jueves, 4 de agosto de 2016

UN POEMA de RODRIGO GARRIDO PANIAGUA




Igual que las monedas de un museo,

el eco del que fui
es una posesión innegociable.

Sé lo rápido que se encoge y se estira
la piel de los amaneceres,
y que la longevidad
de las máquinas
convive con la naturaleza de siempre,

la que pudre a sus invitados hasta la memoria.

El recuerdo
es la luz turbia
que aún presentimos al cerrar los párpados.

¿Podrán los autómatas de siglos posteriores
desarrollar esta virtud humana
de contar historias breves?

Las canicas transparentes de la infancia
son mis ojos tristes
en una de las fotografías que guardo.

¡Qué preciado testimonio
el de todo aquello
que huye con nosotros!


Rodrigo Garrido Paniagua