viernes, 14 de agosto de 2020

YO ESCRIBO LA NOCHE: Pilar Blanco Díaz.



Pilar Blanco ha necesitado agudizar el significado de las palabras, cincelarlas para lograr que encajen en ese muro de contención que debe soportar el peso del discurso ontológico.

Carlos Alcorta


jueves, 13 de agosto de 2020

MERCENARIOS por ALEXANDER DRAKE



Llevo tiempo intentando averiguar cómo funciona la industria literaria. Simplemente no me explico cómo la gente puede comprar y leer tantos libros que en realidad no hablan de nada. Luego pienso en los autores de esos mismos libros y llego a la conclusión de que ellos tienen que ser conscientes de que lo que escriben es una auténtica basura (no pueden ser tan tontos), pero el dinero que reciben por ello compensa sus atrocidades. Son simples mercenarios. Gente sin escrúpulos. No les importa perpetrar un crimen tras otro mientras les sigan pagando bien. Luego están los editores. Hombres ciegos y estancados en la mediocridad. Prácticamente ni se toman la molestia de leer nada. ¿Para qué? Prefieren limitarse a publicar traducciones de algún estúpido best-seller que haya cosechado grandes beneficios en cualquier otro país y aprovechar el tirón mediático que lo respalda. Saben que el gran público acabará comprando cualquier cosa que le pongan delante de la cara el número suficiente de veces. En realidad, para la industria, no existe ningún producto malo; tan sólo una promoción mal dirigida.

Alexander Drake,
de Ignominia (Libros Indie, 2020)


lunes, 10 de agosto de 2020

LAS VENTANAS por CHARLES BAUDELAIRE



Quien mira a través de una ventana abierta, jamás ve tantas cosas como el que mira una ventana cerrada. No hay objeto más profundo, misterioso, fecundo, tenebroso, y radiante que una ventana iluminada por una vela. Lo que puede verse al sol siempre es menos interesante que lo que pasa detrás de un vidrio. En ese agujero negro o luminoso vive la vida, sueña la vida, sufre la vida. 

Por sobre la marea de techos veo a una mujer madura, ya arrugada, pobre, siempre inclinada sobre alguna cosa, y que no sale nunca. Con el rostro, el vestido, el gesto, con casi nada, rehice la historia de esta mujer, o más bien su leyenda, y ciertas veces me la cuento a mí mismo y lloro. 

Si se hubiera tratado de un pobre anciano, la hubiera reconstruido con la misma facilidad. 

Me acuesto, orgulloso de haber vivido y sufrido otras vidas que no son la mía. 

Podrán decirme "¿Estás seguro de que es la verdadera historia?" ¿Qué importa lo que pueda ser la realidad fuera de mí, si me ha ayudado a vivir y a sentir qué soy y cómo soy?

Charles Baudelaire,
de El Spleen de París

sábado, 8 de agosto de 2020

PORQUE NO ME ENGAÑO por ARI ZATZU


Hace dosmil555 días que estoy sola. Sola por convicción. Sola porque me da la gana estar sola. Es decir: --no estoy sola porque me falte alguien o me sobre algo--
Estoy sola porque mis convicciones sobre estar acompañada siempre me llevan al infierno de los otros.
A los ojos cerrados.
A la asfixia.
A perecer en una cama junto a un ser extraño hasta morir de aburrimiento.
Ahora mis sueños solos huelen a lavanda, a libre te quiero como el tomillo, a soy mía por y para siempre,
a te juro que no te abandono,
a te quieros de espejo y te valoro,
porque ya no quiero que me decidan en mentiras.
Porque no me engaño.
Porque quiero decir lo que quiero y lo digo.
Porque quiero hacer lo que hago y lo hago.
Porque quiero sentir como siento y lo siento.
Porque no me haces falta.
Porque un orgasmo en tu ausencia
es mucho más largo.

Ari Zatzu

https://www.facebook.com/ari.zataraiin

sábado, 1 de agosto de 2020

CRÓNICA DE LOS DÍAS QUE PASAN por NURIA VIUDA




El verano aplasta y entumece.
Quieres dormir. Dormir por las tardes. Dormir a todas horas .Los ojos se te cierran cuando caminas por la avenida al atardecer. Casi no puedes contemplar las palomas muertas del paseo de los plátanos: han caído fulminadas al suelo por efecto de este extraño fuego amarillo que el sol desprende.
Paloma muerta sobre el césped; a esta en concreto vinieron a visitarla los grajos y parece que se llevaban bien, ya se conocían, eran viejos amigos de vuelo. Seguro compartieron alguna nube y estrellas, muchas estrellas mutiladas.
Comprendí el viejo lenguaje de las aves. Los grajos vinieron a comprobar si la paloma aún movía el pico. La besaron en los ojos, esperaron unos instantes, parecían cantar una oración llena de velos blancos, como telas de araña, que salían de sus picos negrísimos. Después se fueron hacia la fuente a refrescar el susto.
Tú no pudiste verlo. Caminabas aletargado en la tarde, cansado y sudoroso. Dormido de pie.
Yo pude percibir este instante, dichoso como ninguno, porque la vida me mantiene alerta y los que amo están muy lejos: allá en el silencio de los trigos o entre la rabia cansada del mar.

*

Blanco y roto, como el papel de los cuadernos que dejé en blanco.
Así el fundamento de lo no contado, de lo que se esconde en el misterioso azar de la noche más bochornosa de un Julio indeficiente.
El ataque del tiempo, en la calima nocturna, realiza el milagro de sostener partículas de polvo nublando el horizonte.
No veo. No ves. No vemos.
Todo se borra en los barrios pobres repletos de vigas y fachadas huecas.
Escenarios urbanos como teatros vacíos.
Maletas y mujeres, desmayadas en las aceras, huyendo de los bares sin abonar la consumición.
Corro. Corres. Corremos.
En la tremenda avenida, las casas sin cristales se mezclan con el sonido de las motos que pasan y forman un extraño tandem veraniego de vegetación incolora: blanco roto.
Pienso. Piensas. Pensamos.
Entonces ellos comienzan a bailar desparramando el cuerpo sin nostalgia de lo andado.


*

El tiempo en que vivimos se hermana con este misterioso languidecer de calles y aceras desconchadas y adustas.
Parecemos personajes de una cinta pasada de moda o quizá no, quizá sea una cinta futurista que no llegó a estrenarse en las salas de cine, hoy tan desiertas y casi desaparecidas. Recorremos la ciudad a salto de confusión, desnortados y anacrónicos en nuestro diario deambular.
Tiempo detenido. Stop obligatorio si no fuera por esta maravillosa moda de haber recuperado el cine al aire libre. Sin duda nos retrotrae a los tiempos gloriosos de los titiriteros y artistas ambulantes que plantaban la sábana blanca en las plazas de los pueblos para regocijo de todos. A veces se tomaban la molestia de encalar la pared de la escuela o el frontón, e incluso la corteza de un árbol para proyectar la película.(Yo nunca tuve pueblo pero me lo contaron)
Nunca fuimos de sentarnos en la hierba de los parques y ahora estamos aprovechando el tiempo en que no supimos crecer entre las margaritas y el trébol.
Recuerdo que en los años ochenta sí nos tirábamos en el césped sin ser conscientes de la verdadera libertad que esto supone.
Poco a poco, al ir creciendo, abandonamos las praderas urbanas:perdimos la belleza del agua que habita bajo la semilla, dimos por sentado que la espontaneidad del gesto era delito y el césped pasó a ser paisaje nada más. Paisaje libre de pisotones y posaderas. Paisaje en desaprovechado desuso, en el que sólo los perros rascaban sus lomos al amor del hormiguero, y la hierba recién regada por los aspersores.
Al fin hemos recuperado algo valioso. Días de estreno para que la memoria reconponga, pieza a pieza, su cunita dorada. Su estandarte.


Nuria Viuda, 
Crónica de los días que pasan


viernes, 31 de julio de 2020

TODO LO DEMÁS ES PERFUME por PABLO MALMIERCA




But once you’ve ihnaled death
[everything else is perfume]

Marilyn Manson. We are chaos.

Instalados en la saciedad,
sobre la opulencia de los objetos vacuos,
hemos perdido el olfato.

Entre una miasma de perfumes baratos,
nuestros sentidos
viven el continuo engaño
del apremio positivo.

Ha llegado el momento de preguntarnos
por nuestra inflamabilidad,
si somos objetos fungibles,
perfectamente obsolescentes.

¿Somos en la imperfección de la compañía
o en la soledad sonora que acompaña?

Nos ofrecemos a la luz
cuando la verdad se posó en el ala de un cuervo.


Pablo Malmierca


jueves, 30 de julio de 2020

AL FINAL DE LA CAÍDA por BALLERINA VARGAS TINAJERO




Entre tú y yo no hay nada.
Nada tangible, al menos.
Pero aquí estamos.
Hace unos minutos
ascendíamos
como granjas arrasadas
de Carolina del Sur,
como vacas perplejas
en un tornado.

Pero no es ahí,
no es entonces.

Es al final de la caída,
en la exhausta derrota de los sentidos,
ahora que intento en vano despegarme
de estas sábanas agotadas,
cuando, al mirarte,
lo percibo, claro, limpio,
sin dramatismos,
sin distorsiones románticas.

Lo que nos une
no es un hilo invisible,
no es un designio cósmico
ni mucho menos el destino.

Es cuestión de voluntad.

La voluntad de desbrozar los días juntos,
de ser el uno para el otro
la roca o el regazo;
de ver, no sin cierta nostalgia,
cómo se desdibujan
las siluetas de quienes nunca seremos;
de consolarnos y reírnos
en los funerales periódicos
(pero mira qué pintas)
de aquellos que fuimos.
De compartir, mientras podamos,
la resurrección diaria en el verbo del otro
o el descanso, a oscuras y segura,
como ahora,
de mi cabeza en tu pecho.

Ballerina Vargas Tinajero


martes, 28 de julio de 2020

PAREIDOLIA por GEMA FERNÁNDEZ MARTÍNEZ




Así que a esto lo llaman
pareidolia,
a percibir erróneamente
en una vaga imagen
una forma reconocible,
algo así como ver un jaguar
con textura de nube
jugando al ajedrez
con una lagartija
o una constelación
conformando un zodyaco
que nace del imaginario
de un astrónomo griego.

Fíjate, ¿no es para volverse loca?

Ahora ese extraterrestre
de rasgos semi-hortícolas
que se transfiguraba
por mutación genética
en el pimiento verde
del almuerzo
también es pareidolia,
o la mirada estrábica
de todas las farolas
desnudándonos siempre
el punto ciego,
o aquel Pessoa tierno
que me enseñó Lisboa
en un abrazo triste
un jueves por la noche.

Tú te ríes,
crees que Discovery Channel
es un canal creado
para satisfacer mi logofilia.

Ignoras que ahora pienso
en cómo llamarían
al efecto contrario,
intuir lo velado,
lo apenas perceptible,
lo difuso
en las distintas partes,
nítidas y precisas,
de tu todo:

La nebulosa del Àguila
batiéndote las alas en la frente
o las caras de marte
en tus rodillas,
el cosmos en tu lengua
llenándome la boca
de cráteres lunares,
tus manos...
tus manos como esferas
constelando la luz
sobre mi espalda.

Pienso en eso,
que tu cuerpo en mis ojos
es como un Test de Rorschach
para amantes,
una mancha epidérmica
buscando en otra piel
una interpretación alternativa,
un psicodiagnóstico anatómico
que analiza y desglosa
a la mujer que soy

cuando me es imposible
recordarlo.


Gema Fernández Martínez


domingo, 26 de julio de 2020

AGOBIO Y OTROS POEMAS por ALBERT SIHOD




AGOBIO

vagabundear solo por las
calles, de madrugada,
en esta ciudad en la
que —para bien o mal
me tocó vivir—, cruzar
sus calles adoquinadas,
entrar a sus bares, intentar
olvidar las preguntas
y si se me concede—¿por
qué no?—olvidar también
todas esas posibles
respuestas, dejar de lado
el agobio, las tragedias
cotidianas de las que está
hecha la vida, buscar una
tregua como si de eso
dependiera nuestra vulgar
existencia.


C30

envejece,
eso que
antes era no
volverá
a ser jamás.
incluso el
aire parece
distinto
al respirar.
¿sientes
cómo te
deja de lado?
tranquilo,
es la vida,
viene
a recuperar
espacio.
ese lugar
prestado en
la existencia
que tú
—ingenuo—
creíste alguna
vez tuyo.


WELCOME

no se debe dudar
de la existencia
del infierno.
es un lugar tangible
palpable.
cuenta con un sin fin
de puertas para
entrar.


MATEMÁTICA

en esencia
el tiempo cumple
dos funciones
básicas:

acabar contigo
y acercar a
a tu regazo
los recuerdos

forja lo segundo
y acepta de
cabal manera
lo primero.


LA BRECHA

supongo que ésta edad es donde
comienza el declive del hombre.
dejando de ser joven pero sin ser
viejo aún, como estar en un limbo
generacional, sabes que no eres
bienvenido en ninguno de los dos
bandos, se admite que la palabra
señor sea el código universal con
el que te llama la mayoría de las
personas que no saben ni les importa
tu nombre, como a ti, que no sabes
ni te importa el nombre de ellos.


Albert Shiod

sábado, 25 de julio de 2020

NUNCA VOLVERÉ A CANTINA por CARLOS DE LA CRUZ




SER

Jugar en las eras
entre los montones de alubias
escarbar hasta el corazón
todavía húmedo
hacerte bolita y cerrar la puerta
para calentar el nido
desde dentro.


CARREQUEMADA

Siempre es otoño
en la casa de los abuelos en Carrequemada.
Una pila de carbón en la cochera
y una cántara de vino.

los nervios tensos de los tubos de aluminio
apilados contra la pared
esperan que caliente
para empezar a desplegarse entre los surcos
y soplar desde el aspersor
la caricia turbia del agua.

hace frío en la cocina,
sólo calienta junto a la llama;
abuela saca del saco de fertilizante una gallina
yo intento que cuadren las sumas,
de espaldas en el fregadero el ruido mojado de las alas.

entra el pequeño de mis tíos
ungido de barro reseco hasta las rodillas
tiene el pelo travieso como de tomillo seco;
mi abuela le ha guardado en un plato de aluminio
la primera sangre
y sin terminar de cuajar
bebe directo del cáliz.

Y a mí no me salen las cuentas
tengo mala letra.


PUEBLO

Y hay que doblar 
la espina frente a la tierra
antes de sacar de la víscera
el ramo de sus riñones.

hay que dejar el cuero de las uñas
y sonreír al escarabajo de la patata
cuando no te miran
y escribir esto
sobre su lomo de cinco rayas amarillas.

Tengo que cargar con las banastas
y luego con los sacos
mientras Abuelo no saca el hocico del surco.

Son casi las seis de la tarde
he llorado dos veces:
una cuando Madre me sacó de la cama
la otra cuando entendí
que no iba a venir a salvarme.


CEMENTERIO VIEJO

voy a la escuela del Cementerio Viejo
la que tiene los cipreses exhaustos
en una siesta eterna contra el muro de piedra
y puedes jugar pelota o a los cinco exploradores
entre las tumbas abiertas de los niños.

el padre de mi abuela Laura anda por ahí
en un hueco con barandas de ladrillo encaladas
me llevó un par de veces a cambiar el agua de las flores
y dar una mano de blanco antes del día de difuntos.

la muerte era un juego
luego se murió la madre de mi amigo josefélix
y recuerdo que dolía
como el silencio contra el cristal de una ventana.

Cuando se murió mi abuela Laura
dolió como si dios hubiera dejado abierta la puerta.


NUNCA VOLVERÉ A CANTINA

Ayer pasé delante de Cantina
de camino a la pescadería
hacía un mes que daba toda la vuelta a la manzana
para no cruzarme con el reflejo del bloque en llamas
de protección oficial
que crece de dentro a fuera:
han retirado la grúa del deus ex machina
y como con todo
lo real es grotesco
como los montones de ropa mojada
junto al contenedor del vidrio.
Ayer pasé delante de Cantina
con la mascarilla puesta
para que no me reconocieran
y no pude evitar mirar de reojo
Pedro con los brazos en alto como un santo gigante y cansado
Don Julito hace carantoñas al hijo de alguien
Jaime juega con el móvil
Anita ha vuelto y tiene dos puños de ceniza
donde tenía antes los ojos
no sé, todo parecía triste y gastado;
y en el rincón junto a la calabaza hipertrofiada
que compraron para la noche de muertos,
un idiota con la cara hinchada me observa
sonríe, levanta la cerveza, cierra los ojos, asiente
Era yo
seré yo
soy yo
que nunca saldré de Cantina.

Carlos de la Cruz


jueves, 23 de julio de 2020

EL FUGITIVO por JOSÉ ANTONIO RAMOS SUCRE




Huía ansiosamente, con pies doloridos, por el descampado. La nevisca mojaba el suelo negro.

Esperaba salvarme en el bosque de los abedules, incurvados por la borrasca.

Pude esconderme en el antro causado por el desarraigo de un árbol. Compuse las raíces manifiestas para defenderme del oso pardo, y despedí los murciélagos a gritos y palmadas.

Estaba atolondrado por el golpe recibido en la cabeza. Padecía alucinaciones y pesadillas en el escondite. Entendí escaparlas corriendo más lejos.

Atravesé el lodazal cubierto de juncos largos, amplectivos, y salí a un segundo desierto. Me abstenía de encender fogata por miedo de ser alcanzado.

Me acostaba a la intemperie, entumecido por el frío. Entreveía los mandaderos de mis verdugos metódicos. Me seguían a caballo, socorridos de perros negros, de ojos de fuego y ladrido feroz. Los jinetes ostentaban, de penacho, el hopo de una ardita.

Divisé, al pisar la frontera, la lumbre del asilo, y corrí a agazaparme a los pies de mi dios.

Su imagen sedente escucha con los ojos bajos y sonríe con dulzura.


José Antonio Ramos Sucre, de Poesía Completa (Sibila Fundación - BBVA, 2012).

miércoles, 22 de julio de 2020

AGUJERO por ÁLVARO HERNANDO




Con las puntas de los pies encorvadas
al borde del agujero
con el miedo a caer
a no pensar más que en el agujero
dentro del agujero.

Con la pena de no ser parte de la luz
con el enjambre en el pecho
con el zumbido perezoso
con la luz incandescente proyectando
tu sombra en la sombra
del agujero.

Con los labios sonriéndole al agujero
y con los ojos comiéndosele la negrura profunda
con el agujero dentro del agujero
tragándose todos los pequeños párvulos
que de alguna manera jugaban a ser adultos
desde niños
en cada agujero
dentro de cada agujero
dentro de un pecho hueco
insatisfecho.

Con el silencio marcando el camino
de ida sin vuelta
de respuesta bajo el agua
de caricia sobre cadáver
mirada encontrada en mirada fea
desde la fiebre de cristal
para cada agujero
fuera de otro agujero
en cada sentimiento hueco.

Así es mi agujero,
un vacío lleno de pies abrazando sus bordes
dedos encorvados, como abriéndole la boca
al agujero
para hacerlo más agujero
más dolor
menos vano huero.


Álvaro Hernando, de Chicago Express (Pandora Lobo Estepario, 2019).

http://loboestepario.com/press/chicago-express/

https://www.facebook.com/alvaro.hernandofreile


martes, 21 de julio de 2020

EL PUENTE SOBRE EL RÍO CÚA por JOSÉ YEBRA




El puente sobre el río Cúa
medirá unos cinco metros
en su punto más elevado.
Recuerdo la bronca tremenda
que me echó mi madre
el día que se enteró
que me andaba tirando desde ese puente,
desde esa altura,
al agua agradecida del Cúa.
Todavía no había cumplido diez años
porque aquello sucedió
en el verano de 1977.
Esa sensación eterna
de caída libre,
de lucha infructuosa
contra la ley de la gravedad
aliviada al entrar bien recto en el agua
que nos recibía
con toda su redentora densidad
bien preparada para el golpe:
libertad, por supuesto que irresponsable,
y con todo el riesgo inconsciente
que asumíamos sin plantearnos siquiera
la más leve posibilidad
de un contratiempo.
Nunca vi, por suerte, ni viví
ninguno grave;
algún que otro panzazo improcedente
y demasiado sonoro
que te dejaba la piel roja y dolorida
un buen rato. Sólo eso.
Y cuando íbamos de pie
siempre nos preguntábamos
los unos a los otros 《¿tocaste?》,
porque, a pesar de los más de tres metros de profundidad,
en numerosas ocasiones
nuestros pies
alcanzaban los cantos rodados
del fondo del río,
pero sin hacernos daño,
sin mancarnos, para ser justos y exactos con el lenguaje de aquí.
Y mi madre seguía riñéndome
casi a diario.
Y yo le prometía que no,
pero volvía siempre a ser que sí,
y al poco llegaba cualquier radio Macuto
al la peluquería de mi madre:
"Milita, José Luis se estuvo tirando desde el puente
con sus amigos"
Entonces llegaba yo del río con hambre,
entraba en la peluquería
a darle dos besos
antes de abalanzarme sobre el bocadillo
y ya veía yo la seriedad en su gesto.
"Ya hablaremos tú y yo en la cena".
Ahora hay un par de carteles
bien grandes
que indican a las claras que
"está terminantemente prohibido
saltar desde el puente".
La novedad de la norma impuesta
no impide que la chavalería
siga escalando el muro del puente
y lanzándose al agua desde todo lo alto.
Puede que quizá con más adrenalina,
que la transgresión
siempre ha dado más emoción
a los actos humanos,
sean estos responsables
o no.
Que bien lo sé yo.

José Yebra


lunes, 20 de julio de 2020

INTRODUCCIÓN Y NOTAS: Rafa García Jover.




POEMA DE LA EXPERIENCIA [DENOSTADO]

9 de agosto de 2018, jueves.
Librería La Central de Callao,
Postigo de San Martín, 8.
Primera planta, sección poesía,
subiendo las escaleras,
giro de casi 360 grados,
al fondo, a la izquierda.

Echo un vistazo a los estantes.
Busco la V. Llego hasta la M.
Hay algo raro.

—Busco El desgarro de Jorge Villalobos, Hiperión,
201 8, 70 páginas, 1 0€; recomendado por Bagué Quílez
en el Babelia y XXXIII Premio de Poesía Hiperión.

—Imposible. Estamos de reformas y sólo tenemos disponibles
los volúmenes que abarcan de la A a la M.

Y es verdad: he logrado ver por ahí
un libro de Machado, seguramente
de don Antonio (pobre don Manuel).
Y ahora me doy cuenta de lo raro:
los estantes de la N a la Z han desparecido.
Hay sólo pared blanca, recién pintada,
recién reformada: pintura blanca y masilla, o yeso.
El chico que me atiende sonríe
para disculparse, pero yo le digo que no,
que no se preocupe,
que eso también es poesía.
El chico que me atiende, quizá poeta,
intensifica su sonrisa porque,
quizá, me entiende.

Y pienso: la poesía no existe
porque haya estantes llenos
de libros de poesía. La poesía
está más allá del volumen,
está justo ahí, en la pared blanca,
masilla y yeso, donde tiene que estar.
Igual que esa pared blanca del museo
en la que debería estar el cuadro que buscas
pero sólo hay una cartela que te dice que no,
que no está porque lo están restaurando
o se lo han prestado a otro museo
para hacer una retrospectiva del autor.

¡A la mierda ese pensamiento!
¡La poesía es algo físico!
Necesito el libro, tenerlo, para
comérmelo en caso de hambruna
si fuese necesario
o para tirárselo a la cabeza a mi enemigo.
Lo necesito, en papel, 80% de gramaje.
La poesía es algo físico (a 0.14 € / hoja),
dejémonos de tonterías.
Lo quiero, he venido aquí para eso.
¡Quiero ese libro! (Impreso y encuadernado
en la imprenta Grafilia, calle Carpinteros, 3,
Boadilla del Monte, en el mes de mayo
de 2018).


LA VIE MODE D’EMPLOI (capítulo 1)

Georges Perec

Sucede que el edificio en el que vivo
tiene varios inquilinos que ocupan las viviendas
que no están vacías.
                         Veamos.

En el segundo izquierda vive la señora Sonata.
Es una señora de casi setenta años,
vestida de negro, que siempre va rodeada
de un halo de polvo gris que arrastra
desde su casa maloliente. Ese polvo gris huele a laca.
Eso no me desagrada en absoluto.

En el cuarto derecha vive una niña de no más
de 10 años. Sola. No recuerdo su nombre ni su cara,
sólo la oigo caminar por el pasillo.
Sus pasos son lo único que sé de ella.
Sus pasos me ayudan a descifrar
su estado de ánimo. Cuando salta, es que está alegre.
Sólo hay una ocasión en que no consigo descifrar nada:
cuando sus pasos son desacompasados
y después de oírlos en la parte del techo que da a la cocina
los oigo, de repente, en el otro extremo,
en la parte del techo que da al comedor.

En el entresuelo izquierda hay un matrimonio joven
que dicen ser los caseros del edifico. Él, de unos 30,
te abre la puerta justo en el momento
en el que vas a introducir la llave en la cerradura.
Buenos días. Buenos días. Y se aparta para que pases.
Al no tener ascensor, su amabilidad acaba ahí.
Si hay correo, te lo entrega en mano. Ella, de 33,
mantiene las zonas comunes del edificio en perfecto estado
Cambia las bombillas y friega todos los días los 87 escalones
Ayer la encontré amasando yeso
para colocar un rodapié desprendido.
Nadie les paga por ello. ¿Seguro?, pregunta Sonata.
Segurísimo, le oigo decir al administrador.

En el ático vive un joven atlético que se gana la vida
de modelo en una academia de pintura de aquí cerca.
Siempre que va a salir a la calle,
justo cuando está parado en el umbral de su puerta,
se da cuenta de que está completamente desnudo.
Nunca nadie lo ha visto en semejante tesitura.
Lo cuenta él entre risas. Unas risas que no le dejan ver
la indiferencia en nuestros rostros. Yo no acabo
de creérmelo.
Pienso que lo cuenta para que nos fijemos en su cuerpo
e imaginemos cómo será sin toda esa ropa
que lleva encima (siempre traje de chaqueta;
en invierno, también abrigo).

El entresuelo derecha es el almacén
de una tienda de jarrones que está situada
en una de las calles perpendiculares.
La dueña de la tienda entra al almacén
a través de una puerta situada al fondo de su negocio,
puerta que da a la cocina del entresuelo.
La tendera, harta de tener que salir de su tienda
cada vez que tenía que ir al almacén,
llamó a un sobrino suyo arquitecto.
Dime el lugar exacto en el que podríamos
hacer una puerta. Aquí, tía. Eres un sol, Néstor.
La dueña de la tienda, desde que construyó su puerta,
nunca usa la puerta
del entresuelo para entrar en el almacén.

Yo vivo en el tercero derecha.

Cuando vine a este edificio,
después de vivir durante años en una caravana,
ya se comentaba que un desconocido compró
el tercero y el cuarto izquierda y se hizo un dúplex.
Y desapareció. La única manera
de tener comunicados el arriba y el abajo
es hacer un buen boquete en el suelo / techo,
dice el casero del entresuelo izquierda.
Yo le digo que, para comunicarse entre la izquierda y la derecha,
tan solo hay que hacer una puerta. Se sonríe.
Prefiero un buen hoyo a una puerta, dice.


Rafa García Jover, de Introducción y notas (Boria Ediciones, 2020)

*

Los poemas de este libro tratan de su concepción de la poesía (el autor rechaza la reflexión hueca y el adoctrinamiento), del paso del tiempo (como ineludible vista atrás) o de él mismo (en relación con su identidad —no solo sexual—). Y lo hace siempre con la realidad como punto de partida o de llegada y con múltiples referencias culturales (Carnero, Baudelaire, Banksy, Miguel Hernández, Fernández Mallo…), que hacen que la intertextualidad sea una de sus señas de identidad. Por ello, resulta esencial atender a las citas y a las notas a pie de página, pues sitúan los poemas en esas realidades, los contextualiza.

Este poemario contiene todo lo que se espera de un buen libro de poesía: originalidad, introspección, reflexión a partir de la actualidad y dominio tanto del lenguaje como de la técnica. Y, como la mejor Literatura, nos invita a la lectura pausada que se convierte en lectura gozosa.


viernes, 17 de julio de 2020

AZUL por PEPE PEREZA



Azul es el color que se percibe ante la fotorrecepción de una luz cuya longitud de onda mide entre cuatrocientos sesenta y cuatrocientos ochenta y dos nanómetros. La llamada pantalla azul de la muerte o pantallazo azul hace referencia a la pantalla mostrada por el sistema operativo Microsoft Windows cuando no puede recuperarse de un error de sistema, al cólera también se le conoce como la muerte azul, azul es la sangre de los pulpos y la piel de los ahogados y azul pretendía ser éste salón que he dejado a medio pintar. Aún están ahí el bote de pintura, las brochas y el rodillo, ahí siguen los rodapiés ocultos tras el papel de periódico y el suelo con plásticos por encima. Lo único operativo que hay ahora mismo en el salón son un sillón y el televisor, el resto de los muebles aguardan en el pasillo, los pocos que permanecen en el salón están separados de la pared cubiertos con sábanas viejas. Desde hace unas semanas he estado acudiendo al hospital para que me realicen diferentes pruebas: análisis de sangre, placas, extracción de médula, tac… todo para que al final se confirme lo que los médicos y yo ya nos temíamos, que además de tres úlceras, una de ellas de casi cinco centímetros, tengo un cáncer en el parte baja del estómago. Para empeorar las cosas, dos días después del diagnóstico se decreta a nivel nacional el estado de cuarentena por el tema del coronavirus. Así que con este percal no tengo ímpetu para hacer nada, menos aún para terminar de pintar el salón. Sólo tengo fuerzas para tumbarme en el sillón, fumarme unos porros y ver en la tele cómo el mundo entero se confina en sus casas.

Siete y media de la mañana, me dirijo en coche al hospital para el primer tratamiento de quimioterapia. Estoy nervioso y apenas he pegado ojo en toda la noche, ese maldito miedo a lo desconocido. Nadie me ha explicado en qué consiste el tratamiento al que me voy a someter y en su momento yo tampoco pregunté. No sé el tiempo que tendré que estar ahí ni de qué modo me va a afectar, y eso acojona. En el papel que me dieron pone que al tratamiento lo llaman Rituximab, que suena a personaje de las historias de Astérix y Obélix. Aunque de ese papel lo que realmente me llama la atención es la cantidad de posibles efectos secundarios que pueden derivar de dicho tratamiento, van desde el cansancio hasta la caída del cabello, pasando por úlceras en la boca, vómitos, diarreas, esterilidad, irritación en la piel, falta de defensas… Lo bueno es que con la cuarentena no hay tráfico ni gente, las carreteras y las calles están vacías y puedo conducir sin el agobio que conlleva estar rodeado de otros vehículos. Salgo de la calle Chile y entro en la rotonda que da a la circunvalación. Un poco más allá la policía ha montado un control. Uno de los agentes me hace señas para que me detenga. Paro el coche y bajo la ventanilla.

-Buenos días –dice llevándose la mano a la frente en una especie de saludo militar.

-Buenos días –respondo.

-¿A dónde va?

-Al hospital San Pedro. Hoy empiezo un tratamiento.

-¿Me puede enseñar algún documento que lo pruebe?

-Sí, claro.

Echo mano al bolsillo interior del abrigo, saco el papel de la cita y se lo entrego. El policía lee el contenido y me lo devuelve. 

-Debería llevar mascarilla –me advierte.

-Lo sé, pero en las farmacias se han agotado y no sé dónde comprar.

-Está bien, puede continuar.

Llego al barrio de La Estrella y busco donde aparcar. Encuentro sitio en un descampado que está al final de la calle Alameda. Antes de salir del coche veo que me queda tiempo para un último porro, de modo que me pongo manos a la obra. En la radio dicen que el tiempo de cuarentena se alargará indefinidamente. Estoy harto de tanto coronavirus, cambio de emisora hasta dar con una donde ponen música clásica. Piano, violines y violas en una mañana fría y gris. Vivimos días extraños, días de miedo e incertidumbre. Claro que para mí todos estos sucesos son secundarios. Supongo que el hecho de tener un cáncer empequeñece el resto de las cosas y las hace parecer menos reales y amenazadoras de lo que son. Es como estar atrofiado emocionalmente. Fumo con el ansia que fuma el reo antes de ser ejecutado, apuro el porro hasta el filtro, después salgo del coche. A lo lejos veo el hospital con su letrero de color azul claro muy parecido al tono de azul que he elegido para las paredes del salón. Casi enfrente del hospital está la Parroquia San Pio X, sobre la puerta principal hay una estatua de Jesucristo cubierto con una sábana que se pega a su cuerpo por la fuerza del viento. Lo miro de reojo. Sería tan fácil pedirle ayuda y esperar que con su acción divina se curen todos mis males, pero no creo en Dios, es lo malo de ser ateo, que solo dependes de ti mismo. Accedo al hospital por la zona de consultas. Al final de la planta baja, pasando el módulo de hematología, está lo que llaman hospital de día. Entrego la cartilla en el mostrador que está a la entrada. La cartilla me la dio días atrás la doctora que lleva mi caso, en ella están reflejados mis datos junto a las fechas y horarios de los tratamientos que debo seguir, la doctora también me dio unas pegatinas con un código de barras que tengo que entregar con la cartilla. A cambio, una de las enfermeras, me da una pulsera de plástico con mi nombre el mismo código de barras que la cartilla. A través de unas puertas abatibles llego a la zona donde están ubicados los boxes. Hay una quincena de ellos situados en la parte izquierda siguiendo todo lo largo del pasillo, a la derecha hay un mostrador y detrás una zona habilitada para el personal médico. En los tres primeros hay camas, el resto disponen de uno o dos sillones, según el tamaño de los boxes. La mayoría están ocupados, así que tengo suerte cuando me asignan uno con cama. Me descalzo y me acuesto vestido. Una de las enfermeras viene, después de comprobar el código de barras de mi pulsera me pincha en la vena y me conecta a una máquina de percusión, es decir, un gotero con un mecanismo de empuje para líquidos, del que previamente ha colgado un par de bolsas pequeñas con un suero transparente. Viendo el tamaño de las bolsas deduzco que esto no durará mucho. La enfermera programa el gotero y controla que el líquido fluya a la velocidad que ha programado. En cuanto se pone en funcionamiento la máquina emite un zumbido parecido al de una impresora láser: Bzzzzzzzzzzzz, Bzzzzzzzzzzzz, Bzzzzzzzzzzzz, Bzzzzzzzzzzzz, Bzzzzzzzzzzzz, Bzzzzzzzzzzzz…

-¿Cuánto dura esto? –pregunto.

-Unas cuatro horas y media.

-¿Tanto?

-Al ser la primera vez, la velocidad que le ponemos a la máquina es la mínima. Lo hacemos así por si el paciente sufre algún tipo de alergia. 

-Entiendo.

-Si notas picores o dificultad al respirar, cualquier cosa que no sea normal me avisas inmediatamente tocando este timbre –dice señalando el timbre.

-Ok.

Sale volviendo la puerta. No ha pasado ni media hora cuando el gotero empieza a pitar, el líquido de las bolsas se ha acabado. La misma enfermera trae dos bolsas más, las sustituye por las vacías y vuelve a dejarme a solas. Al rato el gotero pita de nuevo, esta vez la enfermera trae una bolsa bastante más grande que las anteriores.

-Ahora viene lo gordo –dice mientras retira las bolsas vacías y cuelga la llena en el gotero.

-¿Es la última? –pregunto refiriéndome a la bolsa.

-Sí. A partir de ahora es cuando tienes que estar atento por si notas algo extraño. De ser así, me avisas enseguida.

Sale volviendo la puerta. Cálculo que tengo tres horas y media por delante. La noche anterior apenas he dormido y ahora estoy cansado. Cierro los ojos y me dejo llevar por la monotonía del zumbido. Bzzzzzzzzzzzz, Bzzzzzzzzzzzz, Bzzzzzzzzzzzz…

Me despierto con la sensación de haber dormido varias horas. Miro la bolsa que cuelga de gotero. No le queda mucho para vaciarse. Al estar dormido no he prestado atención a las posibles alergias. Hago un repaso de mi cuerpo y me doy cuenta de que estoy empalmado. No es una erección cualquiera, ésta me recuerda a esas erecciones de la adolescencia donde el levantamiento y la rigidez llegaban a ser dolorosos. ¿Será un efecto secundario de la medicación? ¿Debo informar a la enfermera? Pasan los minutos y la erección continúa. De hecho, sigo así cuando el líquido de la bolsa se termina y el gotero empieza a pitar. Me incorporo de la cama y me siento en uno de los lados esperando a que venga la enfermera. No tarda en llegar. Cruzo las piernas para ocultar el bulto de mi entrepierna.

-Bueno, parece que esto se ha acabado –dice al entrar.

Apaga el gotero, retira la aguja que tengo clavada en la vena y me pone un apósito encima del pinchazo.

-¿Has notado algo fuera de lo común? –pregunta.

Sopeso si comentarle lo de la erección, pero me da vergüenza y no digo nada.

-No, todo bien.

-Tu tratamiento no es de los más agresivos, aun así hay que estar pendiente.

Me recomienda que me cuide ya que estaré sin defensas y con el coronavirus rondando no conviene hacer tonterías. Le digo que lo haré, nos despedimos hasta la semana que viene y salgo de ahí a toda prisa. Lo primero que hago en cuanto piso la calle es encenderme un cigarro, estaba a punto de subirme por las paredes por el mono de nicotina. Aspiro el humo y lo retengo en los pulmones. 

Llego a casa y aún sigo empalmado. Empiezo a preocuparme. Sé que el priapismo visto desde fuera puede resultar gracioso, pero sé que las consecuencias para el que lo sufre son graves. En ese momento suena el móvil. Es alguien del hospital que llama para confirmar la cita de mañana. No tenía constancia de dicha cita. Por lo visto, para los siguientes tratamientos la doctora que lleva mi caso ha decidido que me van a instalar un catéter. Aunque jode que avisen con tan poca antelación digo que allí estaré. Al colgar noto con alivio que la erección ha desaparecido.

He mirado en internet qué es un catéter y no me ha gustado lo que he leído, eso de que te introduzcan una sonda a través de la vena del brazo y de ahí la hagan llegar hasta el corazón es algo que me cuesta imaginar. No digo que no hubiera oído hablar de ello, pero siempre de pasada y nunca me paré a analizar lo complejo de la operación, ahora que me toca de lleno veo todas sus dificultades. He de reconocer que estoy un poco asustado.

-Desnúdate de cintura para arriba y túmbate en la camilla –me dice una de las tres enfermeras que están en la habitación.

Obedezco. Mientras las otras dos preparan el instrumental, la enfermera jefe me ata una goma en el brazo y examina mis venas. Por su expresión parece que le gusta lo que ve. 

-No creo que tengamos problemas, tiene las venas muy marcadas –les dice a sus compañeras. 

Las del instrumental se acercan y dejan todo a mano para que la que lleva la voz cantante lo pueda utilizar. La enfermera jefe desinfecta con alcohol la zona de mi brazo donde tiene previsto pinchar. Luego coge la aguja y me advierte:

-Te va a doler.

Clava la aguja y suelta la goma. Y sí, duele, aunque intento que no se me note. Introduce poco a poco la sonda. En un principio todo va bien, hasta que a los pocos centímetros la sonda se atasca.

-Voy a tener que buscar otra vena –dice.

Aparta la aguja con fastidio. Vuelve a atarme la goma y busca otra vena, cuando la encuentra introduce la aguja pero la sonda se obstruye de nuevo.

-Tendremos que probar con el otro brazo.

Trato de estar relajado aunque cada vez me resulta más difícil. El tercer pinchazo duele tanto o más que los otros. Espero que esta vez todo vaya bien, pero al igual que en los dos primeros intentos la sonda topa con algo que le impide avanzar. Veo la decepción en la cara de la enfermera.

-¿Cuál es la alternativa? –pregunto.

-La alternativa sería instalarte un dispositivo que va por debajo de la piel. Eso conlleva una pequeña incisión en el pecho y otra en el cuello.

-Supongo que tendrían que ingresarme.

-No, no hace falta, te lo hacen al momento con anestesia local.

Aunque no haga falta ingresar la perspectiva no me gusta nada. 

-¿Qué te parece si lo intentamos por última vez? –pregunta la enfermera jefe.

Con tal de evitarme otra visita al hospital estoy dispuesto a intentarlo las veces que haga falta, aunque me dejen los brazos como un colador. La enfermera jefe pincha por cuarta vez. Cierro los ojos y aprieto los dientes para aguantar el dolor.

-Nada, no hay manera –dice frustrada.

Arroja la aguja al recipiente de desechos y le pide a una de sus compañeras que llame por teléfono a la doctora que me trata y le informe de lo ocurrido. Mientras tanto la chica que hasta ahora se ha mantenido al margen toma la iniciativa y se encarga de ponerme unos apósitos en los pinchazos. Después de hablar con la médica la enfermera jefe me dice que continuaré el tratamiento sin catéter, tampoco tendré que someterme a la intervención para el dispositivo del pecho, cosa que me alegra, dice que me inyectaran los medicamentos directamente en vena, tal como lo hicieron ayer. Termino de vestirme y salgo del hospital. En la calle noto los brazos entumecidos y me siento un poco mareado. A la altura de la parroquia San Pio X, a los pies del Cristo, tengo que pararme a vomitar.

Los contagios en todo el mundo se multiplican, por el contrario mi piedra de hachís disminuye alarmantemente. He llamado a todos mis contactos y ninguno puede ayudarme, todos dicen lo que yo ya sabía de antemano, que con la situación actual es imposible encontrar material. A partir de ahora tendré que ir racionando los porros o en un par de semanas me quedaré sin nada. Me viene a la cabeza un antiguo compañero de trabajo que solía tener una hierba que solo con olerla te lloraban los ojos. Busco su número en el móvil y le llamo.

-Martín, tío ¿qué tal te va la vida?

-Bien, todo bien.

-Te llamo porque estoy pelado y me he acordado se esa hierba tuya.

-Buah colega, tengo lo justo para ir tirando.

-¿No puedes pasarme unos gramos?

-Lo siento, tío, no puedo.

No insisto, yo haría lo mismo. Me despido de él y cuelgo. Ya que tengo el móvil en la mano aprovecho y marco el número de mi madre. No le he contado nada del cáncer, he preferido guardarlo en secreto para evitarle preocupaciones innecesarias.

-Mamá ¿qué tal llevas el día?

-Bien, aquí estoy, haciendo sudokus. 

-Tú y tus sudokus.

-En algo hay que pasar el tiempo ¿Y tú, has terminado de pintar el salón?

-No, lo haré mañana.

-Eso mismo dijiste ayer.

Llevo casi dos semanas con lo mismo. Me digo: mañana lo termino, pero llegado el momento me tumbo en el sillón a fumar porros y no hago nada. Me odio porque ver el salón así me agobia, es un reflejo de la dejadez que siento por dentro. Cuando termino de hablar con mi madre conciencia y orgullo gritan al unísono: Levanta el culo y termina de pintar de una puta vez el salón. Incluso hago amago de levantarme, pero al final la desidia puede conmigo y lo dejo para otro día.

Hace unos años se realizó una encuesta para saber cuál era el color preferido de la gente, un gran porcentaje de los encuestados se decantó por el azul. Yo me incluyo entre esas personas. Además, está comprobado que el azul da sensación de sosiego y ayuda a conciliar el sueño, de hecho, la mayoría de los dormitorios están pintados de ese color. Tendría que dejarme de tanta holgazanería y ponerme manos a la obra. Si lo pienso fríamente solo es cuestión de abrir el bote de pintura, mojar la brocha y empezar a dar brochazos. No me costaría mucho acabar y así podría disfrutar de nuevo de la comodidad que da el volver a tener todos los muebles en su sitio, y al pisar el parqué no tendría que escuchar ese molesto ruido que hace el plástico al caminar por encima. Son las ocho de la tarde. Poco a poco los vecinos van saliendo a las ventanas y el sonido de sus aplausos se intensifica. Antes yo también solía unirme a ellos, incluso un par de veces he llegado a emocionarme al hacerlo. Ahora creo que esto se ha vuelto una competición para ver qué barriada es la que más ruido hace. Desde que en la tele empezaron a mostrar imágenes de gente aplaudiendo la cosa se ha desmadrado. En la actualidad todo el mundo quiere dar la nota y hay mucho postureo por parte del personal. Los hay que en el balcón de su casa montan equipos profesionales de sonido con juegos de luces y mesas de mezclas, hay quien toca instrumentos, incluso quien canta ópera. Es una opinión personal, pero creo que el espíritu original de la idea, la esencia, es decir, la de agradecer a los sanitarios sus esfuerzos y sus sacrificios, se ha ido perdiendo por el camino. Es posible que esté equivocado y que mi carácter derrotista me haga verlo así. De todas formas, sospecho que últimamente hay más pretensión por destacar que de agradecer. 

Segunda sesión de quimioterapia. Esta vez me toca compartir box con otro paciente. Cada uno en una esquina, en su correspondiente sillón y ambos conectados a las máquinas de percusión. Al igual que la primera vez, he venido casi sin dormir y ahora tengo sueño. Me recuesto y cierro los ojos, quedan varias horas por delante y prefiero pasarlas durmiendo.

-Han jugado a ser Dios y se les ha ido de las manos –dice el tipo que me acompaña.

-¿Qué? –digo abriendo los ojos.

-Lo mismo que les pasó en los ochenta cuando crearon el sida para exterminar a un sector de la sociedad y aquello escapó a su control. Con esto les ha pasado lo mismo, pretendían acabar con los ancianos que ya no cotizan y se les ha vuelto a ir de las manos.

Lo que faltaba, un conspiracioncita. 

-Aunque la gente no se lo crea, hay una sociedad ultra secreta de banqueros y grandes empresarios que operan al margen de los gobiernos y que son los que realmente manejan el cotarro. Los putos amos del mundo. Esos cabrones tienen la culpa de este follón. 

Mientras el tipo sigue hablando yo me acomodo en el sillón, cierro los ojos e intento dormir.

En el cielo un sol minusválido que no calienta. Espero en la cola del supermercado a metro y medio del que tengo delante, la misma distancia que mantiene de mí la persona que va por detrás. Distancia de seguridad lo llaman. No deja de asombrarme esta situación. Es todo tan extraño, tan apocalíptico que cuesta creer. Esta mañana he visto en las noticias que los hospitales están a rebosar. Enfermos en sillas de ruedas hacinados por los pasillos, la mayoría llevan días ahí esperando por una cama. Falta personal médico y material sanitario y es imposible que en esas condiciones puedan atender a todos. Por otro lado, le estamos dando un respiro al planeta. Con apenas tráfico en las carreteras y con el cierre de las fábricas los cielos más contaminados ahora están limpios. He oído que hay todo tipo de animales tomando las calles y los parques de las ciudades, dicen que se han visto delfines nadando por los canales de Venecia y ballenas en las costas de Almería. No hay mal que por bien no venga.

Me levanto pasadas las cuatro de la tarde. Salgo al pasillo y tengo que ir esquivando los muebles que hace semanas saqué del salón. En la cocina tomo una pastilla para el estómago, otra de vitamina C, una capsula de jalea real, un zumo de frutas y para terminar un café con galletas. Terminado el desayuno me apetece un porro, pero no quiero entrar en el salón, de modo que vuelvo al dormitorio y me lo lío ahí. Fumo recostado en la cama. No tengo otra cosa que hacer en todo lo que queda de día que fumar. Me esperan largas horas de aburrimiento. "Mi objetivo es matar el tiempo mientras el tiempo a su vez trata de matarme a mí" que decía Emil Cioran. Por lo que puedo recordar anoche soñé que la muerte es una mujer de mediana edad elegantemente vestida de azul. De unas semanas a esta parte pienso mucho en la muerte. Quizás la pandemia lo propicia, tal vez el cáncer, o la suma de ambos. Además, estoy muy sensible y por cualquier tontería se me saltan las lágrimas. Un anuncio de la tele o una canción bastan para hacerme llorar. Me pregunto si tanta sensiblería se debe a los fármacos de la quimio. De ser así no me queda otra que joderme y aguantarme. ¿Qué otra cosa puedo hacer?

Otra sesión más de quimioterapia. En resumen, otro chute de veneno para acabar con el veneno, las mismas caras de sentenciados, las mismas enfermeras y los mismos pasillos con olor a desinfectante. Salgo del hospital y miro el cielo sin rastro de nubes. Un lienzo inabarcable de azul. Es un cielo bonito, añadiría que hermoso. El invierno ha quedado atrás y la primavera empieza a desplegar su magia. Enciendo un cigarro y camino despacio mientras fumo. Al pasar por delante de la parroquia San Pio X me detengo un momento para mirar el Cristo que está sobre la puerta principal. Tan solo eres un señuelo para cobardes -le digo y sigo andando hacia el aparcamiento que está al final de la calle Alameda.

Conduzco con el sol entrando por las ventanillas, la radio encendida y un nuevo cigarro entre los labios. Todo mejora con un poco de nicotina en el cuerpo y algo de música marcando el ritmo del corazón. Entro en la circunvalación y acelero. No hay prisa, pero el cuerpo me pide velocidad y se la doy. Al llegar al desvío reduzco y me adentro en la urbe. Filas de edificios que marcan los límites geográficos de la ciudad. Una prisión a gran escala, una cárcel sin barrotes pero con grandes muros de desigualdad e hipocresía donde todos estamos encerrados a cal y canto por decisión propia. ¿Se ha visto algo tan estúpido? Es ley de vida, dicen. Pero no hay leyes justas para los que no han sido elegidos, no hay piedad para los desheredados. Y quien diga lo contrario miente. 

Entro en Facebook a través del móvil. Quiero estar al corriente de lo que se cuece por ahí, pero sólo encuentro fascistas de mierda hondeando su bandera de mierda. ¿En qué mundo vivimos? Está claro que no hemos aprendido nada de los errores del pasado. Siento tanto asco que las ganas de vomitar hacen que me duela el estómago, noto cómo ahí dentro las úlceras supuran sangre, cómo el cáncer se extiende por todo mi cuerpo, de modo que apago el móvil y lío otro porro para escapar de esta realidad aterradora y surrealista. Es mejor huir entre volutas de humo aceitoso y dulzón que afrontar este desbarajuste al que llámanos sociedad. Leí en el periódico que el otro día, a un par de manzanas de aquí, alguien saltó desde un séptimo piso. Hablaban de él como un enajenado que no pudo soportar el estrés del confinamiento. ¿Enajenado? Tal vez esa persona alcanzase tal grado de lucidez que le impulsó a saltar por la ventana. Puede que ese sea el camino correcto, el indicado para salir de toda esta bazofia en la que estamos metidos. La mierda nos llega al cuello y hacemos como si no pasase nada. La involución del ser humano.

Suena el teléfono.

-Dígame. 

-Hola.

-Hola mamá.

-¿Qué haces?

-Nada. Hay poco que hacer en estos días.

-¿Pintaste ya el salón?

-No.

-Bueno, ahí tienes una tarea para entretenerte.

-La verdad es que no me apetece nada ponerme a pintar.

-Algún día tendrás que terminarlo. No lo vas a dejar a medias.

-Sí, supongo que algún día tendré que terminarlo. ¿Me llamas sólo para eso?

-No, quería saber de ti y como hace tiempo que no me llamas he pensado hacerlo yo. ¿Qué tal estás?

-Bien ¿Por qué lo preguntas?

-Por nada, sólo quiero saber que todo marcha bien.

-Todo bien ¿Y tú, qué tal lo llevas?

-Bien. Te echo de menos a la hora de comer, por lo demás todo bien.

Desde que mi padre murió acordamos que iría a comer todos los días con ella, así no pasaba el día sola.

-Yo también echo de menos ir a comer contigo.

-Mentirosillo.

-Es la verdad.

-Noto por tu voz que estás algo decaído.

-No, estoy bien.

-¿Seguro?

-Seguro.

La conversación se alarga un poco más, hasta que finalmente nos despedimos y cuelgo. Me gustaría contarle la verdad, darle la razón por la que estoy decaído, pero eso la preocuparía y con su preocupación ninguno de los dos saca nada de provecho. 

Se acabó el hachís y es ahora cuando el confinamiento se pone cuesta arriba, cuando toca afrontar la realidad tal y cómo es. En cierta ocasión un compañero de trabajo me dijo: ¿Por qué le tienes tanto miedo a la realidad? No contesté, aunque podría haber alegado un millar de razones. Apago el televisor y hago amago de levantarme para ir a la cocina, pero no tengo ni hambre ni sed, de modo que permanezco en el sillón. Enciendo un cigarro que no me da lo que busco. Noto que por dentro la ira va cociéndose a fuego lento. A mi izquierda, a un par de metros, está el bote de pintura. Me levanto y le doy una patada. El bote vuela y revienta contra una de las paredes salpicando todo de azul. Es el detonante que hace salir a la bestia. La emprendo a golpes contra todo. Muebles, libros y televisor terminan hechos añicos en unos pocos minutos. Tan pronto como ha venido la bestia se va. Y aquí quedo yo, atónito ante los daños, con la respiración agitada y sudando por el esfuerzo. Creo que me he roto un dedo del píe al patear el bote, también me duelen las manos. Tengo los nudillos desollados y sangran. Sé que esto no sólo se debe a la falta de hachís, también al miedo, a la frustración, a la incertidumbre, a tener que lidiar con este panorama sombrío, con todo lo que va por dentro, incluido el puto cáncer.


Pepe Pereza


jueves, 16 de julio de 2020

EL IMPOSIBLE LENGUAJE DE LA NOCHE: Joaquín Fabrellas.



Novela fragmentaria, dividida en tres partes. Su discurso se mueve entre la novela, el ensayo y el análisis cultural de los años 50 y 60 en la efervescente Nueva York; entre la superación de la vanguardia pictórica, la implantación del cine actual, con los grandes iconos cinematográficos, usados como arma propagandística y defensora del consumo por parte del sistema, así como un profundo análisis de los textos de la producción de los poetas y escritores beat, que encararon la mayor discordancia social frente al adocenamiento de la masa, que obedecía unos patrones muy marcados de condicionamiento social, vendido como libertad.

El imposible lenguaje de la noche se vertebra a través de la figura del escritor beat, Paul Demut, incapaz de acabar un relato imposible, mientras se postula como cronista oficial de la noche neoyorquina, testimonio que se recoge en estas páginas y que va desgranando uno a uno todos los mitos que compusieron la pléyade de figuras musicales como Bill Evans, Chet Baker, John Coltrane o Miles Davis, que él conoció y retrató tan bien en sus entrevistas, y que enfrentaron su enorme talento, a una vida de fracasos, debido a las condiciones laborales del genio, sin importar el rastro de la tragedia personal o el enfrentamiento a la soledad y la devastación debido al consumo de drogas.

Se erige esta novela a favor de la libertad creativa, traduce el canal abierto desde el arte que deja fluir la conciencia y expresa todo lo que permanece dentro del ser humano, sin tener en cuenta el alto precio que deben pagar las criaturas nocturnas, frente a las aves de presa que nunca descansan.

El imposible lenguaje de la noche es la historia del fracaso, la constatación de la pérdida del personaje moderno en una sociedad que le ha vencido. La melodía inacabable de un jazz que vino para estructurar el desorden vital en el que el relato se desarrolla.


miércoles, 15 de julio de 2020

TAMBIÉN DESPUÉS ES HASTA por E.E. CUMMINGS




ahora todos los dedos de este árbol (cariño) tienen
manos, y todas las manos tienen gente; y
cada persona concreta está más (amor mío)
viva de lo que cada mundo puede entender

ahora tú eres y yo soy ahora y nosotros somos
un misterio que no volverá a ocurrir jamás,
un milagro que no ha ocurrido nunca con anterioridad -
y brillando este nuestro ahora ha de mudarse en después

y nuestro después será una oscuridad en la que
los dedos estén sin manos; y yo, no te
tenga: y todos los árboles sean (no más de lo que cada uno de ellos
deshojado) su silencio en la perpetua nieve

- pero no temas jamás (alma mía, hemosa mía 
flor mía) oyes también después es hasta


E.E. Cummings, de Buffalo Bill ha muerto: Antología poética 1910-1962 (Hiperión. 1996).

lunes, 13 de julio de 2020

LA NOCHE ME GUÍA por CELESTE PÉREZ FERNÁNDEZ



Volver a la laxitud. A la caída de la piel y de la hoja. Sobre blanco. El reclamo de la transparencia. La abstracción. El exilio en el texto a doble espacio. Un Yo en una dimensión axiomática e irreparable. Digna de daño. Y es que cualquier forma de pensarme dentro de otro cuerpo más que un acto impúdico es una hazaña de riesgo. La usurpación en uno mismo. Como en aquella metamorfosis. Cuando antes de estar dentro del hombre mis gemidos ya no eran míos. La noche me guía, loba mutada, hacia su plenilunio.

Me daría toda si yo me perteneciera.

*

La poesía no me ha llevado a ninguna parte, salvo a los precipicios, a los nudos de la vida donde no quiero estar. Cada embrión de agua que parte de la garganta, se añade a mis extremidades. Eres raíz donde no sabes saltar, donde no sabes inculcarte el vuelo. Donde, por alguna parte de ti, no cesas de llorar.

*

Sobre el lirismo de las palabras, todas son dignas de ser poéticas. Solo hay que acariciarlas, levantarles la piel hasta donde más les duela. La pérdida, paulatina y mutua, del significado.

*

A ningún hombre le he prohibido las palabras, salvo a mi padre cuando me recalca su cansancio, su ya supuesta cumplida función en la vida. Porque pienso que me va a abandonar por una musa más sombría y opaca que yo; la más seductora, la más elegante. La he visto varias veces ronroneando por su cuello, echando perfume por su habla. Y esa brillantez, cada vez mayor, en las vigas de mi patio.


Celeste Pérez Fernández


viernes, 10 de julio de 2020

SE HAN IDO TODAS LAS MUJERES QUE FUI por NATACHA G. MENDOZA



Los árboles tienen un toque de autoridad sobre los lugares donde se alzan. Ahuecan el silencio, transformándolo en sombra. Me gusta sentarme cerca de alguno, apoyar la espalda en su tronco, comenzar a sentir que la soledad es menos intensa. Los días de viento, las ramas golpean cada vacío. Mientras lucho con el vuelo de mis páginas, todo es una extraña sinfonía; orquestas que se agolpan apresuradas, apurando sus instrumentos contra el suelo. Cuando eso sucede, suelto el libro en la hierba y espero mientras acaricio la rugosa superficie del árbol, no sé, tal vez así logre calmar tanto dolor.

*

Mi rostro en el espejo equivocado. Ese viejo marco labrado lo sostiene. Casi no me reconozco en el óxido nublado del cristal. ¿Por qué mi nombre es tan frágil? Intento salir de ese reflejo, buscar otras aguas en las que bautizarme. Ya no quedan imágenes que me soporten, se han ido todas las mujeres que fui. Estoy agotada de tanta vida que se empeña en regresar a esta piel que a duras penas reconozco. Y mi rostro en otro espejo, quizá por fin, sean tus ojos.

*

Amor, he estado llorando pero no quiero hablarte de eso. Creo que el llanto es un alivio absurdo del que se sale con mucha facilidad. Hoy desperté tarde, las pesadillas me han acosado durante la noche, no las recuerdo, pero sí puedo reconocer el sufrimiento. Supongo que ya estarás lejos, o quizás nunca me sentiste…
Es lunes, es semana, es año, y el tiempo se cuela por las grietas de mi piel, alumbrando la oscuridad de estos huesos que aún me soportan. Es sol, es verano en este sur; y tú, tan gris cuando no te siento. Mañana tal vez sea martes, pero no quiero comprobarlo, tal vez las nubes se apiaden, no sé, o tu voz calmando esta agonía, este llanto que ahora regresa y del que no quería hablarte.

*

Mi abuelo decía que la literatura se encuentra en el espacio entre uno y el papel. No busco en mí ningún don de escritora, no lo tengo. Busco quizá un desahogo, un alivio del tiempo que llevo dentro. No sólo el tiempo vivido, sino también esa eternidad que precede a mi nacimiento. No pondré títulos a lo que haga, soy nada; intento vivir con poco dolor. Escribo para aliviar mis pensamientos, si cada vez me alejo más, es porque disfruto de esa distancia. Las palabras me enfrentan, me miran con indiferencia mientras monto una historia. Todo es ajeno; cada calle, ciudad, personaje… no sé si me encontraré con la literatura en algún bar, o en los edificios llenos de extraños. Supongo que no la reconoceré. Siempre he sido tan distraída.


Natacha G. Mendoza


jueves, 9 de julio de 2020

EL DÍA QUE MURIÓ FOFÓ por PEDRO CÉSAR A. VERDE




ha muerto Fofó
--me dijo mi madre--
y me quedé perplejo
frente al televisor
tratando de comprender
la programación en blanco
y negro de la muerte

Susanita se asustó
de los ratones,
don Pepito y don José
dejaron de saludarse,
las gallinas olvidaron
poner huevos
y había una vez
ya no fue más veces

el día que murió Fofó
supe que los payasos
eran personas
y que las personas
también se acaban
cuando aparece
su carta de ajuste


Pedro César A. Verde


miércoles, 8 de julio de 2020

ES PRECISO por MAICA BERMEJO MIRANDA



Se desliza el tiempo sigiloso ocultando el paso de los días. Nada rompe la monotonía salvo el vuelo libre de los pájaros surcando el cielo. Es preciso reconducir los pensamientos y volar tan alto como ellos hasta donde las alas nos den. Hasta donde el espíritu nos provea del alimento esencial. Volar al país de praderas verdes y cascadas blancas. Caminar desnudos entre los árboles y bañarnos en playas doradas al sol del estío. Es preciso, mi amor, recuperar los sueños. Ahora, que el embate de la vida nos roba las horas que nos pertenecen en este último contar de los años. Preciso es alzar la cabeza y no rendirse. Precisó acunar al niño interior entre los brazos y mitigar sus miedos. Preciso descubrir cada amanecer tu sonrisa junto a la mía y marchar de la mano hasta donde el corazón nos lleve. Preciso es permanecer.

Maica Bermejo Miranda,
del blog Al sur de los tambores.