Yo aprendí de los pájaros su vuelo,
de la cordillera su paciencia extraña,
del río, su manera de ir al cielo,
el no rendirse nunca en la montaña.
Yo aprendí de los pájaros la espera,
de cada cima, el pulso de la altura,
del río, que la piedra no es barrera,
el miedo cede a la constancia pura.
Yo aprendí de los pájaros la herida,
de la montaña, el peso de los años,
del río, cuan turbulenta es la vida
que avanza entre piedras y daños.
Yo aprendí que la tierra no se vende,
que el viento no conoce propietario,
que el río, cuando lucha, nunca pierde,
y que luchar también es necesario.
Yo aprendí del silencio de los bosques,
de la noche, el misterio de su calma,
del fuego, la rebeldía de su trote,
y del alba, la esperanza de mi alma.
Yo aprendí de la lluvia su memoria,
del barro, la paciencia de la vida,
del tiempo, que no borra la historia,
y del dolor, su fuerza compartida.
Yo aprendí de los hombres que resisten,
de aquellos que no agachan la mirada,
que las cadenas sólo se desisten
cuando la dignidad está empuñada.
Yo aprendí de los muertos sus razones,
de sus nombres grabados en la tierra,
que hay silencios que gritan rebeliones
y hay derrotas que anuncian otra guerra.
Yo aprendí de la noche a no temerla,
porque incluso en la sombra nace el día,
y que nadie que lucha puede perderla
si lleva por bandera la alegría.
Yo aprendí de los pobres la grandeza,
de sus manos, la dignidad obrera,
que no existe mayor naturaleza
que compartir el pan de quien espera.
Yo aprendí que la vida es un combate,
pero también un canto y un abrazo,
que hasta la piedra, cuando el agua bate,
termina por ceder con cada paso.
Yo aprendí que jamás se vuelve tarde
para volver a alzar la voz dormida,
que mientras quede un corazón que arde,
habrá una razón más para la vida.
Yo aprendí de los pájaros el vuelo,
pero también del suelo su firmeza:
tener siempre los ojos hacia el cielo
sin olvidar nuestra raíz y su belleza.
Aitor Cuervo Taboada

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