sábado, 22 de agosto de 2015

LITERATURA YONQUI (2) por Pablo Cerezal.




Arthur Rimbaud (1854-1891), el enfant terrible por antonomasia, el joven anarquista de la palabra y la vida sin cuya existencia la poesía estaría claramente a la baja, o seguiríamos declamando cosas del tipo “Brilla el sol de septiembre radiante / reflejando la gloria inmortal / del gran pueblo que firme y constante / fue el primero en la lucha marcial”. Sí, lo sé, estos “versos” forman parte del Himno de Cochamba, pero es que hay algunos que lo consideran poesía… espero que nadie se ofenda por este exabrupto Al caso: si Baudelaire inauguró el malditismo literario, Rimbaud, sencillamente, inauguró la poesía moderna. 

Rimbaud, efebo maligno, delicuescente magnificador del exceso, a pesar de amar la poesía de Baudelaire, le llevaba la contraria enalteciendo la alteración de las condiciones naturales de la vida humana por todo medio a su disposición. Así fue que desordenó sus años adolescentes, aquellos en que se dedicó a la escritura, con todo tipo de sustancias intoxicantes, del láudano al hachís, pasando por la absenta, obsesionado con agudizar hasta el extremo todos los sentidos. “Caer en el abismo, cielo, infierno, ¿qué importa? / al fondo de lo ignoto para encontrar lo nuevo”. ¿No es acaso este deseo común a todo el que escribe, e incluso a todo el que aspira a abandonar la vida asegurando haberla vivido? Y, por si acaso el deslumbrante torrente verbal y sensorial de sus Iluminaciones y su Temporada en el Infierno lo dejaban poco claro, el poeta insistió, en sus Cartas del Vidente, al exclamar: “Yo es otro”. Eso, amigos, y nada más, es o puede ser la Poesía. Allá quien no lo comprenda.

Hay historiadores y biógrafos que afirman que un jovencísimo Rimbaud fue violado por un pelotón de soldados durante su primera escapada a la capital francesa. Aquel suceso coincidió, en el tiempo, con la Comuna de París. Un bisoño Rimbaud había entregado sus ansias juveniles de libertad a la causa ciudadana, y quiso ser testigo de primera fila. Cantó a las mareas de la libertad y la organización obrera, pero fue domeñado por los rigores de la realidad más salvaje. No son pocos los que afirman que la citada violación hizo despertar en él la necesidad de desarreglar en la mente lo que en el cuerpo ya había quedado, para siempre, violentado. Puede ser. Algunos creemos que allí comprendió que toda revolución es equívoca si son otros quienes la dirigen, y decidió comandar la suya propia. Una revolución de excesos contra toda norma y normal discurrir de la vida. Fue en aquellos tiempos, se cree, que probó por vez primera la absenta, elixir que le acompañaría durante buena parte de su etapa creativa. Difícil cuestión la de considerar tan famoso néctar como droga, o simplemente bebida alcohólica. La realidad es que parte de ambas encontramos en el mítico licor verde, y que su conjunción era lo que llevó a Rimbaud, entre otros muchos, a desposarla en las lunas de hiel de la creatividad. La bebida es un compendio de esencias naturales que puede alcanzar los 80º, y entre los cuales se encuentra el ajenjo, con su elevada concentración de tujona, psicoactivo causante de alucinaciones desmesuradas. Exquisita y peligrosa mixtura, por tanto.

Rimbaud puso punto final a la más influyente obra poética de la historia conocida a la edad de 20 años. Por aquel entonces ya había experimentado en su cuerpo los efectos de toda droga disponible en la época, todo ello con el ánimo, como digo, no ya de escribir sino de vivir al extremo. Objetivo logrado.

En ambos casos, encontramos que la utilización de sustancias psicoactivas potencia la sensibilidad de los autores, llevándoles a liberar la pluma de los estrictos corsés de la realidad impuesta y el academicismo. Como decíamos al principio: ambos logran salir de la realidad que les impone la sociedad para poder recrear esa otra realidad en que habitamos todos: la verdadera, la que no confesamos al prójimo, la que sufrimos y gozamos.

Baudelaire, consumido por el spleen (que es como un fado desafinado en francés) y la ausencia de horizonte más allá de dejar feroz constancia de los abismos de la mente a los que decide lanzarse el cuerpo, sufría por la debilidad moral del verse enganchado a las sustancias enervantes. Rimbaud, derrotado por la burda pantomima de la realidad, sufría por no poder forzarla de continuo hasta los límites de lo conocido. Ambos catalogaron las posiciones morales que, ante el uso de estupefacientes, toman hoy quienes conforman, junto a nosotros, esto que hemos dado en llamar sociedad. Ambos desequilibraron las normas que imponían corsé a la literatura con la intención de hacerla irrespirable.

Y, por jugar a las casualidades (o causalidades, quién sabe), dejaremos constancia de que el año en que nacía Baudelaire publicaba el británico Thomas De Quincey sus celebérrimas Confesiones de un inglés comedor de opio. En sus páginas, un autor desquiciado por la adicción a dicha sustancia dejaba manifiesta prueba de sus intenciones de abandonar el hábito de consumo. Lo hacía subvirtiendo los procesos mentales lógicos, haciendo gala de su inusitada inteligencia, y desquiciando a los garantes de las buenas costumbres burguesas de la época. ¡Salud!

Siguiendo con mi personal periplo por los viajes psicoactivos de literatos famosos, pasaríamos de estos dos fenómenos, saltando casi un siglo de Historia, para llegar a la egregia locura de Antonin Artaud. Pero sería de mal gusto ignorar, en el ínterin, la adicción a la cocaína de Robert Louis Stevenson (1850-1894), que daría obras tan jugosas y dignas de estudio como El extraño caso del Doctor Jeckyll y Mr. Hyde, paradigma de la esquizofrenia del hombre moderno, o el infierno de adormidera en que vivió hasta su muerte

Jean Cocteau (1889-1963), cuyo intento de desintoxicación narró memorablemente en Opio. No logró desengancharse. A Stevenson se le recuerda, mayormente, por La isla del tesoro, que encendió no pocas imaginaciones niñas y nos llevó a más de uno a considerar la literatura como el más enriquecedor de los viajes. No me cansaré de recomendar la lectura de tal obra con las dioptrías de la edad… que no era tan juvenil como se nos quiso hacer creer. Cocteau, ese otro joven prodigio de las letras y otras disciplinas artísticas, prefirió lanzar a sus Niños terribles al viaje que todo joven desea emprender: aquel que transita los límites de la realidad para florecerlos de fantasía. Esta lectura nunca nos la impuso la escolaridad como recomendada para la tierna adolescencia. Pero, de nuevo, hay que volver a ella cuantas veces sea posible.


Antonin Artaud (1896-1948), decía, el enajenado por excelencia de la literatura, el terrorista del clasicismo y la estrechez de miras, el padre de todo lo que puede considerarse Teatro Moderno, gracias a los dictados teóricos de su inevitable Teatro de la Crueldad, ese que “apuesta por el impacto violento en el espectador”. Ignoro si influyeron más, en el polifacético autor marsellés, el largo historial de electroshocks sufridos a lo largo de su recorrido por psiquiátricos varios con el objetivo de “curarle”, o la larga lista de sustancias intoxicantes que consumió con la avidez de un naúfrago sediento, parece ser que con la misma intención: curar sus desequilibrios mentales. Lo que es evidente es que su navegación tóxica le hizo siempre estar más cerca de los sueños que de la realidad, anticipando así los surrealismos y demás ismos. “Hay que darle a las palabras sólo la importancia que puedan tener en los sueños”, aseguraba, no sin razón.

De entre todas estas sustancias a que aludimos refulge, cual perla mirifica, el peyote, que el literato aprendió a consumir en México, en compañía de los indios tarahumaras. Por primera vez, la historia de la literatura, abre sus puertas a los enteógenos: drogas que provocan estados alterados de conciencia y que, si hacemos caso a su origen etimológico, logran que Dios habite dentro del consumidor. Estados de realidad alterada, más que intensificada. Artaud escribe Un viaje al país de los Tarahumaras que se constituye, prácticamente, en un tratado antropológico que abre la vía de escape de la sociedad mercantilizada occidental a distintas formas de pensamiento y vida más enraizadas a la tierra y lo natural, lo indígena, y todos esos términos que tanto daño han acabado haciendo, lamentablemente, a la literatura con sus hijos subnormales: los best-sellers y los libros de autoayuda, y también en otros campos, como Pachamama, new age, tattoos, y en ese plan. En compañía de los citados indios tarahumaras mexicanos este artista total aprendió los arcanos del peyote, un cacto cuya potente concentración de mescalina hace que sea utilizado por distintas tribus indígenas como puerta de entrada al mundo interior. El peyote, para dichos nativos, es planta sagrada que conecta al humano con la propia divinidad que le habita el ánima, y logra con sus intensos efectos psicoactivos acceder a un estado de conciencia superior en que alcanza (dicen) la comprensión de la existencia.

Artaud defendió que sus desarreglos mentales eran los fogonazos de lucidez que, de poseerlos el común de los mortales, iluminarían la mente humana para hacerla más amplia. En su memorable ensayo Van Gogh, el suicidado de la sociedad, tomó como patrón la genialidad del pintor holandés para confeccionarse el traje de gala que mejor le sentaba a sus dolencias anímicas. Así, se presentaba en sociedad como víctima de la misma y sus métodos de control, que alienan con la intención de eliminar todo rasgo creativo. Él, como Van Gogh, se declara mártir de los modernos métodos psiquiátricos, y por ello se refugia en el surrealismo, erigiéndose en figura capital de dicho movimiento artístico y afirmando, con ellos, que “sólo la imaginación es el mundo real”.

La adicción a las drogas, para Artaud, fue un verdadero suplicio. Por el contrario, para la Literatura, su sufrimiento fue una bendición. A su impuesta huida de la realidad debemos páginas memorables.


Pablo Cerezal