sábado, 12 de marzo de 2016

A MI DULCE GUARRA por RUBÉN DARÍO FERNÁNDEZ




I. Incertidumbre.

Todo,
todo es tan,
tan jodidamente hermoso.

Tan terrible la existencia
que me sabe a caramelo
de sangre fresca.

La lluvia cae delicada como viejas carretas
o como lágrimas del cielo,
que llora por mí:
ya no lloro.

El desamor lo único
que puede causarme es una embolia
y me río de la gloria
del estar enamorado.

Sólo hay una dirección
y sólo hay un final
que no veremos:
morirse despacito
como una gota de tristeza
en un suelo cualquiera.

No hay conflicto
ni derrota
ni victoria
ni un gran pito por chupar:
sólo hay horas.

La lluvia me cala muy,
muy delicada,
muy cabrona.

Al fondo desde esta terraza veo
ventanas luminosas
con personas que las cruzan
y sonríen
y se mueven de contentos
y la niebla lo cubre todo,
como escombro.

A este escribiente
le suda la polla todo.

Me he querido volver
de cruel acero:
fracasé.

Soy fango.

Nunca ya me arrepiento y todo,
absolutamente todo
lo acepto,
inclusive,
que me dejen de querer:
fracasé.

Me dolió, sólo pensarlo.

Bebo alcohol
para mandar al carajo esta amargura
y fumo.

Y fumo.

Y tanta “y”
me dar por culo
porque observo que todo
es continuidad.

Todo es “y”.

La dirección de las frases,
la dirección del tiempo
cargado de horas,
van a dar a una boca
que es un acantilado
que es un fin
sin un punto y final

Sólo hay que vivir para estar vivo,
qué fácil me lo ponen
joder.

Las llagas no escuecen pero tampoco,
desaparecen.

Siempre hay alguien por querer
aunque el amor,
dicen,
pueda ser eterno y
retorne.

Eterno retorno hasta caer.

En fin, mi niña,
yo te quiero todavía,
dije,
y me escondí entre sus brazos,
horas después bien borracho,
para llorar.

Pues ya
nunca lloro.

Y saben una cosa:

Ahrg.


II. Así es la vida.

Porque esto es amor con uñas y dientes, a severos latigazos como fuego y sin miedo a ser sinceros. 
Y yo que casi mato a un transeúnte cualquiera, por el simple hecho de él estar tan vivo y yo tan muerto en pena. Yo que casi mato a un perro vagabundo a patadas, por ser el perro un perro, tan bonito y mi alma tan horrenda y tan bastarda. 
Y no eran celos, bien lo sabes, que el sexo no es problema que el perderte sí lo era, ni el afecto a los amigos o el afecto por cualquiera. 
Dos días de incertidumbre, dos días de niebla, dos días de alcohol y rabia, de lucha interna esperando que expresaras con palabras o sin ellas un yo te quiero todavía. 
Y escribiendo santa mierda porque como canta el Kutxi: "antes de cortar mis venas, que te den por culo, pinto un corazón", o escribo un libro de poemas poniéndote a parir y cagándome en dios:

III. Guarra.

A mi puta, a mi puta loca, a la más guarra de entre todas las mujeres que por corazón tiene una colmena, un laberinto o una piedra negra, caliente, triste y desolada. Mi loca. Mi puta. Mi guarra. La más jodida guarra de entre todas las mujeres que por cabeza tiene una selva monstruosa, una duda existencial, una pena de vivir sin puerto fijo. Mi puta. Mi guarra. Mi loca que es marinera y a cada nueva ciudad llega más perdida y con más pena. Mi eterna “la más guarra” que por mirada tiene cristales rotos de una infancia de pura mierda. Mi niña solitaria, mi puta triste y rota. Mi amada. Mi loca tan perdida que por coño tiene lava y su lengua es una llama que me deja sin pasado y sin razón. Mi tremenda guarra y loca, y triste, y sola que por alma tiene una muerte en vida anunciada y una existencia tan quebrada que las cenizas de sus cenizas aún arden donde ya nada vale nada en el fondo del olvido. A mi puta, a mi puta loca, a la más guarra de entre todas las mujeres que le entregué mi vida y mi más negra y ancha alma para que con ella hiciera, lo que a ella le diera, la puta gana. Guarra. ¡Más qué guarra!. Brindemos por el miedo que le tengo a volver a verme solo tras perder a un ser querido. ¡Alza la copa!. ¡Salud!.

IV. El poema.

Su poema, sus palabras:

“Cuando iba para casa no podía dejar de sonreírme de lo orgullosa que me siento de estar contigo, y me acordé de golpe de las cosas que hicieron que me enamorara perdidamente de ti, y es absurdo, es absurdo sentirse mal si lo tengo todo contigo y deseo que me abraces fuerte, mucho tiempo. Te echo de menos, quiero estar contigo, tonto, ahora mismo.”

El tonto lo dice con los brazos cruzados y haciendo pucheros y yo, me vuelvo a enamorar más todavía de lo que estaba; tal vez será que hago de un granito un infierno de arena, tan sólo, para escribir...

Ahora te haría el amor con tanto amor que seríamos humo y llama, cielo.

V. Y...

Y... la vida sigue... y... para bien o para mal... seguirá.


Rubén Darío Fernández