lunes, 23 de enero de 2017

GOD SAVE THE DREAM por MARÍA JESÚS MARCOS ARTEAGA



Primero quise ser bailarina, cantante o trapecista. Después actriz, guionista, publicista o periodista. Reportera aventurera, tropical corresponsal y experta en sueños. Me quedé en lo que soy, pero no en lo que tengo. Una máquina en estado de alerta permanente con los fogonazos de luz que a veces se cuelan en las cavernas donde vivo. La única artífice de los destrozos que les causo a los faros y arcoiris que se asoman, acostumbrada como estoy al autoboicot y el abismo al que me asomo, olvidando que sobre las rocas que me sostienen y engullen está el mar. Y yo, que tengo escamas, sé nadar. Y yo, que tengo pulmones, cuerpo y plumones, puedo cantar, volar, bailar y viajar a La La Land.

Pero, siempre hay un dichoso pero, cuando nos fuimos a pique por naufragios diversos, el mar nos escupió a una gruta donde nuestros ojos se acostumbraron a la oscuridad, al frío, a estar más pendientes de lamernos las heridas y cosernos los harapos que de encontrar una salida. Entonces aparecieron los facilitadores, educadores y motivadores de la voluntad, también llamados "coaches", y los Ceos, los Social Media Managers, los Community Stars of the Relumbrant World & Words y todos aquellos empeñados en sacar tajada de la falta de alas del prójimo, de sus dudas y agonías existenciales. Se llenaron las cuevas de especialistas en orientar a desorientados y dar consuelo a oprimidos, se habilitaron sub-grutas destinadas a cada una de las necesidades reinantes y así fue como terminó generándose un microclima donde unos dependían de lo que dijeran otros y claro... sucedió: se fueron atrofiando las alas, sobre las escamas se asomó la piel, y los que aceptaron muletas, terminaron sin poder andar solos. Los cascos oprimieron las ideas, los iluminados se tragaron la luz de los que se acomodaron a la oscuridad y finalmente, acabaron todos cegados o ciegos, retroalimentando su interdependencia en la cueva.

Había también, marginado, un puñado de náufragos que tuvieron la desgracia aparente de ir a parar a rincones innacesibles y terminar solos hasta que una noche, la tormenta, aliada con el mar, consiguió derrumbar las rocas que los habían aislado y hecho fuertes, lejos de una sodomización espiritual insana. Entonces sí: dotados tan solo de sus cabezas, sus piernas y el irrefrenable deseo de saltar al mar y nadar, guiados por una fe incorrupta y poderosa, pudieron contemplar sirenas, descubrir que no era difícil respirar bajo el agua y conquistar un mundo tan fascinante como infinito.

Porque saltar es más fácil cuando nadie te mete miedo ni te adoctrina en sus creencias o en sus límites cavernarios. Porque el mundo es de los que se atreven a meterle un buen bocado sin pedir permiso. Y porque cuando pierdas todo, hasta la dignidad, hay algo que te distingue del resto y conseguirá salvarte: tus sueños.

No te despiertes, the City of Stars te espera.


María Jesús Marcos Arteaga