sábado, 18 de octubre de 2008

SEXO PIRATA (La polla más grande del mundo).


Tras varias semanas sin subir ningún capítulo, Dick Grande, el autor del blog La polla más grande del mundo, vuelve a la carga... Nada, ni las amenazas de sindicatos de barrenderos, las hordas ultracatólicas ni los zombis chinos (de todos ellos ha recibido amenazas en el blog) puede con él. P.

SEXO PIRATA

Así fue como acabé en París, con un calcetín de lana, cuanto más picajosa mejor, embutido en la polla y quemándome el culo al calor de una de esas inevitables chimeneas que aparecen en las pelis de porno blando, que tuve que rodar para ganarme la vida una vez que los alemanes y la chocholoco de su hija desaparecieron a la francesa, precisamente, a los dos semanas de llegar a la ciudad de la luz.

La verdad es que París no fue ninguna fiesta, o desde luego no una fiesta como yo la había imaginado, una orgía sin fin en la que un desfile de mujeres vestidas solo con una gota de Channel 5 me chupaban el nabo como si bebieran a morro una botella de Don Perignon y, después, cuando eructaban la espuma decían oh la la. No, al poco de llegar a la ciudad se le fundieron todas las bombillas, al menos allá por donde yo pasaba, y tuve que buscarme la vida en lo oscuro: tocando canciones de los Gipsy Kings en el metro o cascándomela en los sex-shop de Pigalle delante de cuatro viejos verdes.

Resultó duro, pero aguanté, fui fuerte, un emigrante orgulloso, como los magrebís que me encontraba esperando para cagar en el baño común de las pensiones de mala muerte en que me alojaba, que en verano volvían a sus casas como auténticos príncipes, con las bacas de sus coches repletas de regalos. Yo, como ellos, solo regresaría a casa convertido en un rey, el rey del porno (amateur). Aunque, pensándolo bien, en realidad a mí en Pamplona nadie me esperaba, ni a nadie le había importado una mierda que me hubiera ido de la ciudad, tan solo mi madre, que cuando se lo dije (no le dije, claro, que iba a rodar películas picantes, como las hubiera llamado ella , sino a hacer de Pato Donald en Eurodisney) contestó:

-Ay, hijo, tú siempre has sido un poco ganso. Pero mejor, así sales de una vez de tu habitación, todo el día viendo esos vídeos asquerosos o escuchando a esos melenudos...

En cuanto a mis compañeros del grupo, no me despedí de ellos, la verdad es que hacía ya mucho tiempo que ni siquiera ensayábamos y yo comenzaba ya a notar que ellos renegaban del heavy metal, se daban cuenta de que en la calle la gente se reía a nuestras espaldas, de que el parche de Edi, el monstruo de Iron Maiden cosido a la espalda de la chupa vaquera, ya no asustaba ni a los niños de teta... Yo mismo estaba ya un poco cansado de todo aquello, de quitar pelos por la mañana en la ducha, de las afonías que me provocaba poner voz de pito al cantar, de que me tirara la sisa de los elásticos, a mí, una estrella del porno que debía cuidar sus huevos como si fueran de porcelana china.

No me costó nada, en definitiva, abandonar mi vida, mi trabajo, el grupo, ni siquiera los fritos del Cordobilla, y plantarme en París. Los pornógrafos alemanes me alojaron en una pensión, en Montmartre, repleta de parejitas de turistas y con las paredes de pladur, a través de las cuales yo comprobaba que aquella ciudad era la capital del amor, al menos para los que estaban en ella de paso, pues sus gemidos, chirriar de somieres, golpes del cabecero de la cama, no me dejaban dormir. Una noche, incluso, tuvimos que salir al pasillo porque a un gilipollas romántico se le ocurrió encender en la habitación media docena de velas, que debía de haber robado en la Saint Chapelle o el Sacre Coeur, y una de ellas prendió en el colchón...

Recuerdo que mientras los bomberos apagaban el fuego nos hicieron esperar abajo, en el comedor y allá estaban todas las parejitas, que habían tenido que salir por patas de sus habitaciones, medio desnudos, envueltos en las sábanas, y que estas les delataban, estaban llenas de corronchos, sudor, sangre, lefa, todo un mapamundi en el que seguir el rastro a las pasiones humanas... A la chica en cuya habitación había comenzado el incendio, ni siquiera le había dado tiempo para coger algo con lo que taparse, había salido al pasillo en sujetador y con unas bragas diminutas y temblaba como una hoja agitada por el viento (yo no sé si era que no conseguía sacarse el miedo del cuerpo o que se había dado cuenta de repente de que su novio era un lelo y un sinsorgo que había estado a punto de matarla), daba igual en realidad a mí solo me interesaba la pequeña mancha húmeda que había dibujada en aquella braguita, no podía apartar la vista de ella, y se me empezó a poner tiesa, "no, ahora, no", me decía, pues a la mañana siguiente tenía que rodar la primera escena de la nueva película, y además en cualquier momento tendría que levantarme, y resultaría difícil ocultar mi erección descomunal bajo la manta-como dormía en bolas solo me había dado tiempo a cubrirme con ella-.

-No, por favor- me repetía, pero no podía dejar de mirar aquella mancha en la braguita, como una perla resplandeciente colocada sobre el cofre del tesoro, ni de pensar que hacía solo unos minutos la chica había estado haciendo el amor con su novio, que era medio gilipollas, esa chica necesitaba alguien que la pusiera caliente de verdad, que en lugar de encender cuatro velitas, la hiciera arder por dentro, alguien que le diera un buen meneo, que le dijera, déjate de moñadas, olvídate de París porque yo voy a ponerte mirando a Cuenca, eso era lo que tenía ganas de hacer yo, me imaginaba entrando al abordaje en sus cama arrebatándole aquella joya entre sus piernas temblorosas, follándomela salvajemente, como un pirata cruel que después de que se corriera se comería su corazón todavía caliente, y después volvería a follármela, y ella volvería a correrse y yo a follármela otra vez, así hasta que solo quedara su calavera, y entonces todavía me la follaría una vez más, se la metería por el hueco de uno de los ojos y por el otro ella derramaría su última perla de flujo vaginal.

Ah, aquella chica me estaba poniendo muy bruto, la verdad, palote perdido, y tenía que hacer algo, así que ahuequé la manta, como si fuera una tienda de campaña y comencé a sacarle brillo a mi sable, con disimulo, mientras todos los demás se paseaban nerviosos, y los bomberos entraban y salían del hotel, mejor, cuanto más jaleo mejor, nadie se iba a dar cuenta, pensaba, pero justo cuando sentí que miles de hormigas carnívoras me mordían los cojones, la chica volvió la cabeza hacia mí y clavo sus ojos en los míos, justo en el momento en que me desangraba con un chorro de esperma tan abundante que hubiera servido para apagar las llamas de la habitación en que había comenzado todo.

Por un momento me quedé helado, paralizado, pero de repente ella, en mitad del fuego, y el frío, y la incertidumbre, sonrío entre tímida y picarona, apenas fue un segundo, después giró de nuevo la cabeza y la apoyó en el hombro de de su novio, el pirómano, el romántico, el gilipollas, y volvió a temblar y a gimotear, regresó resignada a su vida anterior, probablemente sin saber que me había proporcionado uno de los mejores orgasmos de la mía.