sábado, 16 de abril de 2016

MADRID-COCHABAMBA




SUENAN GUITARRAS

a Antonio Vega

La sala Galileo estaba a rebosar. Antonio era capaz, a pesar de sus desplantes y los numerosos conciertos en que no podía tenerse en pie, de concitar un cariño extraño entre sus seguidores, conocedores todos de su nefasta adicción a la heroína. Todos conocedores de su papel de demiurgo que lucha por reinventar su malparada creación en cada recital. Una vez más, Antonio Vega había logrado que aquella sala madrileña de música en directo se encontrase abarrotada de seguidores cuya fidelidad quedaba lejos de toda duda. 

Aquella noche el músico no pudo (o no quiso) cantar. Dejó que fuese su guitarra la voz que orquestase las sinfonías de melancolía y duelo que había compuesto. La primera canción, Océano de Sol, sí la cantó casi al completo. Después agachó la cabeza para no volver a acercarla al micro, como ensimismado en la singladura de virtuosismo con que su mano izquierda navegaba el chapoteo cristalino del mástil de la guitarra. No estaba recuperado del todo, a pesar de haber ganado algunos kilos que le desaparecían momentáneamente de la desaparición pública a que se somete a los condenados al infierno de las drogas duras. Aparentaba fornido, incluso. A nadie, entre el público, le molestó su silencio vocal. El público puso voz a las composiciones del poeta. El público es así, siempre metiéndose en el escenario, siempre irrumpiendo en el espacio que nadie les reservó. El Público, ya lo dijo García Lorca, si quiere desempeñar su cometido, invade el escenario.

No fue su mejor recital, pero se reveló esperanzador para las personas que se dieron cita alrededor de su magia tartamuda aquella noche, en Galileo.

Días antes:

miradas sin brillo y navajas sin alma. Papel celofán adherido a la gloria volátil de la piedra marrón. Dedos en baraja de nervio, tabaco y vejez prematura. Cuencas oculares sorprendidas en la más oscura de las noches. El baile de la metadona había comenzado, y los yonquis decoraban la piel del barrio de Tetuán con disfraces de Halloween y pasos sin eco, mientras se acercaban al centro terapéutico en que pretendían hallar la droga antitética, ésa que venía a salvarles de la muerte en vida para la que nunca pensaron estar preparados.

La metadona es un derivado opiáceo sintetizado por vez primera en un laboratorio alemán, poco antes de que aquel mandatario con bigote de celuloide mudo y ambición de cine 3D decidiese tomar las riendas del mundo occidental. El primer uso que se le proporcionó a tal droga fue sedar a pacientes cuyo cuerpo se disponía a la coreografía equívoca del bisturí. Después, instaurado el reinado químico de las grandes empresas farmacéuticas, adquirió usos diversos, hasta finalizar su breve historia de manera inversa a cómo lo hace el ser humano, o sea: volviendo al mono. La metadona continúa siendo una de las principales sustancias con que los adictos a heroína y derivados pueden sustituir el eco de suplicio y angustia con que éstas aúllan en sus venas, una vez han dejado de circularlas. Hay quien lamenta el uso de una droga para evitar la adicción a otra, y quien, por el contrario, alude a los terribles tormentos de la fase de abstinencia para defender esta terapia tendente a minimizar sufrimiento a aquel que desea retomar el pulso a sus días, sin que se vea interrumpido por la costra del picotazo intempestivo. Imagino que sobraba esta explicación, pero me apetecía dejar constancia, tal vez por recordar yo mismo, más que por informar al lector. Lo lamento.

Se inauguraba la década que precedía al temido año 2.000, ése en que morirían los sistemas informáticos y el ser humano repensaría la vida para hacerla más amable, menos dañina, más fragante, menos dolorosa. Luego, claro, llegó el 2.000 y no vimos más Apocalipsis que el de la humanidad como palabra, entidad y virtud. 

Tetuán. Antes Tetuán de las Victorias, en carpetovetónica celebración de aquella victoria que obtuvieron las tropas españolas en la Guerra de África emprendida contra el Reino de Marruecos, allá por 1860. Tetuán. Hoy Tetuán, sin más, como la ciudad situada en Marruecos de la que, desde entonces, España asegura ostentar título de propiedad.

Tetuán, hoy, amasijo de inmigración rampante, latrocinios mínimos y sobrepoblación excesiva. Tetuán, ayer, hace unos años, lugar donde recababan las mareas de la inmigración llamada ilegal, formada por los descendientes de aquellos marroquíes a los que ya quisimos humillar en su tierra y que hoy, al albur de los tiempos modernos, intentamos humillar también aquí, en este Madrid de todos que muchos quieren hacer de pocos. Tetuán, hoy, vertedero de esperanzas de todos los latinoamericanos que, igualmente, sin pasaporte legal o con la fecha de caducidad impresa en su anverso, transitan las calles revertiéndolas en oro y fango de la política migratoria dictada por Europa.

Pero me desvío… mejor regresar a aquel barrio sudoroso de bocadillo obrero y piel descolorida en que paseaban los yonquis que, decían, querían dejarlo. Deambulaban, cuando la mañana era incierta y la tarde daba aviso, a la espera de que el Centro de Atención a Drogodependientes abriese sus puertas para surtirles de metadona con que acallar el grito neandertal de la heroína. 

Ostentaba yo el dudoso honor de poder asistir a la rueda de la fortuna en que tantos drogodependientes apostaban a la baja. Conocía al personal del Centro de Atención a Drogodependientes del barrio de Tetuán. Fue así como pude ver por vez primera, alejada de los escenarios, la fantasmagoría que se suponía presencia del músico Antonio Vega. Antonio acudía con su novia de aquel entonces, también aquejada de la enfermedad del picotazo y el abandono. Pretendía salir a flote, olvidar en alguna esquina oxidada de sombra y orín la dependencia que le hacía pasear escenarios de medio país a punto de licuarse en el humo de los cigarros y el arpegio imposible de esa guitarra que le había crecido entre las manos.

Antonio es bien majo, se nota que es un tipo sensible, él nunca se queja, si llega tarde y no le entregamos la metadona no monta el numerito, sonríe, no intenta engañarnos, no trapichea a la puerta del centro, de verdad quiere dejarlo. Así me explicaban los trabajadores de aquel dispensario. Antonio es un genio, no sabría decir si la heroína le ha ayudado a ser el gran músico y poeta que es, es jodido decirlo así, pero cómo toca la guitarra, cómo desangra versos en cada canción, está y estará siempre entre los mejores músicos que ha parido este yermo de país, tampoco importa mucho si es simpático o amable. Así les planteaba yo mis poco solidarias opiniones al respecto.

Por una temporada, el bardo madrileño pareció haber dado un paso decidido en la senda de la recuperación. Pude ver cómo, a cada visita al centro, una vez por semana, su cuerpo recuperaba masa adiposa, engordaba, abandonaban su rostro las sombras de parca con que se maquillaba antaño. Parecía otro. No ocurría lo mismo con su pareja, cada vez más demacrada y coloreada de espanto.

Después llegó aquel concierto en Galileo. Asistí con mis amigos del Centro, eran invitados personales de Antonio. Su comité médico, los llamaba él. El cantante se sentía renacer, era feliz, había depositado muchas esperanzas en aquel recital nocturno. La realidad se reveló menos benévola, pero no fue un mal comienzo. Así se lo explicó, una semana después, en Tetuán, a mis amigos. Yo me congratulé con la noticia. No supe ver el presagio de sombra en la mirada de quien me lo contaba.

Meses después vi de nuevo a Antonio. Rondaba las calles aledañas al centro de desintoxicación, como perdido entre sus tráfagos de luz huérfana y basura recién horneada. A los flancos de la figura, de nuevo estrecha, casi etérea del cantante, se arracimaban un grupo de yonquis en evidente fase terminal, ofreciéndole todo tipo de golosinas. Me adelanté al grupo y me senté en las escalinatas de herrumbre y desaseo del centro, confiando en verlo aparecer antes de la hora del cierre, para recoger su dosis de metadona. No llegó aquella tarde. Ni la siguiente, ni en meses sucesivos. No regresó ya más a reclamar su ración de esperanza y amabilidad de bata blanca. Antonio abandonó definitivamente el tratamiento. Quienes gustan de rodear de halo místico a esos humanos que nos deciden emocionar con su arte, comentaron que fue debido a la muerte de su novia, arrebatada a la vida por una desafortunada crecida de heroína adulterada en la marea abotargada de sus venas. No lo sé, tampoco me interesa, supongo que Antonio no quería engancharse a la metadona, esa otra droga. O que no tenía interés en recuperar la vida que aquélla le prometía y ya se le antojaba demasiado extraña, después de tantos años lejos de ella.

Yo seguí asistiendo a sus recitales, a los que podía, sólo por comprobar que seguía en pie, aunque en ocasiones amenazase con caer del escenario. Ya nunca más le vi fornido, su declive se tatuaba en una osamenta de vértigo y una mirada de exilio, su voz parecía haber claudicado de la batalla del timbre. Pero sus dedos, de tanto en tanto, seguían arrancando nigromancias y quimeras a esa guitarra que le acompañaba y, tal vez, fuese la metadona que el artista necesitaba para seguir con vida. Mientras hubo guitarra, hubo esperanza.


Pablo Cerezal


UMBRAL, LAS EUROPEAS Y EL SEXO

Marcos Tabera, músico, me envía desde Nueva York, piezas de su nuevo disco. Nunca fue Marcos muy ortodoxo y hay fusiones que tal vez aterrorizarán a los puristas. Escribiré sobre eso, sobre la heterodoxia y demás liberalidades, y también sobre la esencia india, esa que cargamos tontamente como pecado por donde vamos, ajenos a sus múltiples connotaciones e innegable belleza. 

Parto de ello para hablar de sexo, de cómo para un conquistado no hay logro mayor que acostar a la mujer del conquistador. Lo saben los que sufren y los que avasallan. Hacen de eso, en Bosnia, en la India, en el Tipnis, estrategia de conquista. Tomar por la fuerza lo único que tiene el humano propio. Lo demás lo adquiere de afuera, hasta de las divinidades que pululan por el aire como mosquitos con fiebre amarilla. 

Pero no hablo de sometimientos. Hay un cuarto, en Cochabamba, aledaño a la casa grande. Se usó como dormitorio para el servicio doméstico. Tiempos idos, esos; no totalmente. El cuarto dispone de una alta cama de doble colchón y es mi refugio cuando visito. Fue mi refugio en los años de destierro del cuerpo, cuando encerrado pecaba, como el mago de Lublín de Bashevis Singer, en la oscuridad acompañada de ladridos de perro, de olores a grasa quemada de pollo al spiedo, de papas fritas sobrantes devoradas por las ratas del subsuelo. 

Luego de levantar libros de viejo de paso por el correo, aguardo la noche. Se cena, se ríe y se discute con franqueza. Luego atravieso el patio. La casa grande respira a bocanadas, hace ruido con sus espectros. Por las rejillas que sirven de respiraderos a los cimientos, soslayo los ojillos del más allá que desean materializarse. Los eludo, cierro la puerta con llave. Hay al menos un centímetro entre el suelo y la puerta. Por allí entra la luz de los vecinos, el aullido lastimero de un perro encadenado y hambriento. 

Abro a Francisco Umbral, en ediciones Bruguera de bolsillo, que como bien dice Pablo Cerezal en su tiempo publicaba todo lo que debía publicarse. El escritor destapa mujeres de otros lares: inglesas, noruegas, francesas y no recuerdo más; alemanas y holandesas. Un paseo anecdótico por la feminidad de otras culturas, que en este período de abstinencia, de aparente prisión perpetua, se me antojan eróticos. Entonces quito lo que haya que quitar y en medio del canto de un grillo solitario, que debe vivir entre el fin del césped y la pared, acaricio mis sueños. 

Umbral vive en hoteles, está de vacación. Yo viví a salto de mata, sin monedas en el bolsillo. Y llega G. seducida sin intención por bromas mías de subido tono. No sabía del poder de la palabra. G., la catalana, grande como un cedro libanés y de pelo renegrido. El sexo como un brochazo de tinta negra, inmenso, cubriendo la entrepierna y escapando por los costados, achicándose, mimetizando su exhuberancia con la sombra. Pezones como lanzas, pértigas de guardia suizo en el umbral de las cuevas del Vaticano, de barriles de vino dulce y grosellas salvajes. La apoyo en un eucalipto -es Cochabamba- para entre los dos ahogar un orgasmo prometeico, que devora hígados y sexos. Luego descansa. Andamos por las orillas del canal de la Angostura. Crece caña hueca; el pueblo dice que esta vegetación cría víboras. Qué importa. La noche de Aranjuez se cae de estrellas. Nos tomamos de las manos. Ya no siento, como creía, que el asunto pasaba por la reivindicación racial, por quinientos años de mierda. Este ha sido como cualquier otro polvo, quizá de especias extraordinarias, para nada político, geopolítico, de reconquista. 

Hace luego un café. Su madre vegeta en la habitación contigua. Una chimenea anuncia que esta gente no viene del país, porque en Bolivia no se pone leña en chimenea. Escancia un cabernet y se quita los pantalones. Con el fuego de fondo, su vagina toma un matiz violáceo. Devora mi sexo, se lo tragan los vellos y parece que jamás existió. En un rincón mal iluminado, un santo calvo bendice, san Antonio o san Francisco. Me quedo en ella, por esa noche, para siempre hoy en que ha perdido toda su personalidad, su voz, y es una imagen, una sensación que recrea mi mano plagada de orfandades. 

El viejo Umbral es un cabrón. Cuenta y se burla. Hay ironía en su nostalgia, o ni siquiera nostalgia, retrato de pintor, obsesivo y detallista como Brueghel. 

Francia. En Francia comí cuscús. En Francia no había comida francesa: queso y pan, y leche, y salchichas frías en lata que derramaba sobre la sémola marroquí. ¿Qué buscaba? Una mujer se me había perdido camino al este, y otra, local, que estaba cerca, canceló teléfonos y telégrafos para evitar el recuerdo. 

A esa me la llevé al río sabiendo que era casada (gracias Lorca). Le descubrí los pechos que guardaba una blusa negra. La tarde de Molle Molle olía a eucalipto con tintes de molle. Susurró Apollinaire en medio de pedregullo y ariscas rocas. El río, que pienso también se llama Chocaya acá, rugía y venía espumoso, cristalino. Ella levantó la cabeza, la tiró atrás. Sus cabellos de Montpellier causaron un revuelo de hojas secas y gimió. Eres la salvación de las mujeres casadas, susurró, sin darse cuenta que yo no pertenecía a este mundo, que me habían robado las sílfides del placer, que era sordomudo y más indio que nunca, que eyaculaba como si pereciera. 

En el Mirador descubrí una mesa con vino chileno, parmesano y roquefort. Había invertido lo que no tenía porque el sexo con ella era una fiesta sin ser París. Durmió conmigo mientras nacía Jesús, al amanecer del veintiséis de diciembre. Encendió el motor del Land Rover pero ni eso acalló a las aves que en la falda del cerro gritaban buenos días. 

Luego vinieron escenas de celos. El marido iracundo si solo la llevaba de la mano… Huyó. 

Mi cronología dista de la del autor. Soy, adrede, confuso. Y ni nombres he de dar. Estábamos yo y mis fantasmas en el cuarto de la empleada. En el restaurante de al lado gritaba el perro, tan solitario como yo. Pongo muchas noches en una, las diez y la una noches de mi vacación, con onanismos baratos y deliciosos de a tres por jornada, lamiendo las pieles de todas juntas, a las que habría acostado en un gigante camastro con las piernas abiertas. 

El tren, chu, chu, chu, salido de Chamartín o de Atocha me acercaba a la memoria alemana. No sucedería; ya nunca habríamos de encontrarnos. Pero, de todos modos, entregué mi pasaporte a la aduana francesa con mi destino final. Lo demás es historia. 

Ponías a Bach mientras te paseabas con las nalgas sueltas, largas piernas para largos acordes. De la improvisada biblioteca leías a Büchner sin notar que me acercaba, que habría de empalarte en la mañana de esa casita de atrás en la Muyurina. La noche antes pegué recortes con pésimos poemas en los postes de luz. Tu perfecto español no lo era tanto para los escuetos surrealismos que me causabas. Corté con tijeras de escuela primaria una voluta del pubis, ni tanto rubia pero muy clara para ser de aquí, y la puse con cinta adhesiva en una foto desnuda de tus tiempos andinos. 

Duermo. Ya van cuántos días que estoy aquí, cuántos para volver. El tiempo lo marca el libro de Francisco Umbral que comencé a mi llegada y terminaré una hora antes de prepararme para viajar. 

La inglesa se subió a un peñón en las alturas de Liriuni, con un vestido blanco. La noche anterior lloró. El sexo se convirtió en dolor y vació la botella de vino restante en las aguas termales. Beber te hace mal, dijo, te pone loco. Aquella cama desvencijada sonaba. El chirrido de nosotros dos, acompasado en ritmo de orquesta, llenaba el pasillo en cuya mesa de fondo dormitaba un mestizo con librea. Vaciaste la botella y repetiste: te pones loco. Lavados tus azules ojos de lágrimas. 

Bajó del peñón, tiró el vestido. Caminó como esas diosas de la Ilíada deseosas de engañar con la carne. Subió en mí. Sus vellos tocaron mi vientre, lo llenaron. Ahí se borra la memoria, se desvanece. La vi de nuevo con camisa de color naranja, que le llegaba hasta la rodilla. En el balcón pidió que me le acercara, que le besara la espalda. Me estaba diciendo adiós. Las botellas pedían que las abriese, la locura que tuviera la decencia de aceptar quien era y rendirme a la tragedia. 

El cuarto de la sirvienta olía a polleras, a campo de cebollas. Olía como lo haría yo si no me hubiesen tirado en una tina argentina. Ya cerraba las páginas del libro y dediqué un instante postrero a la mujer noruega. No era esta como la de Umbral, un portento físico. Tenía los vellos del sexo rojos, del color de viscosa salamandra, brebaje ideal para que perdiera la razón, como lo hice. Los vellos conformaban una inmensa maraña de mangles. Nada mejor para la excitación, esa delicia de trópico vegetal. Entrar en ella fue navegar por el río de la Duda, el de Roosevelt, flechado por indígenas y devorado por caimanes. 

Perdí aliento luego de tres veces. Y oriné sangre. El médico dijo tiene que cuidarse de los coitos violentos, porque acaba de destrozar sus conductos seminales. 

Me abotoné la camisa, cerré la maleta, pagué el taxi, me senté en el asiento, rechacé una cerveza y cerré los ojos cuando el avión despegaba. 


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

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Tras su exitosa edición en Bolivia, publicamos en España Madrid-Cochabamba (cartografía del desastre), escrita conjuntamente por Pablo Cerezal y Claudio Ferrufino-Coqueugniot, y prologada por el gran escritor navarro Miguel Sánchez-Ostiz. Crudo y absorbente volumen de crónicas emocionales y autobiográficas en que Cerezal escribe sobre su ciudad, Madrid, y Ferrufino-Coqueugniot lo hace sobre la suya, Cochabamba, alrededor de temas comunes a toda urbe: Mujeres, Comidas, Alcoholes, Muertes, Cinematografías, Literaturas, Prostituciones, Ciclismos y, especialmente, Músicas. Madrid-Cochabamba es un viaje literario por la cartografía del desastre. El desastre de sentirse vivo en ciudades que acarician la muerte.