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miércoles, 28 de marzo de 2012

POR QUÉ DIOS NUNCA REZA

 
 
Lunes 4 de agosto de 2008

"Era un día como los demás: lento, feroz y hambriento de víctimas humanas", he leído hoy, en un libro de Albert Cossery. Me gusta ese autor. Me gusta un escritor que sabe escribir frases que resuenan como disparos y en las que la pólvora deja en el aire un olor que recuerda hacia qué lugar apunta, a quiénes defiende, quién debe inquietarse y quién colocarse en su bando. Hace unas semanas, sin embargo,  ni siquiera sabía que Albert Cossery existía, en realidad ya no existe, lo conocí precisamente al leer su necrológica en un periódico. "El príncipe de la pereza", lo llamaban. Y contaban que había vivido 50 años en la habitación de un modesto  hotel de París, sin apenas salir de él, y que en sus libros retrataba a los mendigos, los locos, las prostitutas,  de su Egipto natal.
Yo me pregunté cómo era posible que descubriera a un autor como él, del que me interesaba su universo -y ahora que lo leo, también cómo escribe-   tan tarde, y casi de casualidad, mientras puedo repetir, sin haber hecho ningún esfuerzo por aprenderlos, los nombres de los jugadores reservas de Osasuna.
He leído esa frase de Cossery en su  libro de cuentos "Los hombres olvidados de Dios", en el hospital, mientras esperaba a que a mi hermano le hicieran unas placas de la tibia y le atendieran después en la consulta. Tengo que leer de ese modo, casi a hurtadillas, aprovechando los huecos, los tiempos muertos  que me dejan los días de torbellino. A veces me parece que hay una fuerza invisible y misteriosa que intenta apropiarse de nuestro tiempo libre, rellenarlo con una sustancia gris y viscosa, que evite que pensemos en otras cosas distintas a "qué tengo que comprar, qué echan hoy en la tele, a quién ha fichado Osasuna".
En el hospital mi hermano y yo hemos estado casi dos horas esperando, la primera de ellas de pie. Nadie le ha cedido el sitio porque estamos en traumatología, y las personas que están sentadas también tenían piernas y brazos escayoladas. 
Hace unos días, en San Fermín, esa era la mejor sanidad del mundo, podía atender a todos los heridos del encierro sin ninguna dificultad, trasladarlos en un tiempo récord desde la Plaza hasta este hospital, dar partes de heridos a todos los medios de comunicación en los que todo estaba bajo control. Si hoy Albert Cossery hubiera estado en la sala de espera podría haber recogido todo ese aire infernal que se respiraba -hacía calor y la gente estaba malhumorada- convertirlo lentamente primero en palabras, moldearlas con la precisión de un soplador de vidrio y después lanzarlas al aire,  dejando en el aire una estela brillante, justo antes de que esos objetos hermosos se estrellaran, haciéndose añicos contra la cabeza de alguien, algún consejero de salud,  la alcaldesa, no sé muy bien quién, la responsabilidad en estos casos también es una sustancia gris y viscosa, indefinida.
Finalmente han atendido a mi hermano. Dicen que  le harán una bota ortopédica para que pueda caminar y que tiene dos opciones. Si la solicita en una ortopedia le cobrarán 150 o 200 euros; si no quiere pagar tienen que ingresarle para que sea el hospital quien la solicite y los gastos corran a cargo de la seguridad social. A Kafka creo que también le habría gustado estar en la sala de espera de ese hospital.
De regreso a casa, hemos visto desde el coche, a un hombre tirado en una acera, en una calle  lejos del centro, por la que apenas transitaban peatones. Parecía borracho, pero también podría estar muerto, y el sol caía sobre su cabeza con rayos afilados como una guillotina, mientras los coches y los peatones pasaban junto a él, sin detenerse. 
Nosotros tampoco lo hemos hecho, pero hemos llamado al 112. Durante los últimos días las noticias han hablado de varios bebés olvidados en coches y ancianos muertos por golpes de calor. Y el termómetro del coche marcaba 35 grados. Tal vez aquel era uno de esos hombres olvidados de dios de los que habla Albert Cossery,  y dios no iba a mover un solo dedo por él, dios  nunca  se arrepiente de sus errores, ni asume sus responsabilidades, dios es también la sustancia gris y viscosa, indefinida, el vacío... Dios nunca reza por nosotros, no tiene a quién hacerlo. Pero nosotros podemos todavía ayudarnos, debemos hacerlo, porque, como escribe Cossery:  "Nadie puede decir qué tipo de horrores están a punto de nacer ni precisar los nuevos desastres que amenazan la vida de los hombres".

De'Dios nunca reza' (Patxi Irurzun). Alberdania 2011 

domingo, 22 de enero de 2012

SALTAR, CAER, LEVANTARSE. Daniel Ruiz García


Escribir no es ningún deporte de riesgo. No nos hace ningún bien, o al menos no nos hace más bien que mal. Aunque mucha gente así lo crea, los que escribimos no somos personas más inteligentes que los que no lo hacen. Estamos en la media de la torpeza y la idiotez, con el plus, casi siempre, de una proporción de vanidad más que considerable. Escribir es una acción, un verbo, un estar, pero ese estar no suele ser nada agradable. Sobre todo cuando lo que escribes apenas se compra y se lee, comparado con, pongamos, cualquier bestseller que se distribuye en las tiendas de los aeropuertos o en los Carrefour. Porque -y este es otro malentendido bastante extendido entre los ágrafos- los escritores suelen ser gente más bien pobre, o en todo caso, si tienen liquidez, no la han obtenido precisamente de la literatura. Muchos de los que publican libros apenas llegan a fin de mes. Hay muchas formas mejores de hacerse rico. Y probablemente, con bastante menos esfuerzo. Porque escribir es algo muy desagradecido: visto desde una perspectiva material, resulta absolutamente miserable la correspondencia entre el esfuerzo que supone escribir una novela y los rendimientos económicos que ello reporta. Aun así, muy pocos de los que empiezan a fumar de este tabaco son capaces de dejarlo, de manera que acaban sometidos de por vida a esta suerte de sacerdocio de pobres, consagrados a una vida de arrastre detrás de palabras y letras que acabarán llevándolos a la muerte como un inevitable cáncer de pulmón.

Dios nunca reza es un libro de memorias pero también es una novela biográfica sobre las miserias, servidumbres, renuncias y pequeñas alegrías de un escritor tocado por ese infortunado vicio. Un escritor joven que no obstante lleva años predicando en los desiertos de la literatura y recibiendo a cambio escasos beneficios y parcas satisfacciones. Es un diario íntimo que conmueve desde el primero hasta el último capítulo, porque exuda sinceridad. Una sinceridad, casi siempre, muy dolorosa. Porque Irurzun es consciente de que, por más desagradecido que resulte ese vicio, por más que le haga toser y le supure bilis, no podrá renunciar a él hasta la muerte.

No se piense, por el tono de mis palabras, que estamos ante una obra de tintes románticos, grandilocuente, apasionada. La miseria está ahí, pero Irurzun la aborda con naturalidad. Con la misma naturalidad con que uno asume, por ejemplo, una enfermedad de diabetes que deberá acompañarlo de por vida. El registro del dietario le permite a Irurzun realizar una contabilidad exhaustiva de sus desvelos cotidianos como escritor, pero también como padre y “prepadre”, como esposo, como amigo… En realidad, la obra puede leerse como una novela intimista sobre una mudanza, la mudanza de un escritor hacia otra casa junto a su mujer y su hijo, pero también la mudanza interior de un escritor que no quiere renunciar a serlo por encima de las miserias laborales y los trabajos castrantes y embrutecedores.

Me he sentido muy cercano a los desvelos de Irurzun en esta novela. Su estilo es llano, limpio, sencillo, con momentos de gran explosión lírica, y de forma muy especial en el último tramo. Es, así lo pienso, un libro muy hermoso, que arañará especialmente a todos aquellos que, como quien esto suscribe, sobrelleva como puede este insano vicio de la escritura, encallado a fuerza de golpes, acostumbrado a un programa creativo precariamente construido a base de verbos: saltar, caer, levantarse.

http://www.criticoestado.blogspot.com/2012/01/saltar-caer-levantarse.html

lunes, 2 de enero de 2012

El diario de un escritor, por CLAUDIO FERRUFINO-COQUEUGNIOT


Claudio Ferrufino-Coqueugniot ha rebido en 2011 el Premio nacional de literatura boliviano por su obra "Diario secreto". En 2009 ganó el Premio Casa de las Américas con ''El exilio voluntario''. Este artículo ha sido publicado en el suplemento Ideas de Página Siete (La Paz, Bolivia)

EL DIARIO DE UN ESCRITOR (PATXI IRURZUN)

Conducía a las tres de la mañana por la avenida Santa Fe, que une las ciudades de Littleton, Englewood, Denver. La ruta va paralela a las vías del tren. Uno infinito, cien vagones de carbón quizá, machacaba la noche, chis chas, chis chas; algún coyote se miraba en las orillas, cabeza gacha, oliendo el rastro de conejos que de tantos son por acá plaga. Al frente una lucecilla, el ojo del monstruo, y un hombre solitario. Pesarosos los trenes de la oscuridad, sin la alegría refulgente como se presentan de día. Este era epítome de soledad: un hombre que se iba de casa, quién sabe por cuánto, llevando multitud de carros metálicos, llenos al tope de polvo y roca, cada uno con una cima que los hacía parecer, en colectivo, una minúscula cordillera en movimiento.

En esa parte no hay vida otra que la salvaje. De a ratos un foco anuncia un rancho. Las pequeñas calles urbanas que se desgajan de Santa Fe poseen rostro sórdido. No hay hileras de faroles que las describan. La individualidad feroz de Norteamérica ha creado estos barrios oscuros, donde, y peor con la nieve sucia de barro y frío, abunda el desasosiego y se ahogan sollozos de angustia y miseria. A muy corta distancia nos miramos con el ferroviario. ¿Qué hacen dos personas a esa hora en la pradera de nadie? Trabajan. Le toco bocina que dudo escuche, pero hago señal de saludo con mis luces, y contesta con bramido de cachorro viejo. Luego lo traga la sombra y yo me escurro por debajo del entramado de avenidas que cuelgan del cielo.

Me pongo a pensar en un libro precioso, y triste, que comencé a leer en los aviones, Dios nunca reza, de Patxi Irurzun. No quiero describir los méritos ni el currículo de este escritor diez años menor que yo. La riqueza de las comunicaciones puede desnudarlo ante cualquiera que se interese; desgajarlo, levantarlo, hundirlo. Por qué ahora, dónde la relación del dietario vasco, navarro, español, europeo con mi derredor. En lo poco que veo de lontananza no hay tascas, ni voces que supondrían España. La vida cuesta aquí, durísima. Lo hace en todas partes. Silencio.

Alberdania publicó Dios nunca reza no hace mucho, en septiembre del 2011 (Irun). Su editor me envió el libro de Patxi porque se lo pedí. De él había leído cuentos de gran calidad, y las primeras páginas de su diario, que empieza un martes 17 de junio de 2008, seguían por ahí. Avancé hasta un instante en que me pareció leer algo que yo podría haber escrito, sensaciones, recuerdos, frustraciones, sueños. Será, me dije, que nosotros escritores, escribidores, escribas y amanuenses formamos un corro de quejumbrosos desposeídos, un sindicato apócrifo de fracasados y cobardes. Disquisiciones nacidas del recuerdo, de los años de trabajos insulsos y arteros, de los lustros sin escribir porque había que traer el pan a casa, jugar con los hijos, aguardar por los próximos, contemplar, desear y amar a la mujer que acompaña, sin nunca saber si devendrá eterna, o si otra vez, como sucede a menudo, estaremos como ese tren que se hundió en Englewood sin pena ni gloria, añadido numérico al voraz mundo insomne y terrorífico.

Irurzun camina por esa ansia del creador que ve que su obra se va por la canaleta sin poder hacer nada. Lucha, claro que lo hace, roba unas horas cuando los demás duermen. Contempla su casa, la que habita, la que pierde, la nueva, porque su narración es la historia de un traslado, tal vez incluso metafórico, que viene junto al próximo nacimiento de una hija, June, que significa la esperanza, mientras Urko, el niño suyo que un poco es él y mucho no, implica solidez y Malen, esposa y misterio, ánfora de preguntas sin respuesta o viceversa.

Difícil situación. Hay que arañar para alcanzar la renta, llevar el chico a mamá para cuidarlo, lidiar con el paro impuesto por esta falacia del Primer Mundo, ni siquiera eso en el Tercero. Encima el embarazo, el pie doblado de la niña en las visiones del médico, otra metáfora tal vez de que a pesar de andar en principio chueco, ha de llegar el tiempo en que lo hagamos derecho. Todo tiene arreglo. Hasta dejar la casa antigua, que guarda tanto, desde un olor a fritura hasta un gemido de amor y el llanto nuevo de los nuevos. No aferrarse, saber perder para ganarlo. Una casa se construye otra vez, una y mil veces, apenas se van ajustando los cacharros en los rincones. Libro de soliloquios, de límites donde a ratos asoma el fracaso, pero allí está el artista, puliendo líneas de un cuento, digiriendo el posible éxito de ganar un premio, bien elucubrando acerca de sus apéndices, sus vástagos, festejando el sexo de antes y el por venir con la mujer que ama. Páginas que de la penuria de lo cotidiano se entrelazan para formar eternidades.

Se piensa que los escritores somos seres extraterrenos, que nuestra sensibilidad, y lo que es peor, nuestra inteligencia, sobrepasan aquellas de los pobres mortales. La lástima es que existen autores que se lo creen y viven como tales la orgiástica dicha de los dioses falsos. Patxi no recrea de su vida personal genialidades ni encuentros de tercer tipo. Su literatura está presente, respira, habla de ella, la madura, la asimila para el momento en que pueda plasmarla. No es ajena a su brega diaria, a aguantar cabronadas de jefes en empleos inmundos, a preocuparse por las bombillas eléctricas, cerraduras, faros y vetustez del coche. Se pensaría qué pena que este hombre va perdiendo sus años en burradas semejantes, sin ser cierto. Contar los avatares domésticos de una existencia jodida por las circunstancias puede convertirse también en literatura.

Las palabras nos habitan, en cualquier lado. Quién sabe si el conductor del tren, al observarme, no pensó en escribir una historia sobre el tipo que manejaba el coche blanco junto a su máquina. Lo vi devorado por la oscuridad. Así me vería él. E inventamos el resto.

28/12/11


Le coq en fer (blog del autor)

viernes, 23 de diciembre de 2011

FOREVER YOUNG

 


Aquí dejo, como aguinaldo (y también, como anzuelo, todo hay que decirlo, por si alguien todavía no se ha decidido a comprar "el libro de estas navidades" unas páginas de "Dios nunca reza"). Se las dedico, como en los programas de esos de antes de la radio,  a Jorge Nagore.


 
Sábado 6 de septiembre de 2008
 
Me ha pillado desprevenido, mientras conducía,   ha encontrado el hueco a través de la armadura,  ha pinchado en blando, y he comenzado a llorar como un tonto. Forever young, de Bob Dylan, en la radio. Ni siquiera sé qué dice exactamente la letra, a mí la canción me ha dicho que cuando dejas de ser un niño la vida sigue siendo un cuarto lleno de cajas por desembalar, pero que a menudo estas explotan en la cara al abrirlas, te dejan ciego,  te amputan las manos, o hacen que tú las sientas amputadas, que no quieras mirar hacia delante,  que tengas miedo a seguir abriendo cajas, a encontrarte dentro de ellas cadáveres despedazados, trozos de ti mismo; me ha dicho también que yo tengo una habitación llena de cajas, en una casa nueva, pero que ni eso, ni la mudanza cambiarán nada, no tendré ninguna sorpresa cuando las vacíe, me encontraré lo mismo que tenía antes; que, sin embargo, mis armas deben  ser la perseverancia, no ceder espacios a la sustancia gris y viscosa, que debo seguir combatiéndola, poniendo diques, leer un libro, escuchar un disco de vez en cuando,  escribir unas líneas cada noche, aunque me pesen los párpados, esté agotado y malhumorado, como ahora, sentir que esa es mi pelea, y que no me van a tumbar nunca, que  puede que esté equivocado, solo sea un boxeador sonado,  pero no me importa, seguiré siendo joven, por siempre joven,  si sigo peleando, aunque sea contra el viento.
 
Y he recordado también la última vez que escuché esa canción -tal vez esa ha sido la fisura que esta ha encontrado para herirme-,  fue en una proyección de diapositivas que nos hizo en el trabajo  Iñaki Otxoa de Olza, el montañero que falleció hace unos meses en el Himalaya. Le invitó un compañero, amigo íntimo del alpinista, un compañero que lo único que pretendía era que mi jefe se rascara el bolsillo, para la siguiente expedición de Iñaki (por supuesto, mi jefe no lo hizo, aunque luego, cuando él murió, se sumó al coro de plañideras y escribimos en la revista un artículo muy emotivo, mencionando los proyectos que el montañero tenía en mente -un artículo que ni siquiera escribió su amigo, mi compañero, porque lo acababan de despedir-).
 
El caso es que Iñaki nos habló de sus sueños, de lo que significaba para él la montaña, de los compañeros que había visto caer desde el techo del mundo, de las veces que él había estado a punto de hacerlo y cómo se había levantado. Yo le escuché con cierto desconfianza, nunca me ha atraído el frío, la nieve, el sufrimiento como superación, desafiar a la muerte por placer, cuando hay tanta gente que tiene que pelear por no perder la vida cada día. "¿Qué significan esos aros que llevas en las orejas, cada uno es un ochomil?" fue lo único que se me ocurrió preguntarle. Iñaki dijo: "no, en realidad no significan nada, simplemente me gusta llevarlos, sirven para definirme, para que determinadas personas vean que no tengo nada que ver con ellas", contestó. Para definirse, posicionarse, enfrentarse, ponerse en guardia frente a los enemigos... Esas eran sus armas.
 
Iñaki era un rebelde, sin nómina, ni hipoteca, que  eligió no solo su propia vida, también su propia muerte. Uno puede morirse, en realidad, de muchas maneras, muerto de asco a causa de un trabajo seguro pero que odia, muerto de soledad en mitad de una ciudad repleta de muertos, muerto de puta casualidad (un accidente, cualquier loco  que se cruza en tu vida...) un día cuando menos te lo esperas, muerto mientras observas  tus miembros, tu cabeza, tu corazón despedazados en varias cajas de cartón, sin saber que estás muerto... Iñaki murió muy cerca del cielo, o al menos muy lejos de la tierra, a 7.400 metros, en el Annapurna, y allá se va a quedar para siempre. Como quería.  La mayoría de las personas nunca podrán hacer esa elección, y probablemente yo sea una de esas personas, pero al oír Forever Young me he sentido -por una vez- orgulloso de mí mismo,  de no haberme rendido -y saber que nunca lo haré ya- de no haber dejado de luchar,   ni  de esperar algo mejor para mí y, ahora,  también para mis hijos; orgulloso de no haber bajado nunca la guardia, ni  arrojado la toalla para mis sueños, de no haberme apartado jamás de este camino, largo y tortuoso, pero que yo mismo he elegido y he trazado.
 

DIOS NUNCA REZA, Patxi Irurzun

miércoles, 30 de noviembre de 2011

LA GIRA DE DIOS



La gira de presentación de "Dios nunca reza" recala en Donosti.

El próximo viernes a las 19:00 presentaré en la FNAC de Donostia mi dietario.

Me acompañará el escritor y músico y amigo  Iñaki Estévez.

Espero que salga todo bien. La última vez que estuve en esa FNAC me caí por las escaleras mecánicas. A la gente le hizo mucha gracia.

Patxi Irurzun (el Harold Lloyd de las letras)
 
Aquí va un pequeño dossier de prensa del libro:
 
 
En la columna de Jorge Nagore en Diario de Noticias de Navarra
 
En Diario de Noticias
 
 
 
En Diario de Navarra
 
En Gara
 
En El Periódico de Aragón
 
En Mondraberri
 
En Goiena
 
 
RADIO
En Arrasate Irratia
 
En Eguzki Irratia
 
BLOGS
En El naúgrafo digital de Eduardo Laporte
 
En Zaragota de Octavio Gómez Milián
 
En El rincón del Quejica de Txema Arinas

miércoles, 2 de noviembre de 2011

PRESENTACIÓN EN ZARAGOZA


EL PRÓXIMO VIERNES 4 DE NOVIEMBRE PRESENTARÉ 'DIOS NUNCA REZA' EN ZARAGOZA, ZETA, LA CIUDAD DEL VIENTO ATROZ. ME ACOMPAÑARÁN MI EDITOR, JORGE GIMÉNEZ BECH Y EL MÚSICO Y ESCRITOR DANIEL SANCET (INSOLENZIA)...

A LAS 19:30 EN FNAC PLAZA DE ESPAÑA (C/COSO 25-27)

Patxi Irurzun

viernes, 7 de octubre de 2011

LO HA VUELTO A HACER, por Jorge Nagore


Escribir un libro, Patxi. No tiene solución, Patxi, Irurzun, no la tiene, es como Rulfo pero al revés. El último se llama ‘Dios nunca reza’ y lo ha presentado hoy. He ido porque no tenía otra cosa que hacer, más importante. Bueno, aunque la hubiese tenido, hubiera ido. Es la primera presentación a la que voy en mi vida y espero que sea la última, aunque Patxi, como era de esperar, ha estado esplendido, porque pide perdón mientras habla, aunque no lo pida con la boca. Estuve en otra esta primavera pasada pero en aquella yo era el muerto en el entierro, así que aquella no cuenta. Esta vez lloraba por el finado –debería dejar de leer a ciertos columnistas- y el finado ha hablado muy bien, casi tan bien como escribe, que es muy aproximado a lo que siente. Patxi Irurzun no es mi amigo, pero no me importaría que lo fuera. Pero no tiene tiempo. Tiene que escribir. Y eso es genial. Le he preguntado -porque estábamos pocos y los silencios se expanden- a ver cuándo deja de escribir libros para escribir un libro y se ha reído y el editor, que también ha estado muy bien, me ha mirado con cara de ‘¿quién es ese payaso?’ pero en realidad lo preguntaba para que lo apuntara el único periodista que estaba en al acto. Porque la verdad es que no sé si debe dejar de escribir libros para escribir un libro y quizá sea al revés, que cuanto más escribe escribe mejor, pero yo se lo pregunto, que para eso soy periodista aunque solo sea de este blog. He ido a Auzolan y no había media alma, aunque al entrar Patxi ya ha cubierto el cupo necesario de almas. Hay alma en Auzolan hasta 2023, fácil.
Patxi –lo he 'sufrido' como compañero de trabajo- tiene el corazón de un ángel, la timidez de un niño y los dedos de un diablo. Te puede destrozar en una línea, pero no lo hace. Hacía folletos para hipotecas en una empresa-zoológico en la que coincidimos poco tiempo para la parte de la convivencia y demasiado para la parte de la arrogancia. Nos reíamos tanto como alucinábamos. No voy a recordar aquel año porque no me creería nadie y además no merece la pena, todos somos hijos de alguien y algunos incluso hasta padres, lo que no deja de ser asombroso. Llegamos a pensar Patxi y yo y otros compañeros que estaban grabando sin nuestro permiso algún documental para National Geographic pero sin cebras. Siempre tendremos la duda. Patxi ha escrito de eso –por dignidad- y también de sus dos hijos, de una mudanza, de esta Pamplona en la que te pueden dar por saco los habituales pero también y más los autocalificados como progres –aquel jefe nos sacó unas pastas el día que murió Pinochet, en fin- y de todas las cosas que le convierten en mi a escaso juicio en un escritor de primer orden con muchas cosas que decir y que decir bien. Patxi no es de esos escritores de los que puedes decir ‘no ha dicho nada pero qué bien lo ha dicho’. Podría serlo, claro, con la Blakandeker, pero pasa. Él dice cosas porque ha venido aquí a compartir lo que le pasa por la cabeza y ve y a que lo leamos y aprendamos y él de nosotros cuando le leemos. Por eso me jode que se le lea poco y por eso le pregunto que cuando va a escribir un libro y no tantos libros fantásticos, aunque me mire un simpático señor con bigote con cara de justificado espanto. Enhorabuena, señor tímido, cuando me lea su libro, le diré, pero no tengo duda ninguna de que me va a encantar. Joder, me gustaban hasta los textos para hipotecas que hacías en aquel puto frenopático, como para no gustarme esto.
Pd: el libro cuesta 17 euros, se llama ‘Dios nunca reza’. Un señor que pasaba por allá le ha preguntado que a qué Dios se refería y Patxi, pidiendo perdón por hablar, le ha contestado con su legendaria y la infinita educación del que ha sido barrendero –barrendero de verdad, de la mierda que dejamos los demás- que ‘no es un Dios concreto, de ninguna religión, podría ser el capitalismo, o el consumismo o el ecologismo o algo. Se refiere a que solo nos tenemos los unos a los otros para ayudarnos’. Patxi es un genio. Yo lo he visto. Lo ha vuelto a hacer.
Lean también ‘Janis, mi dulce y sucia Janis’ y ‘Atrapados en el paraíso’ y ‘Cuentos sanfermineros’ y ‘La polla más grande del mundo’ –Patxi escribe unos textos preciosos para niños en una web- y ‘Ciudad Retrete’ y unos cuantos más. Lean lo que les dé la gana, hombre, pero luego no digan que no se les avisó, jeje. A mi esta publicidad me da vergüenza y es la última vez que la hago, pero la hago porque es mi obligación como lector, no porque me lo haya pedido él. Patxi no haría eso en la vida, por eso lo hago yo.


Más reseñas de DIOS NUNCA REZA

http://noticiasdenavarra.com/2011/09/30/ocio-y-cultura/cultura/39dios-nunca-reza39-la-dura-timidez-de-patxi-irurzun-en-un-diario-a-pecho-descubierto
http://www.gara.net/paperezkoa/20110930/294023/es/Patxi-Irurzun-escapa-ficcion-publicar-su-diario-que-lleva-titulo-Dios-nunca-reza



miércoles, 5 de octubre de 2011

HOY EN MADRID

Todo un clásico

Y por eso, hoy voy a presentar el libro a Madrid, y me vuelvo esta misma noche en un autobús a la una de la madrugada al pueblo (bueno, por eso y porque mañana hay cole, y es el cumple de mi hija, y tengo la primera sesión del Club de lectura de San Jorge...). El caso es que el

MIÉRCOLES 5 DE OCTUBRE
A LAS 20h
EN TIPOS INFAMES
MADRID

presento DIOS NUNCA REZA, mi último libro, y que me haría mucha ilusión que vinierais a arroparme un poco, que por la noche empieza a refrescar.

Me acompañarán el editor de Alberdania Jorge Giménez Bech y el escritor Eduardo Laporte.

¡Os espero!

DIOS NUNCA REZA

"Esta crónica cotidiana, que bien podría haberse titulado Diario de mudanzas, recorre un trayecto vital que se inicia, efectivamente, con la perspectiva de una mudanza de domicilio, y acaba en una mudanza mucho más agria: el despido"


http://www.alberdania.net/liburua_fitxa.php?id_libro=593

miércoles, 28 de septiembre de 2011

PRESENTACIONES DE 'DIOS NUNCA REZA'


-Jueves 29 de septiembre a las 11:30h en la librería Auzolan (C/Tudela, 16) Pamplona

-Miércoles 5 de octubre, 20:00h en Tipos Infames (C/San Joaquín, 3) Madrid

Los primeros síntomas de la crisis económica; un embarazo y un príncipe destronado; un trabajo aniquilante y un despido liberador; el vértigo del paro; una mudanza; los bloques de VPO de las afueras de las afueras; las peripecias y miedos de un escritor tímido, sus sueños (este diario fue Premio Nadal...hasta que se emitió el fallo); las noticias de los periódicos -el asesinato de Nagore Laffage, los abusos de las compañías de teléfonos...-, pasillos de hospitales, conversaciones escuchadas en villavesas, paseos y conversaciones de la mano de mi hijo hasta la puerta de la escuela...

De todo ello hablo en las páginas de este libro. Os invito a acompañarme en su presentación.

Y en este link de la editorial podéis descargar la portada y leer la sinopsis:

miércoles, 31 de agosto de 2011

PRÓXIMAMENTE


Un verano, el de 2008, desfila por las páginas de este diario de Patxi Irurzun, escrito con una fiereza solo equiparable a su ternura. Contiene, en efecto, la fiera crónica cotidiana de un ser humano que desea y persigue la verdadera vida en todas y cada una de las rendijas de la existencia y de sus múltiples escenarios. Sus anotaciones son entonces afiladas, pero también empáticas. Contempla y relata, pero, al mismo tiempo, se implica y vive. He ahí la clave. La ternura se cuela en las páginas de este diario tanto cuando Irurzun habla de su entorno afectivo, de su hijo nacido antes y de su hija, cuyo nacimiento nos relata en directo, de su compañera, de sus amigos, de su cosmos, como cuando nos habla de esos seres que lo que denominamos “sistema” expulsa de su interior como materia inservible, ya deglutida, digerida y amortizada… Esta crónica cotidiana, que bien podría haberse titulado Diario de mudanzas, recorre un trayecto vital que se inicia, efectivamente, con la perspectiva de una mudanza de domicilio, y acaba en una mudanza mucho más agria: el despido. Entre ambas mudanzas, Irurzun nos ofrece todo un mundo en sus múltiples y, a menudo, crueles manifestaciones. Dios nunca reza trae, sin duda, un aire radicalmente nuevo a la escritura del yo y de la memoria.

Dios nunca reza. Patxi Irurzun. Alberdania (Irún, 2011)


domingo, 26 de diciembre de 2010

Un fragmento de DIOS NUNCA REZA (Patxi Irurzun)



Para José Ángel Barrueco y Marta, con mis mejores deseos.

Martes 19 de agosto

Hoy hemos tenido ecografía. Con el anterior embarazo, Malen y yo no llegamos a convencernos realmente de que seríamos padres hasta la mañana en que vimos por primera vez a Urko en el monitor. Hasta entonces todo parecía sólo una prolongación de ese juego despreocupado de enamorados en el que se inventan nombres para hijos que no nacerán todavía, que quizás nunca nacerán. Malen y yo habíamos jugado muchas veces a aquel juego. Supongo que estábamos muy enamorados. Por lo menos tanto como todos los enamorados.

Nos conocimos en el barnetegi, un internado para estudiar euskera, en Lazkao.

Los dos estuvimos allá casi un año, un paréntesis en nuestras vidas mientras decidíamos qué hacer con ellas. Después yo hice el viaje a Filipinas y cuando volví ella todavía estaba esperándome. Durante los primeros meses de nuestra relación hablábamos entre nosotros en euskera, incluso hacíamos el amor en euskera. Después, un día, de repente, nos pasamos al castellano, y poco a poco nos fuimos olvidando de todo lo aprendido. Es curioso, mi vida ha sido una sucesión de cursos que no me han servido para nada, de esperas en las colas de las oficinas de empleo, de idiomas que se olvidan, de novelas en las que inventaba ese limbo al que van a parar los niños que nunca nacen pero tienen nombre. Como si en lugar de una vida fuera un simulacro. Al menos fue esa parte de mí, la que nunca llegaba a suceder realmente, la que hizo que Malen se enamorara de mí.

—Me gustó que fueras escritor. Me halagaba pensar que alguien sensible e inteligente se fijara en mí —solía decirme.

Pero a mí lo que me gustó realmente de Malen fue su culo. Todavía me seguía gustando. Mucho. A veces, cuando paseamos por la calle, dejo que se adelante unos metros sólo para mirarlo hipnotizado; o cuando por las noches nos acostamos y ella se coloca de espaldas a mí mi pene se desenrosca inmediatamente, como una serpiente encantada. Incluso a pesar de que sepa que no haremos el amor.

Malen, por su parte, nunca se ha sentido especialmente atraída en lo físico por mí y no tardó en comprender que a los escritores es mejor no conocerlos, que en realidad no son ni tan sensibles ni tan inteligentes, y de ese modo su pasión -al menos estos últimos meses- se ha ido escurriendo igual que un helado de una fruta de nombre exótico pero un sabor de regusto insulso.

—Es el cambio hormonal. El embarazo —trata de disculparse.

Como si June fuera una extraña que se ha entrometido en nuestras vidas, en nuestra propia cama. La niña, sin embargo, se esfuerza para que le hagamos caso. Esta mañana su pequeña figura ha aparecido plácidamente tumbada boca arriba, mostrándose con descaro. Incluso ha sacado la lengua cuando la ginecóloga ha enfocado su rostro.

—¡Uy, que descarada! —ha dicho Malen.

La he mirado sonriendo a los ojos y en el charquito que resplandecía en ellos he visto reflejado todo lo que quedaba en medio de la atracción física o intelectual, todo lo que realmente hace que nos queramos: el mismo sentido del humor, el mismo inconformismo, la misma capacidad de sorpresa, todavía y a pesar de todo, ante la vida…

Después he vuelto la mirada hacia el monitor y he distinguido un puntito que palpitaba agitado.

-Es el corazón- ha dicho la ginecóloga. Su voz sonaba fría, desprovista de emoción. Pero era normal. Tan normal como la vida misma. Para nosotros ese latido es el latido del mundo, pero ella descubre un nuevo corazón cada cuarto de hora.

-¿Qué tal tiene el pie? -ha preguntado Malen.

En la anterior ecografía nos dijeron que tal vez el pie derecho de June estuviera torcido. Apenas hemos vuelto a hablar de ello, tan solo haciendo bromas que traten de disimular nuestra preocupación (a veces la llamamos la cojita). Pero es pronto para asegurar nada, dicen los médicos.

-Yo no veo nada raro, pero es difícil apreciar algo así, en todo caso es algo que se soluciona con ortopedia, durante el primer año, no tenéis que preocuparos, la niña está muy bien, y es muy grande, muy hermosa -ha dicho la ginecóloga.

Cuando hemos salido de la consulta he vuelto a tener la misma sensación que con las ecografías de Urko, o el día de su parto, o cada noche cuando lo acuesto, la sensación de que mi existencia, al fin, deja de ser sólo un simulacro y se convierte en algo real.

Malen yo nos hemos besado. No ha sido un beso como los de antes, cuando nuestras lenguas se convertían en dos látigos que azotaban el corazón y le hacían sangrar esperma y jugos vaginales, pero ha sido un beso de verdad, de dos personas que todavía se aman.


Dios nunca reza (Patxi Irurzun) se publicará en 2011

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