miércoles, 10 de agosto de 2011

LA CAMISETA MOJADA by Carlos Salcedo.


Derrota.
Otra vez ese sabor amargo tan conocido, demasiado conocido. El deambular perdido en esta maldita ciudad, las preguntas sin respuesta al final de la noche, reflexión, autocrítica, el cabreo conmigo mismo, ¿acaso era tan difícil o, por el contrario era yo el que lo complicaba tanto?
Me sentía mal por la razón de siempre, habría sido tan fácil decir alguna chorrada, intentarlo, "el que no llora no mama", ¿por qué no lloraba un poco si lo que quería era que me consolaran? ¿Por qué no lo había intentado si estaba tan seguro de que funcionaría? Tampoco era para tanto, ¿miedo al fracaso? Supongo que si, pero eso tampoco tiene sentido ya que no intentarlo equivale ya a una derrota.
Había que echarle un par de huevos a la vida. Yo sabía sin lugar a dudas que tenía un par de testículos, los veía todos los días colgando ahí abajo, de echo eran una de las primeras cosas que veía al inicio de un nuevo día, como casi todas las personas del mundo una de las primeras cosas que hago por las mañanas es ir a mear, y entonces puedo verlos, siento su peso, no son excesivamente grandes pero están ahí, peludos, colgando en su envoltorio de piel, si, estaba totalmente convencido de poseer testículos, entonces, ¿por que no le echaba un par de huevos a la vida y me ahorraba todo esto? En fin, las preguntas de siempre aderezadas con el mareo de siempre, ¿debería haber bebido mas? se supone que el alcohol da seguridad, desinhibe y suelta la lengua, no obstante me sentía ya bastante pedete, unas copas mas habrían significado pasar al punto del balbuceo y no creo que una cosa compensase la otra.
Hay una meditación bastante extendida entre los jóvenes sexualmente fracasados como yo, se basa en las leyes de la probabilidad y reza así: "Si en un garito lleno de chicas vas tranquilamente preguntando a cada una de ellas si se quiere acostar contigo, alguna te acabará diciendo que sí". Tanto mis amigos como yo solíamos recurrir a esa máxima cuando, ensimismados, nos apoyábamos en algún rincón de un garito (esquina, columna, barra....) a observar los contornos de tiernas mancebas, amargándonos bebiendo e intentando sacar fuerzas para reclamar aquello que estaba ahí, al alcance de la mano, y del pene. Todos estábamos convencidos de su veracidad. pero ninguno se atrevía a ponerlo en práctica. La cosa se ponía mucho más jodida cuando observabas algún gesto de complicidad del objetivo a batir, una mirada, varias miradas, una sonrisa. Entonces la cosa se ponía angustiosa de verdad, las pajas mentales se sucedían a velocidad de vértigo, te subían y presionaban el córtex como una enredadera...

Continúa leyendo aquí.

Carlos Salcedo Odklas, del blog La venganza de los malditos.