sábado, 26 de noviembre de 2016

¡VIVA NOVIEMBRE! por DOMINGO LÓPEZ



El día que amaneció con el Cabrón muerto, no hubo clases. Llegamos de mañana al colegio y todos los maestros estaban como atrincherados en la Sala de Profesores, bisbiseando y confabulados. Así que nos dejaron a todos a nuestra bola. Uno de la panda, el Canijo, sacó entonces el paquete de Bisontes, birlado en la tascucha de su viejo, y nos juntamos a fumar y toser detrás del edificio, donde languidecía un arbolito, el único vegetal de aquella escuela con ínfulas de reformatorio. Era noviembre, como ahorita mismo, y hacía un montón de frío. Como teníamos claro cuál sería nuestro destino de niños descarriados y menesterosos, juntamos unas ramitas y algunos papeles y enseguida hicimos una pequeña hoguera. Había que ir practicando para cuando nos viéramos tirados en la puta calle. Tras fantasear un rato con meterle fuego al colegio, cuando se acabaron los pitillos y la fogata se extinguía decidimos volver al patio a echar un vistazo al panorama. Al cabo de un rato, un profesor se asomó y casi prorrumpiendo en sollozos, tartajeando de emoción, anunció que éramos libres, eso dijo, y que ese día no había clases y que nos fuéramos al carajo por ahí. Entre gritos de júbilo, el conserje, temblando, acertó por fin con la llave y abrió la puerta y por ella salimos todos en estampida, soltando blasfemias y patadas, hurras y empujones. Y ya afuera, vimos cómo el Director, un tipo barbudo y larguirucho, se acercaba dando saltitos de pollo a los mástiles de las banderas, vimos cómo arriaba sin solemnidad ni hostias el trapo rojigualda y como sacaba de una bolsa otro trapo, cómo lo ataba a la cuerda y cómo izaba el nuevo estandarte y levantaba el puño como si quisiera amenazarnos o darle un mamporro a cualquiera. Y todos, como digo, vimos ondear una bandera roja, que mas bien parecía un mantel y como no entendíamos nada y además nos importaba una mierda, alguien opinó no sé qué cosa de los toros y que si nos íbamos a la playa a gandulear o al colegio de monjas, a subirnos a la tapia y vacilar a las niñas y por el camino nos encontramos con el viejo loco del Guindi, con una botella en la mano, borracho como una cuba y cantando estiró la pata el Cabrón, olé, olé, estiró la pata el Cabrón… Y decidimos irnos detrás de él a festejarlo, porque aquella muerte de aquel cabrón pintaba bien, tenía que ser buena, muy buena cosa para, por lo menos, nuestro dudoso futuro y para nuestro deprimente barrio.

Domingo López, del libro inédito Todas las cosas que no hiciste antes de decir chau.