Me llamaba «hijo» y de su mano me llevaba a pasear por el verde jardín. El césped esmeralda, los naranjos, los rosales floridos… Aquel idílico sitio era el maravilloso locus amoenus que embelesaba el alma de un tímido niño que seguía a su mentor.
Cada domingo era igual. Mientras papá labraba la tierra antes de irse al bar con sus compinches de juergas, mi madre cubría el rostro de sus ansiedades con la negra mantilla de ir a misa. Yo la observaba desde la sacristía. Y él me llamaba y me decía: «¡ven, hijo, que te quiero a mi lado!»… Y de su mano recibía la hostia sagrada y más tarde los pasteles con sabor a hogar, esos que me obsequiaba como premio por mi buena conducta. Porque yo era un buen chico y su «hijo» más querido.
En el patio me hablaba de ángeles. En su habitación, me contaba lo extraño que era el mundo de los hombres y que la salvación era el milagro del Corpus Christi… Y terminado su sermón, acariciaba mis lacios cabellos y mi frente bañada por el sudor que brota del pánico. Luego, sentía su mano incursionar por el interior de mis bragas de héroe liliputense… Me llamaba «hijo», sí. Y recitaba versículos bíblicos y besaba mis febriles y húmedas mejillas carmesí, pidiéndole a Dios que lavara sus pecados. Y los míos.
Entonces, se alzaba la verde sotana. Y tomando mi mano, la conducía a recorrer su verga endurecida. «Así, hijo mío, ¡fuerrrrrte!»… E insatisfecho aún por no llegar a la cima del placer, para terminar, penetraba con fuerza mi orificio imberbe haciéndome gritar de dolor… «¡Calla, hijo!»; cubría mi boca… «¡Ah, el Señor ha resucitado!», gemía mientras derramaba la sustancia prodigiosa que en ocasiones me obligaba a saborear (me explicaba que lo hacía para redimirme completamente del mal)… Y exclamaba: «¡hijo, te he librado una vez más del demonio!». Y colocaba en mi frente una corona de espinas. Y en mi memoria, el miedo.
Rosa Marina González-Quevedo,
de Nido de esperpentos
(Diversidad Literaria, 2026)

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