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viernes, 20 de febrero de 2026

ÓRDAGO por MAXIMILIANO J. BENÍTEZ



Me vi de pie en el medio de la oficina, derrumbado en el sillón de mi cueva, despidiéndome subrepticiamente de todos los tunantes que tanto desprecian e intentan arañar mi posición de lameculos oficial, consumiéndome mansamente con el paso inexorable de los minutos y segundos (podía oír el tic tac del reloj de pared), como los focos del frente de la oficina, los neones, la máquina de refrescos, de café, de aperitivos, la del agua, todas las del mostrador en el que se acoda con ganas de florecer la recepcionista; las de la salita de mierda en donde había esperado aquella chavala de la que de pronto recordé (sin inmutarme, por supuesto) que debía enviar sus datos a la central antes del cierre, pero que había olvidado completamente. Lo había olvidado por ese mismo abandono que definitivamente me hacía aborrecer, no solo la relativa importancia del trámite en sí, sino el íntimo desdén que experimentaba al revelarse algo tan insignificante en mi psiquis, con esa mezcla de falsa preocupación en la epidermis, pero con la plena y clara certeza de que nada de eso importaba a nadie, ni siquiera a ella, a Magdalena, puesto que si no era aquí sería allí, daba igual en realidad. Como si todos los proyectos e ideas de progreso y abundancia que circulaban por el edificio estallaran en mil pedazos por un obús celestial y purificador. Como si el desprecio infinito hacia todas las obligaciones, marcadas como un guion preciso e infalible e inefable, me sublevaran hasta el punto de querer saltar por sobre todas estas exigencias y acabar con ellas a golpe de indiferencia, desvaneciéndome en los aspectos más básicos, elementales y necesarios incluso para vivir sin florituras. Disgregarme, y que todo acabara conmigo… ¡O todo lo contrario, vaya! Subirme al escritorio, eso es. Y arrancarme la camisa, la soga que llevo por corbata, como en las películas motivacionales para futuras garrapatas. Quitarme todo y hacer un centro al área con la impresora, cabecear la pantalla del ordenador y marcar un golazo inaudito, arrojarme sobre López y atizarle, a grito pelado, riéndome a carcajadas, chillando y llorando, escupiendo todos los improperios y salivazos de los que fuera capaz, huyendo a toda leche, driblando al segurata de los zapatos lustrosos por el medio de la avenida, dando saltitos hasta casa como un cuadrúpedo y descerrajarme la sesera con el revólver medio oxidado que nunca sabré si mi abuelo llegó a amartillar.

No regresé a tierra firme hasta el sábado por la mañana. Había quedado con mi hijo en el restaurante chino al que llevábamos yendo toda la vida, desde antes de que naciera. La época de los grandes proyectos de vida. Era como volver a casa, aunque la analogía no sea la más saludable. Nos dimos un abrazo de compromiso. No tenía ganas de hablar, y yo aún arrastraba algo que ya no consideraba que fuera simplemente circunstancial. Intenté entrarle con las preguntas que sabía que no podían ser evitadas con monosílabos, pero no conseguí sacarle gran cosa. Comimos lo de siempre y no levantamos la cabeza del plato hasta que acabamos. Luego pagué y nos despedimos sin exageraciones. Ni siquiera intenté emocionarme. Éramos dos armadillos. Ni un gesto. Eran las tres de la tarde y tuve una especie de vértigo, de agorafobia a mi estado anímico, al que hallé vulnerable, prodigiosamente dispuesto a lo que fuera que sucediera. Me hundí en el asiento trasero de un taxi hasta llegar a casa y apagué el teléfono durante todo el fin de semana, no sin antes proveerme de todos los alcoholes posibles para anestesiar lo que fuera que me habitara subconscientemente. Ese otro yo que me insultaba y se jactaba de su discernimiento, de su cabal sentido del ridículo, de su ascetismo, llevándome al borde del hipotético suicidio que, por cobardía, era incapaz de consumar, pero al que me aferraba todas las noches muy conmovido, como a esa idea de desaparecer y arrastrarlos a todos conmigo, metafóricamente hablando.

El lunes desperté vulnerable, con ganas de estrechar en mis brazos al mundo entero, o que el mundo me abrazara a mí, pero sabía que no era sincero del todo. Era, si se quiere, un placebo hasta la siguiente caída, hasta el correspondiente mal gesto del personal, el desencuentro de turno, el paso lento y atroz de las horas muertas y llenas de un silencio abrumador y ensordecedor, eléctrico, punzante, apabullante como la entrada triunfal y brutal del ejército vencedor.

Maximiliano J. Benítez


miércoles, 7 de enero de 2026

MANIFIESTO por NATACHA G. MENDOZA



Quería que mi protagonista estuviera obsesionada con Schopenhauer, que transmitiera inconformidad y una cierta inclinación hacia el suicidio. Llevaba días creándola en mi cabeza, vistiéndola de mil formas distintas. Durante ese tiempo no logré visualizar su rostro; aún faltaban cosas que solo aparecerían al comenzar la historia.

Debía vivir encerrada, odiar la luz del sol. Detestar a su madre y enterrar con vida a ese padre que la ignoraba. No quería belleza exterior ni dulzura. Necesitaba que desprendiera rudeza y, al mismo tiempo, una fragilidad que no cualquier lector sabría encontrar. Debía arrancar algunos llantos de compasión, incluso el mío.

Quería llorar con ella, desahogarla por completo, vaciarla de todo ese maldito peso al que iba a someterla. Llorar, sí: incluso ese mundo que aún no le había creado, llorarlo todo, hasta empapar mis papeles en blanco.

Debía matarla antes de nacer.

Natacha G. Mendoza


viernes, 19 de diciembre de 2025

ADEPTOS DE MACHEN por SERGIO MAYOR



Carlos M. Pla, amigo, editor de Aurora Dorada. Hablamos de Psicogeografía. Machen, por supuesto. Congeniamos porque congenio con los iniciados en Machen. Somos hermanos de la fe en Machen. ¿Contraseña? Machen. Adelante. Usted es un adepto.

He caminado las noches de Londres siguiendo los itinerarios de Machen (Gray´s Inn Road, bocacalles, alrededores…), flanneur, walker, psicogeógrafo un poco loco de la escuela de Machen.

Alberto Ávila ha traducido a Machen. Carlos no escatima maravillas de Alberto, el escritor, el hombre. Vive para la literatura, dice.

Hablamos de Ian Sinclair y las iglesias de Hawksmoor. Le cuento que he estado en el púlpito de St. George´s Church, en Bloomsbury, la nave vacía, oscura, la resonancia de los siglos. Allí el sistema nervioso siente la espesura de las oraciones, la coagulación de los himnos, los funerales, las homilías, la densidad física de lo sagrado.

Hablamos de Atlantic Bookshop, la librería esotérica cerca de Charing Cross donde descubrí a Austin Osman Spare, el pintor, y compraba extravagancias de Steiner, Blavatsky, Ouspensky, esa clase de visionarios.

Fue una temporada mística. Acudía a la Swedenborgian Church y a la Temenos Academy (¡Jeremy Naidler! ¡La filosofía hermética de Egipto!), conocí a Gary Lachman en un pub de Southwark, me enamoré de una reverenda, me internaba en un monasterio benedictino en Worcestershire…No encontré lo que buscaba, pero fue divertido.

Luego regresé a Granada por razones psicogeográficas. Creo, conozco el genius loci de esta ciudad. He recordado Londres con Carlos M Pla, a quién temí, en un principio, algo satanista, por editor de Aleister Crowley. Nada que ver. Hombre brillante, santo varón, iniciado en la fe de Machen, una fe que nos hermana.

Sergio Mayor


martes, 28 de octubre de 2025

TODO CUANTO HE SIDO por MAREVA MAYO



Tras palabras que insaciaron las carreteras que tomamos de camino a ninguna parte me emborraché 3000 noches contigo sin que ni una sola vez me arrepintiera ni de un trago ni de uno de esos bocajarros que el verbo dictaba entre las brechas que mecieron los amaneceres que pudieron soportar el paso tras la oscura lucidez que siempre detrás de mí apuró el verso y empujó ese cuento que derramado en tu mesa me leía las líneas de la mano que abierta y desarmada escanciaba el abismo de tu ser que conspiraba la historia que entregué sin resistencia al aire que quemó esos viejos pinos que la mar apuñaló en nuestro amor.

No puedes encontrarme entre las cosas que se encuentran y se habitan. Tampoco te tengo, entre pasos de cebra, café, sombras de álamo y salitre que invade lo que se pierde. Más allá de lo que los sentidos narran, de lo que la tormenta hunde, de lo que los puentes contienen de la huella y del después, la canción nos hace errante aurora que no ha dejado jamás de ser el precipicio de la noche y que no abandonó esa enamorada despedida que tras lo desconocido y el fuego, exilió lo conservador y hallado. Y aunque nos convertimos en ese desequilibrio a quemarropa sin apéndice ni raíces, sin firma en la arena, ni pared contra la que descansar la memoria, nunca evitamos lo que el amor nos impuso contra todos los hechos, y aulló en esa ausencia relinchante que nos dio el humo, el color, la brasa, el porqué.... y aunque ya no tenga cordura para escribirte esa carta que pudiera explicarte.... sólo brama tras lo inenarrable que las ruinas y los astros chisporrotean entre nuestros tahúres buceadores del existencialismo y la derrota, y podrás tomar todo cuánto he sido.

Mareva Mayo


martes, 23 de septiembre de 2025

EL DESENCANTO según FRANCISCO JOSÉ GONZÁLEZ



“En la infancia vivimos. Luego sobrevivimos” 

(Leopoldo María Panero en El Desencanto).

Los que suscribimos ese embriagador aire ácrata, decadente, maldito, junto a la implacable, dolorosa- aunque balsámica-lucidez alérgica a conatos romanticoides y a impostados discursos oficiales encorsetados en lo políticamente correcto, nos sentimos como en casa cada vez que visitamos a los Panero en esta espléndida cinta de culto no apta, claro está, para melindrosos, ofendiditos biempensantes aquejados de los más pueriles prejuicios, totalmente refractarios a todo lo que no condice con sus cerriles seseras. Recomendaría la película a las acríticas, indolentes y felices nuevas generaciones del selfie, el reguetón, los fetiches epidérmicos, de los “coachings” e “influencers” (huelga comentar el maquiavélico zeitgeist inherente a estos dos horrorosos anglicismos), de la patineta eléctrica, del gimnasio y de los inefables memes del TikTok de esta era del vacío si no fuera porque dudo mucho que-salvo alguna rara avis que pueda arrogarse un alma- sean capaces de soltar las pesas o alzar ,aunque sea solo cinco minutos, la vista de sus celulares para atender a otros asuntos de mayor enjundia y calado. Es mucho pedir en este último caso, está claro.

Mucho antes de la dinamitera irrupción de un Leopoldo María Panero que no deja títere con cabeza a mitad de la película, desmantelando- con sus invectivas incendiarias salpimentadas de cioranescas reflexiones- la edulcorada “leyenda oficial” de la familia, ya habíamos asistido a la tácita elocuencia (valga el oxímoron) que anuncia en sordina el terremoto de las verdades digamos “no oficiales” y que se puede apreciar en el meridiano contraste ( ya en los primeros compases del documental) por un lado, entre el pomposo panegírico a Leopoldo Panero (poeta oficial del Franquismo) declamado por Luis Rosales (poeta y amigo íntimo del homenajeado) con voz quebrada por la emoción, y por otro lado, la desafectada reacción de los asistentes. No tiene desperdicio ver tras el “pedestal” de Rosales a la banda de risueños y despreocupados músicos (esperando ellos también su inminente “performance”) intercambiando alguna chanza picarona y junto a ellos una troupe de traviesos y juguetones chiquillos que tampoco parecen muy interesados en esa plomiza y altiva laudatoria que enfrente tienen que soportar, sentados en toscas sillas de madera, estoicamente, cabizbajos y fastidiados, los tres hijos Panero (Juan Luis, Michi y Leopoldo), salvo la compungida viuda (Felicidad Blanc) que no se pierde un solo detalle del evento. Parece una escena del tándem Azcona/Berlanga.

A continuación veremos a Juan Luis -también en meridiano contraste con el pomposo panegírico de Rosales- declamar- con deliberada rimbombancia imbuida de cinismo- su laudatoria sui generis dedicada a un padre que no sale muy bien parado que digamos (ese padre “brutal, tiránico y alcohólico” como lo describirá más tarde el hijo Leopoldo María Panero).

Caen simpáticos los tres Panero hijos. Cultos, alcohólicos y vagos a más no poder. Michi regalándonos uno de los más hermosos y estremecedores epitafios embalsamados en celuloide (“No más Panero. Somos el fin de una estirpe...”), mientras el objetivo de Chávarri se aleja parsimoniosamente; El exquisito poeta loco (o dolorosamente lúcido mejor) desmitificador, genial y ácrata Leopoldo María Panero, sus anécdotas gamberras en la cárcel y el psiquiátrico y sus lúcidas soflamas incendiarias que demuelen convenciones de toda índole; El “paranoico” Juan Luis- como lo tilda su hermano Leopoldo-, dandy, esnob y fetichista (impagables esa Cruz de Calatrava, el puñal de Damasco y esas preciosas ediciones de Cernuda y Cavafis). No tan bien cae la nostálgica madre, Felicidad Blanc, esa “niña bien”, con su hablar tan correcto, tan literario como en el fondo edulcorado, impostado y vacuo. Qué repipi resulta a la hora de corregir la perra “parió” por el eufemismo “dio a luz” en la anécdota compartida con Michi.

Francisco José González


sábado, 26 de abril de 2025

EL DÍA QUE ME CRUCÉ CON CHARLES MANSON por ALEXANDER DRAKE



Domingo 15 de diciembre de 2019, 12:33 del mediodía. Cruzo el puente del Kursaal en dirección al Centro y justo en medio veo a un chico joven con pinta de hippie repartiendo unos folletos. Me ofrece uno, lo cojo y veo que se trata de un restaurante del que ya he oído hablar. Pertenece a una secta que lleva varios años instalada en la ciudad. Todos tienen una pinta de locos de la leche, y siempre que los veo me acuerdo de la Familia Manson. Miro aquel papel de color verde y me fijo en la tipografía del nombre del local. Sin duda se parece a las letras del “Flower Power” y toda esa movida. La época hippie de la California de los años 60 de regreso a San Sebastián en pleno siglo XXI. Arrugo el folleto y lo tiro a la primera papelera que veo. Sigo caminando hasta llegar al Boulevard y en mitad del gentío hay otro hippie de esos repartiendo los mismos folletos. Me fijo en él con detalle y veo que es la viva imagen de Charles Manson. Me quedo impactado por un segundo, y cuanto más me acerco a él más me parece estar viendo a Charlie. ¿Qué cojones hace aquí? ¿No salió de prisión para morir en aquel hospital de Bakersfield en 2017? De no haber muerto, hoy tendría 85 años, y el tipo que tengo delante rondará los 50, pero el cabrón es idéntico. Misma altura, misma complexión, mismo peinado, misma cara, misma barba, mismos ojos, misma mirada de psicópata… Lo único que le falta es la esvástica tatuada en la frente, por lo demás es EXACTAMENTE IGUAL. ¿Habrá hecho un pacto con Satanás? Si alguien ha podido hacerlo, sin duda sería él. “35 años más joven y ausencia de esvástica a cambio de seguir corrompiendo las almas de jóvenes vírgenes a las que convertir en asesinas”. Pues quizás sea cierto porque el tío está aquí mismo, en pleno Boulevard de San Sebastián, disfrutando del sol del mediodía y repartiendo esa publicidad junto con su puta familia de hippies renegados. Sigo avanzando hacia él, y cuando lo tengo a un metro Charlie extiende el brazo ofreciéndome uno de los papeles. Le digo que no con la mano mientras le verbalizo que no hace falta que me dé el folleto, que ya conozco el restaurante, que gracias. Entonces me lanza una mirada llena de rencor y odio y ansias de matar. Paso de él y sigo caminando, pero algo me dice que ese puto loco sigue mirándome fijamente, clavando su mirada en mi espalda como quien clava un cuchillo en el cuerpo de su enemigo. Me doy media vuelta para comprobarlo y veo que Charlie me mira con ojos de psicópata asesino. De hombre frustrado y abducido por su propia paranoia.

“Quisiste ser una estrella de la música pero no lo conseguiste. Aquel productor pasó de ti como de comer arena con cristales. No te preocupes, a Hitler le ocurrió algo parecido. Sus sueños de convertirse en un brillante pintor se esfumaron de inmediato cuando le denegaron el acceso en la Academia de Bellas Artes de Viena. Qué diferente hubiese sido todo si ambos lo hubieseis conseguido, ¿verdad? La frustración y la venganza fueron vuestros motores principales; y todos sabemos lo que ocurrió después...”

Yo me detengo y también clavo mis ojos en los suyos. El odio nos conecta por un instante. Es un duelo de perturbados. Estoy hasta los huevos de este tipo de gente. Yo también me puedo convertir en un loco. Yo también puedo jugar a su juego. Mi mirada se vuelve más dura y violenta por momentos y dice algo así como: “Ven aquí, cabrón. Te voy a despellejar vivo.” Él entonces gira la cabeza para otro lado y sigue caminando en dirección contraria.

“Siempre fuiste un cobarde, Charlie. Por eso mandabas a otros a cometer los crímenes. Tú ordenabas y ellos hacían el trabajo sucio. Pero un loco nunca desiste en su empeño, y mucho menos en su venganza. Seguramente otro día me vuelva a encontrar contigo, y entonces nuestras miradas volverán a conectar. Tan sólo es cuestión de tiempo…”

Alexander Drake


lunes, 7 de abril de 2025

ABRIRLO TODO por NURIA VIUDA



Si abres todas las puertas, y todos los cajones de tu casa, todos los armarios y todas las ventanas, comprobarás cómo el silencio te inunda los rincones. Un silencio de hielo, como el que siente esquilmado su feudo y sus asuntos. Su espacio y su intimidad. Una sensación de vacío y de océanos profundos, insondables y sin misericordia.

Comprueba cómo el tiempo se para y languidece; pues al abrirlo todo te quedas sin canciones, sin tiempo, ni esperanzas. Así, muy quieto, y observando los diques, sabrás lo que se viene cuando acecha la vida y es urgente tomar partido, posiciones, alertas. La intemperie que cubre teatros y estaciones. Será entonces que corras, presuroso, a ir cerrando las puertas, los cajones, los diques, las ventanas, los barcos, por si acaso la vida te sorprenda desnudo, sin norte ni comparsas.

Nuria Viuda


jueves, 20 de febrero de 2025

ALGUIEN A QUIEN CURAR por MAXIMILIANO J. BENÍTEZ



Alguien a quien curar, por supuesto. Puede que esta sea la única finalidad de escribir ficciones o poesía, la mejor definición del sinsentido de narrar historias que germinan del tedio y la necesidad de trascender. Ese punto de fuga inalcanzable e inapelable. Alguien a quien curar como placebo, como inventiva y redoble del tiempo. Para revocar la jerarquía de la memoria en beneficio de una conciencia palpable universal que permita eludir el vacío, sobrevivirlo. Alguien a quien curar como sello y estigma, como aliento de los muertos, como gestos preliminares al reencuentro. Curar como quien vive la mayor de las mentiras seriamente, hasta el final.

Maximiliano J. Benítez


martes, 14 de enero de 2025

LUGARES por NURIA VIUDA



Las explanadas susurran su lamento.
Aire de todos para poder recogerse en lo inútil, en lo bárbaro, en lo aleatorio que se desprende desde ese lugar ambiguo, para que nos envuelva en su nocturnidad programada a golpe de cielos estrellados.
De cielos como pantanos infinitos a punto de desplomarse sobre todo lo que aún repira.
De desplomarse sobre tu inocencia o tu inexactitud de ave migrante.
De ave que se queja y disiente.
De ave a cualquier precio, a cualquier hora, que quiere volar a un lugar azul oscuro, casi azul marino, pero menos.

Nuria Viuda García 


domingo, 12 de enero de 2025

POÉTICA DEL DERRUMBE por JULIA ROIG



La poesía sale de mis ojos, así, fragmentaria, proyectando lo inesperado, acumulando las reliquias de lo que fuimos, pero mis raíces se siguen curvando, buscando la humedad, porque soy sed y mis ojos se vuelven hacia el sol que me inunda de luz y me abandona en una constante de fuego y frío, fuego y frío. Paz o amor. Remonto y broto. Sigo naciendo. Huesos de leche. Noches sin frío. La lluvia y el frenesí. Es tanta la poética del derrumbe que prefiero vaciarme de ruinas y descampados y que todo sean jardines de misterio, frondosos y alucinados. Que el mapa del ocaso se traza solo. Con voz de montaña, antojos de miel y planes de caos. Me desollé el corazón con la invención del nuevo mundo y el gemido de las aves. Demasiado agua, demasiado amor. Braille poroso del deseo, alma todopoderosa, dónde tu calavera, dónde tu contorno, tu cervix, tu borrachera en el holocausto de lo mundano, que por abreviar el fuego, alma, te descompones y ahuyentas lo felino y lo alado?

Julia Roig 


domingo, 5 de enero de 2025

ARTE CONCEPTUAL por ALEXANDER DRAKE



Me gustaba entrar en las diferentes salas de exposiciones de mi ciudad. Lugares donde por lo general exhibían obras de artistas de cierto prestigio. Pintura y escultura principalmente. Siempre que visitaba estos sitios esperaba encontrar algo que me sorprendiera; o al menos algo que me ofreciera la posibilidad de adentrarme en un universo sugerente e inspirador. Pero aquello, por lo visto, era algo que estaba al alcance de muy pocos artistas. La mayoría se apoyaban en el discurso para intentar defender una obra absurda y sin ningún tipo de creatividad. Aunque eso era lo de menos… Siempre y cuando tuvieran el respaldo de la crítica todo terminaba funcionando. En realidad esto parecía ser lo único importante; no la calidad de la obra, sino lo que los supuestos medios especializados opinaran de ella. Después de que un crítico de renombre la ensalzara, parecía que ya nadie podía refutarla o sería tachado de insensible e incompetente. Todo esto me hacía pensar en aquella fábula infantil sobre un emperador y su fabuloso traje nuevo de telas invisibles para los impuros de corazón. A veces uno tiene que ser valiente y decir lo que ve en realidad. Señalar con el dedo y decirlo con un grito: “¡El emperador va desnudo!”. Pero parece que nadie tiene el valor de hacerlo; tendría que enfrentarse a los supuestos expertos y a toda su maquinaria publicitaria y de intereses particulares. De modo que al final, cualquier sinvergüenza sin talento podía ser considerado un artista. Aunque supongo que vivir engañando a las instituciones y al público en general también se podía considerar una forma de arte.

Alexander Drake

https://www.facebook.com/alain.gonfaus


domingo, 8 de diciembre de 2024

DE GOLPEAR, LE CRECIERON MUNDOS A MIS PASOS por MAREVA MAYO



Golpeaba al principio, una pared, una piedad, una mano caliente, contra el frío, contra el golpe helado que mi cuerpo paría a la vida, a sí mismo, como lo que erigió su materia, su forma de ser amasijo, viscosidad, puerta y sepultura.. para otros cuerpos, para otros golpes.

De golpear, le crecieron mundos a mis pasos, le crecieron machetes a la ternura que te decía que sí, que te acariciaba lo homicida con nubes anaranjadas, con mieles de sombra que bebe el nácar de ésta suicida que mata... que nació de ti y contra ti... pero que se decidió cuando nada quedaba, y empezó mucho antes que tú fueras. Pero no fue a la muerte, no, no fue a la muerte, tierno amor de la oda de la bala y el excremento, no fue a la oscuridad que preparaste, no fue a la maldad que dejaste entre nosotros... ella decidió contra la actriz, contra la obra, contra el espíritu, para que el espíritu la poseyera, y esa asfixiante contra-entrega de los papeles y el destino... hechos inevitablemente a sangre y deseo y sombra, a imagen y semejanza de la tierra que devora y sacia cuando el cuerpo es el sacrificio, cuando es la lluvia que prepara ese brote... y es la huella pisoteada por los dioses ausentes borrada a colmillo, a maldición que conspira claridad en la podredumbre que empieza tras los papeles y el destino hechos por ti, por lo más profundo de lo que yo era, contra lo que yo era sin ella, sin tu hollín, sin lo que tú eras o no eras, a la rasante del abismo de los ojos que nos vieron... invertidos, en ese vaho que mezclaba el esqueleto del pez y la tinta, al juego de la aguja y del hambre, en el que el amor conoció a esa bestia que lo soñó por vez primera en nosotros... pero antes de nosotros, decidió atacar. Era yo sólo esa pequeña rendija, esa cavidad hechicera de las fiebres de lo habido, de las venganzas de lo invisible... por la que pasó tu maldición, yo la elegí, tú mismo sin saberlo la buscabas, así como yo tierna cerilla, dulce llaga, buscaba en tu sombra, el puñal que pudiera llegar a escribir con mis manos, en ti y para éstas líneas.

Mareva Mayo


viernes, 29 de noviembre de 2024

EL LENGUAJE CORPORAL por SERGIO MAYOR



Viene y me habla del lenguaje corporal. Mi lingüística manera de fumar. Mi gramática manera de cruzar las piernas. Bueno. La quiromancia ha fracasado, y la frenología, pero llega el lenguaje corporal. ¿Y el Verbo? El Verbo es verborrea. El Verbo se ha jodido. Pienso en un lenguaje corporal bilingüe, hermético, swahili. Lombroso, no existe una cara de asesino. María Eulalia no tiene cara de forense. Ni siquiera piensa en la muerte. Hace bien. La muerte no es un cadáver. Ya quisiera el cadáver. La morgue no hace un rostro Lugosi.

Uno sabe la fisonomía fácil: el borracho, el yonki, el idiota, poco más; una lengua elemental de signos: el corte de mangas, la mano de un hombre que se ahoga; el dialecto de la vestimenta: un cabello azul cobalto, una visera invertida, el chándal de un señor gordo, declaraciones callejeras de principios. La identidad es el vestido, pero el vestido es un horóscopo. Usted es noble, y valeroso, y una marca de zapatos.

Philip k Dick: "Te paseas con la ropa de un obispo y la gente se arrodillará y tratará de besar tu mano, si no tu culo, y muy pronto eres un obispo. ¿Qué es la identidad?"

El tatuaje. La máscara. La capucha. El Marqués de Esquilache prohíbe la capucha, no se emboce el criminal. Llevamos gafas de sol, tiesos los músculos faciales, no seamos desnudos. Alabado sea el niño que se desfigura, “hace caras”, no se toma en serio. Nosotros nos escondemos, ensayamos un rostro, caminamos con la gracia animal de un caballo de ajedrez, hablamos lo justo, Clint Eastwood, profesor de lenguas.

Querríamos ser misteriosos, pero somos vulgares. Querríamos ser un individuo, pero somos muchedumbre. Querríamos una personalidad, pero somos un quark, una partícula fugaz, imprevisible. Querríamos sustancia y atributos.

Tiene gracia. Eso me parece. El lenguaje corporal de un quark. El signo zodiacal de un electrón.

Sergio Mayor


domingo, 24 de noviembre de 2024

VOSOTROS por NATACHA G. MENDOZA



Escribo "Hombre" y ya lo estáis poniendo a trabajar, quizá en la tierra o en el ladrillo. De la corbata mejor olvidarse, no es de los que corren porque el metro en hora punta y bla, bla, bla. Escribo "Ella" y ya la estáis desnudando, danza sobre sus puntas, da vueltas mientras nace su cabello que no se enreda porque no queréis imperfección. Tal vez la sentéis en el borde de esa ventana que aún no nombro pero que ya veis, y el sol la incendia porque los atardeceres son así; crujen, configuran sombras y todo es música. Escribo "Amor" y buscáis al que no tenía corbata, lo sacáis del campo, le ponéis crema en las manos. Rompéis el tiempo, las estaciones, cualquier pliegue que le pudiera hacer tropezar hasta aquella ventana, donde el incendio sigue siendo escandaloso porque ella, sin vestir, debe encontrar la mirada. Escribo "Fin" y protestáis porque no hay escaleras ni ascensor, la ventana es muy alta, y el sol que vosotros habéis inventado está cegando cualquier posibilidad a la penúltima palabra.

Natacha G. Mendoza


miércoles, 30 de octubre de 2024

DOS BESOS LLEVO EN EL ALMA por PILAR PEDRAZA




Cuenta la leyenda que el Día de Difuntos de cada año se les aparece a la Llorona y a su hijito a la hora de la cena el espectro del marido, joven soldado muerto durante la Revolución. El mozo no llegó a ver vivo a su niño, nacido en doloroso parto el mismo día en que él murió alcanzado en el corazón por una pinche bala de los federales.

Durante la cena el espectro canta a la viudita entre vaso y vaso de oloroso mezcal del Santo Gusano de Oaxaca y genuino tequila de Jalisco, unas coplas de amor y nostalgia a lo mariachi occidental, coreado por otros difuntos compañeros suyos caídos en combate. Cada uno viene condecorado con una medalla militar de rubíes que recuerda la herida que recibió en la balacera, y alguno con sus pedazos sangrientos recompuestos por una deidad habilidosa tras la explosión o cañonazo que lo jodió. La mejor copla dice así:

“Dos besos llevo en el alma, Llorona,
Que no se apartan de mí:
(bis)
El último de mi madre, Llorona,
Y el primero que te di.”

La Llorona llora de tiernísimo amor hacia su esposo y toma de él entre sus dedos gordezuelos como de niña un encendido clavelón de la China naranja y amarillo que en náhuatl se llama cempasúchil y está consagrado a los muertos. El se lo tiende con sus manos consumidas y purificadas de difunto enamorado que ha pasado por las cinco capas del Mictlán y ha ido dejando atrás la podredumbre de la carne que recubre los mondos y puros huesos que gustan a los dioses.

La flor parece un sol. El niño, asustado, esconde la cara en el terso y moreno cuello de su madre, que huele a humo y a piel de ángel, pero enseguida se repone y dedica a su padre una sonrisa que rezuma vida e inocencia.

Todos los buenos difuntos se reúnen esa noche bajo la protección y guía de las Cihuateteo. Son estas las diosas que acompañan al alma de las mujeres fallecidas al dar a luz y a los héroes caídos en combate, que para el pueblo y para los sabios y chamanes vienen a ser lo mismo. Los que se fueron y solo vuelven en su día de muertos tienen culto y el respeto de la gente, que les llora y les canta y se ríe con la risa de las calaveras.

Esta muerte, como la que une a la Llorona jarocha y su soldadito que tanto se aman, es más dulce que el San Muerte, o la Virgen de los Olvidados, que son avatares del arcángel Azrael en el vaivén popular, entre la fecundidad y la osamenta.

El beso a la novia viva y a la difunta madre son el mismo y mejor de la vida que comienza y termina. Pero, ojo, que de un tiempito a esta parte rondan los demonios de las sectas y de los cárteles de la droga, que tanto poder tienen y establecen sus propios oscuros cultos al santo rojo de la guadaña.

Las Cihuateteo son amables con los muertos y las muertas, pero suelen acechar a los caminantes en las encrucijadas para devorarlos, por lo que en tales sitios los fieles colocan ofrendas que les son gratas a esas diosas o espectras, como unos bizcochos que ellos saben hacer y yo no, y así no se comen a la gente, contentándose con la golosina.

Fray Bernardino de Sahagún llama a las cihuateteo Cihuapipitln y dice que son diosas de cara blanquecina como si estuviese frotada con polvo como de hueso mondo molido, y lo mismo los brazos y las patas, porque no tienen lindas piernas como las mujeres, sino que sus cuerpos acaban en pezuñas como los de los mulos. Llevan pendientes de oro, los cabellos recogidos delante en forma de cuernecillos, en la coronilla un ramillete de cempazuchitl o clavelones de Indias amarillos como el astro rey y su rubio regente Tonatiuh. Visten huipil de ondas negras y enaguas polícromas muy lindas. A veces en el Día de Muertos, se mezclan con las muchachas emperifolladas, cuanto más acicaladas mejor, y se llevan alguna por delante a sus cubiles siniestros para sorber su juventud.

A lo primero, el hijo de esta Llorona veracruzana que dijimos y del joven soldado muerto aparecido que la cantaba con amor, se asustó el pobre chiquitín de toda aquella caterva de muertos huesudos y desarrapados que venían con él a hacer coro, pero luego se acostumbró y de mayor se hizo dibujante de calacas literarias o calaveras y esqueletos que adornaban las revistas satíricas, y se las pagaban bien, como a su maestro don José Guadalupe Posada sus calaveras garbanceras.

Pilar Pedraza


miércoles, 2 de octubre de 2024

PALOMAS por NATACHA G. MENDOZA



En la casa de tus padres hay cuadros inmensos que llenan las paredes hasta casi rozar el techo. Todo está aquí, menos tú. Sigo buscándote en los sitios a los que perteneciste. Intento, desesperadamente, encontrar nuevos recuerdos. Tu dormitorio de niña es un escaparate, como si tu madre hubiera querido mostrar a una hija que no tenía. Supongo que los padres se sienten con derecho a seguir creándonos. En esta casa, nada me habla de ti, de la mujer que conocí una tarde en la plaza del centro, en el escándalo de las palomas asustadas porque, tan despistada, te cruzabas entre sus arrullos. Esta casa no conoce tu olor, ni la voz que derramabas en mis ojos, no tiene la menor idea de cómo besabas. No sabe del calor que desprendía tu vientre cuando, en esos días, te retorcías de dolor.

Me queda toda tu muerte para recordarte, esta ausencia que va devorando cada célula de mi cuerpo. Intento seguir en pie como te prometí, regreso a la plaza, en una búsqueda absurda de ese viento, aquel que inventaron las palomas escapando de ti.

Natacha G. Mendoza


martes, 1 de octubre de 2024

REFLEJO DE PROXIMIDAD por ALEXANDER DRAKE



Lo he buscado en Google y parece que este término no existe, de modo que lo acabo de acuñar yo mismo. Exactamente el 2 de agosto de 2023, a las 19:34 h. Reflejo de proximidad: Dícese de la discriminación automática, negativa y arbitraria a cualquier pieza artística por la única razón de que su lugar de procedencia sea cercano a la persona que la está juzgando. A mayor proximidad, mayor carga negativa del juicio de valor. Ejemplo de pensamiento común: "Si es de mi país no puede ser bueno. Si es de la otra punta del mundo, sin duda será mucho mejor". Lo he visto mil veces con respecto a grupos de música, con películas, con libros, con todo tipo de creación en general… ¿Recuerdas aquel dicho popular que dice que "Nadie es profeta en su tierra"? Ése es justo el concepto. Y ahora, además, ya tenemos el término que lo describe.

¿Qué ocurre? ¿No te termina de convencer el nombre? ¿Si lo hubiese inventado un tipo británico, estadounidense o japonés, te gustaría más?

Alexander Drake


viernes, 9 de agosto de 2024

SELVA por NATACHA G. MENDOZA



Te hablaré de la lluvia, porque aquí, en esta latitud, todo se desangra cuando hay tormenta. Y tú, tan desértico, no podrías comprender ese lenguaje salvaje. Te hablaré del aroma que emana la selva, del rocío perdido entre las hojas. Del cielo que se rompe en mil pedazos y de esta casa que tiembla por el rugido de algún dios. A ti, que estás lejos en esa tierra que ignora a los ríos, que se conforma con la escasa humedad de la madrugada. Te hablaré de la lluvia tan perra y cercana, tan dolorosa cuando el hambre es cruel y la comida del refrigerador no me sirve de nada.

Natacha G. Mendoza


Pintura de Mishel Alekyan

miércoles, 24 de julio de 2024

INTELIGENCIA ARTIFICIAL por ALEXANDER DRAKE



Hace varias semanas (exactamente el 2 de febrero de 2021) fui a comer a casa de un amigo, y nada más llegar me enseñó un nuevo aparato que había comprado. Se trataba de un asistente virtual conocido como Alexa. A mi colega todos estos aparatos le fascinaban, y siempre que salía al mercado cualquier novedad de este tipo, él era de los primeros en correr a la tienda para hacerse con ella. Mi amigo le empezó a preguntar por el tiempo que haría por la tarde, y justo después sonreía satisfecho al escuchar el pronóstico y la voz femenina de su juguete nuevo. Luego le pidió que le contara un chiste, y más tarde le dijo que pusiera un poco de música tranquila. Empezó a sonar algo de jazz ambiental y él me miró como queriendo decirme: “¿Has visto qué pasada...?” Mi colega entonces se fue a la cocina a vigilar el arroz con verduras que había dejado en el fuego y yo aproveché el momento para hacerle a aquel aparato otro tipo de preguntas:

—Alexa —dije con determinación—, ¿cuál es el sentido de la vida? —¿Existe Dios? —¿Existe vida inteligente más allá de nuestro sistema solar? —¿Eres un dispositivo de espionaje de Amazon? —¿Cómo puedo encontrar a la mujer de mi vida? —¿Es posible que en el futuro el ser humano llegue a alcanzar la inmortalidad gracias a los avances de la ciencia y la tecnología? —¿Cuánto tiempo le queda al planeta Tierra antes del gran cataclismo atómico? La verdad, ninguna de sus respuestas estuvo a la altura de mis expectativas. Pero qué se podía esperar de un producto que tenía un precio de mercado de 29,99 €.

Alexander Drake