jueves, 27 de agosto de 2015

LITERATURA YONQUI (4) por Pablo Cerezal.



Pero abandonemos el viejo continente para descubrir, cual tullido Colón de biblioteca, el nuevo mundo literario que germinaba al otro lado del Atlántico, donde esta fase, digamos espiritual, del matrimonio entre drogas y letras se hace terrenal en los callejeros urbanos de la modernidad.

Así, recién inaugurados los años 50 del pasado siglo, aparecerían en escena, desmantelando convenciones lingüísticas y sociales, los jinetes del Apocalipsis literario. Hablo, es evidente, de los beatniks. Y, entre ellos, siguiendo con mi personal preferencia, las voces inmaculadamente sucias de Allen Ginsberg, Jack Kerouac, William S. Burroughs y Neal Cassady. Aquí, la franja de lo psicoactivo se amplía hasta límites insostenibles: mescalina, bencedrina, morfina, ácido lisérgico, cocaína, marihuana, heroína…

Pero, vayamos por partes.

William S. Burroughs (1914-1997), homosexual y yonqui ávido y confeso, convierte su periplo vital y literario en mitología moderna. Cualquiera de las normas no escritas por las que se regía la puritana sociedad estadounidense de la época fue destrozada a dentelladas por el autor. El joven heroinómano se transformó, con el tiempo, en reverendo de las vanguardias del exceso y la palabra. Por el camino, sin importarle nunca la opinión ajena, deja un desastroso rastro de atropellos vitales y lingüísticos que pasarían a la historia de esa cultura que hemos dado en llamar underground.

El escritor estadounidense se estrena en el mundo editorial con Yonqui, un descarnado descenso a los infiernos de la heroína narrado en primera persona y desde el conocimiento más absoluto de lo que dicha droga proporciona y, sobre todo, de lo que arrebata. Más tarde llegaría el uso de otros opiáceos y la visionaria utilización del lenguaje que estos imprimen a sus textos. Textos de difícil asimilación: sincopados, carentes de argumento, pero plagados de violentas imágenes de desarraigo difícilmente olvidables para el lector que se interne en su bizarra jungla. Burroughs lo tenía claro: “El lenguaje es un virus”. Y como tal lo propaga en sus obras, cuya lectura es lo más cercano a un viaje de ácido que pueda experimentar cualquier lector atento.

Pero los ácidos no fueron principal protagonista del banquete toxicómano a que se entregó el citado autor. Burroughs anteponía, a todo y a todos, la heroína, vía intravenosa y jeringa compartida, inaugurando toda una épica del yonqui que aún desordena con su deprimente estampa algunas de las calles de nuestras ciudades. La heroína, esa puta consentida, ensució de flujos desorbitados las sábanas entre las que el escritor yanqui acomodaba sus noches. También sus días… que la heroína no sabe de horarios. Heroína, la dama blanca que muchos consideran madame de prostíbulo barato, la reina de las adicciones. Hija bastarda de la morfina, esta droga semisintética ha causado estragos en hogares de medio mundo, y aún lo sigue haciendo. Pocas sustancias se conocen con mayor capacidad adictiva que esta droga a la que el escritor norteamericano tomó por esposa a muy temprana edad. La ruptura, como en cualquier relación de amor verdadero, fue traumática. Pero ambos quedaron incólumes, como tras la ruptura entre cualesquiera amantes que se hubiesen profesado amor verdadero.

La obra de Burroughs, a pesar de las apariencias (que nunca son sinceras), se constituye como una clara denuncia de las drogas duras. Denuncia la utilización que de ellas hicieron las autoridades para aniquilar a toda una generación. Así lo deja por escrito: “El comerciante de droga no vende su producto al consumidor, vende el consumidor a su producto. No mejora ni simplifica su mercancía. Degrada y simplifica al cliente”. El almuerzo desnudo se inicia (o finaliza, ya no recuerdo) con un metódico glosario de drogas y sus efectos, como acompañamiento al insólito desvarío textual, sexual y sensorial de unas páginas que pasaron a la historia como la más desquiciada genialidad escrita hasta la fecha. Una genialidad que expone metafóricamente los métodos de control utilizados por las fuerzas del orden establecido para desbaratar los sueños de progreso y cambio de la juventud: las drogas duras de las que, apenas rozando la venerable ancianidad, pudo llegar a desengancharse el autor. Durante su redacción, las dosis de morfina que se inyecta Burroughs son decididamente desmedidas y, por si fuera poco, las adereza con ingentes cantidades de mayún, un contundente pastel de hachís especialidad de las tierras marroquíes que por aquel entonces habitaba. De ahí surge un libro que a día de hoy, lo aseguro, ningún editor en su sano juicio osaría publicar. Literatura, lo llamaban, con gran acierto.

Burroughs, a pesar de convertirse en máximo exponente de la modernidad y el ultraje, llegando incluso a influir en la creatividad musical de lo que hoy consideramos rock’n’roll (de sus páginas extrajeron Led Zeppelin su etiqueta heavy metal, por ejemplo), evitó dejar un cadáver bonito, y prefirió regalar a la posteridad uno decrépito… pero con las neuronas intactas. El viejo reverendo tal vez sea el ejemplo inequívoco de que las drogas, cuando se es consciente de su poderío destructor, pueden ser domesticadas.


Allen Ginsberg (1926-1997), homosexual y psiconauta confeso, hace de la vida de sus coetáneos material literario con que desollar la métrica monocorde de la poesía de la época. Al igual que su compañero de correrías, Burroughs, el poeta denuncia la utilización de las drogas como veneno corruptor de las mentes y cuerpos de toda una generación: la más brillante, aseguraba, que había parido el pensamiento estadounidense. Un pensamiento, el de aquellos jóvenes, en eterna confrontación con el militarismo gubernamental.

“He visto las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, histéricos famélicos muertos de hambre arrastrándose por las calles, negros al amanecer buscando una dosis furiosa…”. Aullido, épico poema fundacional de la lírica que, desde el consumo de estupefacientes, pretende denunciar sus efectos. Así que largo poema de denuncia, al fin. Ginsberg desenmascaraba desde la comprensión. Empatía lo llaman hoy, aplicado a las relaciones mercantiles que nos subyugan e hipotecan… y no andan tan descaminados. Mercantiles eran las intenciones de quienes suministraban drogas duras a los integrantes de las capas sociales más bajas. Eso, al menos, es lo que comprende y pretende explicar, vía su poética del caos, este alucinado hermano mayor de la poesía beat.

Fue Ginsberg quien arrastró hasta Marruecos a sus compañeros de correrías para iniciarles en las ceremonias del hachís y el mayún. Él mismo se arrastró más allá, al menos sensorialmente, hasta la India y Nepal. Quedó sensiblemente afectado por el contacto con dichas culturas. En sus viajes físicos y psíquicos hizo acopio de misticismo y de sustancias que lo potenciasen. Su uso de las drogas, más que recreativo o inspirador, afianzaba sus pilares sobre ese terreno tan pantanoso que es la búsqueda espiritual. Esperaba hallar, en las drogas, el yo amedrentado por el marasmo de una sociedad acorralada por el mercantilismo y la individualidad violenta, y encontraba en ellas potencia suficiente para seguir defendiendo una vida contraria a la política que obligaba a muchos de sus conciudadanos, por aquellas épocas, a entregar la vida por causas ajenas y enajenantes.

El hachís, en el caso de Ginsberg (igual en el de Burroughs), fue la más benévola de las drogas. Hachís marroquí, polen, a ser posible, el elixir de los dioses, la droga amable que se merienda neuronas (falso, aunque lo aseguren sus detractores) para mejor amargar, a los comensales, la distópica cena de la sociedad contemporánea. El hachís agranda los vericuetos sensoriales, desmadeja los relojes, y remienda los dolores sin desorientar por ello a sus consumidores en la noche de la idiocia. Clarividencia, dijeron los beats, que ya existe en todo ser humano antes de que las normas sociales se empeñen en empañarla.

Ginsberg fue un gran consumidor de hachís. También de otras drogas más complejas. Dignas de estudio son Las cartas de la ayahuasca, un compendio de correspondencias cruzadas con Burroughs alrededor del uso y efectos de dicho cóctel de plantas enteógenas. Ayahuasca, la droga mítica, cuyo nombre proviene del quechua y significa algo así como “soga de muerto”. Sus ancestrales inventores creían que era la maroma que permitía al espíritu abandonar el cuerpo sin que este perdiese, definitivamente, la vida. Casi nada.

Por más que denostase públicamente los nocivos efectos de las toxicomanías, algo de ello debió influir en el perfil pseudofilosófico con el que talló su perfil cromañón el gran Allen Ginsberg. Su sonrisa de sátiro iluminado forma parte de la literatura, como sus cristalinos y sonrientes versos. Esa sonrisa de fauno lascivo es la que incita a más de uno a pensar que abusó de las drogas más por incitar al delirio a sus jóvenes amantes que por desenredar el verso de lo cotidiano.


Pablo Cerezal