miércoles, 24 de agosto de 2016

ACERO EN LOS LABIOS: Isabel Marina.



PRÓLOGO

“La poesía es un arma cargada de futuro” 
(Gabriel Celaya) 

Estas palabras encajan perfectamente en la poesía de Isabel Marina, porque este libro que tienen en sus manos es el primer poemario que entrega a la imprenta. Pero tras su lectura, llena de imágenes, sentimiento y sensibilidad, se adivina que Isabel no va a descansar en la hermosa tarea de dedicar su tiempo y sus afanes a la lírica, porque para ella escribir viene a ser lo mismo que vivir y la consistencia de su ilusionada vocación es tal que emociona y seduce a quien la lee. 

Y con la realización de estos meritorios afanes, saldrán ganando, en primer lugar ella, la autora, que cumplirá un hermoso sueño, siempre difícil y lleno de esfuerzo, y también todos cuantos amamos el arte poético, pero, sobre todo, quien más saldrá ganando será la propia poesía, que encuentra en Isabel una cultivadora excepcional, llena de ilusión, de entrega y de un difícil saber hacer que impregna toda su obra y la convierte en una delicia para el lector, el cual desde las primeras estrofas de estos cuarenta y cinco poemas, se siente cautivado e identificado con el espíritu de sus versos. 

Consta el poemario de tres partes temáticas, la primera la titula: “Como pobres diablos”, la segunda: “Esta ceniza seca” y la tercera: “Somos fulgor”. Todas tienen entre sí, diferencias de enfoque y de intención, y en cada una de ellas hay una percepción especial regida por el tema de su título, pero –y esto es lo más importante- no hay diferencia alguna de calidad entre las tres partes, y aún me atrevería a decir que tampoco de continuidad, porque el método estructural no implica rupturas en lo subyacente y fundamental que es, en primer lugar el sentimiento, en segundo la elegancia del estilo, y en tercer término la belleza de las metáforas. Igual sucede con la frescura de las palabras, la agilidad del tono y la profundidad del pensamiento, que nos transporta a un mundo interior de una riqueza imaginativa a la vez que de una expresividad envidiable. 

Hay también a lo largo de todo el poemario un saber inhibirse de la cotidianidad vulgar, llenado el día a día de una gran riqueza de matices, gracias a un léxico más estricto y riguroso que florido, cosa que se echa mucho de ver en éste tiempo, en el cual se advierte en la poesía moderna un cierto barroquismo que, a mi modesto entender, difumina las intenciones confundiéndolas con algo puramente formal. 

Dice Oscar Wilde, en alguna parte de su extensa obra, que “escribir es librarse de fantasmas” y esta frase feliz encaja perfectamente con el estilo poético de Isabel Marina, porque ella se desnuda literalmente de pensamientos oscuros y de imaginaciones o realidades dolorosas y difíciles (ella sabrá cuáles son unas y otras) plasmando en el papel su deliciosa interpretación de los sentimientos y de los aconteceres que la atañen y que nos sabe transmitir de modo dulce, a la vez que enérgico, sin márgenes de duda o de desilusión. Antes al contrario, la poesía de Isabel llena nuestra alma de certezas haciéndonos caer en la cuenta de que nuestro pensamiento más íntimo y a veces inconsciente, gracias a su fuerza expresiva y a su delicada sensibilidad, se siente identificado con el suyo. 

No quiero decir con esto que en la poesía de Isabel no haya elementos claros de tristeza, o si se quiere de melancolía, que los hay, porque la vida nos ofrece un pesado bagaje de contrariedades y su poesía es ciertamente muy vital, pero a pesar de ello, la ilusión y la esperanza están presentes en toda su obra y llenan nuestra percepción de un sentimiento de superación antes que de frustración y renuncia a la felicidad. 

Estilo, sinceridad, fuerza expositiva, sensibilidad, delicadeza y dominio del léxico, como corresponde a una periodista enamorada del lenguaje, hacen de este poemario un oasis de belleza en el páramo de lo cotidiano y de tantas y tantas situaciones y sensaciones que a la mayor parte de la gente pasan inadvertidas. 


Fernando Álvarez Balbuena Mayo de 2016


TRES POEMAS


Ansiedad de flores rotas
disecciona mi cabeza,
en este horno silencioso
donde arde el barco inútil.

Las olas levantan el asfalto,
la furia retuerce mis puños,
y estalla un ruido de sables.

Son absurdas las palabras.
Tengo sangre en la garganta.
Soy una mujer en guerra.

*

Ojos de mendigo
con la ropa a jirones,
recuerdos mutilados,
albero en llama.

Las palabras horadan,
como puñales,
este silencio
                  descarnado.

Amaneceres rojos
donde, sin fe,
gesticulamos
como muñecos borrachos,
como pobres diablos.

*

Me aferro al violín que sangra
en el cielo premonitorio,
interminable daga
que disecciona párpados.

Ruinas de templos sobre nuestra cabeza,
sordos en la prisión de este lecho,
donde se desploma el crepúsculo
que nos abrasa de frío.

Los pies se aflojan
en el río suicida de rabia.
Los cuervos atraviesan nuestra piel
como desgarradoras balas de plomo.

Aspiro el veneno de un solo trago,
los planetas se estrellan
contra la mente enjaulada,
y entierro en depósito mi cuerpo.

A golpes, calcina el sol furibundo
esas manos que ahuyentan pájaros.


Isabel Marina, de Acero en los labios (Ediciones Camelot, 2016).

martes, 23 de agosto de 2016

QUÉ EXTRAÑA ES LA VIDA por MAICA MIRANDA



Qué extraña es la vida
Sacude y mece
Espanta y conquista
Trastorna y calma
Emponzoña y germina
Acuchilla y cura
Reniega y afirma
Explota y serena.

Qué extraña es la vida
Embruja y palpita
Acrecienta y engaña
Perdona y ofende
Afianza y oprime
Despierta y machaca
Estimula y marchita
Seduce y despide

Qué extraña es la vida…


Maica Miranda, 
del blog Luces y sombras.


lunes, 22 de agosto de 2016

NO TE VOY A DEJAR SOLA por CARLOS DE LA CRUZ




Todo esto era para que los esclavos estuvieran cerca,
cerca cuando tuviéramos que elegir entre el bien y el mejor
respirar de los ojos del otro y llevarse el premio,
la cocacola, el planisferio, el pedazo de cuero más grande,
entre tú y yo
la carne es
y el resto somos los otros.

los huesos no tiene nombre.
Los huesos son siempre de otros de nosotros son los huecos sin dientes en el poema la montaña sufijo rota guadaña soy el único que te nombra soy la cuenca de las normas
soy sin dolor el instrumento con el que desvelas la belleza.

Los esclavos estamos agradecidos, ahora
podemos escribir nuestros nombres en la carretera:
las plumas y los cangrejos
las mentiras de las plumas y los cangrejos.

Somos una raza que no necesita la absolución,
pecado y libro y canción
los ojos del hijo el árbol redondo te voy a dar una razón
para respirar
tus dedos chiquitos
mis dedos enormes leona
no te voy a dejar sola.


Carlos de la Cruz


viernes, 19 de agosto de 2016

MAPAS AFECTIVOS: Manuel Cuenya.




Manuel Cuenya: geografía de las emociones


Sobre la mesa de trabajo, el último número de La Curuja, la revista cultural independiente que nos trae ecos hondos desde Noceda para el Mundo. En el escritorio de plasma, abierto de par en par, el último libro de Manuel Cuenya, Mapas afectivos; y en estas líneas el compromiso de explicar al lector por qué debe navegar por este libro de viajes, sin que se note mucho que hablo de un amigo.

No; mejor que se note desde la primera línea para que tus lectores y lectrices, Manuel, no puedan sino reclamar en hojas secas de castaño, juguetes del viento son. También nosotros somos juguetes del viento.

¡Qué buen título!, Mapas afectivos, para diferenciarte en tus viajes de los “mapas efectivos”: antes era la cartografía del Ejército o del Instituto Geográfico, ahora son la Guía Campsa y Google Maps. Mapas útiles para no perderse, inútiles para los viajes de Cuenya, que busca en sus pasos justo lo contrario: perderse, extraviarse por senderos desconocidos, encontrar la hospitalidad, la caricia del paisaje, el susurro de otros vientos y otros mares.

Este libro es una invitación a perdernos en rutas nuevas: aparta, lector, los mapas efectivos y los GPS. Abre el libro al azar y déjate llevar por el destino. Escribía el filósofo Savater, “el mapa nos convoca a la aventura”. Los mapas afectivos de Manuel Cuenya nos convocan a una aventura emocional: irse, perderse, extraviarse para reencontrarse con uno mismo.

En su Brújula para navegantes emocionales, Elsa Punset habla de las mochilas emocionales que tanto pesan sobre nuestros hombros cargados: las emociones negativas del miedo, el dolor o el ego. Algunos turistas viajan (digamos mejor, se desplazan) con sus mochilas cargadas de piedras negras. Salen de casa y llevan a cuestas la hipoteca, las zapatillas, los niños, el régimen, las manías: la plancha portátil, los exactos calcetines para cada ocasión, el completísimo neceser lleno de superfluos botecitos imprescindibles. Más les valiera quedarse en casa. No son las zapatillas lo que pesa en la mochila, sino las piedras emocionales.

El viajero, como hace Manuel Cuenya, ha de partir desnudo: lo puesto menos un botón; ligeros de equipaje nos quiere el poeta; sin más GPS que su vocación de sentir y descubrir mundos nuevos, sin otra brújula que su propio corazón aventurero.

Esta es la forma de viajar de Manuel Cuenya, y por eso sus Mapas afectivos “nos enseñan y nos emocionan, nos ayudan a entender más y mejor el universo en el que vivimos”. Apenas das los primeros pasos, aterrizas en Vancouver, y te sientas a conversar con Jack London al pie de las Montañas Rocosas. Sigues caminando y te sumerges en México a toda madre: “No nací en México, pero viví en este país de contrastes a toda madre. El deseo rozándose con el Tánatos. La muerte exhibida. Los ataúdes en las aceras de Chalco. El culto a la pelona en Tepito y en Mixquic. País tragicómico al que le va la farra a todas margaritas”.

Unos pasos más y el mapa afectivo te devuelve a las raíces, un viaje a Páramo del Sil, tras las huellas del poeta Ángel González, puede contener un cofre de emociones.

Es así como Cuenya va llenando su alforja vacía, su alforja de Marco Polo berciano desnudo, y la va llenando con tesoros de emociones nuevas, de esas que no pesan en el alma ni en los bolsillos. El autor va construyendo sus Mapas afectivos sin detenerse en aduanas ni fronteras. No las hay para viajar hasta Tras-os-Montes, en el Norte de Portugal, y son de papel las fronteras en la Villa del Libro, Urueña; de posos de té en Estambul, y de muros derruidos en Berlín. Fronteras invisibles por las que el viajero transita desenfadado, al despiste, hippy en Ámsterdam y moro con chilaba en Fez, en el país de las mil kasbahs.

Y en cada viaje emocional, Cuenya va sembrando el relato de guiños cinematográficos y literarios: la escuela de cine de Vancouver, la huella mexicana de Buñuel, El Padrino de Coppola o las voces de Elías Canetti en Marrakech; o de Torga, Llamazares y Saramago en Portugal.

Manuel Cuenya, periodista, escritor, profesor de cine, infatigable animador cultural en El Bierzo y León, vuelve a deleitarnos en estas páginas con nuevos “viajes sin mapa”, como en su libro anterior; madurando la prosa ágil con la que antes nos regaló en los cuentos y monólogos interiores de Trasmundo.

Abrid sin temor estos Mapas afectivos: su lectura os permitirá, como al autor en el mirador de Itran, “reflexionar acerca de lo humano, incluso de lo divino (esos dioses y diosas que inventamos para hacer acaso más llevadera esta vida mortal y rosa) y me ha procurado emociones intensas. Desde la kasbah, enclavada en Kelaa M'Gouna, me dejo arrullar por el silencio nocturno, sólo interrumpido por el croar de las ranas, y la protección de un cielo estrellado como sólo he llegado a percibir en las estivales noches en Noceda del Bierzo. La temperatura ambiental es excelente”.


Valentín Carrera, prólogo a Mapas Afectivos, de Manuel Cuenya (La Nueva Crónica, 2016).

jueves, 18 de agosto de 2016

VIAJE HÍBRIDO por VÍCTOR PÉREZ



Un Elvis zen 
imita con la boca el ruido del árbol más alto del pueblo
mientras mira un punto muerto del horizonte
desde una casa polar en la bahía
donde han dejado algo para él enterrado en el hielo
Está viejísimo y es muy comprensivo
Cada vez que alguien dice 1978
no tarda en quitarse los pantalones
entonces habla sobre la sabiduría del surf
y erguido espera tranquilamente la tormenta
la frontera de lo excepcional en una buena historia.


miércoles, 17 de agosto de 2016

QUEJAS por FELIPE J. PIÑEIRO



Quejas por los inmigrantes
quejas por el turismo
quejas por los perros en playas
quejas por los torsos desnudos del hombre
quejas por los niños
y quejas por sus padres
quejas por los precios
quejas por el calor
quejas por el frío
quejas por el trabajo
quejas por los estudios
quejas por el paro
quejas por los sueldos
quejas por la política
quejas por los vecinos
quejas por los amigos
quejas porque hago o dejo de hacer
quejas por los coches
quejas por las putas no por los putos
quejas por la música
quejas por la tecnología
quejas por todo
quejas quejas y quejas
remediadlo o haceros ermitaños o comprad una vida
a ver si así os dejáis de tantas y tan tediosas quejas

Felipe J. Piñeiro


martes, 16 de agosto de 2016

LOS INSTINTOS Y EL CHOCOLATE por SILVIA D CHICA



- Mamá, se me ha puesto el pito duro, mira, toca.
- A ver... sí, es verdad, ¿y eso?
- Es que cuando veo amor en una peli ¡se me pone duro! y ahora es que lo estoy recordando.
- Ya veo, ya. ¿Y qué recuerdas?
- Pues a dos personas que se estaban besando de amor en la boca y por eso se me pone duro. Mira, mira.
- Ya, ya. Es el despertar de la sexualidad.
- ¿Y eso qué es?
- Pues la llamada de la vida, el instinto para procrear, para hacer otro nuevo ser. Tú tienes las semillitas aquí, en estas dos bolsitas, y algún día se las pondrás dentro de una chica para que tenga luego un bebé en la barriga, como tú, casi nueve meses ahí dentro. Disfrutando.
- Martín ya tiene una hija, pero es en el otro mundo. Se llama Amatista.
- Y tú, ¿no tienes?
- No. Yo tengo a Zafiro, que es mi hermana. Tú no la ves. Pero está aquí. Y hoy se queda a cenar también. Ella y otros veintisiete amigos.
- Ah, pues avisa, porque no sé si tengo cena para todos...
- ¿A ti te gustaría tener ahora una hermanita? Rechonchina, pequeña, adorable....
- No, no... yo no quiero más hermanas pequeñas ahora, que dan mucha lata, y lloran y se hacen caca... No, no. Yo y Martín. Y ya está.
- Bueno, bueno. Pues nada. Venga subid al coche. Poneos bien el cinturón que está la policía por ahí y nos meten un multa.
- Mamá, no te he contado una cosa. Una vez en mi cole hicimos una carrera solidaria, y al final vinieron unos policías, y nos dejaron entrar en su coche y poner la bocina y mirar todo por ahí, y también nos dejaron tocarles la porra, que es muy larga, y dura y como de goma. Es con la que pegan los porrazos a los malos...Y luego les pusieron a los perros pastores alemanes una prueba. Tenían que oler droga, pero en vez de ponerles droga, les pusieron chocolate. 
Al final, cuando se fueron, todos los de mi clase les decíamos, ¡eh, policías, queremos el chocolate! ¡Dadnos ese chocolate!
- Ja ja ja, ay el chocolate qué tendrá...
- Por cierto, tenemos que comprar. Ya no queda.
- ¡Pero si compré ayer dos tabletas!
- Se lo comió papá. ¡Si traes del blanco se lo devora!

Silvia D Chica, del blog La Tierra Pura.


sábado, 13 de agosto de 2016

LOVECRAFT NUNCA ESTUVO ALLÍ por EVA GARCÍA FORNET



En una cabaña con el techo de abedul y pasto al lado del puente de Hardanger vive un viejo poeta. No sabe recitar ni ha ganado nunca un concurso. Les recita sus poemas a los turistas que aparcan en el arcén para sacar una foto panorámica a la modernidad del puente. Los turistas extranjeros no entienden nada porque habla en el dialecto del fiordo pero como aquello les suena exótico y el viejo lleva una gorra de capitán y un collar hecho de runas se ríen y se hacen fotos con él. Da recitales cada día, bien a los turistas o al puente o a los peces sonámbulos del fondo. El ritmo del verso lo marca el bip bip regular de las ruedas de los coches pasando una y otra vez sobre las chapas metálicas del gigantesco puente. Antes lo marcaban las tormentas o el chapoteo de las barcazas. Nunca publicó nada ni lo invitaron a ningún recital porque los poetas locales decían que olía demasiado a aquavit y a pescado y además maldecía en la lengua antigua y hacía hechizos con esqueletos de animales en los cementerios cuesta arriba, tan verticales que parece que los muertos están de pie esperando la lluvia . A él le da igual, los maldice a ellos y al puente y sobre todo a los seres que viven en el fondo. Una noche tras otra se elevan desde las aguas sobre las brumas y llaman a la puerta de su cabaña con sus brazos de algas y sus ojos llenos de luz. Él descorre el cerrojo de la pesada puerta y les corta las cabezas con la guadaña, arrojándolas con rabia al agua una y otra vez. Cada noche salva al mundo y nadie lo sabe.

Eva García Fornet


viernes, 12 de agosto de 2016

CUANDO BUSCAS por MANU LERDO ASTUR



Cuando buscas, y
no encuentras.
Cuando encuentras
sin buscar.
Cuando miras adelante, y
lo tienes siempre atrás.
Cuando esperanza es agonía, y
agonía despertar.
A veces, caminante,
no hay camino que buscar.

Manu Lerdo Astur


jueves, 11 de agosto de 2016

LA NOCHE por JAVIER LENCINA



Atratrapante
Noche que encegueces
Embarazada de murmullos

Fuera de gestos
Fuera de órbita
Sin lastima

Te miro desde lejos
te apisono hasta
más no poder

Noche sagrada
no dejas desperdicios
mas que aliento a niebla


Javier Lencina


martes, 9 de agosto de 2016

ARDID por AINHOA M. RETENAGA



Ausento una privación
de existencias mudas,
de saciados vacíos
colmados de nada.
Ahuyento su gráfico apremio
resguardo de expolios,
mendacidades hurtadas
al devenir del tiempo.
Confino a la amnesia
su proceder alevoso,
futilidad heroica
transida de alcances.
Impugno y me empeño.
Me obstino y rebato.
Rehúso su practicidad obscena,
insigne mediocre
declamando adulterio.
Blasfemo su simpleza sectaria,
mentora encubierta
de imperfectas lacras.
Conjeturo y la asedio.
Reclamo y la hostigo.
No enmudezco y la sacio.

Ainhoa M. Retenaga


lunes, 8 de agosto de 2016

ANNA por GSÚS BONILLA



INTRO

El viento nos regala un globo abandonado

De: JORGE M MOLINERO, en: Pum

La negra, como el hambre, viene sin papeles por eso su cuerpo duele y huele como las flores

De: CHICO OCAÑA, en: No te metas con la negra

(MÁRTIRES DEL COMPÁS)

Tan hermosa. Tan vida. LA HIJA

De: MARÍA GARCÍA ZAMBRANO, en: La hija 


‘ANNA’, este cuaderno de poemas, nace en el contexto de la infertilidad de los deseos y los proyectos estériles, pero donde, sin embargo, permanece (el querer) ser y (el querer) estar que conforma todo sueño posible, cumplido e incumplido. Un algo por lo que luchar, aquello por lo que se toma con(s)ciencia de estar vivo. A modo de testamento vital (en proceso) ‘ANNA’ comprende una serie de textos, apuntes o poemas, en su mayoría inéditos, cuyo eje principal abarcaría el conjunto de sentimientos que alía una persona a otra. Interrogantes, dudas; certidumbres, verdad. Todo ello conforma un espacio poético libre cuya única práctica posible es el amor. 

Otros textos, apuntes o poemas, que no que se incluyen aquí se encuentran dispersos, de una manera más que evidente, en los cuadernos de poemas que fui publicando a lo largo de todos estos años, desde 2006 hasta hoy. 

GSÚS BONILLA. Mayo de 2016

*

PLANTEAMIENTO


Fundaremos un árbol
amor

para el animal salvaje
el ave o réptil

para que lo idolatre la tribu

para que el hijo se abrace a él

para el perro

para el leñador.

*

CÓMO SERÁ LA CRÍA: esta era la pregunta
nada más amanecer.
Poco a poco el espejo iría desvelando más detalles,
hasta que dejamos de asearnos. El mediodía nos traería nidos
agua con gaseosa, coronas de flores
ojeras y terciopelo, y una lluvia gorda
como cuando los animales ensalivan
el pasto seco. Caería la tarde
y la cal y el talco
y ese ungüento que olía como el cilantro. Tomar el té,
la jeringa y las medicinas; todo aquello
era hacernos el amor. Anochecer
y la dibujaríamos a lápiz:

un alacrán una serpiente
o un bote de humo entre la multitud.


ROPA ÍNTIMA

El canal, la zanja,
y madres

las putas
y madres

los regueros, las cequetas
y madres

las alcohólicas
y madres

las sangraderas, los cuérragos
y madres

las toxicómanas
y madres

la alberca, la presa
y madres

las esquizofrénicas
y madres
las huérfanas de la guerra
y madres

las acequias, los cauces
y madres,

las Madres

la prole y las desposeídas
y los orfelinatos

los intermediarios
y los mediadores

los depósitos a cuenta
y la procuradora,
el foulard
y el frasquito de colonia

los occidentales,
nosotros
y El Salvador.

El Hijo
el sostén, la esperanza

el llanto: que rige el raciocinio
y encharca los principios.


HUÉRFANOS

La felicidad era un trozo de carne aprendiendo a gemir, una manada de pequeños lobos hincando sus hocicos negros en ella; poco antes habrías sido parida con toda la liturgia de los hospitales del primer mundo, sobre un rosal. Tu llanto eran espinas y desconcierto; qué hacer en ese calvario de sábanas, qué otra cosa que unirnos a la orgía e invocar otro olor a tierra mojada, y esperar la lluvia y permanecer en silencio, abrazados y callados, mientras, llegaba nuestro turno, lento y cansado, como un viejo caracol; descorazado, desahuciado y sin ánimo de nada, arrastrando otra lucha perdida más; desnudo, exponiéndose a la burla, que nos llevó a olvidar a la madre palpándose el pecho hasta dar con el corazón y extraerlo y echarlo todo entero y que sirva de alimento para las bestias.


Gsús Bonilla, de Anna (Ediciones del 4 de agosto, 2016).

sábado, 6 de agosto de 2016

LLUEVE EN ZURICH por LAURA MARTÍNEZ GARCÍA



Llueve en Zurich, la mujer suiza le toma el pulso a la intuición, y descifra los mensajes encriptados que le envía a modo de ondas eléctricas que recorren su piel. Hay un páramo que ha olvidado las ramas frecuentes de los bosques de hayas, y plagado de arbustos que se esconden tras sus propios matorrales, avanzan en colectivo hacia lo tramontano. La galaxia sucumbe ante los retos de dos primaveras seguidas, llueve en Abril, el mes robado, y acrecientan las distancias todas las constelaciones, Orión le lleva años luz a la Osa Mayor, todo es competición en Dendera, los faraones del alto y bajo Egipto se bañan en el Tigris mientras los del Eufrates viajan en sus barcos egipcios, un río como nexo continuo en el ocaso del sol con la partida del ejército a hacer historia, texto y jeroglíficos, yo me enamoré de un esclavo egipcio, del Mar Rojo, de las pirámides y sus templos, de los papiros y la flor de Loto, de los barcos con arcos, de todas las maderas y montones de incienso, del ébano y el marfil, del oro verde de Amu, del dios Ra, inmenso sol, y del camino de los Reyes y canal de Faraones, de una época entera, de un antiguo Egipto, y de la mujer Suiza de ondas eléctricas y páramos olvidados en lo tramontano, que sucumbe a los retos de dos primaveras seguidas, que es lluvia en Abril, el mes robado a la competición en Dendera.

Laura Martínez García


viernes, 5 de agosto de 2016

NO HAY MIEDO por MARIO QUINTANA



No hay miedo.

En la inmensidad del mar no existe el miedo. La muerte en el mar, como mal mayor, pende de las variantes, de la probabilidad y la casuística.
No saber nadar es un mal menor en tales casos.
Siempre me pregunto si el miedo por el bienestar ajeno no es una forma egoísta de temor por lo que puede sentir uno ante el devenir.
Reitero, el temor por los propios sentimientos.
Más que por la catástrofe.
O el defenestrado.

Que la muerte me alcance viajando.
Y me va a alcanzar, como a todos.
Qué probable es que abracen mi cuerpo muerto con más intensidad que vivo.
Y qué descorazonador.


Mario Quintana


jueves, 4 de agosto de 2016

UN POEMA de RODRIGO GARRIDO PANIAGUA




Igual que las monedas de un museo,

el eco del que fui
es una posesión innegociable.

Sé lo rápido que se encoge y se estira
la piel de los amaneceres,
y que la longevidad
de las máquinas
convive con la naturaleza de siempre,

la que pudre a sus invitados hasta la memoria.

El recuerdo
es la luz turbia
que aún presentimos al cerrar los párpados.

¿Podrán los autómatas de siglos posteriores
desarrollar esta virtud humana
de contar historias breves?

Las canicas transparentes de la infancia
son mis ojos tristes
en una de las fotografías que guardo.

¡Qué preciado testimonio
el de todo aquello
que huye con nosotros!


Rodrigo Garrido Paniagua


miércoles, 3 de agosto de 2016

GABRIEL OCA FIDALGO: Entrevista en Diario de León.



Gabriel Oca Fidalgo Escritor

«El que más vocea suele ser el que no tiene ni puta idea»

Lugar: Bar Belmondo, León
Hora: 21.30.

ALEJANDRO RODRÍGUEZ | DIARIO DE LEÓN

«En sus páginas te esperan, montados en el buga, la puerta abierta, ¿entras?» Así es como quiere llamar la atención del lector el escritor leonés Gabriel Oca Fidalgo en la contraportada de su nueva novela. Tras sus primeras obras autobiográficas —La carretera muerta en 2008 y Ansiedad. Vida de un yonqui en 2014—, presenta hoy su primera novela de ficción, Una novela quinqui. Lo hará a las 21.30 en el bar Belmondo y durante el acto le acompañará el narrador y poeta leonés Vicente Muñoz, al que le une una gran amistad.

—En esencia, ¿sobre qué trata su nueva novela?

—El título lo expresa, y en la contraportada viene el argumento: quinquis, droga, los años ochenta, la heroína, la madera, la música y un taco de etcéteras. Denuncia social también creo que le llaman... Relato en primera persona, aunque siempre se deja caer algo de lo que pueden llamar moralina, pero la mía, claro. El narrador equisciente y todo eso...

—¿Por qué razones elegiste ese título en concreto?

—La verdad es que la novela estaba prácticamente acabada y no tenía título todavía, puedes creerlo. Así que después de mucho tira y afloja se quedó en eso. En principio iba a titularla Quinqui a secas. Finalmente quedó en Una novela quinqui.

—¿La novela guarda algún tipo de relación con León o tiene algo que ver con la ciudad?

—Se hace alguna referencia a León, y queda visible el viaje a Madrid. Pero la ciudad es lo de menos... Más grande o más pequeña, en todas las ollas se cuece con los mismos ingredientes. Pasa que Madrid, Barcelona, Bilbao y las grandes capitales se llevaron la palma, pero el caldo de cultivo estaba en todas por pequeñas que fueran, la heroína, la delincuencia, la madera... Yo doy mi opinión en el libro, luego cada cual puede pensar lo que quiera, hacer debates televisivos y toda la pesca, en los que por regla general el que más opina y el que más vocea suele ser siempre el que no tiene ni puta idea.

—¿Qué intenta hacer llegar al lector con esta novela?

—En principio nada. Es la primera novela que escribo como tal, las dos anteriores eran autobiográficas. Esta es novela de ficción. Así que en principio solo era eso. Escribir una novela. ¿El tema? ¡Pues el que conozco! El mundo en el que me he desenvuelto, recordar todo aquello, lo que fueron los años ochenta la nostalgia de aquella época por un lado, y por el otro poner sobre la mesa ciertos datos, no denuncia en sí misma, solo volver a recordarlo. Que los que la vivieron se sumerjan en ella, y los que no lo hicieron tengan una referencia.

—¿Va destinada a un público objetivo, específico?

—Va dirigida a todo el que se acerque a ella. En esta plaza ya está todo el pescado vendido. Ya se sabe la tirada que pueden tener estos libros. La novela, mi estilo, tiene un vocabulario concreto, escribo como hablo, y mucho argot, jerga de ahora y jerga de entonces. Yo, por ejemplo, no leería las memorias de Aznar, por más que me guste la autobiografía, o el género epistolar de Escrivá de Balaguer, si es que lo tiene, por poner un ejemplo... Pasa que el que vivió lo que yo viví, el que lo entiende todo todito, ese es más difícil que se acerque, algunos porque no están vivos y otros porque el anuncio no les llegue. De todos modos, y como digo, está abierta a todo el público, no hay nada enrevesado ni mensaje oculto entre líneas.

—¿Tiene relación con sus libros anteriores?

—Mis dos anteriores novelas son autobiográficas. Ésta, como digo, es una novela de ficción, con argumento, nudo y desenlace. El tema, eso sí, es el mismo, lo que he vivido, la nostalgia de esos años. Dejando a un lado, o al menos así lo pienso, que en toda autobiografía se puede adornar o fabular, y que en toda obra de ficción puedes meter algo realmente tuyo o reflejar un álter ego o arquetipo. Pero novelas de ficción, al fin y al cabo. Es mi primera novela con casi cuatrocientas páginas. Estoy muy orgulloso de ella, del trabajo, y te aseguro que es algo que no suele sucederme.

—En la presentación que llevará a cabo esta tarde en el bar Belmondo le acompañará el poeta Vicente Muñoz Álvarez. ¿Por qué esa decisión?

—Vicente ya me acompañó en la factura de las otras dos... Hace dos años, un 25 de julio, ya presentaba también en el Belmondo con él de maestro armero. Pero eso es lo de menos... Vicente tiene mucho que ver en todo lo que he escrito, en que siga haciéndolo. Fue él el que me puso en contacto con Eclipsados en su día para sacar La Carretera, y fue él el que me puso en contacto con Lupercalia para sacar Ansiedad. Con Ricardo, el editor de Lupercalia, la relación ha sido más fructífera. Después de editar Ansiedad le pasé el borrador de ésta, me dio el visto bueno y ha sido en estos dos años en los que la he dejado cerrada. Pero siempre diré que fue Vicente Muñoz el que me dio la confianza suficiente para seguir adelante y que no lo dejase.

—Cualquier persona que quiera leer tu libro, ¿dónde puede conseguirlo?

— En Ediciones Lupercalia. La página en Internet es genial, ahí te detalla los puntos de venta y las librerías en las diferentes ciudades del territorio. Que yo sepa la tiene de continuo Elektra Cómic y las librerías Artemis y Alejandría también. Pero lo mejor sería que el que la quiera venga hoy que así se la firmo.


UNA NOVELA QUINQUI: Hoy en León.




martes, 2 de agosto de 2016

HUESOS DE JUM. HUESOS DE GUR por JOSÉ PAJARES IGLESIAS



Les encontraron abrazados. Frente a frente. Con los brazos entrelazados. Un hombre y una mujer jóvenes. La edad no llegó a desgastarles. Aparecieron en Mantua, en Verona, donde Shakespeare situó el drama de Romeo y Julieta mucho tiempo después. Ese abrazo permaneció intacto hasta que una excavación arqueológica de 2007 dejó que el sol se posase sobre ellos por primera vez en 6000 años. Sobre aquellas calaveras enamoradas. Se les conoce como los amantes de Valdaro, y son el único caso conocido de doble sepelio en la Antigüedad. Demasiado bueno para dejarlo pasar, pensé al leerlo. Y armé mi relato. Y les nombré. Porque intuí que vivieron en todas las fronteras. La que separa al animal de ese otro ser capaz de elaborar relaciones afectivas complejas. La que, despreciando el gruñido funcional de su grey, ideó los rudimentos de un lenguaje propio. Una jerga callejera antes incluso de que hubiese calles. Los fundamentos de un código que les permitiese la llamada. Una llamada que propiciase la parada nupcial diferenciándose de todos los demás sonidos del bosque. Imaginé que el ser humano inventó el lenguaje en aquel lecho de aquel río italiano para encontrarse con el depositario de todos sus deseos. Y les llamé Jum y Gur. Y un escalofrío de emoción me recorrió entero la primera vez que les oí llamarse el uno al otro. Con los pies en el agua y el deseo percutiendo en sus gargantas. Porque al nombrarse se volvieron únicos. Dejaron atrás a la bestia que simplemente se aparea propiciando el cortejo y la certeza del otro tras la llamada pactada. Os tengo que confesar mi debilidad por ellos. La ternura que me provocan en su ímpetu pionero. Muy efímero. Muy intenso. Muy puro. Vivieron deprisa. Murieron jóvenes. Y dejaron hermosos cadáveres. Por eso ésta colección de relatos lleva sus nombres. Por eso ellos aparecen en la preciosa portada que, reinterpretando la foto del yacimiento arqueológico, ha hecho mi amigo Torri de forma magistral. Ellos cierran la colección de relatos. Porque he querido llevaros desde el día de hoy hasta esos días de peligros y fronteras en que casi no éramos ni humanos, pero intuíamos que debíamos nombrar lo amado para acercarlo, para hacerlo posible. He querido pensar que nuestra primera palabra no fue para nombrar un arma de guerra, sino que fue un dulce aullido de deseo. Ese poso de la antigüedad que no era más que una foto en páginas de arqueología me dio pie para imaginar. Les miraba buscarse. Les vi encontrarse muchas veces. Y les vi morir a la orilla de aquel río. Quizá despertaron en mí preguntas dormidas. Porque seguí hablando de otros. De otras peripecias vitales. Siempre eran parejas. Casi siempre había un lecho. O la posibilidad de él. O su insinuación. Lechos que funcionan como cuarteles generales. Camas en que alguien ha quedado varado sin el timonel de su dicha y se convierten en yacer doliente y en reposo del último aliento. Estancias donde alguien invita a quien lleva una vieja herida a unos minutos de paz y sosiego. Habitaciones de hotel donde alguien oculta un terrible secreto en un pañuelo manchado de sangre. Camas compartidas con huéspedes inoportunos que aspiran a robarnos el alma mientras dormimos. Los puntos de vista eran infinitos. Conocí anécdotas de personajes reales, célebres, que se mezclaban con las de otros inventados por mí. Mentí narrándolas todas porque deseé que las sintieseis reales. Veréis desfilar por éstas páginas a Clark Gable, a Johnny Cash, a Robert Capa, a Janis Joplin, a José Antonio Primo de Rivera. Suicidas japoneses se confunden con espectros y demonios más intuidos que manifiestos. Santa Teresa de Jesús espera paciente en un patio y Robinson Crusoe añora su isla. A su lado, hay quien venera un recuerdo aferrado a un bote de pastillas letales y un montón de fotos. Pero el denominador común es casi siempre el mismo: el deseo. Un deseo innegociable que ignora lo establecido y se derrama el sirope de chocolate por encima de forma impúdica y descarada. Un deseo que burla unos instantes a la muerte aunque la sepa inminente. Y la conjura con placer. Todo esto fueron durante mucho tiempo un montón de relatos de temática común. Todas esas parejas se iban quedando por casa con sus afanes, y yo las miraba cómplice pero sin hacerles demasiado caso. Yo había visto sus pequeñas muertes, y en algún momento reparé en que la otra, la grande, la definitiva, sobrevolaba toda la colección de alguna manera. Coincidió con una búsqueda en la red que me llevó a la relación existente en la Grecia clásica entre thanatos y thalamon. (La raíz etimológica de Thanatos es Tha y la única otra palabra griega con la misma raíz es Thalamon, el tálamo nupcial. Thalamon es el lugar de la casa donde habita la esposa, es la habitación central y también la más oscura. Thanatos o la muerte aparece vinculada, por un lado, a la oscuridad y al encierro y, por otro, a la mujer y al amor). Creo que en ese momento tomó forma el libro que hoy presento. Había desde el principio un sustrato no consciente que hacía convivir a los amantes en casi todos los relatos con sus circunstancias y al mismo tiempo con la presencia permanente de esa muerte. En ocasiones el placer es la antesala última de ese destino. En otras se intuye el drama y éste se demora aún algún tiempo. En los casos en que esa muerte ha sido buscada, se convocan los espectros de aquellos a quien más se ha amado para desenvolver el trance con esos últimos placeres. Cuando la vieja de la guadaña se presenta de improviso, sin embargo, se apuran los nanosegundos que quedan de hálito vital rememorando esos encuentros. La vida intenta imponerse en las últimas batallas. Las que están perdidas de antemano. Ese fue el instante en que todos éstos amantes pidieron vivir en éste libro. Se asomaron uno tras otro a la tumba de los amantes de Valdaro y fueron componiendo el relato, un electrocardiograma que comienza a imprimirse en la Prehistoria y se detiene en un piso de Barcelona, en una alcoba pequeña con una cama grande, donde yace alguien que se cansó de la soledad irreversible y de leer mapas en los que ya no hay vida alguna. Son lechos….o son tumbas? 

El modo

¿Cómo les engañaba para que hablasen?. Los que me conocéis sabéis que llevo una guitarra eléctrica colgada del cuello desde hace más de 30 años. Muy arriba, en mis particulares altares paganos, están ellos. Los Rolling Stones más sucios. Los más empapados en blues y opio. He leído todo aquello que ha caído en mis manos al respecto de ellos pero, sobre todo, su exilio del sur de Francia a principios de los 70 es de mis pasajes favoritos. Allí se hizo el inmenso “Exile on main street”, quizá su obra maestra. Oigo ese disco varias veces al mes. Sé cómo lo hicieron. Dormían. Y se encontraban en el sótano para tocar y ver dónde les llevaba ese blues de adormidera. Todos éstos relatos han sido mi jam session particular, a la manera de los viejos Stones. He dado vueltas con todos los personajes. Les he provocado. Les he enfadado. Les he dejado tranquilos. A la vuelta de varios días, o semanas, estaban listos para tocar conmigo. Entonces me sentaba a escribir. Quería su pulso nervioso. Su sinceridad a bocajarro. Pensarles vivos a mi lado ha sido una ayuda. No es escribir lo más crítico de todo el proceso. El esqueleto. Los huesos erguidos son lo importante. No puedes ayudar a que se alcen. Hay un tempo. Hay un tono. No funciona de otro modo. Vengo de una sala de juegos donde sonaba rock and roll. Vengo de las novelas del oeste de Marcial Lafuente Estefanía. Vengo de forma muy especial de los viejos comics de la Marvel, repletos de super héroes. De ver mucho cine. Alguno hasta bueno. De mirar embelesado las portadas y las contraportadas y los insertos de los discos cuando tenían un tamaño suficiente como para tapar tus rodillas. Vengo de abrir un libro que me compré en el Rastro hace 25 años con las letras de Dylan traducidas y recuerdo esa fascinación al sentir que el Rock, esa música que hasta entonces sólo había servido de entretenimiento, decía cosas que otros muchos libros no decían. Ahora veo los vasos comunicantes entre todo aquello que ha llamado mi atención toda la vida. Creo que estoy empezando a contarlo. Releyendo éstos días Huesos de Jum. Huesos de Gur me he dado cuenta que la oscuridad hace acto de presencia con frecuencia. Lo curioso es que yo creo que cada pequeño rayo de luz que se cuela por las rendijas de éstos relatos parece brillar con el doble de intensidad. Esa luz de vida no nos miente sobre la tristeza, la soledad o la muerte. Simplemente se impone como una luz de vida que conjura esa muerte cierta. Por eso creo que es nuestra obligación devorarla. 


José Pajares Iglesias,
presentación de Huesos de Jum. Huesos de Gur.
(Canalla Ediciones, 2016).


lunes, 1 de agosto de 2016

JUDITH RICO Y OTRAS PASTILLAS



PRÓLOGO
LEA ESTE PROSPECTO DETENIDAMENTE
x Jorge M Molinero 

Entre el aforismo, el tuit y la frase apuntada en una servilleta se mueve este primer libro de Judith Rico. La celeridad que nos exige nuestra forma de vida, la escasa memoria y paciencia hace que nos saltemos las líneas que no creemos vitales. No quitamos las escamas del pescado antes de servirlo en la mesa, quedándonos un regusto en la garganta agridulce por lo que podía haber sido y la sensación de haber conseguido por fin atrapar la esencia del alimento primero. Saciamos el hambre, cuando se es joven poco más importa o se pretende, ya habrá tiempo de transitar los caminos señalados por otros e intentar dejar una huella si la brea sigue fresca.

Judith nos celebra con una sesión de fuegos artificiales pero empieza y termina con la traca, sin apenas dejar entre medias un espacio en su cielo para palmeras naranjas. Quiere disfrutar cada segundo pero ya en su juventud atisba aquello de Biedma: “que la vida iba en serio...” y nos muestra tanto sus anhelos, a menudo atajando por el deseo de la piel para llegar al alma, como sus frustraciones, en juegos de palabras fugaces como un chasquido de dedos. 

Esta cajita de perlas tiene como mayor aliado la frescura de la primera impresión. En ella, esta vasca juega sin descartarse, a tumba abierta, con los naipes que le tocaron en la primera mano y con valentía las muestra y se juega hasta la camisa, a sabiendas de que puede perder la partida. Ya tendrá tiempo, como dije antes, de agrandar sus zapatos y caminar por terrenos asfaltados. Pero ella es joven, sólo quiere divertirse e invitarnos a la fiesta. Entren, entren, tomen su bebida favorita, están frías y bailen. Sobre todo bailen, la música la pone Judith Rico.


EPÍLOGO
CONTRAINDICACIONES
x Carlos de la Cruz 

1. Lávate las manos antes de entrar en la cama es una pila de mármol en la que puedes lavarte las manos y frotar la conciencia hasta que arda y arde y arde tan bien que los trenes huyen con el vagón-cafetería entre las piernas. Animales minimales tigres con los dientes de leche las manos de leche los dedos de leche tienen suerte tenemos sed y estamos calientes 
2. No te vas a sentir mejor 
3. Abraza a los desconocidos como si fueran faros velas linternas farolas no queda espacio entre las piernas tienes que hacerles un hueco entre las piernas 
4. Usa la cama como una lanzadera un proyectil sin trayectoria una piedra cubierta de miel la navaja del sexo yo también me iría a la calma contigo los gigantes son molinos de agua: muelen agua muelen lengua también se oxidan no somos de piedra 
5. Ese no es el trato 
6. Los yonquis no hacemos tratos 
7. Busca coincidencias señala con chinchetas los espacios en los que tu cuerpo podría ser el cuerpo de ella es algo así como desnudarte frente al espejo y acabar en la cama con tu reflejo
8. Los yonquis siempre queremos más
9. Judith tiene una grieta como otros tienen un tejado como otros tienen un tren un gato un cocodrilo con zapatos de charol una cerilla encendida dentro de una botella. cuando tiene frío silba cuando tiene hambre creo que es importante saber que ladra y luego muerde y luego te besa los dedos de los labios de los ojos y parece todo tan sencillo… 
10. Esto es más sencillo de lo que parece 
11. Solo tienes que apagar la luz y encender un fuego 
12. Me vas a perdonar pero yo también quiero que mis lunares sean el punto y final de algo 
13. Si has llegado a este punto deberías volver al principio y tomarte una de esas pildoritas que Judith te ha dejado junto al ombligo 
14. Este pastillero no te va a salvar 
15. Los yonquis siempre queremos más


PÍLDORAS

#12 Al mal tiempo, desnúdate conmigo. 

#73 Mi más sentido bésame.
 
#62 Muchas personas vais de gigantes y no entendéis ni de molinos. 

#107 De tal palo tal pastilla.

#127 Estoy a una gota de otro maremoto.

#87 Como sigáis vendiendo humo moriréis intoxicados.

#1 Tengo una astilla en el corazón de tanto tocar madera. 

#140 Sal de la cama y ponte la vida, nos largamos. 

#32 Vamos a quitarnos la piel de cordero y sacar los lobos que llevamos dentro.


Judith Rico,
de Judith Rico y otras pastillas
(Zoográfico, 2016)


viernes, 29 de julio de 2016

PUDIMOS por SARA ZAPATA




El agua que nos dieron de beber
estaba envenenada,
como lo estaban el aire,
la luz y el pan, cuando aún era trigo.
Pudimos ver crecer las adelfas,
oler a miles de kilómetros la avaricia y su guadaña,
sentir la burla entre los dientes
o la daga acercándose antes, mucho antes.
Pudimos...
Pero preferimos el mirto y el espliego,
la esperanza y la misericordia,
la butaca frente al olvido,
el cálido susurro,
la leve queja.

Sara Zapata, del blog Se canta lo que se pierde.


jueves, 28 de julio de 2016

miércoles, 27 de julio de 2016

UNA NOVELA QUINQUI en el BELMONDO BAR



Pirris y manguis, camellos y yonquis, moros y cristianos, policías y ladrones, chabolas y guetos, pipas y baldeos, persecuciones trepidantes... y mucho, mucho caballo...

Del autor de La carretera muerta y Ansiedad.


martes, 26 de julio de 2016

AULLANDO CON ALLEN GINSBERG por PABLO CEREZAL



he visto las mejores mentes de mi generación destruidas, despedazadas, desperdiciadas por la obtusa quimera de un puñado de monedas que, suponían, les sacarían del agujero por cuyas paredes, a cada momento, más raudos resbalan, para mejor olvidar la escasa belleza que un día portaron sus genes

quienes, cuando niños, jugaban a los autos de choque del inconformismo, pasean ya sus grises trajes de oficinista en el incendio inverso del Metro, antes de colocarse el ambidiestro yugo del monetarismo social

quienes se proclamaron comandantes de las revoluciones del espíritu y los seísmos de la conciencia, muestran los agrietados surcos de una edad que llega antes de tiempo

quienes masticaron una adolescencia de suburbio, pasión e incertidumbre, se encomiendan cada noche a plegarias imberbes, en la lubricidad mentirosa del matrimonio, y luchan por no errar el camino marcado por el rebaño que conduce a la ausencia de identidad, el clarear de las neuronas, y el mimetismo de la piel con el neutro asfalto que pisotean las ruedas de los utilitarios de lujo de los que gustan en llamar poderosos

quienes retozaron a la sombra insolente de las páginas subversivas, han olvidado en la cuneta de la existencia sus sueños, cediendo el paso al brioso jamelgo de la uniformidad y, abandonando sus escritos juveniles en los vertederos del arte, en las alcantarillas de la belleza, suplican, el picotazo de la droga que les haga olvidar que ellos, al nacer, creían ser distintos del resto

quienes afilaban cuchillos de lucidez en los efervescentes renglones torcidos del blues, han disuelto su nervio eléctrico en el pantanoso brebaje de melodías de feria que con necio estribillo empequeñecen sus pupilas hasta que estas reflejan la nada más tremebunda

quienes engrasaban su lengua en solidaridades, fraternidades, justicias, revueltas, afirman que repetían frases aprendidas cuyo sentido se pierde en el sumidero de la farsa, al calor de licores de brutal gradación, calidad y precio, al albur de espesuras engendradas en la buena hierba que no pueden sufragarse los apestados que ellos mismos, algún día, juraron ser

quienes deseaban enhebrar sensaciones en las pupilas de los desfavorecidos, caminan lanzando, de tanto en tanto, monedas como proyectiles al regazo de los miserables que la sociedad decidió extirpar, cual tumores, de su organismo, y aún proclaman en alta voz lo doloroso que les resulta contemplar tamaña pobreza, semejante miseria, lo mucho que ayudarían, de poder, a segregar el hambre del estómago de los desheredados

quienes proclamaban a los cuatro vientos la igualdad del ser humano, apagan los incendios de su mente a la mesa de restaurantes exóticos vegetarianos japoneses macrobióticos, o en aviones que recorren geografías a la velocidad del turoperador y el despilfarro, o frente a las 50 pulgadas de televisores aletargados, o al accionar el botón que inicia el software que redecora la instantánea hueca con que pretenden socializar el arte y regalar su creativa grandeza a los miserables que se sujetan a la barra de bar de la ignorancia

quienes despedazaban sus puños contra la pared del totalitarismo, hieren verbal y físicamente a todo el que pueda llegar a arañar alguna triste migaja de su banquete de orden, limpieza, uniformidad y comida tres veces por día, con la todopoderosa excusa de cuidar de su prole, sus retoños, esa remilgada jauría que mañana arrancará de cuajo la mano que les da de comer

quienes subvertían el orden establecido en coloquios de guerrilla, patalean sus tan cacareados ideales, cual guiñapos, arrumbados por los cordajes que unen sus miembros a los del titiritero de camisa de marca made in Indonesia, corbata de lazada gruesa a tono con los tiempos, y perfume de cobaya disecada en esencia de sutil a vainilla que marca el ritmo del baile de moda en la verbena de las vanidades

he visto las mejores mentes de mi generación perdidas, chapoteando el subsuelo mentiroso de una vida mejor que no era la suya, y alzo mi copa vacía, la acerco a mis labios, la mastico, brindando por ellos con mi sangre paria y deseando que abandonen, al menos, la pretensión drogadicta de que su sueño ácido sea compartido por el resto de los mortales


Pablo Cerezal, del blog Vislumbres de El Dorado.


lunes, 25 de julio de 2016

VOLVIMOS A ESCUCHAR ESE ADAGIO DE MOZART: Prólogo y fragmentos.



Prólogo

En extremo silencioso


Guillermo Samperio publicó su primer libro en 1974 y desde entonces no ha cesado de cautivarnos con una creación ajena a etiquetas y caracterizada por el abordaje de diferentes géneros literarios. Reconocido internacionalmente por sus cuentos, cada vez el abanico de su obra se despliega con más ambición y soltura, de modo que la lucidez de sus ensayos, la experimentación formal de sus novelas y, por supuesto, la brillantez seductora de su poesía han pasado ya de la consagración a la perdurabilidad. 

Lo mismo puede decirse del propio Samperio, quien comienza este deleitoso Volvimos a escuchar ese adagio de Mozart citando a sus tocayos Guillaume Apollinaire y Orlando Guillén. La proliferación de Guillermos no es casualidad, sino un guiño hacia la pluralidad de voces que se concentran en su persona, señalando con esta polifonía poética su vocación, o más bien su destino, de clásico contemporáneo.

Por mi parte, llevo una década y un lustro disfrutando y estudiando su literatura y todavía no han dejado de sorprenderme la frescura de su léxico, el talento perspicaz con que imagina situaciones a la vez fantásticas y cotidianas o la riqueza de un estilo literario absolutamente delicioso. Es difícil explicar el maravilloso honor que supone para mí prologar este volumen único, forjado a lo largo de más de diez años por un autor dedicado en cuerpo completo a transmitirnos sus recuerdos, ensoñaciones e ideas con la misma intensidad apasionada con que los siente y vive. 

Estamos ante un libro de poemas que desborda por su lenguaje precioso, capaz de sumergirnos en mil y un placeres sensoriales e intelectivos a través de una apuesta por lo barroco y lo pictórico. Si el festín de vocabulario al que Samperio nos invita con caballerosidad se distingue por esquivar lo previsible, no menos compleja y sabrosa resulta la audacia de su gramática. La sensualidad de su sintaxis se refleja en una baraja de composiciones pictóricas donde los poemas en verso se corresponden con cuadros afines al cubismo o al surrealismo, así como los poemas en prosa equivalen a lienzos impresionistas o expresionistas. El poeta desliza su paleta de sonidos y fragancias para describir conceptos y realidades "azulmar", "pardomorado" o "grirroja". El diccionario se queda pequeño a la hora de evocar los colores que rodean la memoria y los olores que suscitan emociones; de ahí que bellísimos nombres exóticos de plantas y aves se complementen con la invención inaudita de vocablos necesarios. 

La alternancia casi simétrica en la disposición de los poemas tampoco es casual: en verso para lo masculino y en prosa para lo femenino, las palabras hacen el amor y engendran un prisma que abarca Oriente y Occidente, pues vertical y horizontal se expande la poesía samperiana. Así, los versos fluyen como espermatozoides, como generosa "leche traslúcida" o caballos que embisten la leyenda, siguiendo un camino libre, instintivo, sin signos de puntuación que los interrumpan; mientras tanto, las prosas se desenrollan como volutas de humo, con pliegues, matices y voluptuosidades que nos llevan a ignorar "cuáles son tus palabras y cuáles las mías". Tanto y tan bien se mezclan y se delimitan ambas modalidades expresivas que, como ocurre siempre con Samperio, misteriosamente acabamos sin saber dónde habitaba en realidad la prosa y dónde el verso. Quizá por ello apenas nos damos cuenta de que el orden alterno se suprime en los últimos poemas, donde los versos decididos se disuelven con sutileza a favor del fluido encanto de la prosa. 

En cuanto a la multiplicidad de la temática, Volvimos a escuchar este adagio de Mozart nos sugiere que la música y el amor nos limpian de todo gracias a la hermosura que generan sus "cítaras de serenidad". Aunque en este libro resuenan con insistencia las campanas de la muerte y el desengaño se intuye cada vez más profundo, en especial cuando la pérdida de ocio y las obligaciones laborales provocan frases como "mi cuerpo se niega a estar conmigo", al final el abrazo de eros con tánatos se hace palpable en esta carne de dicción que llamamos poesía. 

En definitiva, querido lector, empieza la hora feliz de abrir este libro de plenitud, de ritmo hipnótico, nacido para soñar dentro de él. En un "territorio más onírico que mis palabras", surge para nuestra lectura este momento irrepetible en extremo musical y "en extremo silencioso". 


Rafa Pontes, marzo de 2016.

*

Volvimos a escuchar ese adagio de Mozart 


Anoche, mientras nuestras emociones trazaron una elipsis orbital para encontrarnos en la justa inclinación axiomática de los cuerpos, me di cuenta de que la distancia media entre tú y yo no era otra cosa que mis labios lanzando humo gris azulenco en tu boca abierta en la forma que deja el impacto de un meteorito de nardos en tu rostro, poniendo una coloración rojiza recubierta del vivo óxido hecho por tu saliva y la mía; una vez localizadas las inclinaciones de sorprendentes 17° de tus senos, sin ninguna prisa, es decir desechando la velocidad de la luz, nos afiliamos al primer periodo orbital, el que poco a poco despertaba una velocidad estelar satisfactoria, pero de súbito mi telescopio Hubbel empezó a lanzar luz infrarroja y tus labios volcánicos recibieron las radiaciones, a las cuales les permitiste que entraran hasta la cavidad más honda de tu laringe que se dilataba cada vez más cuando mis detectores de rayos gama, ya sobresaltados, recibían el suave y a veces sólido bombardeo neutrónico de tu lengua. 

Recuerdo con vaguedad que en ese instante, en tanto que una lluvia de meteoritos albinos podía explotar en tu cráter, decidimos, o se nos impuso, incorporarnos en el período de rotación a una velocidad que variaba entre los 450 y los 630 días terrestres, lo que implicaba ya integrarnos en uno de los cúmulos galácticos de plena delectación, tal vez el de la Nube de Libra o el de Capricornio, o yendo de uno a otro o, en el extremo M33 de Dualigum, entremezclando asteroides y estrellas de ambos cúmulos, en un itinerario espacial que ya no tenía tornavuelta como viajeros marítimos que olvidaron de pronto el prodigioso Kasr es-Sayad de cada uno. 

En ese instante, ya me fue imposible no aferrarme al diámetro ecuatorial de tus nalgas, en tanto tus manos me ofrecían las lunas llenas, más crecientes, en su atmósfera de metano y nitrógeno; allí la temperatura tuvo un disparo de unos trescientos mil °C, la masa se adensó en mi núcleo cilíndrico, de borde romo, y la gravedad de nuestros cuerpos se estrechó con firmeza pero con un deleitoso ritmo elíptico, de tal suerte que nuestros ojos explotaron en numerosos y casi invisibles satélites, donde tu visión y la mía se fueron extraviando en una galaxia de espiral barrada que pudo ser percibida por algún instrumento de detección fina y exigente como una imagen borrosa de un quasar cobrizo de cabellos explosivos sin distancia media con el quasar platinado con el que se fusionaba, fenómeno que hubiera hecho recordar, a quienes lo hubieran testimoniado, esa red de canales que vincula cometas con lluvias descubierta, casi por accidente, una noche tibia, por el astrónomo italiano Giovanni Schiaparelli, cuando llenó los titulares de prensa en 1877, en tanto nuestro periodo orbital disminuía entre suspiros estelares y tu cabellera magenta se depositaba sobre mi hombro, o esfera estelar, oculta por la luz de algún sol, hasta que volvimos a escuchar ese adagio KV 540 de Mozart, al que tanto nos gusta prestar oídos cuando la luna está más llena que tu vagina por mis espermatozoides, esos inquietos y minúsculos cometas que, según tus palabras de anoche, al llevarte el dedo índice a los labios, estaban un poco dulzones ya que, supuse, nuestras fotósferas habían disuelto los ya olvidados metano y nitrógeno, lo más normal del metacosmos. 

Los dedos de Arrau seguían deslizándose sobre las teclas negras y blancas como si pusiera el adagio en el ciclo vital de una estrella grirroja; al apagar la lámpara no supimos en qué sector del universo habían quedado tus caricias y las mías. Hablamos con brevedad de augurios, de cartomancia y de la adivinatoria, como si la exactitud del deseo no nos hubiera demostrado que nuestro amor se regía por leyes astronómicas, pero Mozart nos desdecía al sumergirnos en sueño nostálgico donde nuestro amor era un leve llanto jovial. 

*

la patria 

La he buscado en los rincones más impenetrables, 
incognoscibles, 
o ininteligibles, 
el más insondable océano, 
en los interminables desiertos y selvas, 
entre los pentatrillones de estrellas, 
planetas, 
asteroides, 
constelaciones 
o nebulosas, 
al borde del infinito de infinitos, 
debajo de mi cama llena de tiliches, 
en el ropero de mi abuelo que no se había abierto en 40 años, 
pero no encontré a esa desarrapada de nombre patria. 


Guillermo Samperio,
de Volvimos a escuchar ese adagio de Mozart
(Chamán Ediciones, 2016)


sábado, 23 de julio de 2016

UNA NOVELA QUINQUI: Fragmentos.



Para ir entrando en materia y situar, tendría que decirte primero que todo esto sucedió hace muchos años, o no tantos, si pensamos en Marco Antonio y Cleopatra… pero un cacho de tiempo en el fondo, más de calidad que de cantidad, también es verdad. Todo esto sucedió allá por los ochenta, mediando la década, cuando una generación en ciernes aparcó la pandereta para comprarse una guitarra eléctrica, cuando la España cañí de toda la vida, esa España de rosario y de peineta se pegó un revolcón por Europa para quedar sentada en el mismo sitio con el alma zurcida de chirlos, que así es como lo veo y como lo siento. Un sentir particular, por supuesto, pero que no dejará de ser compartido por todos aquellos que saltaron al ruedo del desparrame para acabar pagando el precio en cordura y en carne, generación perdida que salió desbocada y se atragantó a dentelladas con la mala vida, y eso en este pueblo que me vio nacer a las sombras, en este corral de gallinas ponedoras con cuatro lobos tuertos de un ojo, no digamos ya en la capital o grandes urbes. Ha llovido champú de huevo desde entonces, han pasado más de treinta tacos, corriendo los ochenta como digo… Una época salvaje, una década violenta, un tiempo de contagio. Y eso en un terreno abonado por lustros de miseria, con una peña de lo más permeable a la leyenda, una tierra famélica de cultura en la que la libertad llevaba atada 40 años con cadenas. Y una generación de jóvenes promesas a los que de repente con criterio se les soltó de buena fe para que saliesen a correr libres por el bosque de la metáfora, que así es como lo veo y como lo siento, y que terminaron hundidos en el mismo sitio de partida, vencidos por el desarraigo más amargo y contemplando un camposanto tachonado de jóvenes estrellas. Que para eso nos entregó dios el libre albedrío y los carniceros de la política le dieron valija libre a la heroína, no sé si me explico.

Y es en este decorado que llaman contexto donde nos encontramos por fin al Boni y al Cuco, dos puntos de cuidado, unos hijos del agobio destetados con asfalto, dos golfos con radar en las pupilas y pólvora en los zapatos. Pirris de barrio bajo, de barrio obrero, o sangre de extrarradio, de lo más normal en esos años, nada del otro mundo en el fondo. Una pareja de tantas, chavalillos espabilaos a los que les dedicaban baladas los Chunguitos, que eran más espabilados todavía y se anduvieron al lío con los royalties de la lírica. Unos mendas que no podían estarse quietos, que se aburrían dos minutos seguidos en el mismo sitio, algo que ahora llaman chinorri hiperactivo y que antes le decían tener el diablo en el cuerpo, que ahora se medica con psicólogo y mano izquierda y antes se trataba con varas de olivo. Cabroncetes de culo inquieto que no salían nunca en las fotos del colegio, cualquier colegio. Y eso en una España que pretendía ocultar en el baúl de los recuerdos las sotanas del caudillo, seguir alquilando Torremolinos y presentarse al escaparate de Europa con vaqueros nuevos del corte inglés. Todo en plan que no que no, que aquí no ha pasado nada, que llevamos cuarenta tacos jugando al mus por puro aburrimiento, que no sabíamos qué hacer. Aunque los pirris que presento no sabían nada de esto, y no sabían nada de esto porque nada querían saber. La política de altos vuelos se la traía al pairo por Levante así que vamos a ponerle un puto y aparte para que puedan empezar a correr.


Gabriel Oca Fidalgo, de Una novela quinqui (Ediciones Lupercalia, 2016).