martes, 25 de marzo de 2014

CHARLES BUKOWSKI - UN DELIRANTE ENSAYO SOBRE LA POÉTICA Y LA CONDENADA VIDA ESCRITO MIENTRAS BEBÍA MEDIA DOCENA DE LATAS DE CERVEZA (ALTAS)





Extraído de ESCRITORES SUCIOS

En los tiempos en que creía que era un genio y me moría de hambre y nadie me publicaba solía desperdiciar mucho más tiempo en las bibliotecas que ahora. Lo mejor era coger una mesa vacía donde el sol entrara por una ventana y que el sol me diera en el cuello, en la nuca y las manos y entonces no me sentaba tan mal que todos los libros fueran sosos en sus tapas rojas y anaranjadas y verdes y azules ahí plantados cual simulacros. Lo mejor era que el sol me diera en el cuello y entonces soñar y dormitar e intentar no pensar en alquiler y comida y América y responsabilidad. El que fuera o no un genio no me preocupaba tanto como el hecho de que sencillamente no quería formar parte de nada. El impulso animal y la energía de mis semejantes me pasmaba: que un hombre fuera capaz de cambiar neumáticos el día entero o conducir una camioneta de helados o presentarse al Congreso o abrirle las entrañas a un hombre en operación quirúrgica o asesinato, todo eso me superaba. No quería empezar. Sigo sin querer. Cualquier día que pudiera estafarle a este sistema de vida me parecía una buena victoria. Bebía vino y dormía en parques y me moría de hambre. El suicidio era mi mejor arma. Pensar en ello me daba cierta paz; la noción de que la jaula no estaba cerrada por completo en realidad me daba un poco de fuerza para permanecer dentro de la jaula. La religión parecía un timo, un truco de espejos, y tenía la sensación de que si tenía que haber Fe, la fe debería empezar en mi interior sin la soltura de ayudas prefabricadas, los dioses prefabricados... Las mujeres parecían una parte de todo lo demás: se ponían un precio a sí mismas y obtenían un precio, pero desde la sensibilidad de mi mirada y del alma que poseía me daba la impresión de que todas hacían exigencias que iban más allá de su valor. Y tras haber visto a mi padre, ese monstruo brutalizado que me trajo como un bastardo a esta triste tierra, entendí que un hombre podía trabajar toda su vida y seguir siendo pobre; el sueldo se le iba en comprar cosas que necesitaba, cosillas, como automóviles y camas y radios y comida y ropa, que, igual que las mujeres, exigían un precio muy superior a su valor y le hacían seguir siendo pobre, e incluso su ataúd era la definitiva atrocidad del decoro: toda esa hermosa madera barnizada para los gusanos ciegos del infierno.
Luego, también podías hacerte rico y eso no significaría nada. Ríete si quieres. Me quedaré con todo el dinero que me envíes pero en realidad seré consciente de que en esencia no tengo nada. Si los ricos son nuestra raza superior yo quiero largarme de aquí cagando leches. He visto las calaveras de cabezas de cerdos muertos morder manzanas muertas que eran menos feas; que en comparación no eran feas en absoluto. Allí sentado a la mesa de la biblioteca, medio muerto de hambre, sentado al sol. Lo sentía todo: la guerra de mierda, la monotonía, la muerte, el zumbido de las moscas...
Entonces estaba perdido y era joven; ahora estoy perdido y soy viejo. Allí estaba, sentado en la biblioteca, el conocimiento de generaciones a mi alcance y sin el más mínimo valor a mis ojos, y ni una sola voz viva en el mundo que hubiera dicho nada. Allí estaba, sentado entre todos aquellos libros y pensaba, tal como matan a la gente deberían usar destornillador y alicates y echarles ácido a los ojos; deberían arrancarles las piernas de cuajo: deberían meterlos en jaulas con tigres. Tal como matan a la gente no salen vivos ni un par entre un millón, y ¿quién lo hace, y por qué?
Y si me iba de la biblioteca tendría que vagar por las calles y pasar por delante de puertas con cerraduras, ventanas que estaban cerradas con pestillos por las noches. Mujeres que levantaban la mirada hacia mí porque iba vestido con harapos, pero mujeres que se hubieran acostado con cualquier cerdo seboso propietario de una reata de caballos de carreras y tiendas de empeño. Vagaba por calles de muertos que se movían y hablaban y tenían nombres y orgullo y posesiones pero que en realidad estaban muertos. Cualquier avenida de rostros sería un sueño de terror: los rostros de retrete de mierda & despiadados & secos hasta los tuétanos... Me tambaleaba mareado después de presenciar semejante desfile, no de hambre sino de saber que vivía y seguiría viviendo por siempre en esta vida, en un mundo de muertos.
La biblioteca, mi habitación para el día. ¡Por fin paredes! Nada de acero verde ni tablones de madera de banco. ¡La biblioteca! Mi único hogar. Había empezado a leer pronto, a los 14, obligado a esconder la lámpara de la mesilla bajo las mantas para ocultar la luz porque mi padre exigía que se apagasen las luces a las 8 de la noche en punto, de manera que pudiese recuperar las fuerzas para el día siguiente ser un contemporáneo diablillo del esfuerzo sin sentido.
Bueno, empecé en la sala de Filosofía y Religión y para cuando llegué a la sala de temas de actualidad con sus ejemplares de New York Times, seguía siendo una mala apuesta por la vida, y las cuchillas y las tuberías del gas y los puentes y el raticida Thomas Chatterton seguían disputándose la primera oportunidad. Una vez más, era el problema de siempre: asuntos muertos de hombres muertos con puntos de vista muertos, ¡inútiles, páginas inútiles! El viejo timo, el viejo chiste de una sabiduría en realidad inexistente, ataviada con una terminología bonita & maquillada. En realidad prácticamente todo el rato estaban hablando de cosas que no tenían nada que ver CONMIGO; y maldito sea el ego, ¿qué era más importante (casi digo impotente) que yo? En realidad estaba columpiándome en el balancín de la muerte ¡y ellos me hablaban de pastelillos en el escaparate! O peor aún, se alargaban durante páginas de elaboradísimas chorradas, luego por fin casi ¡TOCABAN ALGO!, y entonces, ¡LO DEJABAN! En aquel entonces pensé que tal vez se contenían; ahora ya me conozco el percal: sencillamente no tenían nada que decir. Sin embargo, incluso entonces, sospechaba de ellos. Era consciente de la terminología de prisión de cristal: aquellas elaboradas, largas y retorcidas palabras eran evasivas, muletillas, debilidades. Así que solía considerarlo “gilipolleces de relleno”: hablar de cosas inútiles con terminología inútil.
No obstante, me sentía atraído hacia un área: las respuestas que había y la fuerza que había (por débil que semejara) parecía estar en el arte creativo de la escritura: novela, relato breve, poesía. Y supongo que más por medio del amor que de la razón (¿y qué mejor razón que ésa?) he decidido ha tiempo que la POESÍA es la forma más breve, dulce y explosiva. ¿Para qué escribir una novela cuando puedes contarlo en diez versos? ¿Por qué escribir diez novelas cuando puedes escribir 10,000? CRIMEN Y CASTIGO, claro, no se podría haber escrito en diez versos, y aunque no estoy conforme con un final forzado por causa de la fórmula presurizada del sesgo de nuestra sociedad, seguía siendo un número maravilloso, y transijo con los pocos novelistas, pero desde luego no son excusa para esos tipos con 1/10 parte de su ingenio que van detrás. Los 3/4 de crimen y castigo son una de las cosas que pueden mantener con vida a un joven tarado medio muerto de hambre en la monotonía de nuestras bibliotecas públicas. Sherwood Anderson estaba bien hasta que averigüé que era capaz de engañarlos con una pose: algo apuntaba primero hacia Faulkner (uno de los mayores y más cutres embusteros de esta época, pomposamente aceptado) y luego hacia Hemingway y una pose que luego heredó de sí mismo. En cambio la poesía es el caballo bueno de veras en la recta: no puedes negarlo; van a colgar su número. Móntalo.
Así que haraganeaba en los bancos del parque y entraba en la biblioteca, las bibliotecas me husmeaban la ropa, y me topé con los artículos críticos de las revistas Kenyon y Sawanee, y por alguna razón difusa ese género tiene bastante buena pinta cuando llevas dos días sin comer. Supongo que es la sensación de imperturbabilidad, y me gusta el olor de las páginas sin leer y ese lenguaje duroblando entremezclado como si de veras supieran lo que ocurre y pudieran hablar de ello desde una suerte de fachada de delicadeza y sabiduría. ¡Que lenguaje tan eficiente y musical! ¡Y qué maneras tan bonitas de apuñalar! Leí esas revistas tan sumamente oficiosas y eruditas, me dieron diminutos momentos de placer... 3 minutos o 5 minutos y luego ya estaba, OTRA VEZ ENGAÑADO: en el fondo las revistas no decían nada real, nada acerca de las calles, los bancos del parque, las caras, la práctica inutilidad de vivir. Hablaban de hombres muertos que se habían tornado lo bastante seguros y serios para hablar de ellos.
Escribía relatos breves y los enviaba escritos a mano porque no tenía máquina de escribir y a menudo ni siquiera dirección, e imagino que más de un editor calentito y seboso se echó unas risas y los tiró, salvo por Whit Burnett de la vieja revista Story que pareció interesarse así como en plan displicente y divertido, y yo también los tiraba cuando me los devolvían; y al final, aceptó uno. Sin embargo, llevaba cierto tiempo pensando en la poesía. Estaba allí, en el fondo de mi cráneo, en alguna parte. Supongo que pensaba en ella mientras iba hacia el oeste camino de Sacramento con las cuadrillas del ferrocarril. Supongo que pensaba en ella mientras compartía celda con el enemigo público nº 1 Courtney Taylor; supongo que pensaba en ella mientras utilizaba una máquina de escribir portátil prestada encima de la cabeza de una filipina mientras escapaba de una habitación destrozada y ebria en L.A. Pero, joder, ya sabes cómo es América. En algún momento del trayecto, en algún momento a partir de colegio, se te meten en la cabeza. Te dicen, en resumidas cuentas, que el poeta es un maricón. Y no siempre se equivocan. Una vez, en mi locura, se me ocurrió seguir un curso de escritura creativa en el Colegio Universitario de L.A. ¡eran maricones, colega! Afectados, bonitos, apocados niños prodigio. Escribían acerca de bonitas arañas y flores, estrellas y meriendas en familia. Las mujeres eran más grandes y más fuertes que los hombres pero escribían igual de mal. Eran corazones solitarios y disfrutaban en compañía de los demás; disfrutaban con la charla hermética; disfrutaban de sus enfados y sus opiniones trilladas, muertas. El profesor se sentaba en una alfombra tejida a mano en el centro del suelo, los ojos vidriados de estupidez e inercia, y se reunían en torno a él, alzando la sonrisa hacia su dios, las mujeres con sus largas faldas de volantes y los hombres con sus nalguitas prietas redondeadas de alegría. Se recitaban los unos a los otros y lanzaban risillas y hervían a fuego lento y tomaban el té con las galletitas.
¡Ríete! Yo permanecía solo sentado contra una pared, ojeroso y cabreado e intentaba escuchar y caía en la cuenta de que incluso cuando discutían entre ellos seguía siendo una especie de tregua entre mentes limitadas.
-Bukowsky -me preguntó el profesor un día-, ¿por qué nunca dices nada? ¿Qué opinas?
-Son todo gilipolleces -dije-, todo lo que se ha dicho en esta aula son gilipolleces.
Y eso fue el mejor poema del semestre. 3 semanas después, tras un poco de suerte con los dados en los urinarios del bar local, dormía en las arenas de Miami Beach y trabajaba de mozo de almacén para Di Prima's.
Es como el viejo chiste sobre el tiempo: todo el mundo habla de poesía pero nadie puede hacer nada al respecto. Bueno, por lo general, y más que en las Artes restantes, enredamos demasiado con las tradiciones. No veo por qué la palabra escrita no puede abordarse como la pintura o el sonido. Desde luego no tenemos excusa para quedarnos anquilosados y dejar que las demás Artes nos saquen ventaja. Pero la tradición ha funcionado y los simios se están abriendo camino minuciosamente hacia las aclamaciones. La tradición cuesta esfuerzo, encanto: si tienes resaca, te tomas un Alka-Seltzer. Si quieres escribir un poema relees a Keats y a Shelley, o si quieres parecer moderno relees a Auden, Spender, Eliot, Jeffers, Pound y W. C. Williams y también a E. E. C. Todo ese asunto apesta. No hay ni 5 tipos en este país capaces de escribir 4 versos buenos. El asunto sigue en manos de los maricas, los soñadores, las lesbianas y los profesores de literatura.
Di que soy terco si quieres, inculto, borracho, lo que sea. El mundo me ha dado forma y yo he dado forma a lo que he podido. He llevado al condenado 1/2 novillo sobre los hombros que estaba vivo un minuto antes y lo he colgado por el cartílago del deslustrado gancho en el techo del camión; he entrado en el aseo de mujeres con una mopa mientras tú dormías; he revolcado y me han revolcado; he suplicado a un totalizador en el hipódromo; me han hostiado en un meadero por tirarle los tejos a la pava de un gangster; estuve casado con una mujer con un millón de dólares y la dejé; me he arrastrado borracho por callejones de costa a costa; he puesto gasolina, trabajado en una fábrica de galletitas para perros, vendido árboles de Navidad, incluso he sido capataz; he conducido camiones, he hecho de gorila, atento a las botas en un prostíbulo en Texas; viví un año en un yate aprendiendo a poner en marcha el motor auxiliar y haciéndole el amor a la mujer de un rico pirado con un solo brazo que estaba convencido de ser un genio tocando el órgano y tuve que escribir el libreto para sus malditas óperas, y estaba borracho la mayor parte del tiempo y fue bien hasta que murió, pero ¿por qué seguir con todo lo demás? El tema es la poesía.
El tema es aburrido.
La poesía debe transformarse, debe reafirmarse. Whitman lo entendió al revés: yo diría que para tener un gran público antes debemos tener gran poesía. Nunca lo había dicho, pero ahora estoy lo bastante ciego mientras escribo como para decir que Ginsberg ha sido la fuerza de mejor augurio en la poesía americana desde Walt. Es una puta vergüenza que sea maricón. Es una puta vergüenza que Genet sea maricón. No es que sea una vergüenza ser maricón sino que tenemos que esperar y dejar que los maricones nos enseñen a escribir. Whitman, según tengo entendido, perseguía a los marineros. ¡Ese hombre tan viril con esas blancas, blanquísimas patillas de contemplación, con ese rostro hermoso...! ¡Persiguiendo marineros!
¿Se puede culpar a los chavales del patio de la escuela por decir que los poetas son maricas? ¿No te imaginas a Witman pellizcándole la pierna a un soso marinero con una sonrisa? ¿No ves el resto?
El resto de vosotros, esos 2 que hay por ahí tenéis que venir. Imagino que estoy escribiendo cosas bastante buenas pero ni remotamente lo bastante buenas. Pero me hago viejo, bebo demasiado, hablo demasiado y ya es hora de que algún terco hosco salga a escena...
haga por fin
que esos abusones de la escuela
bajen los puños y los bates y
las piedras
y escuchen al auténtico
intenso
… E. E. Cummings en bronce.
Fuera, delante del prostíbulo y
el
instituto...
el viejo Ezra que regresa a casa a
los 100
tatuado con jeroglíficos chinos y
siendo elegido gobernador de New Hampshire.
Y ahora oigo a la vieja en la habitación de al lado que mece a mi niña en la mecedora: ¡chirría que chirría que chirría!
Está bien, y sin embargo es una vergüenza lo que hacen con los hombres, y es una vergüenza lo que han hecho conmigo, a pesar de lo cuidadoso y descuidado que he sido. Yo diría que un poeta tiene que ser cuidadoso con su ocupación y con su polla y con su ego si ha de sobrevivir más allá de un momento. Pero antes que nada hay que cancelar la suscripción al Kenyon review y venir aquí, al Ole, donde tienes que leer con los ojos entrecerrados y reírte porque no sabemos deletrear ni puntuar. Aun así, te sentirás mejor. Engordarás 8 kilos y empezarás a acostarte con tu hermana o con la mejor amiga de tu mujer. Hay una posibilidad casi de cualquier cosa.
Incluso de acabar este artículo.
¿Lo ves?


Del libro Fragmentos de un cuaderno manchado de vino editado por Anagrama.