martes, 25 de agosto de 2015

LITERATURA YONQUI (3) por Pablo Cerezal.



Como Jean Cocteau, también Artaud se dedicó al cine. De ahí la brutalidad estética y onírica de la poesía de ambos, tan visual, tan cinematográfica. Es evidente que el consumo de drogas diversas logró, en ambos, que sus alucinadas visiones pasaran a formar parte de una manera de entender la creación artística que ya no nos abandonaría.

Si bien aún no está demostrada la veracidad de sus textos, y estos pertenecen a una época posterior, sería de mal gusto, habiendo hablado ya del peyote, no recordar a Carlos Castaneda (1925-1998), escritor estadounidense de origen peruano. En sus obras desmenuza para el lector y el curioso occidental los ritos chamánicos de apropiación de la conciencia que utilizaban los indios yaquis, originarios, también, de México. Las enseñanzas de Don Juan se convirtieron en libro de cabecera de toda una generación de jóvenes occidentales preocupados por traer a este mundo material las bondades de lo espiritual. No son pocos quienes aseguran que la obra de Castaneda es pura ficción, a pesar de que él afirme que es la transcripción exacta de las enseñanzas que el propio autor recibió del chamán llamado Don Juan, tras compartir ritos ancestrales que acompañan al consumo de peyote.

Una obra que, en esta línea, asegura al lector un conocimiento más científico y menos onírico es la memorable El río, en la que el antropólogo Wade Davis (1953) reconstruye las vivencias del etnobotánico Richard Evans Schultes (1915-2001) que, estudiando los orígenes, composiciones químicas y aplicaciones a dolencias de todo género de las numerosas drogas que florecen en los vegetales amazónicos, abrió las puertas al conocimiento de los curativos naturales. Lamentablemente, también abrió las puertas a los grandes mercaderes de la farmacopea moderna, CIA y FBI por medio. Lean esta obra, no tiene desperdicio.

También, en este plano más científico, podríamos ubicar las obras del literato francés Henri Michaux (1899-1984), dedicadas a los efectos de la ingesta de opio. Michaux, vagabundo infatigable cuyas obras sobre el periplo de quien decide exiliarse entre extranjeros que no lo son tanto son difícilmente olvidables para quien haya decidido viajar en su compañía. Él tuvo la suficiente fuerza de voluntad para narrar los viajes interiores que proporcionan las drogas, conduciendo con pericia el desequilibrio que proporciona su consumo, sobre la cuerda floja de la cordura, sin tropezar en el intento.El infinito turbulento… densa poesía del desarreglo de los sentidos, congregada ya en el propio título. ¡Chapeau!

Y, por abundar en el tema, obligada la lectura de Las puertas de la percepción, de Aldous Huxley (1894-1963). Tal vez la percepción que le proporcionaron, al citado autor, el consumo de psicofármacos, aparte de regalar nombre al grupo de músicos comandados por Jim Morrison, propiciaran la lucidez con que auguró el futuro que ya vivimos en Un mundo feliz.


Pablo Cerezal