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miércoles, 22 de enero de 2014

LORZAS ORGULLOSAS. Patxi Irurzun (Rubio de bote)



Porque el canon de belleza cambia con las modas

Aunque ahora, en pleno siglo XXIII, nos parezca mentira, hubo un tiempo en que los flacos dominaban la tierra y la mierda todavía no era comestible. Un tiempo en que el hambre no se había erradicado entre los humanos. Un tiempo en el que a las cupcakes aún las llamaban magdalenas decoradas. El tiempo en que vivió el legendario diseñador de moda Juantxo Fuego, de quien durante estas rebajas conmemoramos el bicentenario de su muerte (todavía envuelta en una misteriosa y sórdida nube de vapor).

Fuego fue el creador de los Juantxo’s, unos zapatos que hoy no faltan en ningún hogar del mundo, pero que a principios del siglo XXI eran exclusivos, un signo de distinción social que acabaría por dar un revolcón al canon estético imperante. Hoy todos estamos de acuerdo en que los flacos son gente con poco perfil, pero en aquella época existía una auténtica obsesión por la delgadez y los gordos eran apestados sociales que debían rehabilitarse convirtiéndose en cantantes de ópera o tatuándose una sonrisa como una cicatriz en el rostro. Por todo ello, cuando Juantxo Fuego presentó su nueva creación, unos zapatos que solo podían encajarse en los tobillos de cenicientas XL, todo el mundo lo trató de loco. Pero, oh, se trataba de unos Juantxo’s, así que pronto comenzaron a verse en las pasarelas modelos que se habían hartado de comer kebabs, y después en el papel cuché de las revistas del corazón princesas que ya no eran un poema, que ya no estaban tristes ni escuchimizadas, y finalmente las calles se llenaron de lorzas orgullosas, de nalgas como montañas, de barrigas como ochomiles, todo con tal de calzarse unos Juantxo’s y ser alguien en la vida.

Los hábitos sociales cambiaron rápidamente. Los gimnasios se transformaron en centros de engorde y alcanzaron sus picos más altos de matrícula al comenzar el año, para intentar mantener en forma el ritmo comilón de las navidades; se permitió comercializar las tallas XS solo en tiendas de muñecas; la acupuntura social de los zapatos de tacón se prohibió por decreto; el sumo fue el nuevo deporte rey (y el lanzamiento de martillo el deporte príncipe)… Y finalmente, los Juantxo’s se democratizaron: todo el mundo pudo llevar unos, incluso en los países secularmente asolados por hambrunas, que se convirtieron en nuevos nichos de negocio. Fue entonces cuando los departamentos de I+D de la poderosa industria del calzado descubrieron que la caca, convenientemente tratada, alimentaba. La mierda fue el nuevo maná de los pobres (quienes, aunque al principio se mostraron algo reticentes, acabaron tragando, pues habían sido entrenados durante décadas haciendo lo propio con telediarios, campañas electorales, fútbol, facebook, programas del corazón…). El hambre en el mundo, en definitiva, había sido vencida.

Y todo gracias a Juantxo Fuego, quien, sin embargo, nunca dejó de ser un hombre atormentado y con tendencia a la polintoxicación, ni de repetir en las entrevistas que la belleza no era una cifra en una báscula. Murió mientras se duchaba, girando cada vez un poquito más el grifo del agua caliente, ah, qué gustirrinín, hasta entrar en ebullición y convertirse en una lágrima de vapor que serpenteaba por los azulejos y dibujaba sobre ellos un interrogante; preguntándose si en realidad las modas no eran a menudo una sandez. Una sandez muy gorda.


Patxi Irurzun en su sección RUBIO DE BOTE para el semanario ON (Deia, Diario de Noticias de Navarra, Diario de Noticias de Gipuzkoa y Diario de Noticias de Álava)

http://issuu.com/gruponoticias/docs/on180114
Página 7

martes, 25 de junio de 2013

MI PAPÁ ME MIMA

A LA VENTA EL DÍA 3 DE JULIO (EDICIONES B)




LA VÍA LÁCTEA

¡Ay, ahora sé qué debe de sentir un bebé cuando tiene hambre, por qué llora como si el fin del mundo fuera a llegar! Aquella mañana yo necesitaba, con urgencia, una teta. Bueno, que nadie me malinterprete, no la necesitaba yo, sino mi hija M; y no se trataba de una teta cualquiera, necesitaba la teta de su madre, me daba igual la derecha o la izquierda. La que estuviera más llena.

—¿Cuál me ves más gorda?—suele preguntarme A a veces, mostrándome sus pechos como cántaros de miel, que es como deben saberle a M, porque es enchufárselos y ahogar dulcemente esos lloros apocalípticos.


A y yo hemos perdido todo el pudor, con el tema de los pechos. Aquella mañana, por ejemplo, había descargado en el ordenador las fotos de estas últimas semanas y ahí estábamos los cinco, los dos niños, yo, A… y la teta de A, que ya es como de la familia: los cinco en una excursión a Donosti, mirando el mar desde la cafetería del Kursaal, las olas de quince metros al fondo y en primer plano ella —la teta de A— tratando de emular el temporal, con un chorrito de leche que se eleva hasta salirse del ángulo; la teta de A, blanca y rotunda, en el cuarto cumpleaños de los gemelos de mi amigo Juantxo el jipi, que la observan entre divertidos y nostálgicos, añorando un paraíso perdido en el que no existían las lentejas; otra foto, en casa de la superabuela: en esta, al menos, la teta de A no chupa cámara, está convenientemente cubierta, pero en la camiseta de A se ha dibujado un corroncho a la altura del pezón izquierdo que me río yo de los sobacos de Camacho (a esta foto le he puesto de nombre “El día que se nos olvidaron los discos protectores en casa”).


El caso es que, aquella mañana, yo –y sobre todo M— necesitábamos una teta. Había probado a enseñarle todas esas fotos, pero no era lo mismo, no había manera, M no dejaba de llorar. Estaba con ella en casa, solitos los dos. A se había reincorporado al trabajo esa semana y yo disfrutaba de un permiso de unos días, por lactancia. Por supuesto, yo no tengo pechos, así que intentaba arreglármelas con el biberón, pero la niña lo rechazaba. Una y otra vez. Una y otra vez. Y cada vez más ruidosamente que la anterior. La única solución que se me ocurrió, por fin, fue meterla en el cuco e ir a buscar a mi mujer al trabajo, para que le diera una toma en el descanso para comer. El coche nunca falla, no conozco ninguno que venga sin ese dispositivo de serie, para dormir a los niños o calmar su llanto. De hecho, fue montarla y M cayó como una ceporra. Después, esperé a A en una cafetería junto a su oficina, tan cerca que si la niña se despertara antes de tiempo su madre podría asomarse por la ventana y alimentarla a distancia con su chorro a propulsión. Por suerte no hizo falta dar ese espectáculo (nuestra falta de pudor tiene un límite). Justo cuando la fiera que M tiene en el estómago se desperezó y los camareros se acercaron para invitarme a salir y evitar de ese modo una multa por contaminación acústica, apareció la superteta, el pecho redentor y rebosante de su madre…


—He salido un poco antes porque me van a reventar; se me ha olvidado el sacaleches en casa—dijo.


—Pues aquí tienes este de carne y hueso — le pasé, aliviado, al altavoz humano.


—¡Mira, mira, qué barbaridad!—dijo después A, cuando desenfundó uno de sus pechos, mostrándome el hilito blanco que brotó, y con el que le dibujó a la pobre M en la cara el mapa de la vía láctea. La niña, entonces, dejó de llorar, se quedó estupefacta, y con el ceño fruncido (yo imaginé que ese sería el mismo gesto que se dibujaría en nuestra cara si el camarero apareciera con nuestro chuletón colgando de una caña de pescar y lo balanceara sobre nuestra cabeza). Después, A introdujo el pezón mágico en la boca de la niña y, chup, chup, todos nos quedamos tranquilos.


—¿Ves qué fácil? —dijo A.


Y la verdad era que sí, eso parecía, pero yo no podía dejar de pensar que solo quedaban tres o cuatro horas para el próximo fin del mundo.



PATXI IRURZUN


La vía láctea pertenece al libro 'Mi papá me mima', que editará el próximo día 3 de julio Ediciones B y que ya está en preventa en Amazon, Fnac, Casa del libro, Prometeo... 

viernes, 5 de abril de 2013

GIRA 'PONTE LA PELUCA YA'



PRÓXIMAS PRESENTACIONES

-DONOSTIA: sábado día 13, a las 12:00 , en Guardetxe.
-ARRASATE: Domingo, 21 de abril. Gaztetxe. (Con Oscar Beorlegui & Josu Arteaga)
-PAMPLONA: Lunes 22 de abril, a las 19: 47, en peña Anaitasuna (con Carlos Erice)



DOSSIER PRENSA

Todos somos sospechosos. Radio 3: ES-PEC-TA-CU-LAR. Un libro que os suplicamos que leáis: la tristeza de las tiendas de Pelucas de Patxi Irurzun, un libro de relatos del mejor cuentista español
Diario de Navarra: "No tengo miedo a escribir con el cuchillo en la boca"
Diario de Noticias:"Del cuento deberíamos vivir quienes los escribimos, no la familia real..."
GARA: "Escribir me tranquiliza, de lo contrario saldría con una recortada a la calle"





miércoles, 20 de marzo de 2013

LA TRISTEZA DE LAS TIENDAS DE PELUCAS, YA A LA VENTA. Primeras líneas



PRESENTACIÓN
JUEVES 21 DE MARZO
11:00h
La hormiga atómica (C/Curia 4, Pamplona)

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El libro ya está a la venta (a través de internet se puede comprar AQUÍ )

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MI PADRE, LOS LIBROS RENO, NED FLANDERS Y LOS BEATS, TODO EN LA MISMA FRASE 

Mi padre murió cuando yo tenía tres años. No fue nada traumático (para mí; él murió aplastado por un camión)…

EL VÉRTIGO DE SPIDERMAN

Al Spiderman de la Avenida Constitución el traje de hombre-araña, que se ha comprado en los chinos, le tira de la sisa, se le mete por la raja del culo, le marca varias lorzas en la barriga… Es ridículo y hasta da un poco de grima, pero, a la vez, esos son sus superpoderes…

FRAY SPRAY

Dicen que la fe mueve montañas, y yo digo una mierda, que Dios y usted, señor arzobispo, me perdonen, pero nadie mejor que yo sabe que las montañas las mueven las excavadoras, y los concejales, y los constructores, y los pufos y chanchullos que unos y otros amañan en esas cuevas de ladrones que se hacen llamar ayuntamientos…

PEAJE

A veces, cuando vuelvo de dejar a los niños en la escuela y luce el sol, pienso que ha habido una catástrofe nuclear, unos días, y otros que estoy en Salou o en Benidorm en un mes de temporada baja. Los bloques de apartamentos baratos, los árboles desnudos, las tiendas cerradas… Pero después, al final de ese desierto de calles peatonales, no aparece el horizonte luminoso del mar o un gran hongo naranja de humo radioactivo, sino polígonos industriales, descampados con esqueletos de nuevas VPO, el skyline de piedra de la vieja ciudad; la vieja ciudad, de la que nos echaron; la vieja ciudad donde quienes viven tiene apellidos viejos y largos y respetables, apellidos de toda la vida que no se mezclan con los Chumbé, Bulgakov, Benjeloun que se leen en nuestros buzones…


ESPEJO DE PRÍNCIPES

Me compré una camiseta con la jeta de Celine por Internet y me llegó a casa el mismo día que empujé y tiré al suelo al príncipe Felipe –o que atenté contra él, como dicen algunos periódicos—…



LA TRISTEZA DE LAS TIENDAS DE PELUCAS. Patxi Irurzun. Pamiela 2013.

miércoles, 6 de marzo de 2013

LA TRISTEZA DE LAS TIENDAS DE PELUCAS. Próximamente





Un hombre que empuja al príncipe de España; Spiderman en paro y con vértigo; un hongo nuclear creciendo entre los bloques de VPO de una Ecociudad; Fray Spray, el cura grafitero; el Barça y el Real Madrid enfrentándose con las camisetas de sus equipos intercambiadas; un western entre dos reyes magos negros, uno de ellos de pega…  
Patxi Irurzun vuelve con una nueva colección de relatos, un género en el que sabe agitar como nadie un cóctel de incendiaria crítica social, humor descacharrante y las imprescindibles  gotas de poesía y ternura (pero solo para quien se las merece).


“Patxi Irurzun deja claro al personal que humor y transgresión no están reñidos con la buena literatura” 


David Benedicte (XL Semanal)


“Si la literatura fuera un circo (en cierto modo lo es), estoy completamente seguro de que Patxi sería el tragasables”. 

Kutxi Romero (Marea)



LA TRISTEZA DE LAS TIENDAS DE PELUCAS
Patxi Irurzun
en breve en Pamiela Argitaletxea

martes, 26 de febrero de 2013

Donald Ray Pollock, Shalom Auslander, Junot Díaz, Patxi Irurzun... en Primera persona 2013



Extraído del blog del festival Primera Persona, que se celebrará los días 3 y 4 de mayo en el CCCB de Barcelona: http://primerapersonabcn.blogspot.com.es/


Todas las noticias de golpe, para que se empachen. Podemos congratularnos de haber conseguido ocho nuevos nombres para el cartel del Primera persona 2013. A saber:

Donald Ray Pollock, autor de Knockemstiffy El diablo a todas horas (Libros del Silencio), favorito de esta casa, working class hero #1 y narrador sin par, estará con nosotros los días 3 y 4 de mayo del 2013.

También lo hará Shalom Auslander, judío renegado extraordinaire, notorio expulsado-a-patadas-de-la-ortodoxia, ex-pajeador compulsivo y escritor mondante: aquí celebramos una y otra vez Lamento de un prepucio y la recientemente publicada Esperanza; una tragedia (ambas en Blackie Books).

Por último, nos llena de orgullo anunciar a voces que The Raincoats (Gina Birch y Ana Da Silva), celebradas pioneras del fem-punk, compadres espirituales de The Slits y orgullo de la Rough Trade de los ochenta, presentarán en exclusiva para Primera Persona un show de rock’n'roll, spoken word y performance que estará lleno de reflexión vivencial y óptica autosuficiente. Si nos permiten que ricemos el rizo, el colmo es que Lidia Damunt acaba de confirmarnos que se unirá a su show, de un modo aún no especificado pero que nos llena de expectativas y agitación estomacal.

Y, para terminar, otra cápsula: celebraremos los diarios, los dietarios y los cronistas en primera persona. Hemos invitado a cuatro representantes del género para que compartan sus visiones con nosotros: Manuel Jabois (Irse a Madrid, Pepitas de Calabaza), Federico Montalbán (Diario de un amargado, Morsa), Isabel Sucunza (La tienda y la vida, Blackie Books) y Patxi Irurzun (Dios nunca reza, Alberdania). No tenemos más noticias, de momento. Quizás mejor, porque nos iba a dar un ataque cardíaco.



miércoles, 23 de enero de 2013

'ERES EL MEJOR, CIENFUEGOS' (KIKO AMAT) EN BILBAO


VIERNES 25 DE ENERO
LA CASA DE ATRÁS (Iturribide, 39)
BILBAO
20:30H
Con introducción de Patxi Irurzun
(Vamos lo que pone arriba, en el cartel)

lunes, 31 de diciembre de 2012

WILLY URIBE. Patxi Irurzun




Mientras se descongelan las gulas, el champán se enfría y un cuñado dice Zaragoza con un polvorón en la boca, el escritor Willy Uribe lleva ya tres semanas en huelga de hambre. Ha dejado de comer para reclamar un indulto para David Reboredo, un extoxicómano gallego que ha ingresado en prisión después de haberse rehabilitado y al que se le acusa de haber vendido dos papelinas en el año 2006. La protesta de Uribe no es una cuestión personal (y a la vez lo es, en un su sentido más radical). El escritor vasco no conoce al extoxicómano gallego, pero a la vez podía haber sido él (los dos pertenecen a una generación en la que miles de jóvenes cayeron como moscas por culpa de la heroína, un pequeño y silencioso holocausto que nunca se ha investigado, ni ha habido interés en investigar). Uribe tomó la decisión de solidarizarse con Reboredo por eso, pero sobre todo por un agravio comparativo, al saber que cuatro mossos d’ escuadra eran indultados y reindultados después de haber sido condenados por un caso de torturas (otro pozal de mierda, el de la tortura, que tampoco conviene remover). La huelga de hambre de Willy Uribe va por ello mucho más allá del caso Reboredo. Es una huelga de hambre que denuncia situaciones que se repiten y perpetúan en un país en el que ante la justicia todos no somos iguales, ni siquiera aunque lo diga un rey (en realidad un rey, sancionado además por un sanguinario dictador, no es la persona más adecuada para hablar de igualdad). Ante un juez o ante un ministro de justicia no cuenta lo mismo ser pobre –una especie de pecado original e imborrable- u honrado, que rico o asalariado con un hueso (un uniforme, un cargo político…) al servicio del mal, o sea del capital. Una desigualdad sobre la que en realidad se basan todos los pilares sobre los que se sostiene un sistema de castas al que algunos llaman con desfachatez democracia (“Nosotros, los demócratas”, es de hecho una de sus frases favoritas). La huelga de hambre de Willy Uribe es por tanto una protesta en favor de Reboredo, pero también de cualquiera de todos nosotros (porque cualquiera de nosotros, en realidad, podríamos también ser Reboredo, cualquiera de nosotros podríamos perder, estamos perdiendo el trabajo, la casa, la igualdad de oportunidades para estudiar o acceder a los servicios sanitarios y quizás por ello la esperanza, o los nervios, lo cual también nos convierte en sospechosos y potenciales “delincuentes”); y es sobre todo, esta huelga de hambre -y esa es la cuestión personal- una protesta en favor del propio Willy Uribe, una cuestión de dignidad personal y profesional (Uribe, con modestia, ha dicho que su huelga de hambre no es la de un escritor, sino la de una persona normal, pero no es cierto, en realidad un escritor es alguien que sabe contar mejor que el resto lo que está pasando y para un escritor hoy en día mirar a su alrededor y contar es algo que está poco menos que obligado a hacer); una protesta que contagia además esa dignidad y transmite la esperanza de saber que no todo está perdido cuando hay personas que están dispuestas a sacrificar su propia salud, su propia vida, por otras personas, y por una sociedad civil, por una auténtica democracia en la que la igualdad y la justicia no sean solo un polvorón que se deshace en la boca y cae hecho migajas sobre la mesa entre risas.

Patxi Irurzun

viernes, 14 de diciembre de 2012

UNA GRIETA EN LA MURALLA. Patxi Irurzun



En el aire de la ciudad flotaba un olor a mierda que ya nada ni nadie podían tapar. Junto al portal de mi casa había un cajero que, para que nadie se meara dentro, los del banco habían protegido con una valla que decía: “Esto no es un servicio público”. Pero últimamente la gente no estaba para bromitas, ni para provocaciones, y menos por parte de los bancos. La gente de lo que tenía ganas era de pegarles fuego, pero de momento se conformaban con cagarse en ellos. Así que desde el cajero subía como una enredadera aquel olor a cuadra. A orines de todos los colores y concursos de quién mea más alto. A kalimotxo en polvo rumiado con humo de hachís culero. A roña y cadáveres escondidos debajo de una alfombra en la que se leía Ongi etorri.

Estábamos en San Fermín.

Era la hora de la siesta y hacía un calor horrible. A través de la ventana el aire parecía un plástico que se quemaba y formaba pliegues caprichosos. En el tendedero de enfrente el tanga de mi vecina ondeaba como una bandera entre las del ayuntamiento, las ikurriñas de algunos balcones y los banderines de Heineken. En la calle, dos borrachos bailaban juntos y luego se daban de hostias y después volvían a bailar, tan amigos. Me pareció ver pasando entre ambos a un pirado con un gorro y una bufanda de lana y por un momento pensé en C, mi antiguo jefe, pero después me dije que era cosa del calor y de la resaca. Como si mirara todo aquello a través de la botella de patxarán Zoco que me había pimplado el día anterior, por puro aburrimiento, esperando por si venía algún cliente. En San Fermín nunca se sabía: los celosos se volvían más celosos, a los que estaban de baja laboral se les curaban todos los males, tirar a alguien por una muralla siempre podía colar como un accidente…

—¡Dindón! —sonó el timbre del portero automático.

A través de la cámara vi que era el tipo del gorro y la bufanda. C. Inconfundible. Había trabajado durante mucho tiempo para él como guardaespaldas y me sabía de pe a pa toda la coreografía de su cuerpo. Claro que ahora cualquiera lo reconocía al primer vistazo; ahora que no se quitaba aquel gorro y aquella bufanda de lana ni para mear; ni siquiera un día de julio como aquel, cuando sobre los capós de los coches se podían freír unos huevos fritos con txistorra.

Abrí la puerta. Todo el mundo decía que C estaba como una chota desde el Murallazo, aquel sucio y grotesco asunto que había acabado con su carrera política, pero a mí me parecía más cuerdo que nunca; desde luego más que la mayoría de los que seguían en sus poltronas, tan tranquilos, con la que estaba cayendo.

—¿Cómo te va, Chavelo? —me saludó.

Él mismo me puso aquel mote, una noche de farra, en un karaoke, en la que yo acabé cantando una de Chavela Vargas y disparando al techo con mi cacharra.

—Podría irme mejor. ¿Y a ti?

—Podría irme peor.

C se quitó el gorro y la bufanda y debajo de ellos apareció una especie de sombra de lo que había sido. Estaba más delgado y medio calvo. Cualquiera diría que hacía solo un año le habían dado el premio al diputado con el cabello más bonito. También había sido premio Pico de Oro. Su nombre, incluso, había sonado como ministrable.

—Si no hubiera sido por la innombrable habría tocado pelo —solía decirme.

A C algunos se la tenían jurada en Pamplona. Sabía algunas cosas. Y los demás no sabían demasiadas cosas sobre él. Líos de faldas. Alguna veleidad literaria. Poco más. C también disparaba de vez en cuando al techo pero no tenía muertos en el jardín. O los tenía muy bien enterrados. Cuando se fue a Madrid y los “mireusted” le bailaron el agua se creyó más poderoso de lo que era. Empezó a enredar. A airear los trapos sucios del terruño. Toda la porquería guardada en la caja fuerte, esa que habían apandado los mismos que debían custodiarla. C midió mal sus fuerzas y las de sus adversarios. Con el dinero no se juega. Le tendieron una trampa. Un email anónimo. Un sobre para recoger escondido en una grieta de la muralla. Información jugosa sobre la innombrable… Está todo en las hemerotecas. Lo que está escrito y lo que no. Para quien sepa leer, claro.

—Cuando me enteré te hubiera metido una hostia —le dije, mientras desde la calle subía el latido de un tambor, como un corazón bombeando sangre.

Pensé en todas las mañanas que me había agachado para mirar debajo de su coche. En todos los jarraitus que se cruzaban con nosotros y lo encañonaban con los ojos. En todas las veces que tuve que mirar incómodo para otro lado cuando magreaba a su novia. Todo para que el muy ababol saliera a recoger un paquete, solo y a medianoche, creyendo que un gorro y una bufanda iban a bastar para taparle, para protegerle y que no le estallara en la cara.

—Sí, una buena hostia —añadí.

—Fue una trampa —se defendió él.

Era la misma cantinela que venía repitiendo hace un año. Desde que lo trincaron los picolos, cuando fue a recoger el sobre. Después supo lo del otro anónimo, chantajeando a la innombrable. Si no quería que se revelara cierto asunto relacionado con unos coches debía dejar 25 de los grandes en una grieta de la muralla. La misma en la que C fue a recoger el sobre.

—Sí, fue una trampa, todos los sabemos, pero tú te has quedado atrapado para siempre en ella. Ababol.

Lo ridiculizaron. Sacaron fotomontajes en Internet. Escribieron relatos de género negro chuscos que él protagonizaba. Hubo peregrinaciones de curiosos a la grieta de la muralla y manifestaciones del 15M y de los vascos que acababan en ese lugar… Pero él se puso farruco. Si tanta gracia les hacía lo del gorro y la bufanda se iban a reír a base de bien. Hasta que les doliera la tripa. Hasta que tuvieran agujetas en la conciencia. No pensaba quitárselos hasta que todo se aclarara. Iba a ir bien tapado para que todos le vieran. Porque no tenía nada que ocultar ni de lo que avergonzarse.

—Nada es para siempre, Chavelo.

Y en efecto, hubo risas. Al principio. Después dijeron que se le había ido la olla. Pero cada vez que alguien lo decía en la boca se le quedaba el regusto amargo de la duda. ¿Qué necesidad tenía de hacer todo eso? Él, que iba para ministro y que tenía el pelo más bonito de todo el parlamento. En el fondo, todos esperaban que algún día contara lo que sabía. Aunque no ganara nada con ello, excepto salvar su orgullo.

—Sé quién envió esos anónimos —soltó, de repente.

—¿No te habrán dejado su nombre en un sobre, en una grieta de la muralla?

—No me toques los huevos, Chavelo. Va en serio. Solo necesito la ayuda de un profesional. Del mejor profesional.

C me miró a los ojos. Sabía que no podía decirle que no.

—Y ese soy yo ¿no? —caí en la trampa

De hecho, me lancé de cabeza a ella. Me pareció que fuera lo que fuera no podía ser más peligroso que volver a pimplarme otra botella de patxarán Zoco a solas.

Después C se levantó, acercó su boca a mi oreja, susurró un nombre y se despidió.

—Volveremos a vernos pronto —dijo.

Mientras él bajaba por las escaleras a mi mente vinieron imágenes de cabezas de cutos degollados sobre las sábanas de mi cama, mi nombre en los periódicos con un pie de foto que decía “el presunto terrorista”, un acordeonista tocando jotas día y noche en el portal de mi casa, una bala en mi buzón envuelta en un pañuelico rojo con el escudo de Navarra bordado…

Me asomé a la ventana y vi a C atravesar la calle, de nuevo con su ridícula bufanda y su puto gorro de lana. Parecía que se había escapado de la pancarta de una peña. Pero aquello iba en serio. Primero tragué saliva, pero luego me dije que quizás ya iba siendo hora de que el olor a mierda comenzara a disiparse. Nada era para siempre.

Abajo, en la calle, uno de los dos borrachos se acercó al cajero automático. Miró un par de veces hacia los lados y después metió la mano por debajo de su blusa. Me pregunté si se sacaría la chorra o un mechero.


lunes, 3 de diciembre de 2012

Frase corta que te apunta a ti: Historia universal de los hombres gato, de Josu Arteaga. MIGUEL ÁNGEL MALA



Extraído de Factor Crítico

Gato: (del lat. cattus) 1 m Mamífero carnívoro de la familia de los félidos, digitígrado, doméstico, de unos cinco decímetros de largo desde la cabeza hasta el arranque de la cola, que por sí sola mide dos decímetros aproximadamente; cabeza redonda, lengua muy áspera, patas cortas; pelaje espeso, suave, de color blanco, gris, pardo, rojizo o negro. Es muy útil en las casas como cazador de ratones. Diccionario de la RAE, 1992.


Un análisis del título del libro revela que el autor ha leído a Borges, o al menos que podría haberlo leído o que conoce suHistoria universal de la infamia. Porque escribir una historia universal, aunque trate sobre una aldea de pocas decenas de habitantes como Olariz, es en sí mismo algo pretencioso y desproporcionado. De hecho, Borges tituló así su librito de biografías porque resultaba cómico querer abarcar algo por entero, eso que los enciclopedistas franceses pusieron de moda y que muchos otros han continuado.


Existen historias universales sobre casi cualquier cosa, incluso sobre la literatura, sí, y lo llaman Literatura Universal y se quedan tan anchos. Y se lee en los congresos: Literatura Universal Comparada, o La Poligénesis de la Literatura Universal, o Introducción a la Literatura Universal. Y a uno le dan ganas de reír, porque una verdadera Introducción a la Literatura Universal no puede durar una hora y media con un turno de preguntas de cierre.

Y por eso Josu Arteaga ha escrito una Historia universal de los hombres gato en la cual, utilizando esas enumeraciones caóticas que a Borges tanto le gustaban, se pasa revista a los gatos pardos, a los gatos monteses, a los gatos tuertos o a las lenguas de gato, entre otros tipos y subtipos y fenotipos de gatos y sus cualidades. ¿Y qué representan estos animales para Josu Arteaga? A juzgar por el texto, creo que la parte más salvaje, instintiva, sincera y brutal del ser humano. Una parte que no se deja domesticar mediante castigos o alabanzas, chantajes ni manipulaciones. Algo que en los pueblos queda al aire libre, como si dijéramos, mientras que en las ciudades está escondido.

Así, las perversidades del narrador y coprotagonista, Fernando Amescoate, se suman a las de todo un pueblo, de alma negra pero también sincera hasta un punto animal, falta de atavío, de perifollo o vestimenta. Una raza maldita que sin embargo conoció tiempos mejores en los que el agua bajaba limpia por los arroyos y ciertas reglas aún se respetaban, reglas que no tenían mucho que ver con el hombre sino con la tierra, reglas cuyo mayor representante fue Arsenio Aguirre Solozábal, El Indiano, al que achacaban muertes que no fueron suyas y del cual Fernando aprendió casi todo lo que tenía que saber. Y pese –o quizás gracias– al monstruoso entramado de bestialidades que emparenta a sus habitantes, dice de ellos:


Que sepan que fuimos libres. Que sepan que morimos antes que entregarnos. Como la vieja Numancia de la que supimos por la escuela.

Patxi Irurzun califica de neotremendismo el estilo de la obra, cosa que me parece muy razonable, y lo relaciona con mi primer libro, La cruz de barro, cosa que me agrada todavía más porque ambos comparten la misma idea generatriz, esa autenticidad del medio rural frente al alma postiza de las ciudades. Como Josu, sentí la necesidad de hablar sobre un mundo que me parecía fascinante, en el que las historias poseían el sabor del pecado original, del barro y del aceite rezumando por los bordes de la tina de almazara. Olariz y Garmaz forman parte de un mismo universo, aunque una sea navarra y la otra castellana.

Y el marco temporal también las aproxima, pues ambas comienzan antes de la guerra civil y terminan en la actualidad, señalando el paso de un mundo antiguo que apenas había sufrido transformaciones en cientos o miles de años a otro moderno, marcado por el agua corriente, la electricidad, el cloro de las piscinas y el asfalto de las urbanizaciones.

En cierto modo, si se atiende a la atmósfera semifantástica y al marco temporal, comparten el ADN de ciertos libros que surgieron en la pasada década, como Los girasoles ciegos de Alberto Méndez, y pillan de refilón el tema de la guerra civil y las dos Españas, tan presentes en la polémica carlista. Y como Los girasoles ciegos o La cruz de barro, Historia universal de los hombres gato es un libro difícil de clasificar genéricamente. «Novela, dicen algunos», señala Josu Arteaga de su propio libro, y lo mismo se podría achacar a las otras dos.


Pero para mí, todas ellas son libros de cuentos. Cuentos relacionados, que comparten personajes y amplían historias ya tratadas en otros anteriores pero cuentos al fin y al cabo, dotados de autonomía y eficacia singular. Claro que las editoriales prefieren que se califique de «novela» a un libro como Los girasoles ciegos, porque decir que es una colección de relatos descarta a muchos lectores. Tanto da.

Cuestiones genéricas aparte, el estilo de Josu es coherente con la sequedad del alma de los habitantes de Olariz, marcando las frases de forma tan contundente que a veces parecen martillazos en una fragua. Son sentencias tan bien cortadas como los sillares de una iglesia, cimentando una construcción que avanza con la rotundidad de un pánzer sobre las verdes praderas francesas. «En Olariz la vida y la muerte se entienden a nuestra manera», dice. «Todo nace y todo muere», dice. «Sin más».

Así ha sido desde el primer amanecer. Para hombres y animales. Sin distinción. La vida es nieve primeriza. La muerte es nieve pisada. Ambas son lo mismo. Blanca y pura cuando se posa. Barro que desaparece en el barro, cuando el invierno muere bajo un sol que nace.

Frases cortas que apuntan al corazón del lector, inoculándole el veneno de la narración en dosis exactas para que no muera hasta el último momento, cuando ya esté todo dicho y no haga falta más que el silencio para que la obra fragüe.


Historia universal de los hombres gato
Josu Arteaga
Editorial Alberdana
ISBN: 9788498681888
206 páginas
Irún, 2010

lunes, 5 de noviembre de 2012

VERDUGUILLO. Patxi Irurzun



Esta foto es del 26-S, día en que hubo una huelga general en el País Vasco y Navarra y por tanto una huelga que fuera de esos lugares nunca existió, y dentro existió pero, bah, fue una huelga “política”, las llaman ahora (debe de ser para diferenciarlas de las huelgas artísticas, las huelgas polígamas, las huelgas Walt Disney, etc.), una huelga nacionalista, una huelga en la que todo lo que pasó fue que los de siempre, los antisistema, los de la ETA y los de las asociaciones de padres y madres cruzaron coches y tiraron piedras y rompieron con las tapas de las alcantarillas los escaparates de los bancos. Como este individuo, en el Paseo Sarasate, en pleno centro de Pamplona que lo mismo que haciendo fresh-banking a la inversa podía estar rompiendo las lunas de una pastelería, pues su única ideología es la violencia (pero entonces en qué quedamos, ¿es una huelga política o no?); o incluso destrozando un Zara, el mismo Zara en el que probablemente se haya comprado el verduguillo, un nombre que le va ni que pintado, a este alborotador, a este enemigo de la democracia, a este matón, a este tipo terriblemente peligroso que, observen, observen, en su frenesí destructor, al arrojar la tapa de alcantarilla, descubre el faldón de su chupa de cuero y comprobamos que va armado, como si en lugar de un manifestante fuera un policía de paisano. 


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miércoles, 17 de octubre de 2012

OMMMMMM... O ¿QUIÉN ES JILL LOVE? Patxi Irurzun

Yo tenía dos tíos que eran dos viejos verdes de paisano. Sus mujeres no sabían lo cerdos que eran –o hacían como que no lo sabían- porque cuando se cruzaba en sus caminos una chica cañón mis tíos decían , mientras se miraban con complicidad y los ojos les hacían chiribitas:
—Qué zapatos más elegantes.
—Y qué colores más bien combinados.
Etcétera.
La chica de la foto lleva unos zapatos que parecen de niña, unos zapatos que inspiran ternura, unos zapatos de cenicienta rebelde, que no se descalza para que ningún príncipe azul venga a chafarle el cuento, zapatitos trotones, desgastados de tanto perseguir sueños y recorrer castings. Y luego está su ombligo, un ombligo extraño, despigmentado, como el cerco de un vaso, como si alguien bebiese a menudo en él vino y los vientos, un ombligo extraterrestre, que da un poco miedo, sobre todo cuando la chica hace OMMMMM, e invoca con sus dedos largos y estilizados no sabemos si a Isis o a los venusianos, a seres de otras galaxias con inteligencias superiores y corazones más grandes, a marcianos que no solucionan todo a hostias y a los que no les hace falta salir a la calle para reclamar lo que les corresponde, OMMMM, repite la chica, que igual a quien está invocando es a los dioses de una revuelta de la que ella se convierte en musa, en profeta, o igual simplemente tiene el ombligo de esa manera porque se lo ha desgastado de tanto mirárselo.
Jill Love, que así se llama la chica, apareció de repente, surgida de la nada, durante las protestas del 25 S, y en un periquete triunfó el amor sobre la violencia, los fotógrafos dejaron de fotografiar a gente con la cabeza abierta y a policías con cara de perro y se arremolinaron alrededor de ella, mientras se decían unos a otros “Qué zapatos más elegantes, qué colores más bien combinados, etcétera”. Después Jill desapareció como había llegado, tragada por la multitud y la nada ,  aunque  al cabo de unas horas, nos enteramos de que era modelo y actriz y de que estaba dirigiendo una película. OMMMMMM.

Patxi Irurzun
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jueves, 11 de octubre de 2012

¡OH, JANIS!, SEGÚN JORGE M. MOLINERO

 ¡Oh, Janis mi dulce y sucia Janis desata una expectación inusitada entre el gremio de la hostelería, que no duda en desatender a sus clientes ávidos de vino para leer unas líneas por encima del hombro del autor. Foto: Berta Bernarte


¡OH, JANIS, MI DULCE Y SUCIA JANIS!
Me jode que el humor se infravalore en todas las artes; en el cine, un drama siempre será mejor visto que una comedia y algo parecido sucede en todas las demás ramas del espectáculo.
Oh Janis, mi dulce y sucia Janis es una novela de Patxi irurzun editada por Editorial Eutelequia.
Bajo el subtítulo de Memorias de una estrella del porno (amateur) se esconde una descacharrante novela, por momentos hilarante, soez y sucia que habla de y como gente normal en el bar con amigos o en casa cuando nos rascamos los huevos, sin velos ni censuras. El navarro, heredero del Bukowski más cerdo y magistral contador de historias, recorre con la excusa del mundo del porno todos los temas que interesan al protagonista, Dick Grande, un barrendero pamplonés al que le cambia la vida tras un viaje a la Habana; desde la música, fútbol, mujeres, política... y hace una radiografía perfecta de la sociedad acomodada y burguesa navarra al entorno borroka, igual que de estractos de mundos suburbiales de Manila, París, México o la propia Cuba.

Un libro que se devora, facilitado por un lenguaje sencillo, con muchos tacos y frases comunes, un cachondeo contínuo pero brillantemente escrito, pues desarrolla la difícil labor de entretener y encubrir una historia de amor, regando con lefa y fluídos varios una filosofía de la vida y sus habitantes sin que te des cuenta. Patxi es un antropólogo que sabe mirar y contarlo mucho mejor después. Y además, te partes la polla.

Extraído del blog La juventud del otro

viernes, 28 de septiembre de 2012

EL HOMBRE DEL PALO. Patxi Irurzun para PIE DE FOTO

  Foto: Alvaro García

En esta foto un hombre solo con un palo puede más que toda una multitud armada con pancartas, con consignas y con grandes y nobles ideas. O eso es lo que parece. En realidad ese hombre, llamémoslo así, no está solo armado con un palo, en realidad en la espalda lleva una pistola, y más atrás, eso no se ve, tiene a otros cuantos hombres como él, armados con más palos y con más pistolas, y con botes de humo, y balas de goma, y esos hombres están respaldados por otros hombres y mujeres, llamémoslos así, y es a ellos a quien defienden y quienes les dan las órdenes, y esos hombres y mujeres tienen los escaños y las fábricas –algunas de ellas de pelotas de goma y balas- y al ejército en alerta amarilla y los periódicos y las televisiones en los que al día siguiente aparecerán felicitando al hombre del palo por su trabajo, o fumándose un puro y diciendo que todo lo que está pasando les parece fascinante, no sabemos si se refiere a, por ejemplo, la chica a la que el antidisturbios está golpeando y que al día siguiente se levantará con un latigazo púrpura en la pantorrilla (y que no figurará en el número de heridos) o en el muchacho que ha detenido unos minutos antes, metiéndole los dedos en los ojos, inmovilizándole la cabeza contra el suelo, y que ahora quizás estará cagando en un retrete sin puertas, en una celda, a la vista de todos, humillado, marcado, convertido de repente en un delincuente, un terrorista, un enemigo de su nación… 
El hombre del palo pega por ello con fuerza, con saña, se siente impune y con las espaldas bien guardadas. Pero eso no quiere decir que ese hombre no tenga miedo. El hombre del palo en realidad es un hombre aterrorizado, mucho más que esa multitud que lo mira con cierto estoicismo, llamémoslo así, sin comprender muy bien que está pasando, tal vez descubriendo que hay cosas que no son como les habían contado, por ejemplo que esos policías no están ahí para defenderles a ellos. El hombre del palo tiene mucho más miedo que ellos, por eso tiene ese palo, por eso eligió ese trabajo. Él hombre del palo es un hombre asustado que necesita aferrarse a verdades incuestionables, como las mayorías silenciosas, que necesita creer que está defendiendo a quienes se han quedado en casa, a quienes no arman alborotos, y que no es el momento de armar alborotos sino de remar todos juntos (o si no de irse a Alemania, o hacerse emprendedor), el hombre del palo cree en la democracia, en las urnas, en la Constitución (bueno, todo esto último depende, el hombre del palo cree también en su familia, en su trabajo fijo y en que haya alguien, no importa quién,  que le pague nómina cada fin de mes)… El hombre del palo cree firmemente en su porra y en el que se jodan.  
El hombre del palo, en definitiva, no es un hombre, es un animal adiestrado, y eso —y probablemente todo lo demás—, solo cambiará el día que se plante delante de toda esa multitud a la que tiene que dar leña y punto, se quite el casco y lo arroje al suelo, y arroje también su palo lejos, y se quite el uniforme y se una a todos esos a los que tiene que pegar solo porque está asustado y porque alguien quiere fumarse un puro. Quizás no sirva de nada, porque a continuación vendrá otro hombre con un palo; o quizás sí, quizás lo que necesitamos sean gestos, gestos como esos, un poco teatrales y ridículos, románticos, imágenes como las de camareros crucificados delante de los bares, o la de chavales de quince años pidiendo la placa a quienes le han golpeado, como la de hombres resguardando entre sus brazos a otros hombres golpeados e indefensos mientras gritan ¡vergüenza, vergüenza!, quizás necesitamos que sean los héroes todavía vivos quienes enciendan la llama antes de que sea demasiado tarde y lo hagan los mártires y las víctimas.

Patxi Irurzun

(Hoy he abierto un nuevo blog, en un calentón, no sé si pasará de la fase beta, pero desde hacía unos días notaba que las fotos me hablaban, me contaban historias, ¿es grave, doctor? Veremos en qué queda la cosa)


martes, 28 de agosto de 2012

PERO, ¿NO TE LO HABÍA DEVUELTO?


LIBROS PRESTADOS, PERDIDOS Y ROBADOS


LIBROS QUE NO SE DEVUELVEN. LIBROS QUE NO HAY MANERA DE DEVOLVER. LIBROS TOMADOS COMO REHENES… MÁS DE VEINTE ESCRITORES Y ARTISTAS CUENTAN SUS EXPERIENCIAS CON LIBROS QUE PASAN DE MANO EN MANO Y QUE CASI SIEMPRE LLEVAN EN ESE VIAJE UN EQUIPAJE EMOCIONAL.

viernes, 27 de julio de 2012

¡VUELVE, ROBESPIERRE! Patxi Irurzun


Una facción del Partido de la Gente del Bar sumándose al  Ejército Unificado de Liberación Indigente,  sedientos de cerveza y sangre de yugular


Mike Tyson es un sol. El sol de un julio herido de muerte que golpea sobre mi cabeza y me hace caer K.O. sobre la acera. Diez, nueve, ocho. Oigo la cuenta atrás. La voz llega desde muy lejos,  desde una sala de cine vacía en la que se proyectan las imágenes de mi vida y mi vida es una mala película.  Siete, seis, cinco.  Hay que levantarse, antes de que la muerte se ponga el cinturón de campeona del mundo. Cuatro, tres, dos, uno. Estoy de pie y el árbitro me guiña un ojo, algo mosqueado. El combate está amañado, pero yo no me voy a rendir. Morderé a la muerte en la oreja y escupiré el lóbulo sobre la lona y el árbitro resbalará con ella como si fuera el payaso de un circo. Diez, nueve, ocho. Ahora soy yo el que cuenta. Esta película (este artículo) puede que sea un bodrio, pero aún no ha llegado el The End. Ahora la pantalla se ilumina, es la luz al final del túnel y yo voy hacia ella y hacia mí también viene gente, gente sonriendo, y su risa es revolucionaria, su risa es contagiosa, es gente de puta madre, que transmite las consignas para la revuelta como si me contara un chiste, mientras a lo lejos, sobre sus cabezas, entre los bloques de VPO, una columna de polvo, humo y destrucción se eleva y avanza y comienza a envolvernos, como la capa de un superhéroe monumental e invencible que acabará de una vez por todas con todos los malos y se meará de la risa mientras lo hace.
—Es el EULI, el Ejército Unificado de Liberación  Indigente—me susurran alborozados los vecinos que me cruzo en la acera—. Cada vez están más cerca. Cada vez somos más, compañero —me guiñan también los ojos, y yo les creo, quiero creer que este combate no es un tongo, lo compruebo cuando veo aparecer a los primeros milicianos, con sus camisetas en las que se leen lemas como “Nosotros sí que estamos a favor de los recortes”, y veo también sus armas,  las guillotinas, los cuchillos de cocina aburridos de no poder cortar filetes, sedientos de sangre de yugular,  las hoces que enarbolan sacudiendo el óxido,  las recortadas que han apañado con tubos de escape arrancados de los coches que quedan ardiendo a sus espaldas... Un ejército de andarines que avanza imparable y zumbón al grito de “¡Robespierre, vuelve!” y que me devuelve la esperanza: ya no soy el último peatón, de hecho ahora soy yo quien encabeza a esta horda de desahuciados, y nos abrimos paso a sangre y fuego, dejamos atrás los barrios dormitorios, ya nadie duerme en ellos, ni grita a sus televisores, en cada portal van sumándose nuevos combatientes, que entran a los bancos con las huchas de sus hijos y revientan las cajas fuertes  y vuelven a llenar los cerditos, a los que metieron el cuchillo una tarde de lluvia y lágrimas, de rabia y rabietas, y siguen, seguimos adelante, ahora estamos  en los bares de lo viejo y en ellos se suma a la revuelta el Partido de la Gente del Bar, “Bebe y lucha”, recuerdan los viejos militantes sus gritos de guerra, y sus corazones desgarrados y macerados en alcohol de garrafa ahora son granadas de mano, y cuando retiran la espoleta los televisores de los bares estallan, y desde ellos saltan todos los parias de la tierra, los niños de las ciudades miserias y los de los campos de refugiados, todos los que han muerto esa mañana por culpa de una diarrea salen enarbolando sus pañales, como si fueran hondas, y las mujeres violadas y asesinadas, ellas también están aquí, vivas, con los labios y las yemas de los dedos intactos, con su arsenal de besos y caricias preparado para prender fuego, todas juntas, los mendigos, los parados, los sinpapeles, seguimos avanzando,  dejamos abiertas las puertas de los calabozos, atrancamos las de los cuarteles y las de las autoescuelas, ocupamos los palacios, y cuando salen a recibirnos presidentas, alcaldes, jueces, príncipes, tertulianas, nos reímos más alto que ellos, nos reímos de verdad, y eso sí que no,  eso no lo pueden soportar, se defenestran desde los alto de sus tronos y escaños y consejos de administración, ahora somos nosotros, los peatones, la escoria de la tierra, los últimos de la fila, los que los ocupamos y nos partimos el culo, ¡ja, ja, ja!, oigo mi propia carcajada, y siento como Mike Tyson se agacha y besa mi rostro, y el sol de julio acariciando mi frente, y a lo lejos las sirenas de una ambulancia, y algo más cerca, la voz de mi vecino diciendo: “Y ahora una insolación. Lo que le faltaba a este hombre. ¡Qué calamidad!”, pero yo no le hago caso, es solo un desertor del EULI, un amargado, alguien al que no he visto reírse en toda su miserable vida.

viernes, 20 de julio de 2012

EL BLUES DE LOS CÓDIGOS DE BARRAS. Patxi Irurzun


Los ojos de la cajera tenían el color de los caramelos de café “7 de julio”. Su mirada era, en aquel súper superdesangelado,  un tropezón entre los dientes, el único con sabor a algo dulce y humano. Fuera de eso, solo quedaban el frío del pasillo de los congelados, de las voces metálicas (“Vanessa acuda a caja”) y de las sonrisas cicatrizadas por los sueldos miserables de otras chicas, que ofrecían sus bandejas de promoción con croquetas de la abuela amasadas por máquinas industriales, batidos con bichos, hamburguesas vegetarianas de soja transgénica…   
—54 con cinco —dijo después ella, señalando la máquina registradora, y fue como si escupiera los caramelos de sus ojos en un cenicero.
Solo había sido un espejismo y cuando se desvaneció la realidad se impuso, me vi, como tantas otras veces, sacando la cartera, mientras se amontonaba la compra sin recoger y en la cola las miradas de los clientes que venían detrás me encañonaban, amenazaban con fusilarme si no me daba prisa, si no mantenía el ritmo, si no me comportaba como un consumidor diligente, como un pizpireto despegabolsas.
Las cajas de los supermercados son el resumen perfecto del capitalismo,  nosotros haciendo cola en ellas, colocando sobre la cinta las pechugas de pollo, los preservativos,  las latas de cerveza, no hay tiempo que perder, nosotros sacando las tarjetas de crédito, el DNI,  el carnet de cliente fidelizado,  y la máquina registradora haciendo clin, clin, que pase el siguiente, que no pare la fiesta, el blues de los códigos de barras, ey, chica, vamos, mírame otra vez, déjame otra vez morder tu mirada con olor a cafetera, ey, chica, dime al menos que tengo más de dos minutos para despegar estas puñeteras bolsas y poner los congelados donde no abollen el pan de molde…
—Póngase a un lado caballero, por favor…
Bueno, buen intento, pero no me voy a conformar con eso, chica, esta vez no, estoy más que harto y no pienso seguir soportándolo, yo ya no soy un hombre con prisas, yo ahora soy un peatón, el corazón de mi coche ha reventado y ahora el mío late más despacio, más tranquilo, más dulce, más humano, así que, chica,  recogeré mis bolsas sin prisa, me tomaré el tiempo que haga falta, no el que decidan con un cronómetro en un consejo de administración los dueños de este garito y del mundo, ni el que me impongáis vosotros, los que esperáis detrás, en la cola, y sentís ganas de cortarme el cuello con el tíquet del parking, no os preocupéis, por ahí viene Vanessa, moved los carritos, corred, a ver quién llega antes a la otra caja, vended vuestras almas al diablo en un cruce de caminos, todos ellos llevan al mismo lugar, todos acaban haciéndoos volver al súper, y solo yo, el último peatón, conozco la salida a este matadero, eso fue lo que pensé,  ya en la calle, con mis bolsas de la compra en las manos, los congelados juntos, el pan de molde intacto, mientras los monovolúmenes pasaban ante mis ojos, y los conductores volvían a encañonarme con sus miradas, y ante mí se extendían las aceras vacías, y las grúas paradas, y un sol con hambre de sangre y vino pastando y engordando entre los descampados, entre los esqueletos de las VPO, entre los escombros del capitalismo, un sol enorme y rojo hacia el que yo, el último peatón, o puede que el primero,  eché a andar, deshaciendo entre los dientes miradas con sabor a café, masticando espejismos, tarareando para espantar la madre de todas las resacas, la del 7 de julio, este blues, el blues de los códigos de barras, oh yeah!
Colaboración  en  'El último peatón' de Udate (Gara).  8 de julio de 2012
 http://gara.net/paperezkoa/20120708/350935/es/El-blues-codigos-barras

viernes, 22 de junio de 2012

SE ABRE EL TELÓN Y APARECE UN 'FIAMBRE'





El próximo jueves 28, en el Teatro Gayarre de Pamplona, se estrena "Fiambre", de Patxi Irurzun, obra premiada en la "I Convocatoria de Textos Teatrales sobre las Fiestas de San Fermín". Dirigida por Miguel Munárriz y con Ion Iraizoz,  Pablo del Mundillo y Miguel Munárriz en el reparto.

Mintxo es pequeñico y cabezón. “Y un poco lento”, como decía su abuelo antes de que le diera el patatús, unas horas antes del chupinazo. “Fiambre” pone en escena el recorrido fúnebre y al tiempo festivo de un nieto con su abuelo muerto por los lugares y actos sanfermineros preferidos del anciano: los gigantes, los fuegos, las barracas políticas (cuando había barracas políticas)… Una despedida a medio camino entre el esperpento y el drama existencial que nos lleva del calabozo al bar, del tendido de sol a Benidorm, y en la que Mintxo, el protagonista, se encontrará en su delirante monólogo con los fantasmas de su pasado y se verá envuelto en situaciones grotescas o revivirá con nostalgia peripecias familiares. La obra es la primera incursión en el género teatral del escritor Patxi Irurzun, que adapta para la ocasión uno de sus relatos más celebrados.