viernes, 6 de mayo de 2016

EL AMOR DE LOS YONQUIS por JAVIER VAYÁ ALBERT




Siempre me fascinó
el amor de los yonquis.
El déficit de promesas esquilmadas
cuando el futuro es la quimera de los otros.
La certeza desgarradora y afable
de la muerte de los para siempre en la casilla de salida.
El éxtasis del sexo trocado por la próxima dosis.
Aún así se aman.
Recorren juntos la ciudad en una gincana cruel y sórdida.
Se pierden y reencuentran entre la sed y la búsqueda.
Conocen la profundidad ilimitada del fondo
y lo asombrosamente raudo que se es capaz de llegar.
Se saben rivales similares amantes bajo el sol del vertedero.
Siempre me fascinó
el amor de los yonquis.
Barajan la misma atroz naturalidad que algunos ancianos;
cuando tras unos minutos contemplando
el cuerpo muerto que yace a su lado
continúan su camino y su búsqueda
con esa actitud pasmosa que los normales llamaríamos
frialdad.

Javier Vayá Álbert

jueves, 5 de mayo de 2016

LOS QUE AMAN NO HACEN PIE por UBERTO STABILE



los que aman no hacen pie
agitan brazos como ramas
y son los primeros en hundirse
creen tocar el cielo
mientras el mundo alrededor
se hace inmune a su naufragio.

los que aman no saben decir adiós
mienten cada vez que se despiden
como la noche miente al día
pronuncian el deseo en cada gesto
temiendo que al doblar la esquina
el olvido les devore.

los que aman no calculan
viven empeñados en causas perdidas
las cuentas nunca cuadran
entre el debe y el haber se quedan solos
no hay ley que les salve ni condene
mueren cada vez que resucitan.

los que aman no hacen pie
se ahogan en su propio amor
felices sin saberlo
como gotas de eternidad.


Uberto Stabile


lunes, 2 de mayo de 2016

UN POEMA de IVÁN ROJO



La tienda de mis padres.
Aquel puto ultramarinos.
Lo odiaba a muerte.
El ruido de la persiana a las 6 a.m.
El olor a vinagre.
El tictac del reloj en la pared.
Lento, ajeno al tiempo;
una mariposa atravesada por la aguja.
Y aquella luz turbia día y noche y día.
Bien: al final se apagó.
En su sitio abrieron un solárium.
Quizá debería decir que lo añoro.
Quiero decir la vieja tienda.
Los viejos tiempos.
Quiero decir todo aquello.
La gente suele hacerlo al mirar atrás.
Quizá debería decir:
en realidad no estaba tan mal.
Al fin y al cabo tenía quince años.
¿Hay algo mejor que eso?
Pero sería mentir.
Lo estaba. Estaba muy mal.
Tenía quince años.
Y dieciséis. Y diecisiete.
Y treinta.
Era hora de echar el cierre.

Iván Rojo


sábado, 30 de abril de 2016

CIELO DE ETANOL por MAREVA MAYO



Esa preocupación brota en mí, como escafandra de fuego. Por eso a veces vuelvo a él, para orillar los esqueletos de mariposa y creer que hay un leitmotiv, aunque es mentira, sólo ocurre en mi literatura, en la herida de mandrágora que me mordisqueó una bruja cuando los carámbanos crecían del pasillo. Debería dejar de fumar, pero son tan malos tiempos para eso. Viene a llorar en mi corazón todas las noches el hombre de hojalata y yo sólo tengo moho de vino para consolarle. Cuando sufro su cielo de etanol, mis pies y mi futuro se van de la tierra, me hago como capas de cebolla recubiertas por ácido, y sufro una nostalgia efervescente e imposible. Pierdo mi vestidura y mi casco de metal. Y lloro rayos y cuadernos, sobre la lágrima del pianista del olvido. No me deja en paz esa angustia, no me da tregua, brota como parte de mi identidad, como casa del universo. Por eso a veces noto el violín del abismo oxidarme las palabras. Y mis nervios se vuelven whisky y grietas. A veces tengo miedo, pero sólo la página en blanco lo sostiene y lo camina. Necesito un Sueño fractálico más ancho que todo esto. Necesito mi isla. Me preocupa entrar en ese bucle de alcohol y escombros, de desencanto e indigencia. Me preocupa estar abandonándome al abismo. Necesito una flor que defender con mi vida y con la vida de todos los demás. Algo mucho más profundo que la ausencia y el olvido. Algo más tempestivo que el abandono. Y sé que algo de mí, cuando los tiempos son difícles me vuelve arenas movedizas y andrajo y vanidosa ruina. Me defiendo polarizando la perdición. Pero tengo que hacer algo diferente. Necesito salvar la ternura.

Mareva Mayo, del blog Hoguera de ideas.


lunes, 25 de abril de 2016

EL MERODEADOR en ACVF EDITORIAL: Reedición ampliada.




El insomnio, el miedo a envejecer, la hipocondría...

Como en El crack-up, de F. Scott Fitzgerald, Vicente Muñoz Álvarez narra en El merodeador un estado mental al borde de la quiebra. Y como Winesburg, Ohio, de Sherwood Anderson, y tantos otros grandes libros de relatos, también El merodeador puede y debe leerse como un todo que multiplica el sentido de cada una de sus narraciones, en una estructura circular y autorreferente.

Lirismo, realismo... Un homenaje a Bernhard y a Pessoa...

Una cría de delfin en la playa y unos peces en la pila de la cocina. Unos gatos en un contenedor de basura, cuyos maullidos reavivan una y otra vez la culpa y la angustia. Y la presencia permanente de ese otro yo que mira sin vivir.

Vicente Muñoz Álvarez nació y vive en León. Es una de las voces más personales de la literatura alternativa española y, como editor y antologista, uno de sus más activos dinamizadores. Entre sus poemarios, se cuentan Canciones de la gran deriva y Animales perdidos, y entre sus libros de prosa, Los que vienen detrás y Regresiones. Su ensayo más reciente es Cult movies: películas para la penumbra. Edita el fanzine Vinalia Trippers.

*

El merodeador describe una visión: la de un narrador enfrentado en soledad a sus propios fantasmas. 

Durante casi una década, huyendo del esplín de la ciudad, viví en viejas casas de pueblo aisladas y me dediqué, entre otras cosas, a escribir una ficción relacionada con mis percepciones y experiencias de ese cambio de entorno y lapso de vida, cuando menos, alienante y confuso. Lo que en principio iba a ser un retiro creativo y una expansión sensorial, se convirtió paulatinamente en una especie de laberinto de tinieblas y cárcel de sombras que, finalmente, me forzó a regresar de nuevo a la ciudad... 

Novela fragmentada y en construcción, diario existencial, monólogo interior, libro de ensueños... El merodeador narra el desasosiego bernhardiano de aquellos días y la sensación de vaciamiento y deriva, de extrañamiento, que a partir de entonces se hizo habitual en mí.


Vicente Muñoz Álvarez

*

Segunda Edición, ampliada y revisada, a la venta en ACVF Editorial



sábado, 23 de abril de 2016

QUE VIENE EL LOBO por DAVID GONZÁLEZ



cuando viene el lobo
echo a correr
para advertir del peligro:

cuando viene el lobo:

pero nadie me hace caso
cuando viene el lobo
porque de pequeño fui
aquel niño del cuento
que siempre les mentía:


lo único que puede hacer hoy un poeta es advertir:
Wilfred Owen

David González

sábado, 16 de abril de 2016

MADRID-COCHABAMBA




SUENAN GUITARRAS

a Antonio Vega

La sala Galileo estaba a rebosar. Antonio era capaz, a pesar de sus desplantes y los numerosos conciertos en que no podía tenerse en pie, de concitar un cariño extraño entre sus seguidores, conocedores todos de su nefasta adicción a la heroína. Todos conocedores de su papel de demiurgo que lucha por reinventar su malparada creación en cada recital. Una vez más, Antonio Vega había logrado que aquella sala madrileña de música en directo se encontrase abarrotada de seguidores cuya fidelidad quedaba lejos de toda duda. 

Aquella noche el músico no pudo (o no quiso) cantar. Dejó que fuese su guitarra la voz que orquestase las sinfonías de melancolía y duelo que había compuesto. La primera canción, Océano de Sol, sí la cantó casi al completo. Después agachó la cabeza para no volver a acercarla al micro, como ensimismado en la singladura de virtuosismo con que su mano izquierda navegaba el chapoteo cristalino del mástil de la guitarra. No estaba recuperado del todo, a pesar de haber ganado algunos kilos que le desaparecían momentáneamente de la desaparición pública a que se somete a los condenados al infierno de las drogas duras. Aparentaba fornido, incluso. A nadie, entre el público, le molestó su silencio vocal. El público puso voz a las composiciones del poeta. El público es así, siempre metiéndose en el escenario, siempre irrumpiendo en el espacio que nadie les reservó. El Público, ya lo dijo García Lorca, si quiere desempeñar su cometido, invade el escenario.

No fue su mejor recital, pero se reveló esperanzador para las personas que se dieron cita alrededor de su magia tartamuda aquella noche, en Galileo.

Días antes:

miradas sin brillo y navajas sin alma. Papel celofán adherido a la gloria volátil de la piedra marrón. Dedos en baraja de nervio, tabaco y vejez prematura. Cuencas oculares sorprendidas en la más oscura de las noches. El baile de la metadona había comenzado, y los yonquis decoraban la piel del barrio de Tetuán con disfraces de Halloween y pasos sin eco, mientras se acercaban al centro terapéutico en que pretendían hallar la droga antitética, ésa que venía a salvarles de la muerte en vida para la que nunca pensaron estar preparados.

La metadona es un derivado opiáceo sintetizado por vez primera en un laboratorio alemán, poco antes de que aquel mandatario con bigote de celuloide mudo y ambición de cine 3D decidiese tomar las riendas del mundo occidental. El primer uso que se le proporcionó a tal droga fue sedar a pacientes cuyo cuerpo se disponía a la coreografía equívoca del bisturí. Después, instaurado el reinado químico de las grandes empresas farmacéuticas, adquirió usos diversos, hasta finalizar su breve historia de manera inversa a cómo lo hace el ser humano, o sea: volviendo al mono. La metadona continúa siendo una de las principales sustancias con que los adictos a heroína y derivados pueden sustituir el eco de suplicio y angustia con que éstas aúllan en sus venas, una vez han dejado de circularlas. Hay quien lamenta el uso de una droga para evitar la adicción a otra, y quien, por el contrario, alude a los terribles tormentos de la fase de abstinencia para defender esta terapia tendente a minimizar sufrimiento a aquel que desea retomar el pulso a sus días, sin que se vea interrumpido por la costra del picotazo intempestivo. Imagino que sobraba esta explicación, pero me apetecía dejar constancia, tal vez por recordar yo mismo, más que por informar al lector. Lo lamento.

Se inauguraba la década que precedía al temido año 2.000, ése en que morirían los sistemas informáticos y el ser humano repensaría la vida para hacerla más amable, menos dañina, más fragante, menos dolorosa. Luego, claro, llegó el 2.000 y no vimos más Apocalipsis que el de la humanidad como palabra, entidad y virtud. 

Tetuán. Antes Tetuán de las Victorias, en carpetovetónica celebración de aquella victoria que obtuvieron las tropas españolas en la Guerra de África emprendida contra el Reino de Marruecos, allá por 1860. Tetuán. Hoy Tetuán, sin más, como la ciudad situada en Marruecos de la que, desde entonces, España asegura ostentar título de propiedad.

Tetuán, hoy, amasijo de inmigración rampante, latrocinios mínimos y sobrepoblación excesiva. Tetuán, ayer, hace unos años, lugar donde recababan las mareas de la inmigración llamada ilegal, formada por los descendientes de aquellos marroquíes a los que ya quisimos humillar en su tierra y que hoy, al albur de los tiempos modernos, intentamos humillar también aquí, en este Madrid de todos que muchos quieren hacer de pocos. Tetuán, hoy, vertedero de esperanzas de todos los latinoamericanos que, igualmente, sin pasaporte legal o con la fecha de caducidad impresa en su anverso, transitan las calles revertiéndolas en oro y fango de la política migratoria dictada por Europa.

Pero me desvío… mejor regresar a aquel barrio sudoroso de bocadillo obrero y piel descolorida en que paseaban los yonquis que, decían, querían dejarlo. Deambulaban, cuando la mañana era incierta y la tarde daba aviso, a la espera de que el Centro de Atención a Drogodependientes abriese sus puertas para surtirles de metadona con que acallar el grito neandertal de la heroína. 

Ostentaba yo el dudoso honor de poder asistir a la rueda de la fortuna en que tantos drogodependientes apostaban a la baja. Conocía al personal del Centro de Atención a Drogodependientes del barrio de Tetuán. Fue así como pude ver por vez primera, alejada de los escenarios, la fantasmagoría que se suponía presencia del músico Antonio Vega. Antonio acudía con su novia de aquel entonces, también aquejada de la enfermedad del picotazo y el abandono. Pretendía salir a flote, olvidar en alguna esquina oxidada de sombra y orín la dependencia que le hacía pasear escenarios de medio país a punto de licuarse en el humo de los cigarros y el arpegio imposible de esa guitarra que le había crecido entre las manos.

Antonio es bien majo, se nota que es un tipo sensible, él nunca se queja, si llega tarde y no le entregamos la metadona no monta el numerito, sonríe, no intenta engañarnos, no trapichea a la puerta del centro, de verdad quiere dejarlo. Así me explicaban los trabajadores de aquel dispensario. Antonio es un genio, no sabría decir si la heroína le ha ayudado a ser el gran músico y poeta que es, es jodido decirlo así, pero cómo toca la guitarra, cómo desangra versos en cada canción, está y estará siempre entre los mejores músicos que ha parido este yermo de país, tampoco importa mucho si es simpático o amable. Así les planteaba yo mis poco solidarias opiniones al respecto.

Por una temporada, el bardo madrileño pareció haber dado un paso decidido en la senda de la recuperación. Pude ver cómo, a cada visita al centro, una vez por semana, su cuerpo recuperaba masa adiposa, engordaba, abandonaban su rostro las sombras de parca con que se maquillaba antaño. Parecía otro. No ocurría lo mismo con su pareja, cada vez más demacrada y coloreada de espanto.

Después llegó aquel concierto en Galileo. Asistí con mis amigos del Centro, eran invitados personales de Antonio. Su comité médico, los llamaba él. El cantante se sentía renacer, era feliz, había depositado muchas esperanzas en aquel recital nocturno. La realidad se reveló menos benévola, pero no fue un mal comienzo. Así se lo explicó, una semana después, en Tetuán, a mis amigos. Yo me congratulé con la noticia. No supe ver el presagio de sombra en la mirada de quien me lo contaba.

Meses después vi de nuevo a Antonio. Rondaba las calles aledañas al centro de desintoxicación, como perdido entre sus tráfagos de luz huérfana y basura recién horneada. A los flancos de la figura, de nuevo estrecha, casi etérea del cantante, se arracimaban un grupo de yonquis en evidente fase terminal, ofreciéndole todo tipo de golosinas. Me adelanté al grupo y me senté en las escalinatas de herrumbre y desaseo del centro, confiando en verlo aparecer antes de la hora del cierre, para recoger su dosis de metadona. No llegó aquella tarde. Ni la siguiente, ni en meses sucesivos. No regresó ya más a reclamar su ración de esperanza y amabilidad de bata blanca. Antonio abandonó definitivamente el tratamiento. Quienes gustan de rodear de halo místico a esos humanos que nos deciden emocionar con su arte, comentaron que fue debido a la muerte de su novia, arrebatada a la vida por una desafortunada crecida de heroína adulterada en la marea abotargada de sus venas. No lo sé, tampoco me interesa, supongo que Antonio no quería engancharse a la metadona, esa otra droga. O que no tenía interés en recuperar la vida que aquélla le prometía y ya se le antojaba demasiado extraña, después de tantos años lejos de ella.

Yo seguí asistiendo a sus recitales, a los que podía, sólo por comprobar que seguía en pie, aunque en ocasiones amenazase con caer del escenario. Ya nunca más le vi fornido, su declive se tatuaba en una osamenta de vértigo y una mirada de exilio, su voz parecía haber claudicado de la batalla del timbre. Pero sus dedos, de tanto en tanto, seguían arrancando nigromancias y quimeras a esa guitarra que le acompañaba y, tal vez, fuese la metadona que el artista necesitaba para seguir con vida. Mientras hubo guitarra, hubo esperanza.


Pablo Cerezal


UMBRAL, LAS EUROPEAS Y EL SEXO

Marcos Tabera, músico, me envía desde Nueva York, piezas de su nuevo disco. Nunca fue Marcos muy ortodoxo y hay fusiones que tal vez aterrorizarán a los puristas. Escribiré sobre eso, sobre la heterodoxia y demás liberalidades, y también sobre la esencia india, esa que cargamos tontamente como pecado por donde vamos, ajenos a sus múltiples connotaciones e innegable belleza. 

Parto de ello para hablar de sexo, de cómo para un conquistado no hay logro mayor que acostar a la mujer del conquistador. Lo saben los que sufren y los que avasallan. Hacen de eso, en Bosnia, en la India, en el Tipnis, estrategia de conquista. Tomar por la fuerza lo único que tiene el humano propio. Lo demás lo adquiere de afuera, hasta de las divinidades que pululan por el aire como mosquitos con fiebre amarilla. 

Pero no hablo de sometimientos. Hay un cuarto, en Cochabamba, aledaño a la casa grande. Se usó como dormitorio para el servicio doméstico. Tiempos idos, esos; no totalmente. El cuarto dispone de una alta cama de doble colchón y es mi refugio cuando visito. Fue mi refugio en los años de destierro del cuerpo, cuando encerrado pecaba, como el mago de Lublín de Bashevis Singer, en la oscuridad acompañada de ladridos de perro, de olores a grasa quemada de pollo al spiedo, de papas fritas sobrantes devoradas por las ratas del subsuelo. 

Luego de levantar libros de viejo de paso por el correo, aguardo la noche. Se cena, se ríe y se discute con franqueza. Luego atravieso el patio. La casa grande respira a bocanadas, hace ruido con sus espectros. Por las rejillas que sirven de respiraderos a los cimientos, soslayo los ojillos del más allá que desean materializarse. Los eludo, cierro la puerta con llave. Hay al menos un centímetro entre el suelo y la puerta. Por allí entra la luz de los vecinos, el aullido lastimero de un perro encadenado y hambriento. 

Abro a Francisco Umbral, en ediciones Bruguera de bolsillo, que como bien dice Pablo Cerezal en su tiempo publicaba todo lo que debía publicarse. El escritor destapa mujeres de otros lares: inglesas, noruegas, francesas y no recuerdo más; alemanas y holandesas. Un paseo anecdótico por la feminidad de otras culturas, que en este período de abstinencia, de aparente prisión perpetua, se me antojan eróticos. Entonces quito lo que haya que quitar y en medio del canto de un grillo solitario, que debe vivir entre el fin del césped y la pared, acaricio mis sueños. 

Umbral vive en hoteles, está de vacación. Yo viví a salto de mata, sin monedas en el bolsillo. Y llega G. seducida sin intención por bromas mías de subido tono. No sabía del poder de la palabra. G., la catalana, grande como un cedro libanés y de pelo renegrido. El sexo como un brochazo de tinta negra, inmenso, cubriendo la entrepierna y escapando por los costados, achicándose, mimetizando su exhuberancia con la sombra. Pezones como lanzas, pértigas de guardia suizo en el umbral de las cuevas del Vaticano, de barriles de vino dulce y grosellas salvajes. La apoyo en un eucalipto -es Cochabamba- para entre los dos ahogar un orgasmo prometeico, que devora hígados y sexos. Luego descansa. Andamos por las orillas del canal de la Angostura. Crece caña hueca; el pueblo dice que esta vegetación cría víboras. Qué importa. La noche de Aranjuez se cae de estrellas. Nos tomamos de las manos. Ya no siento, como creía, que el asunto pasaba por la reivindicación racial, por quinientos años de mierda. Este ha sido como cualquier otro polvo, quizá de especias extraordinarias, para nada político, geopolítico, de reconquista. 

Hace luego un café. Su madre vegeta en la habitación contigua. Una chimenea anuncia que esta gente no viene del país, porque en Bolivia no se pone leña en chimenea. Escancia un cabernet y se quita los pantalones. Con el fuego de fondo, su vagina toma un matiz violáceo. Devora mi sexo, se lo tragan los vellos y parece que jamás existió. En un rincón mal iluminado, un santo calvo bendice, san Antonio o san Francisco. Me quedo en ella, por esa noche, para siempre hoy en que ha perdido toda su personalidad, su voz, y es una imagen, una sensación que recrea mi mano plagada de orfandades. 

El viejo Umbral es un cabrón. Cuenta y se burla. Hay ironía en su nostalgia, o ni siquiera nostalgia, retrato de pintor, obsesivo y detallista como Brueghel. 

Francia. En Francia comí cuscús. En Francia no había comida francesa: queso y pan, y leche, y salchichas frías en lata que derramaba sobre la sémola marroquí. ¿Qué buscaba? Una mujer se me había perdido camino al este, y otra, local, que estaba cerca, canceló teléfonos y telégrafos para evitar el recuerdo. 

A esa me la llevé al río sabiendo que era casada (gracias Lorca). Le descubrí los pechos que guardaba una blusa negra. La tarde de Molle Molle olía a eucalipto con tintes de molle. Susurró Apollinaire en medio de pedregullo y ariscas rocas. El río, que pienso también se llama Chocaya acá, rugía y venía espumoso, cristalino. Ella levantó la cabeza, la tiró atrás. Sus cabellos de Montpellier causaron un revuelo de hojas secas y gimió. Eres la salvación de las mujeres casadas, susurró, sin darse cuenta que yo no pertenecía a este mundo, que me habían robado las sílfides del placer, que era sordomudo y más indio que nunca, que eyaculaba como si pereciera. 

En el Mirador descubrí una mesa con vino chileno, parmesano y roquefort. Había invertido lo que no tenía porque el sexo con ella era una fiesta sin ser París. Durmió conmigo mientras nacía Jesús, al amanecer del veintiséis de diciembre. Encendió el motor del Land Rover pero ni eso acalló a las aves que en la falda del cerro gritaban buenos días. 

Luego vinieron escenas de celos. El marido iracundo si solo la llevaba de la mano… Huyó. 

Mi cronología dista de la del autor. Soy, adrede, confuso. Y ni nombres he de dar. Estábamos yo y mis fantasmas en el cuarto de la empleada. En el restaurante de al lado gritaba el perro, tan solitario como yo. Pongo muchas noches en una, las diez y la una noches de mi vacación, con onanismos baratos y deliciosos de a tres por jornada, lamiendo las pieles de todas juntas, a las que habría acostado en un gigante camastro con las piernas abiertas. 

El tren, chu, chu, chu, salido de Chamartín o de Atocha me acercaba a la memoria alemana. No sucedería; ya nunca habríamos de encontrarnos. Pero, de todos modos, entregué mi pasaporte a la aduana francesa con mi destino final. Lo demás es historia. 

Ponías a Bach mientras te paseabas con las nalgas sueltas, largas piernas para largos acordes. De la improvisada biblioteca leías a Büchner sin notar que me acercaba, que habría de empalarte en la mañana de esa casita de atrás en la Muyurina. La noche antes pegué recortes con pésimos poemas en los postes de luz. Tu perfecto español no lo era tanto para los escuetos surrealismos que me causabas. Corté con tijeras de escuela primaria una voluta del pubis, ni tanto rubia pero muy clara para ser de aquí, y la puse con cinta adhesiva en una foto desnuda de tus tiempos andinos. 

Duermo. Ya van cuántos días que estoy aquí, cuántos para volver. El tiempo lo marca el libro de Francisco Umbral que comencé a mi llegada y terminaré una hora antes de prepararme para viajar. 

La inglesa se subió a un peñón en las alturas de Liriuni, con un vestido blanco. La noche anterior lloró. El sexo se convirtió en dolor y vació la botella de vino restante en las aguas termales. Beber te hace mal, dijo, te pone loco. Aquella cama desvencijada sonaba. El chirrido de nosotros dos, acompasado en ritmo de orquesta, llenaba el pasillo en cuya mesa de fondo dormitaba un mestizo con librea. Vaciaste la botella y repetiste: te pones loco. Lavados tus azules ojos de lágrimas. 

Bajó del peñón, tiró el vestido. Caminó como esas diosas de la Ilíada deseosas de engañar con la carne. Subió en mí. Sus vellos tocaron mi vientre, lo llenaron. Ahí se borra la memoria, se desvanece. La vi de nuevo con camisa de color naranja, que le llegaba hasta la rodilla. En el balcón pidió que me le acercara, que le besara la espalda. Me estaba diciendo adiós. Las botellas pedían que las abriese, la locura que tuviera la decencia de aceptar quien era y rendirme a la tragedia. 

El cuarto de la sirvienta olía a polleras, a campo de cebollas. Olía como lo haría yo si no me hubiesen tirado en una tina argentina. Ya cerraba las páginas del libro y dediqué un instante postrero a la mujer noruega. No era esta como la de Umbral, un portento físico. Tenía los vellos del sexo rojos, del color de viscosa salamandra, brebaje ideal para que perdiera la razón, como lo hice. Los vellos conformaban una inmensa maraña de mangles. Nada mejor para la excitación, esa delicia de trópico vegetal. Entrar en ella fue navegar por el río de la Duda, el de Roosevelt, flechado por indígenas y devorado por caimanes. 

Perdí aliento luego de tres veces. Y oriné sangre. El médico dijo tiene que cuidarse de los coitos violentos, porque acaba de destrozar sus conductos seminales. 

Me abotoné la camisa, cerré la maleta, pagué el taxi, me senté en el asiento, rechacé una cerveza y cerré los ojos cuando el avión despegaba. 


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

*

Tras su exitosa edición en Bolivia, publicamos en España Madrid-Cochabamba (cartografía del desastre), escrita conjuntamente por Pablo Cerezal y Claudio Ferrufino-Coqueugniot, y prologada por el gran escritor navarro Miguel Sánchez-Ostiz. Crudo y absorbente volumen de crónicas emocionales y autobiográficas en que Cerezal escribe sobre su ciudad, Madrid, y Ferrufino-Coqueugniot lo hace sobre la suya, Cochabamba, alrededor de temas comunes a toda urbe: Mujeres, Comidas, Alcoholes, Muertes, Cinematografías, Literaturas, Prostituciones, Ciclismos y, especialmente, Músicas. Madrid-Cochabamba es un viaje literario por la cartografía del desastre. El desastre de sentirse vivo en ciudades que acarician la muerte.


jueves, 14 de abril de 2016

ALGUNA VERDAD INCÓMODA SOBRE LA VERDAD por JAVIER VAYÁ ALBERT




Es hora de decirlo;
la verdad es un vicio maleducado.
Una puta que nadie usa pero todos reivindican.
El golpe en el pecho de la vulgaridad.
Y está bien así.
Dime qué harías tú si una mañana cualquiera
—sé jodidamente sincero—
despertaras siendo consciente de ti mismo.
Dime si correrías a señalarte taimado, cruel, estúpido.
Gritarías enumerando tus insólitas bajezas.
El día que viendo llegar la tormenta cruzaste los brazos.
La ocasión en que ajustaste cuentas de collar
con sorprendente precisión matemática.
Si describirías el contorno inmaculado de tu huella
sobre aquella cabeza.
La noche en que el demonio se estremecía al nombrarte.
El bosque que ardía en un horizonte demasiado familiar.
El sabor dulce del daño en el centro de la llaga.
Eso que pensaste, que deseaste
y recordar envilece tu vértigo.
Dime tú qué harías si una mañana cualquiera
comprendieras que solo eres una simple mala persona.
Te estoy preguntando si me dirías la maldita verdad.
Te lo pregunto honestamente
mientras contemplo la textura de la sangre y el arma en mi mano.

Javier Vayá Álbert


lunes, 11 de abril de 2016

VINALIA TRIPPERS-HELTER SKELTER: Booktrailer.

LA ANSIEDAD DE LA POLAROID por JULIA ROIG



naked hurricane at quarter to eight
thas's me
that's my decay

Voy a sacarme el corazón cuando se asusta
y cosechar el latido ajeno
de estas redes de arrastre
y volver a la cama de 90 para no sentir el vacío
-aunque no sea una gran idea-
mientras se me comban por dentro tus huellas

Es imposible que deje de radiografiar tristezas y gemidos,
de eso están hechos mis poemas,
con rapidez,
bocetos ansiosos que se teclean entre muslos y labios,
algo de desproporción en mis miedos,
las drogas de tu cuerpo,
y tu lengua dibujando chemtrails en mi espalda,
alquimia y derrota
el desbarajuste de la herida tardía
y ahí,
mis caballos nerviosos
y yo vomitando libélulas mientras corre la noche

suena empty bed de Tim Kasher
mientras aparco el coche
ganas de mojar las ojeras, bellos indicadores del fracaso.

estamos hechos de citas hermosas que vienen a definirnos
aunque no sepamos quiénes somos

no soy cola de cometa
ni tú luz de faro
un corazón hambriento aguardando algún espectáculo tal vez
el traje hecho a medida del esperpento y poco más

qué le voy a hacer si la deriva se acuesta conmigo
y me lo hace hasta el final.

me asemejo a una estatua que se ahoga en tu café
pero no temas, te meceré en mi tinta sucia

la soledad es una boa constrictor
se tumba junto a mí en la cama
y me mide
con el propósito de engullirme entre jadeos

pero me acostumbro

a la orografía erógena del desequilibrio.


Julia Roig, del blog Miss Desastres naturales.


sábado, 9 de abril de 2016

VANG!: Prólogo.




TODOS ESOS MOMENTOS SE PERDERÁN... EN EL TIEMPO... COMO LÁGRIMAS... EN LA LLUVIA


No sé para ustedes, pero para mí el futuro comenzó el 8 de enero de 2016, cuando Roy Batty, el replicante Nexus-6 de la película Blade Runner, vio la luz. Aquel futuro desangelado de un mundo en el que llovía de forma perenne, en el que los bajos de los edificios en las megaciudades (edificios vacíos, en su mayoría) eran continuos mercadillos atendidos por asiáticos, y en el que los robots de última generación parecían más humanos que la propia especie humana (por eso su vida duraba solamente cuatro años).

Así que, ya estamos en el futuro. El clima desde luego se ha alterado, no es necesario ir a Asia o África para descubrir que las ciudades son extensos mercados abiertos veinticuatro horas y los humanos tienen la posibilidad de volver a nacer, de tener otra vida. De eso se encargan empresas privadas en colaboración con los gobiernos de los distintos Estados Comerciales. Borrar la mente y otorgar una nueva identidad fue la primera opción para evitar la masificación en las cárceles y así lograr una plena reinserción de los penados. El gasto que se economizaba era tan grande, que nadie se opuso a ello. Luego surgieron otros asuntos que extendieron la visión salvadora de la nueva neurotecnología. La implantación de sueños o el desapego de la mohosa realidad diaria, podían convertirse en verdad vivida. Más tarde llegaron las cargas de conocimientos y aptitudes para obtener el máximo desarrollo del intelecto humano. La consecuencia es fácil de advertir: nos hemos convertido en las máquinas autómatas que previó Philip K. Dick en su novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, obra en la que se basó la película. Deliciosa. 

La felicidad inducida domina la sociedad. Tal como Huxley pronosticó en su novela Un mundo feliz, el soma del capitalismo nos ha vuelto esclavos. Felices, pero esclavos. Phi se encarga de ello. Exquisita.

Tal como Orwell escribió en 1984, las cámaras dominan el mundo, la seguridad ha logrado fagocitar a la libertad, el Gran Hermano nos domina. También me las comí. Muy sabrosa.

En este futuro que vivimos, los controladores del poder tan solo temen una cosa: la Literatura. La invención ha dejado paso a la previsibilidad y es penada con gravedad en casi todos los Estados Comerciales del mundo. Los libros son el material más peligroso que existe, capaces de contaminar mentes con el simple hábito de la lectura. Tal como Ray Bradbury auguró en su novela Fahrenheit 451(que también me alimentó), los papeles de conocimiento son destruidos cuando se localiza una madriguera de letras. A pesar de que los recién nacidos no cuentan entre sus aptitudes con el desciframiento y comprensión por lectura y que desde hace años la escritura manual dejó de enseñarse en los centros de doctrina e inducción, hay insurgentes que persisten en el traspaso del hábito de generación en generación. 

Aún a riesgo de obtener denuncia y persecución, nuevos autores se aventuran creando material calificado como intolerante. Los ciudadanos tienen la obligación de señalamiento y acusación. Los ejemplares descubiertos se trasladan en furgones de seguridad hasta los vertederos, y nos los entregan a los lotófagos, para que los devoremos y acaben destruidos.

No sé los demás, pero mi trabajo me apasiona. Soy uno de los pocos privilegiados que puede leer y retener por un instante la sabiduría. No sé los demás, pero Phi no funcionó conmigo, y yo sé lo que tengo que hacer. Conozco mi destino.

El recuerdo impreciso es reinventado por la mente”. Es una frase llamada paremia o refrán. Pertenece al libro titulado VANG! del autor denominado José G. Cordonié. Apunto la frase en cada una de las hojas, antes de introducirlas en la boca. La tinta yodada y la pasta de papel es mi único alimento. La anoto para poder leerla y procesarla, para memorizarla por el método de la repetición. He detectado en esta novela diseños narrativos de la más altísima ilegalidad, ultradelitoAlpha, por lo que considero imprescindible conservarla. 

El autor denominado José G. Cordonié ha vulnerado el derecho al secretismo y no ha guardado el deber de silencio respecto al proyecto Metamorphosis. Eso me gusta. Lo anoto en cada una de las hojas antes de introducírmelas en la boca. No estoy muy seguro, pero temo que la dirección por poder haya ordenado mudez para evitar que los ciudadanos sepan la realidad.

El pasado se construye en el presente” es otra de esas frases condenadas con despersonalización para el delictivo autor denominado José G. Cordonié. Su lectura podría causar revoluciones. Los insurgentes darían toda la sustancia antiPhi que tuviesen con tal de tener una copia del texto. Los gobiernos asegurarían estancias en la escasa naturaleza virgen a quienes le descubriesen y revelasen la auténtica identidad del autor.

La denuncia sobre el renacimiento, sobre la nueva vida guiada, queda anotada en cada hoja de papel que me introduzco en la boca. Al igual que al autor denominado José G. Cordonié, a mí también me gusta el juego. Alguien tiene que decir que la realidad en este futuro que vivimos, es una gran mentira. Alguien tiene que decir que no hace mucho existían lazos vinculares llamados afecto, que nos unían y hacían de nosotros, los ciudadanos, un poder más fuerte.

Anoto los personajes y esbozo el dibujo de una sirena sentada sobre una media luna. Contemplo, memorizo y trago sin masticar. Compruebo metaliteratura en la narración. Phi se menciona, descubro mensajes subliminales, multilíneas de narración, paradojas por Amor. Aparecen los dúplices y los recuerdos falsos insertados. Hay desaparecidos y fantasmas en el libro titulado VANG!, hay violencia, y ejerce un continuo estímulo sobre las capas básicas del cerebro ahora extirpadas o dormidas en la mayoría de ciudadanos. Detecto vuelos de la imaginación y traslados mentales a tierras antiguas en las que todavía existía la magia y podía contemplarse un mar lleno de vida. 

Escribo cada frase del ensueño VANG! y la leo antes de introducir el papel en la boca. Voy despacio, pero nadie aquí sabe medir el tiempo. El fruto del olvido tiene eso, que nadie recuerda nada. Voy despacio y, cuando llegue el momento, cuando todo esté en mi cabeza, fingiré desarreglos próximos a la locura. Me sacarán de aquí y me trasladarán a su taller de regeneración de cerebros. Pero los insurgentes ya estarán avisados, procurarán acercarse a mí antes de los reimplantes. Entonces yo les contaré y todos los papeles que me nutren ahora, sin duda, alimentarán su sueño de verdad. 

El futuro es ahora.


Esteban Gutiérrez Gómez, Enero 2016


martes, 5 de abril de 2016

VINALIA TRIPPERS 14: Nómina.



Narrativa

Pepe Pereza, Joaquín Piqueras, Carlos Salcedo Odklas, Julio César Álvarez, Mario Crespo, Juanjo Ramírez Mascaró, José Ángel Barrueco, Iván Rojo, Miguel Baquero, Alexander Drake, Patxi Irurzun, Rubén Darío Fernández, Maica Bermejo Miranda, Gabriel Oca Fidalgo, Esteban Gutiérrez Gómez, José G.Cordonié, Octavio Gómez Milián, José Manuel Vara, Javier Esteban, Josu Arteaga, Felipe Zapico Alonso, José Naveiras, Cisco Bellabestia, Choche, David Vázquez, Déborah Vukusic, Pablo Cerezal, Xen Rabanal, Vicente Muñoz Álvarez, Diego López, Jesús Palacios, Javier Castellanos

Poesía

David Benedicte, Silvia D Chica, Marcos Matacana Martín, Ballerina Vargas Tinajero, Ricardo Moreno Mira, Gsús Bonilla, Julia Roig, Georgie García, José Malvís, Eva García Fornet, Iñaki Estévez Muñiz, Jorge M Molinero, Javier Vayá Albert, Felipe J. Piñeiro, Chapu Valdegrama, Roxana Popelka, Carlos de la Cruz, Ana Curra

Ilustración

Toño Benavides (portada), Miguel Ángel Martín, Salva Rubio, Nuria Palencia, Gonzalo Guitérrez (ARG), Cisco Bellabestia, Pablo Gallo, Andrés Casciani, Diego Blanco, J.Kalvellido, Luis F.Sanz, Mik Baro, Pablo Jeje, Riot Uber Alles, Pedro Espinosa, Kike Morten, Fernando Centrángolo, Santos Perandones, Rodrigo Córdoba

Próximamente en la Tierra


AGITADORAS 72

domingo, 3 de abril de 2016

UN CIELO QUE ARDE por LAURA MARTÍNEZ GARCÍA



Un cielo que arde bajo el fulgor extremo de una llama, quizás un laberinto extendido, en todas las palabras chinas, un duelo de leyenda entre la guapa y la fea, quizás una mirada pendiente en aquel puente colgante. Hay una lluvia incesante que se escurre por las rendijas, una flauta, que atravesada, toca esa canción al mediodía, un día entero, sin sentirte en la soledad de la noche, una quietud vagando lentamente por las cornisas de nuestras metas. Hay sueño que adormece al insomnio cuando te despiertas, porque ya has dormido demasiado, un castillo sitiado por aquellos guerreros que saltan al foso. Hay mares y océanos nadando al son de las olas, sólo para ti, un quicio de una puerta, tú desquicie, tú asegurado a todo riesgo, por si decides arriesgarte mandando una sonrisa por correo postal. Hay ranas que croan en las charcas, como el último adiós escondido entre los nenúfares, un cielo plomizo en la ciudad,donde la contaminación se convierte humo de niebla. Hay niebla que parte con su casa a cuestas, como un caracol desganado. Hay desganas y empates en esta partida de atormentadas casualidades. Hay demasiado quizás, en el azar del destino.


Laura Martínez García


Cover by Vladimir Kush

sábado, 2 de abril de 2016

LA CASA ENCANTADA por EVA GARCÍA FORNET



Soy una casa encantada por vocación. Prefiero la soledad de la cocina y el cosquilleo de las arañas a los golpes y ruidos que vienen de los humanos. Así que cada vez que me han vendido le he hecho la vida imposible a las familias. No es nada personal. Es sólo que soy una casa introvertida e hipersensible y detesto los gritos de los niños, la televisión hasta altas horas de la madrugada y las discusiones de pareja. Prefiero bostezar fantasmas por la chimenea y aburrirme contando las motas de polvo de las estanterías. Mi pasatiempo favorito es pasar una y otra vez las hojas de los libros viejos hasta gastarlas y volverlas amarillas. A veces hago crujir los tablones de madera del suelo para intentar hacer música y eso pone nerviosos a los ratones. Al anochecer todo el horizonte cabe en el salón y el sol deja motas de oro en las alfombras deshilachadas.

He visto años mejores. Recuerdo cuando a la gente no le cabían los suspiros en los guantes y bailaban entre velas. Entonces se enamoraban para siempre y se solían morir trágicamente. Se controlaban las ansias bajo corsés protocolarios y los fantasmas eran trágicos y flacos. Había gente que se paseaba con el fantasma de la melancolía de su amor frustrado, hechizados para siempre en un tiempo que nunca se movía. Eran épocas mejores. La gente se movía con delicadeza por las cosas para no romperlas. Escribía cartas. Se tomaba su tiempo.

En estos últimos años he visto a muchas casas encantadas venderse por dinero. La especulación las ha hecho ricas y creen que son mejores que las otras, se pavonean con sus geranios y petunias en los balcones y exhiben sin pudor sus baños con jacuzzy. La gente las llena con trastos que no necesitan y en vez de escuchar el viento por las noches escuchan pitidos electrónicos. Ilusas. Olvidaron lo que es dejar al viento tocar las tejas y escuchar con paciencia los achaques de las vigas viejas. Prefiero una muerte decadente y en silencio en mi cama de musgo y jirones que una vida perfecta en apariencia pero llena de ruido y de gritos.


Eva García Fornet


jueves, 31 de marzo de 2016

PELÍCULAS PARA LA PENUMBRA en LA TORMENTA EN UN VASO



En el año 2011, la editorial Eutelequia sacó a las librerías Cult movies. Películas para llevarse al infierno, un libro donde el escritor y poeta leonés — una de las voces más destacadas, si no la principal, del underground español—, Vicente Muñoz Álvarez (Leon, 1966) seleccionaba un centenar de películas que, para él, resultaban de inexcusable “visionado”, o quizás “videado”, por utilizar su expresión, ya que la mayoría de ellas no se proyectan regularmente en cines ni en televisiones, y para poder verlas hacía falta muchas veces un esfuerzo de rastreo y casi de investigación policial para conseguir hacerse con una copia, a pesar de los inmensos almacenes que uno puede encontrar en la Red. Pero en todos los casos de aquel libro, el esfuerzo merecía la pena y el fruto era encontrarse frente a una película distinta, extraña, inquietante, salvaje…

Vaya por delante que las películas que Vicente Muñoz recomendaba en aquel libro, al igual que las que recomienda ahora en este que acaba de aparecer, Películas para la penumbra, no están significadas seguramente por su calidad técnica, o por su excelente argumento, o por la magnífica interpretación de sus actores. A veces también, pero en todo caso no se trata de películas recomendables “al uso”, sino de películas que destacan y a las que se les rinde culto (tomo palabras del prólogo): «por lo crítico, lo atípico, lo raro, lo grotesco, lo perverso, lo incómodo, lo hiriente, lo hipnótico, lo arrebatador». Películas, en resumen, que despojan al cine de ese papel que muchas veces quiere dársele de mero vehículo de ocio y entretenimiento y le devuelve esa otra función, que para muchos directores y espectadores es la idónea, que es servir para expresar lo que quizás no podría expresarse de otro modo, el mundo de las pesadillas, de lo inefable, de lo oscuro…

Este es el factor común de las 132 películas ahora seleccionadas y por lo que son, o merecen ser tenidas, como películas de culto. En la mayoría de los casos se trata de filmes marginales, proyectados en círculos minoritarios o que han tenido un efímero paso por las salas, pero nos encontramos también con películas que, pese a todo, podrían calificarse de exitosas, incluso de comerciales, como Moby Dick, de John Huston, o varias películas de Polanski, que se distinguen, en último caso, de las películas digamos “corrientes” por buscar un planteamiento distinto, original, insólito y hasta contrario a lo establecido.

Son películas que buscan retratar lados oscuros, comportamientos febriles, aspectos morbosos. El recopilador de ellas, Vicente Muñoz Álvarez, se manifiesta en muchas páginas del libro amante de lo grotesco, de lo truculento, de lo escalofriante, y declara su pasión por el fantaterror, las historias vampíricas y de ultratumba, así como por la psicodelia y los comportamientos alterados, pero en su selección hay películas como Harold y Maude, de Hal Ashby, o la impresionante Atlantic City, de Louis Malle, donde la cuerda de lo habitual se rompe por el lado de lo tierno y humano. También en cintas como ¿Qué fue de Baby Jane?, de Robert Aldrich, donde las más brutales pasiones humanas son suficientes para trasladarnos a esa realidad inquietante.

El periodo que Vicente Muñoz Álvarez cubre es prácticamente toda la historia del cine, desde los años 20, con Las manos de Orlac, de Karl Freund, hasta la muy reciente Searching for a sugar man, de Malik Bendjelloul. Por el camino, todo un conjunto de filmes dignos de culto, y la especial predilección del autor por el “giallo” italiano y, recientemente descubierta, por el cine de terror mexicano de los años 60.

En su nómina de películas y autores hay también un apartado, y no de los más pequeños, para los cineastas españolas, entre los que destaca a Carlos Saura, algunas de cuyas películas ya registró en el libro anterior, y otras como Cría cuervos o Elisa, vida mía incluye en esta selección. Desde Fata morgana, de Vicente Aranda, a Morbo, de Gonzalo Suárez, pasando por El extraño viaje, de Fernando Fernán-Gómez, Mi querida señorita, de Armiñán, y varios filmes en los que interviene el gran José Luis López Vázquez, el autor hace mención de, al menos, una decena de películas españolas dignas de figurar entre las más auténticas.

En resumen, un libro necesario para el cinéfilo o para quien considere el cine como un arte con todas sus consecuencias y no como un simple pasatiempo comercial. Pues como tal arte, debe buscar una forma de expresar lo turbador y lo conmovedor. A estos, sin duda, les resultará de mucha utilidad este listado de películas, como manera de guiarse en medio de la avalancha de filmes insustanciales, películas de temporada o proyecciones simplemente vacías.


Excodra, Madrid, 2015. 182 pp. 15,90 €

Miguel Baquero, en La tormenta en un vaso.



miércoles, 30 de marzo de 2016

LOS CANTOS DE MALDOROR según MIGUEL ÁNGEL MARTÍN



Isidore Ducasse (1846 - 1870), más conocido como Conde de Lautréamont, autor de Los Cantos de Maldoror (Les Chants de Maldoror, 1869) fue, sin duda, un inclasificable romántico, un avanzado a su tiempo.

Eso mismo dice Alejandro Castroguer en el prólogo que escribe para esta edición de Los Cantos de Maldoror (ilustrada por Miguel Ángel Martín y con un ensayo a cargo de Francisco González Fernández), que:“literariamente, Isidore Ducasse fue un viajero rumbo al futuro, un adelantado a su tiempo, un visionario. Sus escritos, muy escasos, no fueron otra cosa que una sonda lanzada en dirección al siglo XX con el vivo deseo de hallar lectores que comulgasen con su credo estético.”

La obra, escrita entre 1868 y 1869, que nos ha llegado diseminada a lo largo seis "capítulos" (Cantos, como los llama el autor), es una oda al mal, un despiadado y nihilista ataque al ser humano, un cruento diálogo racional entre la ciencia y la espiritualidad, que hace gala de una belleza tan macabra y grotesca, una complejidad métrica y matemática tal, que obligará al lector, aún en contra de su voluntad, a zambullirse en los mares de tinta de sus palabras y verse arrastrado por las atormentadas corrientes de los pensamientos de su protagonista: Maldoror.

No es este un libro fácil, en absoluto; más bien al contrario. Por más que su lectura se antoje sorprendente y todo un manantial de hallazgos estilísticos y lingüísticos, y haya hechizado a artistas de toda índole a lo largo de los años (André Breton, Salvador Dalí, Max Ernst,…), ya el propio Ducasse, por boca de su protagonista, su ángel caído, advierte al lector nada más comenzar este libro, inclasificable y de culto: “No es bueno que todo el mundo lea las páginas que siguen; sólo unos pocos saborearán este fruto amargo sin peligro…”

Poco se sabe en verdad, más allá de conjeturas y rumores, de la enigmática figura de Ducasse, casi tan poco como de la verdad que se esconde detrás de este libro tan oscuro como mágico, tan decadente como necesario; eso sí, uno, al terminar su lectura, no puede por más que preguntarse qué horrores mentales habría conocido Ducasse para, con apenas veintitrés años, escribir el relato, tan indispensable como reprobable, de un personaje que bebe directamente de Byron, Mickiewicz, Goethe e incluso del mismísimo Satanás.

Lector, haznos caso y aléjate cuanto puedas de este libro ahora que estás a tiempo; y, ten presente, cuando lo sostengas entre tus manos temblorosas, cuando tu cordura te abandone para siempre que, tanto Ducasse como nosotros, te advertimos previamente de los peligros y horrores que estas páginas encierran.

Ilustrado por Miguel Ángel Martín
Prologado por Alejandro Castroguer
Ensayo de Francisco González Fernández



lunes, 28 de marzo de 2016

SANDRA EN EL PAÍS DE LA SEMANA CERO



RESEÑA:

Sandra en el País de la Semana Cero es un conjunto de siete cuentos, en principio, no relacionados entre sí... salvo por su personaje principal, Sandra, quien representa a la infancia y a la juventud abriéndose paso en la vida desde esa Semana Cero, en que todo comienza...

CUENTOS

I. Sandra en el País de la Semana Cero
II. El perro y la flor más hermosa del mundo
III. La luz de la fluorescencia
IV. Sandra en el País del Centro de la Mañana
V. El arco iris de la ventana
VI. Sueños mágicos
VII. El oso polar

AUTORES

Blanca Fernández Portas (Barcelona, 2005). Con sus diez añitos en el momento de elaboración de este libro está comenzando a desarrollarse en el mundo del arte, tanto en literatura, como en pintura y música. Sandra en el País de la Semana Cero es su primer libro de cuentos, donde participa tanto ilustrándolo como con varios de los textos.

Rubén Darío Fernández (Madrid, 1978). Biólogo, doctor en Neurociencias, escritor, editor y director de Excodra (Revista, Editorial, Ciencia y Arte en Barcelona, Radio, Jams de Poesía y Teatro). Ha publicado varias novelas y narrativas breves disponibles en esta misma editorial.

Raquel Calvo. Fotógrafa, autora del libro Live is Life, sobre el mundo de la música en Barcelona durante los años 2008 a 2012. En Sandra en el País de la Semana Cero Raquel Calvo deja su mágico sello fotográfico para dar aliento y realidad a los cuentos que componen el libro.



sábado, 26 de marzo de 2016

DESDE EL MAR A LA ESTEPA



DESDE EL MAR A LA ESTEPA
(Antología de poetas del sudeste español)
Colección: Chamán ante el fuego – 1 

Antología de poetas del sudeste español (Albacete, Murcia y Cartagena). En ella aparecen 29 autores de ambas provincias, territorio éste emergente en el ámbito poético nacional como avalan los numerosos premios conseguidos: Premios Adonais de Poesía, Premio Antonio Gala, Premio Arcipreste de Hita, Premio Nacional de Poesía Radio 3, Premio Alegría, Premio Hermanos Argensola, Premio Antonio Machado, Premio Dionisia García, Premio Fray Luis de León, Premio Jaime Gil de Biedma... Autores tales como Ángel Paniagua, Antonio Rodríguez Jiménez, Javier Lorenzo Candel, Andrés García Cerdán, Rubén Martín, Cristina Morano, Antonio Aguilar... Autores, premios y publicaciones, fruto del trabajo de estos últimos veinte años de colaboraciones, recitales y unión de todos ellos reflejado en varias publicaciones (Cátedra, Visor, Hiperión, Huerga & Fierro, Pre-textos, La isla de Siltolá, Editorial Balduque...) Antología de una realidad, de un reflejo. Es el momento de incendiar el mar y la estepa.



PALABRAS PREVIAS

La salida, el comienzo de algo que no ha sido, y aporta un bien, merece celebración. A Chamán Ediciones corresponde el protagonismo por ser una propuesta valiente. Los fundadores de esta editorial, Ana Toboso y Pedro Gascón, saben que la tecnología ha reducido el sentido del pasado y el futuro, como nos dice Jonah Berger. Sin embargo, saben también los editores que somos memoria, y no podrá la técnica malograr el esfuerzo del humano, la necesidad de dejar huella (recordemos que gracias a los papiros, los investigadores han dado luz a la historia de la humanidad). No sabemos si los medios técnicos actuales, en lugar de ser herramientas muy válidas, se diluyan en favor de otros intereses. Mientras tanto lectores, más de cuantos podemos calcular, preferimos el libro. De ahí el elogio hacia quienes se implican en esta aventura.

Desde el mar a la estepa es un título hermoso, coherente por el origen de los participantes y la atmósfera de su poesía. He vivido en Albacete, Cartagena, y resido en Murcia desde hace más de cuatro décadas. No he perdido el contacto humano y cultural con cada una de estas ciudades; agradecida a sus invitaciones y propuestas. Son mis “patrias”. En Albacete tengo amigos que han llevado a cabo y llevan proyectos trascendidos fuera de “sus fronteras” en favor de la cultura, con esfuerzo y trabajo admirables. Antologías de narrativa, revistas como Barcarola, La siesta del lobo, y tantas otras publicaciones en las cuales he sido invitada a participar, sin dejar atrás las actividades de la Facultad de Humanidades y Los poetas de la Confitería. Mantengo contactos con las personas que me acogieron en mi primera ciudad.

La estancia en Cartagena, durante seis años me llevó a conocer a escritores que venían de muy atrás y sabían del Mar y la estepa: poetas, narradores, pintores con quienes todavía me reúno junto al mar de los veranos, y sigo aprendiendo de su saber. Uno de estos poetas impulsó encuentros con participantes de todo el mundo. Los encuentros tuvieron lugar en Cartagena y Murcia, también propiciaron intercambios entre Oriente y Occidente. A dicho poeta, cuyo nombre está en la mente de todos, le debemos la expansión multicultural y enriquecedora, con el nombre de Ardentísima que despertó expectación en países como Argentina, Puerto Rico y tantos otros.

Murcia es “mi casa”, bajo su amparo han ido apareciendo los libros. He contado con apoyos para diferentes proyectos, siempre desde la cercanía y el aprecio.

Las intervenciones como coeditora en tareas editoriales dieron su fruto. En primer lugar fue Tránsito, una revista donde se alternaba la crítica y el poema, con participación de autores y pintores de todo el país. 

Begar ediciones fue un proyecto ilusionado que aportó libros compuestos a mano, con caracteres Ibarra y Elzeviriano, en la imprenta Sur (hoy Dardo) de Málaga. En las páginas de dichos libros se recogieron poemas de autores altos. Lamentable su desaparición tras la salida del volumen noveno. Sin embargo valió la pena; como toda lucha también tuvo sus gratificaciones.

Auguro a esta editorial, dirigida por Ana Toboso y Pedro Gascón la buena suerte que merecen por hacer realidad una idea y saber elegir a los antologados que, sin duda, no defraudarán.


Dionisia García

EL CHAMÁN ANTE EL FUEGO



El viejo Chamán enciende el fuego. Se sienta ante las llamas. Bebe de su cuenco y espera el trance. Cierra los ojos. Respira profundamente. Se deja llevar. Ya oye el mar. Ya oye la estepa. Ya es el Uno y el Todo.

***

Cuando de casi todo hace ya veinte años... escribía con nostalgia Gil de Biedma recordando sus años de juventud y formación. Han pasado ya veinte años y los autores que aquí aparecen siguen todavía escribiendo, fomentando la cultura, publicando libros, ganando premios, realizando recitales aquí y allá, y lo mejor de todo, aún siguen unidos en la distancia y los unos se leen a los otros, y los otros apoyan a los unos en un alarde de pasión por la Literatura y más en concreto por la poesía, ese género tan humanístico y necesario en estos años de barbarie e ignominia. 

Han pasado ya muchos años desde que en este territorio que huele a mar y a estepa aquellos jóvenes comenzaran a publicar sus revistas, fanzines y sus primeros escritos. Recordemos la revista Thader, todo un mito en la escena murciana, que el poeta Andrés García Cerdán (puente en la frontera) transportara desde Murcia a Albacete dando a conocer a autores nuevos, jóvenes e inquietos. O Isla desnuda, aquella publicación nacida en un instituto de la capital del llano, fundada por Antonio Rodríguez Jiménez, Miguel Úbeda y Pedro Gascón, que se “desnudó” en aquel encuentro de revistas literarias organizado por el Aula de Poesía de la Universidad de Murcia que coordinara Isabelle G. Molina. Ese Aula de Poesía germen y aliento de toda una generación de autores, muchos de ellos aquí representados. Gracias a ella se publicaron primeras obras como Los nombres del enemigo de García Cerdán o Las rutas del Nómada de Cristina Morano, entre otros títulos y antologías colectivas.

Pero sería injusto no hablar de otras muchas publicaciones que asumieron un papel fundamental en la formación de estos autores. Podríamos hablar de muchas como Carpe Diem, que fundara Matías M. Clemente, o La casa subterránea de Antonio Aguilar, junto a aquellas dos publicaciones de Los cuadernos portátiles, donde José Óscar López y Diego Sánchez Aguilar vieran publicados dos libros (Los nuevos dioses y Desde el vientre de la ballena). También ADN o Adentros de la polifacética Mercedes Díaz Villarías. O Amalgama de Vicente Velasco Montoya y El coloquio de los perros, aún hoy en activo tras años de esfuerzo y trabajo de Juan de Dios García y Ángel Manuel Gómez Espada, ambas publicaciones desde Cartagena. También Los deseos, aquella efímera e intensa publicación de Andrés García Cerdán que comenzara a incendiar el llano. Más adelante la revista Hache coordinada por Cristina Morano y Héctor Castilla. Y que decir de aquella antología que seleccionara el poeta Arturo Tendero: Generación Fanzine. Poetas de Albacete para el siglo XXI, donde se dejaba un fiel reflejo de la situación de la poesía más joven del momento en la ciudad de la estepa. Y aquellos recitales poéticos de la Feria de Albacete (Jaufre Rudel) donde se unieron poesía y música y donde autores de ambos territorios conectaron en recitales conjuntos. Muchas publicaciones, algunas desaparecidas, y actos que hicieron de pilar y soporte a lo que hoy en día encontramos.

Han pasado los años, seguimos gozando de la presencia de esos autores. Ahora La Galla Ciencia de Noelia Illán Conesa cacarea por aquí y por allí. El coloquio de los perros continúa su diálogo canino mordiendo y ladrando a favor de la cultura. José Alcaraz y su Editorial Balduque fomenta la poesía desde Cartagena. El festival Fractal Poesía se ha consolidado con su quinta edición y la multidisciplinariedad de su contenido “avivando el fuego” (Rubén Martín, Lucía Díaz Plaza, David Sarrión, Javier Temprado, Matías M. Clemente) Se han llenado nuestras manos de libros y premios, fruto todo de una época. Han aparecido nuevas voces (Javier Temprado, Milagros López, Constantino Molina Monteagudo, Idoia Arbillaga, Gracia Aguilar) unidas a las que arrastraban sus alas tiempo atrás preparadas para el vuelo (Francisca Gata Amate, Javier Lorenzo Candel, José Daniel Espejo, Ángel Paniagua). Hoy muchos de los aquí presentes gozan de lectores, de unas maravillosas y contundentes obras. Premios como el Adonais, el Fray Luis de León, el Hermanos Argensola, el Antonio Machado en Baeza, el Antonio Gala, el Dionisia García, el Alegría... publicaciones en Hiperión, Bartleby, Pretextos, Valparaíso, Rialp, Huerga y Fierro, Balduque,Visor, La isla de Siltolá... han dado fondo y forma a un trabajo bien hecho, a una conciencia del aquí y ahora. 

Es el momento de incendiar el mar y la estepa.

***

Sentado frente al fuego, el Chamán recita una vieja canción. Una retahíla de antiguas palabras llegan a su boca. Aspira el seco viento estepario. Se levanta y danza ante las llamas. Arde la estepa y su fuego llega hasta el mar calentando las aguas en la orilla. La playa también es una danza de luces y sonidos. Desde el mar a la estepa, predicando en el desierto, este Chamán dibuja en las oquedades de las paredes la amplitud de sus visiones y las mágicas palabras dictadas por otros, por las almas del páramo y de ese mar estepario.


Chamán Ediciones


viernes, 25 de marzo de 2016

NATACHA GONZÁLEZ: Microrrelatos.



Fui a comprar cianuro al mercado negro, era muy caro. Pensé en otra manera de aniquilarme, pero todas las que se me ocurrían eran muy sangrientas; dudé en poder hacerlas eficaces. El veneno siempre me cautivó. Mi abuela lo utilizaba para las ratas, me encantaba ver como se retorcían en el patio después de haberlo ingerido en una acertada mezcla dulce que la Yaya preparaba. Nunca desconfié de ella cuando me hacía la comida, la veía manejar tantos ingredientes, incluso bolsitas parecidas a las de aquel día con las ratas. Una tarde mi abuelo comenzó a sentirse mal, nunca supimos que era, los médicos no dieron en el clavo. A su piel se le caía el color. La abuela decía que era la edad. Le creí. Una mañana mi abuelo no despertó, todo fue rápido, nadie lloró. Ese día me pusieron un vestido oscuro, salí al patio, no quería escuchar a la gente que venía a abrazar a la viuda. Una rata se acercó a mis zapatos, comenzó a olerlos, era inmensa, nos miramos por un instante, nunca había visto unos ojos tan oscuros. 

*

Papá siempre estaba borracho. Mamá llagaba tarde. Eran las tres de la mañana. Habían cucarachas por todas partes. Nunca llamaron al tipo de las plagas. Recuerdo que el año anterior había dicho que las exterminaría. El tarro del dinero para urgencias estaba vacío. Durante meses papá merodeó ese frasco, tomaba algún billete a escondidas para terminar inconsciente en el sillón de la sala.
En aquellos días cumplí doce años, nadie lo recordó. A mi padre no lo conocí, ese que estaba en el sillón babeando, había llegado cuando yo tenía seis años: "llámame papá". 
Llevaba semanas con dolor de vientre. Me habían crecido las tetas, tenía un acné insoportable. Vivía en una casa abandonada por dos adultos, y la puta naturaleza se empeñó en imponerse para joderme una infancia que jamás pude iniciar.

*

La vida decidió vomitarme en alguna estación abandonada a las afueras del pueblo. No tenía edad para entender nada. O quizá era tan duro lo que sabía que mi cerebro se había blindado. Decidí refugiarme en un granero abandonado. Lo adapté a todas mi necesidades, que no eran muchas. Viví en él un largo periodo, hasta que apareció el dueño con ganas de recuperarlo. No hablaba mi idioma, no entendía nada de lo que gritaba, me agarró con fuerza el brazo para zarandearme. Recuerdo aquella tarde con una nitidez escandalosa. El tipo era muy grande, tenía una barba inmensa. Sé que cerré los ojos y apreté los puños. Ni siquiera aquel día la vida quiso rescatarme. Aún me duelen las heridas, detesto mi sexo. Era mi hogar, solo quería que los días se marcharan sin hacer daño. Pasó mucho tiempo antes de poder desatarme, deseaba escapar, pero las piernas no me respondían. Pude arrastrarme hasta una pared, quedé oculta tras una pila de heno. Había una horca algo oxidada, me agarré a ella, cerré los ojos. Recuerdo despertar completamente ensangrentada, no sentía ningún dolor, seguía aferrada a ese mango con tanta fuerza. Alcé la vista y ahí estaba él, su barba rozaba mi cabeza, tenía los ojos abiertos llenos de furia, la garganta de par en par atravesada por los dientes de aquella horca. Toda su sangre se había vaciado en mi cuerpo, pensé en la puta vida, y en esa manera que tenía de escupirme.

*

Salió de la iglesia, era tarde, el sol se desplomaba violentamente sobre él. Aquella corbata lo ahogaba, el domingo también. Detestaba ser el tipo que fingía ser. Y la biblia que apretaba bajo su brazo no le salvaría de nada. Andaba, pero el muro de la iglesia seguía a su izquierda. Era inmenso. Como una especie de conciencia que se prolongaba sin piedad. Se detuvo. La calle siguió su ritmo sin él. La señora que paseaba con el perro, el niño protestando a su madre por no haberle comprado no se qué, la monja que camina en silencio. La miró, ella supo que la miraba, se acercaba, él giró rápidamente la cabeza hacia el muro, la religiosa bajó la suya a la acera. Ambos fingieron no haberse visto jamás, aunque supieran que los dos son prójimos de una misma realidad.

*

Me casaré el martes de la semana que viene. No sé por qué hay gente que huye del matrimonio. A mí me fascina. Es la sexta vez que lo hago. Nunca he tenido que divorciarme. Ni ellos. Sé que fueron felices conmigo. Les lloré a cada uno en su tumba. Lloré mucho. Siempre llovía el día antes de sus muertes. La lluvia me deprime hasta extremos irrefutables.


Natacha González