light (1980), The West Door (1988), Present (1997), Contradictions (2002) y Tables (2013). La traducción, selección y prólogo pertenecen al novelista y artista plástico mejicano Guillermo Arreola, autor de las novelas y libros de relatos La venganza de los pájaros, Traición a domicilio y Fierros bajo el agua, editada por Planeta México en 2014. También aparece la traducción de un poema de Corn por parte del poeta Manuel Ulacia (1953-2001), nieto de los autores del 27 Manuel Altolaguirre y Concha Méndez.

Alfred Corn (Baindridge, Georgia, 1943) es autor además de dos novelas, (Part of His Story (1997) y Miranda´s Book (2014)), un estudio de prosodia The Poem´s Hearbeat y dos colecciones de ensayos críticos (The Metamorphosis of Metaphory y Altas: Setected Essays, 1989/2007). Traductor de las Elegías de Duino de Rilke, ha sido profesor de las universidades de Columbia, Cincinnati, Tulsa, Oklahoma y Yale. Traducido a varios idiomas es un autor desconocido para los lectores castellanos al permanecer inédito en nuestro país. En lugares como Francia o Italia las críticas de sus obras lo sitúan a la altura de Michel Houellebecq y Noam Chomsky, aún distando en la forma y el estilo de estos autores.

Su obra ha sido situada dentro de los poetas llamados “New Formalism”, denominación de la que el propio autor no se considera parte, aunque sí que es cierto que algunas características de su poesía entran dentro de los parámetros de dicho grupo: regreso a las formas, versos y ritmos clásicos, uso de la rima interna y juego de metáforas y simbolismo.

El crítico literario Harold Bloom dijo sobre él: “Alfred Corn es una extensión extraordinaria e inevitable de la tradición de Nueva York y de los grandes poetas visionarios, que van desde Poe y Whitman a Ashbery. Corn logra una autoridad y una resonancia digna de sus precursores. Él ha tenido la habilidad y el coraje de enfrentar, absorber y renovar nuestra tradición poética estadounidense. Sus perspectivas estéticas son notables.” Y la periodista y poeta Carolyn Forché: “La poesía de Corn no solamente muestra sus considerables habilidades poéticas, sino que se convierte en un modo de pensamiento, una investigación sobre el arte y la pasión, los límites del dominio, la mortalidad, la divinidad, y el posible destino del alma humana”. 

Más información: www.chamanediciones.es