viernes, 9 de enero de 2015

NUDO FERROVIARIO por Iván Rojo.



El tren aminora la marcha. Al otro lado de la ventanilla empieza a discurrir el extrarradio típico de cualquier ciudad. Naves industriales, un cementerio de coches, verjas coronadas por alambre de espino, un par de invernaderos con sus plásticos rajados, un burro mugriento en medio de un huerto, envuelto en una nube de moscas. Después, los arrabales del “nudo ferroviario”. Edificios sin alma, descampados, ropa tendida ondeando pesada sobre el cemento y el polvo. Al fin nos detenemos en la estación. Bajo del tren y recorro el andén hacia los servicios. Me mojo la cara bajo el grifo. Falta aún una hora para que salga mi otro tren. Y pienso que sesenta minutos son sesenta oportunidades para dudar si de verdad quiero ir adonde se supone que me dirijo. Adonde me esperan, me contratan, me quieren, me odian, etc. Siento mis tripas hechas un nudo, como vías bloqueadas de sangre y voluntad. Siento mi vida entera atada, para ser sincero. Un viaje largo, ¿eh?, oigo que me dice alguien. Un par de lavabos a mi izquierda un hombre de unos setenta se asea frente al espejo. Va bien vestido, y su aspecto es más o menos saludable. Pero con una pequeñas tijeritas se está recortando los pelos que le asoman de las fosas nasales. Tchac-tchac-tchac. Relájate, me dice sin dejar de dar precisos tijeretazos a la sombra de su nariz, todos vamos hacia el mismo sitio, en realidad. Pelos en la nariz, pelos en las orejas, y estas jodidas manchas en el dorso de la mano. En fin, un sitio que a nadie le gusta. Tómatelo con calma. Descarrilar es aún peor. Tchac-tchac-tchac.

Iván Rojo