lunes, 17 de octubre de 2016

SMASH por MANUEL ONETTI



Iba tranquilo y aburrido. Como si la paz no fuera lo que todos dicen desear. Con el aire acondicionado demasiado bajo quizás. Nada en la radio. Comiendo cacachuetes y bebiendo coca-cola. Nadie en la carretera. Sólo el sol. Abro los ojos mientras mi cuerpo se convulsiona como acompañante de lo que está ocurriendo y no entiendo. Mi cabeza se levanta hacia el frente como si viniera de mi rodilla izquierda. El coche va hacia el centro de la calzada desde la izquierda. Cogí el volante con las manos. El cuadro de luces gritaba. Veo humo y lo huelo. Aparco el coche en el arcén del lado derecho. Apago el motor, enciendo las luces de emergencia y cojo el chaleco reflectante. Salgo por la puerta del copiloto.
Salté el quitamiedos y me alejé unos metros. Saqué el móvil del bolsillo y llamé al 112. A los cinco minutos llega una pareja de guardias civiles. En ese momento no sé por qué motivo no recuerdo el asco que siento por ellos. Lo primero que me dice uno de ellos tras bajarse de la moto es que mueva el coche, que está mal situado. Como todo el mundo sabe cuando tienes una colisión lo primero en lo que piensas es en aparcar correctamente en no sé dónde; el arcén no les valía. Me negué a hacerlo, lo primero porque me dolían las costillas y me costaba respirar, hecho del que me doy cuenta en ese momento, y lo segundo porque el coche olía a humo, así que el picoleto malhumorado se dirige al coche. Si el coche tiene que arder mejor con él dentro que conmigo -pienso desorientado-. Pregunta por las llaves y le informo de que están puestas. Se lleva el coche no sé cuántos metros más allá de donde estamos, justo hacia una salida de la autovía que había más adelante. Cuando vuelve me informa de que el olor a quemado era porque había saltado el airbag lateral, cosa de lo que yo no tenía ni idea ya que nunca había probado un airbag contra mi cuerpo. Me mira fijamente a los ojos a menos de 20 cm de mi rostro y me pregunta si estoy drogado, dejando al un lado cualquier mierda protocolaria que les enseñen en la academia a la hora de hablarle a un ciudadano. Le digo que no. Me pregunta si me drogo habitualmente. Entonces el dolor de costillas no está en mi cabeza. Le informo de que esa información no es asunto suyo, que lo relevante en estos momentos era si lo había hecho para conducir. Sí, es mi primer accidente de tráfico pero no mi primera experiencia con la guardia civil. Ahora recuerdo el asco que siento por ellos. La prueba de alcoholemia da 0,0, me pregunta si me han hecho la prueba antidrogas alguna vez, le digo que no. Le sonrío y le animo a hacérmela. Pero el inútil no tiene ganas de perder el tiempo, así que lo desestima con una mirada de desprecio. Entonces el otro picoleto me pide la documentación, voy al coche a por ella andando por el arcén y se la entrego a la vuelta. Cuando ven en ese código especial y secreto que aparece en tu carnet de conducir donde les informa a los señores agentes que tienes que hacer uso de lentes para conducir el poli malo se vuelve hacia mí con cierta chulería casposa.

-A ver, las gafas- me dice haciéndome un gesto con la mano, como les hacen los machos a las tías.

Le digo que me las he quitado al parar el coche. Vuelvo al vehículo y las encuentro tiradas al lado de la caja de cambios. Cuando salgo del coche lo tengo detrás como si quisiera analizar mi postura corporal, ya me entendéis. Le hago entrega de mis gafas de sol graduadas y las mira al trasluz. Todo correcto. Otra no pillada, así que vuelve con su amiguito que está redactando el parte sobre su moto.

En ese momento miré alrededor y algo no me cuadraba en el escenario. ¡La ambulancia! Les digo a los agentes que llamen a una ambulancia (imagino que en su manual de estilo también pondrá algo sobre esto en caso de accidente, ya que son guardias de tráfico). El picoleto bueno se ruboriza, el picoleto malo, en fin, odia a la gente como yo. ¿Qué cojones se supone que hace la guardia civil por cualquiera de nosotros?

Cuando vino la ambulancia fueron los chicos quienes cogieron mis cosas personales del coche y las subieron conmigo. Me hicieron un reconocimiento rápido: electro, azúcar, cervicales...decidieron llevarme al hospital más cercano para hacerme placas.
No tenía nada roto. Sólo lo que se suele llamar la carne despegada. Una fuerte contusión en las costillas. La compañía aseguradora llamó a un taxi para que me recogiera en la puerta del hospital. Con una inyección en el culo de no sé qué y una pastilla de Diazepam seguí mi camino, esta vez como copiloto. No sé cuánto tiempo estuvieron los guardias civiles esperando que llegara la grúa para retirar mi coche de la carretera. Seguramente el perro rabioso aprovecharía para registrarlo. No sólo los buenos tienen esperanzas de acabar con los malos.


Manuel Onetti