martes, 8 de septiembre de 2015

NO BUSCAR EL CENTRO por Luis Miguel Rabanal.




Siempre estaba pálido y sentía mucho frío
al caminar deprisa buscando en su memoria,
ese rincón de múltiples papeles que abrasan
un día y al otro te cortan sin rubor las manos.
Si contemplaba sus labios en el espejo del armario
se oía decir frases sin sentido, y arrancaba
su cabello de golpe si era descubierto, tal vez
por el camarada inconcebible, su doble especial,
el que conocía preferentemente la cara de su enigma,
el absorto extranjero que estimaba sus ropas
decrépitas y su felicidad hecha añicos.
Aún hoy conserva de antaño la muda luna
y en ocasiones la convoca porque quiere
saber quién fue, en qué mundo enrevesado
no se bastó a sí mismo, y cómo terminó todo,
igual que en un mal aturdimiento se sueña
con alguien que no puede discrepar sin rabia.
No importa la vida, le decía, conserva
tus indolentes señales y borra de la mirada
el daño que te hicieron, no importa la vida
y sí su sonrojo que es dócil y casi te turba.
En tanto la nieve, o era su predestinación,
un año más, cubriría las calles de mujeres
abrigadas y hermosas, y de niños ruidosos.
Aquel tiempo instruía a tu corazón del peligro
y ya no estabas allí para contarlo.


Luis Miguel Rabanal