sábado, 13 de septiembre de 2014

CASA DE AGUAS: Dos Visiones.




LOS OJOS QUE NOS VEN

La casa, en el barrio más caro de la ciudad, estaba deshabitada. Tres plantas con fachada neo mudéjar en sucio ladrillo rojo, aquella chimenea que parecía el respirador de un vientre antiguo y enfermo, una buhardilla de las que esconden apolillados secretos de rancias familias decimonónicas y un torreón de planta hexagonal con mirador a tiempos mejores.

-Es La Casa de Aguas, dijo alguien, pero no supo explicar por qué. Para mí estuvo claro al instante: La casa estuvo, en algún momento, esculpida en agua desde los cimientos a la veleta, en tonos azules y plateados, con las paredes acusando la vibración de la superficie de un lago en un día frío. O bien bajo la casa fluía alguna corriente de las que enloquecen a sus habitantes e invariablemente dan lugar a sucesos trágicos y sangrientos. O bien el agua luchó desde el principio contra aquella casa como si quisiera disolver la presencia de una construcción concebida para albergar el mal. O bien...

Nos colamos allí sin permiso, en pleno día, a través de un pequeño jardín contiguo que había crecido selvático y se defendía de los intrusos con una tupida maraña de zarzas.
En la Casa de Aguas vivía un centenar de maniquíes apiñados unos contra otros, en pequeños grupos, tirados en el suelo, detrás de las puertas, en la cocina, en los dormitorios, en fila india a lo largo de estrechos pasillos, iluminados por las franjas de luz que penetraban la tiniebla polvorienta a través de los tablones que condenaban las ventanas.
Allí dormitaban en penumbra blancos y desnudos, hablándose al oído, mirando de reojo a los entrometidos.
En el amplio salón de la casa un grupo de ellos parecía dispuesto a iniciar un silencioso baile en la oscuridad.
Algunos estaban incompletos, mancos como estatuas griegas exhibiendo muñones de cartón piedra.
En un rincón varias cabezas nos miraban indefensas desde el suelo.
Uno de mis amigos hundió el pié en la que tenía más cerca.

-Los ojos, lo mejor son los ojos -dijo- y se dedicó a destrozar el resto de la cabeza para desprender unos ojos de cristal que no sabían dónde mirar con tanto golpe.
Aquellos maniquíes con el paladar pegado a los dientes, clavados al suelo por sus tacones, con el pelo injertado creciendo áspero como el de un de animal salvaje, con la sonrisa congelada en un perpetuo rigor mortis, imitaban en vidrio soplado los más mínimos defectos del ojo humano.
Todos nos aplicamos a la faena y, después de un rato, sólo cuando fuimos conscientes del ruido, cesó la matanza.
Abandonamos la casa a toda prisa cargados con el botín, envueltos en una nube de polvo, pensando que alguien podía habernos oído.
Nadie reparó en nosotros cuando alcanzamos la calle. Lo único que nos quedó fue la sensación de estar huyendo del lugar de un crimen. De eso hace más de treinta años.
Todavía eramos unos niños cuando la casa fue derribada pero desde la oscuridad del interior de nuestros bolsillos, aquellos ojos aún nos miran.

Toño Benavides


AQUELLA CASA AL LADO DEL CINE MARI

juraría que se llamaba Villa Asunción, aunque no estoy seguro, me he intentado documentar pero nada, hablo de principios de los 70, yo era muy chinorri aún, pero ese nombre, Villa Asunción, y aquel caserón, siguen grabados a fuego en mi mente... allí estaba, en medio de Ordoño II, la calle principal de León, junto al Cine Mari, ya de por sí siniestro y extraño, con aquellas sesiones de Arte & Ensayo para adultos y aquellos fotogramas grotescos, yo pasaba por allí todos los días de camino al colegio y siempre me estremecía, aquella mansión terrorífica, morada perfecta de Norman Bates, de la que mis compañeros de clase contaban tremendas historias, una viuda asomada a la ventana, un canal de agua subterráneo, una desaparición y un cuerpo ahogado... era una de nuestras conversaciones recurrentes, el castillo del Mago de Oz, donde cualquier cosa podía pasar, me recuerdo alrededor del edificio merodeando con Campo (nos conocíamos todos en el colegio de aquellas por nuestro apellido) después de múltiples planes de asalto, ocho, nueve, diez años a lo sumo, asomándonos aterrados a las ventanas y adentrándonos unos metros en el recibidor... toda ella en ruinas, lóbrega y opresiva, espeluznante y sombría, fantasmal y ominosa, aquella torre angustiosa, aquella buhardilla inclinada, sus diminutas ventanas, su amenazante presencia, así era Villa Asunción, una Casa Usher con vida y aliento propio, a saber qué atrocidades se cometieron allí, nos preguntábamos, quién la habría habitado, qué habría de cierto en aquellos rumores, en cualquier caso allí estábamos, rondando siempre su verja o adentrándonos en su agostado jardín, analizando vestigios y huellas e imaginando continuamente tragedias... hasta que un día, de la noche a la mañana, desapareció, derribaron la casa y el cine y construyeron encima un edificio moderno y pasaron los años y todo se olvidó... pero no en mi cabeza (mi cabeza es un cofre de recuerdos que todo lo recicla a placer:vive tu memoria y asómbrate, dijo jack Kerouac), ha estado siempre presente desde entonces en mis pesadillas, a ella, seguramente, deba mi afición por la literatura y el cine de horror y el germen de muchos de mis relatos, pienso... hasta que hoy, buscando tras una regresión información en la red, me he topado con esta fotografía (obsérvala detenidamente e imagíname allí: ocho, nueve, diez años a lo sumo) y todos estos recuerdos han vuelto de nuevo a mí como un torbellino de imágenes fantasmagóricas, aquella casa al lado del Cine Mari (cuánto le hubiera gustado rodar a Lucio Fulci allí), aquel terror infantil, sus muros tenebrosos, sus funestas ventanas y su abandonado jardín... 

oh esta memoria lisérgica

sus fantasmas 
y obsesiones
y merodeadores 
y sugestiones 
y miedos

de ella

seguiré
informando


Vicente Muñoz Álvarez