martes, 5 de febrero de 2008

Cualquier ruido, cualquier grito, cualquier llanto. Por Lluis Pons Mora.



A José Cortés e Irene Suárez,
con mi esperanza.

Salió a comprar algún dulce al quiosco de la esquina,

aquí, en Huelva, en la ciudad, en la barriada del Torrejón.

No volvió, ni nadie la ha visto desde entonces.

Hoy se cumplen veintidós días, recuerda la radio del coche,

de búsqueda de

Mari Luz Cortés Suárez

de cinco añitos de edad,

cinco añitos como cinco creyones recién afilados.

En el momento de su desaparición llevaba

falda vaquera,

jersey fucsia con estrellas y

leotardos del mismo color,

dictan los carteles que continuamente encuentro

en las farolas, en las cabinas, y en todas partes.



La locutora explica que las autoridades investigan,

que se están llevando a cabo continuas batidas

por toda la provincia, y que la población, la gente,

se está volcando en colaborar en esas búsquedas.

Pese a todo nadie sabe nada, nadie descubre nada.

Sólo hay una pista confusa sobre una

furgoneta blanca

sospechosa.



El padre, Juan José, pide que por favor

todo el que pueda el fin de semana, o cuando sea,

salga por los campos, rías, montes, playas o marismas

que tengan cerca, que aprovechen siempre que salgan

con el quad, a caballo, en moto, todoterreno, o barca.

Añade: Por favor, si alguien escucha

cualquier ruido, cualquier grito, cualquier llanto...

Dice: Nadie debería verse así.

Pido ayuda, que me presten sus ojos para estar más tranquilo.

Mariluz tiene que volver,

lo necesita más que yo.



Noto escalofríos, subo el volumen y el viento

devuelve la ceniza del cigarro contra mi pecho.

Admiro todo cuanto está hablando ese hombre, y admiro

el semblante que demuestra ante la situación y la entrevista.

Cuenta que han vendido todos sus bienes para ofrecer

una recompensa a cambio de información,

150.000 euros,

y que reciben pistas falsas y bromas por teléfono,

pero tan siquiera dice nada de desearles la muerte.



Ese humo onubense siempre ahí al fondo.

África expendiendo Cleanex en los semáforos,

y las palabras de un padre vacío

yéndose por el retrovisor.

Que puta pena sentí.

Pensé en los mil males y en mil maníacos maliciosos.

Pensé en mil barbaridades que no diré por respeto.

Los niños se extinguen, y el mundo calla como una perra,

las patrullas persiguen el cannabis, golpean a los jóvenes,

y desde las vayas publicitarias

todos me piden sus votos.



Lamento profundamente no poder ofrecerle

medio alguno para ayudar a su familia.

Sepa que mis ojos son suyos, y que por unos instantes

me hizo soñar que tuve un hija preciosa como la suya.

Nada me gustaría más que saber que

Mariluz vuelve pronto y que estaba perdida

en el bosque de un cuento.

Puedo jurárselo. Nada me gustaría más.

Si sirviera de algo incluso yo podría intentar escribirlo.


Reciba un abrazo.


Lluís Pons Mora, inédito.

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