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martes, 20 de noviembre de 2012

ESTAMOS AQUÍ. Carta al menor herido en Tarragona. PATXI IRURZUN



No sé ni cómo te llamas, aunque por un momento pensé en ti como si fueras mi propio hijo. No sé qué sentiste cuando te golpearon: dolor, rabia, incertidumbre, miedo… No sé si te has visto en internet, en los periódicos con el rostro pixelizado, en los vídeos, ni si has leído algunos comentarios que dicen que la culpa es de tus padres, por haberte llevado a esa movilización. No sé si en tu instituto os agolpáis en las clases, o en tu casa ya no se compra ternera ni merluza ni se pone la calefacción. No sé si para quienes hacen esos comentarios eso es política o no. No sé si has oído al conseller de interior golpeando de nuevo con la porra a tus padres, cuando dijo que lo que sucedió fue algo fortuito, incluido el golpe de propina del otro policía, cuando ya estabas en el suelo, o los empujones y porrazos de varios hombres armados –aunque más bien parecían robots, sin alma ni cerebro- a la otra chica…Supongo que sí, que tuviste miedo, y que todavía duele, y que cada vez que arrugas la cabeza y sientes los puntos y la herida te preguntas qué pasó y si mereció la pena y si deberías haber estado ahí. Yo creo que sí. Estoy convencido de que sí. Lo que pasó allí no fue algo fortuito. Lo que pasó allí es lo que está pasando en todos los lados, de una u otra manera, cuando despiden a alguien, cuando desahucian a alguien, cuando tratan de engañar al siguiente que despedirán o desahuciarán con palabras y leyes que solo son parches, que solo son el tiempo necesario para volver a levantar la porra. Ni siquiera es una casualidad que fueras un menor (fíjate lo absurdo y sucio de sus argumentos: si en lugar de haberte golpeado a ti hubieran golpeado a tu padre o a tu madre, o incluso al manifestante que escapaba de ellos ese golpe habría sido perfectamente constitucional; lo hubiera sido el que recibiste tú si no llega a haber por allí ningún periodista). Tu foto en los periódicos es la foto de un país zarandeado, que sangra, que llora, y que pretenden que asuma todo eso sin ni siquiera protestar, que asuma con santa resignación que ese es el futuro que espera a sus hijos.Tal vez tú, y la chica que te defendió, penséis que no mereció la pena, pero yo creo que los dos hicisteis lo que teníais que hacer, y que estuvisteis donde teníais que estar. Yo me siento orgulloso de vosotros, de vuestros padres, yo me siento también vuestro padre y siento la obligación de hablar a mis hijos de lo que está sucediendo y de quiénes son los culpables, de quiénes son los que os golpean, la obligación de ayudaros a crecer sin miedo, sin resignación, sin rabia, o sabiendo en qué y contra qué se debe transformar esta. Yo creo en vosotros y no creo que merezcáis crecer siendo golpeados.Por todo eso quiero que sepas que también creo sinceramente que mucha gente pensó algo parecido a esto que yo estoy escribiendo, cuando vio tu foto, y que gracias a esa foto hay cada vez más gente que va a pelear porque tengáis un futuro, más gente que sabe que no debe, que no puede quedarse en casa quieta cuando te están zarandeando, más gente que protesta. Toda esa gente, todos nosotros, como tu madre aquel día, también te abrazamos y te decimos al oído: “No tengas miedo, hijo, estamos aquí”.


lunes, 5 de noviembre de 2012

VERDUGUILLO. Patxi Irurzun



Esta foto es del 26-S, día en que hubo una huelga general en el País Vasco y Navarra y por tanto una huelga que fuera de esos lugares nunca existió, y dentro existió pero, bah, fue una huelga “política”, las llaman ahora (debe de ser para diferenciarlas de las huelgas artísticas, las huelgas polígamas, las huelgas Walt Disney, etc.), una huelga nacionalista, una huelga en la que todo lo que pasó fue que los de siempre, los antisistema, los de la ETA y los de las asociaciones de padres y madres cruzaron coches y tiraron piedras y rompieron con las tapas de las alcantarillas los escaparates de los bancos. Como este individuo, en el Paseo Sarasate, en pleno centro de Pamplona que lo mismo que haciendo fresh-banking a la inversa podía estar rompiendo las lunas de una pastelería, pues su única ideología es la violencia (pero entonces en qué quedamos, ¿es una huelga política o no?); o incluso destrozando un Zara, el mismo Zara en el que probablemente se haya comprado el verduguillo, un nombre que le va ni que pintado, a este alborotador, a este enemigo de la democracia, a este matón, a este tipo terriblemente peligroso que, observen, observen, en su frenesí destructor, al arrojar la tapa de alcantarilla, descubre el faldón de su chupa de cuero y comprobamos que va armado, como si en lugar de un manifestante fuera un policía de paisano. 


http://lospiesdefoto.blogspot.com
http://ajustedecuentos.blogspot.com

jueves, 25 de octubre de 2012

PENSO MAS NAO EXISTO. Fernando Camoes




Con estas cuatro palabras, escritas con aerosol y una plantilla sobre una de las muchas paredes de granito de mi querida Oporto, se refuta el silogismo cartesiano que elevó al homo sapiens al rango de ser racional. Con una simple frase se pone de manifiesto una situación de flagrante impotencia: la del ser humano que se creía digno de existir por el simple hecho de pensar y que descubre que no es así. Porque no existe quien no es dueño de sus propios actos, quien no tiene voz, quien ni siquiera acaba sabiendo bien qué pensar.
El autor del grafiti convierte un lema individualista en un grito de desesperación social. Vemos cómo nuestros gobernantes sirven a los intereses de las grandes corporaciones. Vemos cómo ocultan y se vuelven cómplices de los agujeros que los bancos han creado a nuestra costa. Y vemos, sin que en apariencia podamos hacer nada para evitarlo, que esos gobernantes nos hacen responsables de la situación y nos exigen que paguemos por ello.
De modo que, pensemos lo que pensemos, nuestra existencia social –y subsidiariamente, individual- se pone en entredicho porque nos han maniatado a una cruceta con la que dirigen nuestras vidas supeditados a objetivos que no compartimos, con métodos que harán de nosotros esclavos no pensantes, no críticos, no contestatarios.
Y ese poder, concretado en rostros como los de nuestros amados políticos, transforman el sentido de los términos al más puro estilo del Ministerio de la Verdad de 1984, diciéndonos que para ser solidarios debemos apretarnos el cinturón y de ese modo impedir que el sistema bancario caiga, que los políticos caigan, conceder que el lazo asfixiante de la deuda se siga apretando a nuestros cuellos.
Pero los impuestos para los ricos –el de patrimonio, por ejemplo- permanecen congelados, mientras pagamos un 21%  de IVA por un libro o por ir al teatro. Pero los especuladores que forjaron fortunas multimillonarias durante la burbuja inmobiliaria no responden de sus actos. Pero todos aquellos que han puesto a buen recaudo su dinero en bancos suizos o de las Islas Caimán, en operaciones que deberían ser penadas con cárcel en nuestros países, son precisamente los que nos gobiernan o los que mandan a quienes nos gobiernan.
¿Y qué se extrae como conclusión? Que nosotros debemos ser solidarios con ellos. Que debemos, como muestra muy bien este otro graffitti de Oporto, abrir bien la boca para tragar todo lo que queda por tragar, que seguramente será mucho y de un sabor similar a aceite de ricino mezclado con heces de rata. 
Y no creo que pueda entonces llamarse existencia a esa vida de esclavo o de perro que nos espera. O quizás sí, y lo que es un espejismo es lo que hemos estado viviendo hasta ahora, algo que jamás se dio en la Historia de la Humanidad y que puede no volverse a dar nunca.

FERNANDO CAMOES

miércoles, 17 de octubre de 2012

OMMMMMM... O ¿QUIÉN ES JILL LOVE? Patxi Irurzun

Yo tenía dos tíos que eran dos viejos verdes de paisano. Sus mujeres no sabían lo cerdos que eran –o hacían como que no lo sabían- porque cuando se cruzaba en sus caminos una chica cañón mis tíos decían , mientras se miraban con complicidad y los ojos les hacían chiribitas:
—Qué zapatos más elegantes.
—Y qué colores más bien combinados.
Etcétera.
La chica de la foto lleva unos zapatos que parecen de niña, unos zapatos que inspiran ternura, unos zapatos de cenicienta rebelde, que no se descalza para que ningún príncipe azul venga a chafarle el cuento, zapatitos trotones, desgastados de tanto perseguir sueños y recorrer castings. Y luego está su ombligo, un ombligo extraño, despigmentado, como el cerco de un vaso, como si alguien bebiese a menudo en él vino y los vientos, un ombligo extraterrestre, que da un poco miedo, sobre todo cuando la chica hace OMMMMM, e invoca con sus dedos largos y estilizados no sabemos si a Isis o a los venusianos, a seres de otras galaxias con inteligencias superiores y corazones más grandes, a marcianos que no solucionan todo a hostias y a los que no les hace falta salir a la calle para reclamar lo que les corresponde, OMMMM, repite la chica, que igual a quien está invocando es a los dioses de una revuelta de la que ella se convierte en musa, en profeta, o igual simplemente tiene el ombligo de esa manera porque se lo ha desgastado de tanto mirárselo.
Jill Love, que así se llama la chica, apareció de repente, surgida de la nada, durante las protestas del 25 S, y en un periquete triunfó el amor sobre la violencia, los fotógrafos dejaron de fotografiar a gente con la cabeza abierta y a policías con cara de perro y se arremolinaron alrededor de ella, mientras se decían unos a otros “Qué zapatos más elegantes, qué colores más bien combinados, etcétera”. Después Jill desapareció como había llegado, tragada por la multitud y la nada ,  aunque  al cabo de unas horas, nos enteramos de que era modelo y actriz y de que estaba dirigiendo una película. OMMMMMM.

Patxi Irurzun
http://ajustedecuentos.blogspot.com

martes, 9 de octubre de 2012

FUNDIDO A NEGRO. Daniel Ruiz García

Foto: Diego Crespo. EFE


El enfoque de la foto y su vocación panorámica contribuyen a que la figura del compareciente resulte casi insignificante. De no ser por la enorme pantalla que se encarga de retransmitir su imagen en la zona superior, el perfil del compareciente prácticamente quedaría diluido en medio de la postal. Eso, y la luz crepuscular que tiñe la estampa, provocan en el que la contempla cierta sensación de aburrimiento, de tedio, de cansancio. Un aburrimiento que parece compartido por todos los oyentes que esa tarde –tiene que ser tarde, casi rayana en la noche, se palpa en el ambiente- han preferido hacer pellas y decantarse por otras ofertas más estimulantes. Y de esta forma la Asamblea General de la ONU parece más bien el Salón de Actos de un Rectorado a punto de echar el cierre. Entre la indiferente concurrencia (nótese que casi nadie del aforo parece mirar de frente al compareciente, la mayoría andan trajinando entre sus papeles) casi sorprende no encontrarse con la limpiadora de turno que viene a fregar el suelo a última hora de la tarde. Aunque más doloroso resulta pensar que el chiringuito no cierra, que sólo se da un descanso, porque a la hora siguiente (hay folios en algunas de las bancadas) todos regresan del café de media tarde para retomar las lecciones con otros conferenciantes de más lustre.
El conferenciante está solo. Está solo y es pequeño, demasiado solo y demasiado pequeño para rivalizar con el desmesurado símbolo de la ONU que preside la sala, muy inferior a los dos miembros de la mesa (ahí también parece que alguien haya hecho pellas) y totalmente minúsculo en el contexto de una sala donde huele a solemnidad, pero que esa tarde parece haberse convertido en un ensayo, en un día de puertas abiertas para concejales de pueblo donde todos aprovechan para subirse al estrado y hacerse fotos como si vinieran de turistas en un viaje organizado.
Esta soledad produce en el observador cierta sensación de compasión, de condescendencia. Sobre todo cuando se hace acompañar del discurso del compareciente, que se abrió con la siguiente expresión: “Siempre es un honor para un jefe de Gobierno dirigirse a las Naciones Unidas”. Es la frase que queda bien en los discursos escritos, pero que produce sonrojo instantáneo cuando va acompañada de la foto en cuestión. La compasión dura poco: apenas hay que acercar el zoom y mirar hacia dentro de la cabeza de ese hombre, hacia el interior de sus tripas, que son las tripas de un país hecho jirones a base de medidas sin rumbo y palos de ciego constantes. Y entonces nos da por pensar que esa sensación de soledad no está injustificada, sino que es el resultado de una actitud de desprecio hacia su propio país. Y finalmente acabamos deseando que el compareciente no salga nunca de esa postal, que su busto insignificante siga plantado ante el atril, incluso después de que los cuatro o cinco oyentes que quedan se marchen, incluso después de que la limpiadora pase la escoba y apague las luces y toda la estampa acabe fundiéndose a negro eterno.
Daniel Ruiz García

miércoles, 3 de octubre de 2012

NIÑO, BUITRE Y FOTÓGRAFO. Mario Crespo


Pie de foto 1:
En 1994, el fotógrafo Kevin Carter fue galardonado con el Premio Pulitzer de fotografía gracias a esta instantánea. La imagen fue tomada en Sudán, durante una hambruna, y capta un instante tan tenso como terrorífico: un buitre, oliendo la muerte, se acerca a un niño famélico para devorarlo en cuanto fallezca.
Nadie sabe qué le ocurrió finalmente al niño, ni siquiera el propio Kevin Carter, quien tras tomar la instantánea abandonó el lugar. Meses más tarde, sumido en una profunda depresión provocada por la presión social, el fotógrafo se quitó la vida.
Los motivos que llevaron le llevaron al suicidio los desconocemos, ya que nadie pudo preguntárselos. Del mismo modo que nadie pudo preguntarle al niño si le inspiraba más terror el buitre que acechaba su espalda o el buitre que le hacía fotos de frente.
Pie de foto 2:
En 1994, el fotógrafo Kevin Carter fue galardonado con el Premio Pulitzer de fotografía gracias a esta instantánea. La opinión pública interpretó la foto como una alegoría: la pobreza acechada por el capitalismo y retratada con indiferencia por un fotógrafo que alcanzó el éxito sin escrúpulos.
Sin embargo, Carter siempre alegó que el niño hacía sus necesidades mientras era vigilado por el resto de la tribu y que el buitre esperaba detrás la ración de carroña que le suministraban los hombres tribales (nótese que el niño lleva en su muñeca la pulsera de la estación de comida de la ONU). Investigaciones posteriores han demostrado que el niño, Kong Nyong, falleció en el año 2008 debido a una fiebre.
La famosa foto no fue el detonante de la muerte de Carter, que se produjo debido a un cúmulo de factores, como el fallecimiento de su mejor amigo, su adicción a las drogas y el desequilibrio de su personalidad. No obstante, la influencia que la opinión pública tuvo sobre su trabajo, provocó en él una fuerte depresión que le llevó a aficionarse a los barbitúricos y a desordenar su vida.
Pie de foto 3:
Las fotografías representan un instante que la cámara capta siempre fuera de su contexto. Una fotografía es uno de los veinticuatro momentos que pasan en un segundo cuando las imágenes adquieren movimiento. Representa un porcentaje ínfimo dentro de una secuencia. Por lo tanto, no existe nada más fácil que manipular a la opinión pública por medio de una fotografía acompañada de un texto sugestivo que condicione el pensamiento. Tal vez el pie de foto 1 y el pie de foto 2 sean igual de falsos, o tal vez no. Esta oración dubitativa demuestra que las instantáneas no deben traspasar los límites de la retina. En otras palabras: a la hora de juzgar, uno ha de acudir siempre a la secuencia completa de los hechos, si es que ésta existe. De no ser así, la foto ha de entenderse como imagen única, como objeto artístico, como obra pictórica, como algo infinitamente interpretable. Si la opinión pública (ésa masa que juzgaría los hechos con firmeza y fiereza tras leer el Pie de foto 1, y con candidez y ternura tras leer el Pie de foto 2), entendiera que la duda es inherente a la instantánea, se evitarían muchos conflictos, e incluso, como demuestra esta historia, se salvarían vidas.  
MARIO CRESPO en Pie de foto

viernes, 28 de septiembre de 2012

EL HOMBRE DEL PALO. Patxi Irurzun para PIE DE FOTO

  Foto: Alvaro García

En esta foto un hombre solo con un palo puede más que toda una multitud armada con pancartas, con consignas y con grandes y nobles ideas. O eso es lo que parece. En realidad ese hombre, llamémoslo así, no está solo armado con un palo, en realidad en la espalda lleva una pistola, y más atrás, eso no se ve, tiene a otros cuantos hombres como él, armados con más palos y con más pistolas, y con botes de humo, y balas de goma, y esos hombres están respaldados por otros hombres y mujeres, llamémoslos así, y es a ellos a quien defienden y quienes les dan las órdenes, y esos hombres y mujeres tienen los escaños y las fábricas –algunas de ellas de pelotas de goma y balas- y al ejército en alerta amarilla y los periódicos y las televisiones en los que al día siguiente aparecerán felicitando al hombre del palo por su trabajo, o fumándose un puro y diciendo que todo lo que está pasando les parece fascinante, no sabemos si se refiere a, por ejemplo, la chica a la que el antidisturbios está golpeando y que al día siguiente se levantará con un latigazo púrpura en la pantorrilla (y que no figurará en el número de heridos) o en el muchacho que ha detenido unos minutos antes, metiéndole los dedos en los ojos, inmovilizándole la cabeza contra el suelo, y que ahora quizás estará cagando en un retrete sin puertas, en una celda, a la vista de todos, humillado, marcado, convertido de repente en un delincuente, un terrorista, un enemigo de su nación… 
El hombre del palo pega por ello con fuerza, con saña, se siente impune y con las espaldas bien guardadas. Pero eso no quiere decir que ese hombre no tenga miedo. El hombre del palo en realidad es un hombre aterrorizado, mucho más que esa multitud que lo mira con cierto estoicismo, llamémoslo así, sin comprender muy bien que está pasando, tal vez descubriendo que hay cosas que no son como les habían contado, por ejemplo que esos policías no están ahí para defenderles a ellos. El hombre del palo tiene mucho más miedo que ellos, por eso tiene ese palo, por eso eligió ese trabajo. Él hombre del palo es un hombre asustado que necesita aferrarse a verdades incuestionables, como las mayorías silenciosas, que necesita creer que está defendiendo a quienes se han quedado en casa, a quienes no arman alborotos, y que no es el momento de armar alborotos sino de remar todos juntos (o si no de irse a Alemania, o hacerse emprendedor), el hombre del palo cree en la democracia, en las urnas, en la Constitución (bueno, todo esto último depende, el hombre del palo cree también en su familia, en su trabajo fijo y en que haya alguien, no importa quién,  que le pague nómina cada fin de mes)… El hombre del palo cree firmemente en su porra y en el que se jodan.  
El hombre del palo, en definitiva, no es un hombre, es un animal adiestrado, y eso —y probablemente todo lo demás—, solo cambiará el día que se plante delante de toda esa multitud a la que tiene que dar leña y punto, se quite el casco y lo arroje al suelo, y arroje también su palo lejos, y se quite el uniforme y se una a todos esos a los que tiene que pegar solo porque está asustado y porque alguien quiere fumarse un puro. Quizás no sirva de nada, porque a continuación vendrá otro hombre con un palo; o quizás sí, quizás lo que necesitamos sean gestos, gestos como esos, un poco teatrales y ridículos, románticos, imágenes como las de camareros crucificados delante de los bares, o la de chavales de quince años pidiendo la placa a quienes le han golpeado, como la de hombres resguardando entre sus brazos a otros hombres golpeados e indefensos mientras gritan ¡vergüenza, vergüenza!, quizás necesitamos que sean los héroes todavía vivos quienes enciendan la llama antes de que sea demasiado tarde y lo hagan los mártires y las víctimas.

Patxi Irurzun

(Hoy he abierto un nuevo blog, en un calentón, no sé si pasará de la fase beta, pero desde hacía unos días notaba que las fotos me hablaban, me contaban historias, ¿es grave, doctor? Veremos en qué queda la cosa)