jueves, 27 de marzo de 2014

ARCADIA DESOLADA: Pedro Juan Gomila Martorell.




Sinopsis:

Este libro tiene un título genérico, Eidolon, y un título específico, Arcadia desolada, ambos tremendamente significativos. Para los antiguos griegos un eidolon era un espectro, una aparición, un simulacro en cuanto copia fantasmal de un ser humano: el espíritu descarnado del difunto trasmutado en un doble insustancial, como si fuera un eco. El autor se vale de este concepto para describir el proceso que le llevó a descubrir su homosexualidad y a asumir su propia identidad, cosa que nos narra en la trilogía que compone su Eidolon.


3 POEMAS

I

El aire está a la vez triste y gozoso,
las sombras, descendiendo lentamente,
se abaten sobre el rostro taciturno:
detrás de las montañas cubiertas por la nieve
roza leve el ala purpúrea del crepúsculo,
licuando los azules del día que se apaga;
la maleza araña, sangra los tobillos,
en mi andar sin rumbo por la selva
que desnuda su mirada de colores;
suenan graves las esquilas amarillas
de la tarde, se apodera de los campos
el silencio. Cuando mece mi cabello
una ráfaga de viento, levantisca,
portando hasta mi olfato de gineta
como un aroma a leña del hogar,
mi moroso paso se va precipitando,
así lo ha decidido de pronto el corazón,
por una galopada rabiosa que persigue
sentir cómo la vida rebosa de mi cuerpo,
mientras muere de nuevo el dios hebreo,
crucificado en la vieja madera de su Mito;
jadeante, agotado, mas ebrio de felicidad,
me adentro, sonriendo, en la noche terrible.

II

Acuarelas de mi infancia vulnerada,
de qué modo se tiñen ya con la melancolía
de un azul cobalto disuelto sobre el alma
por ésta mi primera lágrima vertida
que abrasa con la fuerza de quien ama
tan apasionadamente
una vida prodigiosa que le burla;
mas desnudo como lobo, me avergüenzo
cuando extiendo mis dos alas de paloma
para huir de esa mirada paralizadora
que me tumba contra el suelo, magullando
las rodillas con la lengua de los genios
que perdieron, sumergidos en las horas
de los tiempos siempre en movimiento,
sus lámparas brillantes y maravillosas.

III

Amamos la nieve porque somos agua
sin calor de vida;
anhelamos la presencia del invierno
porque aullamos como el viento
que sacude las sutiles hebras
de nuestro corazón;
compartimos sepultura con las fieras
cuando, heridos por el rayo, tropezamos
sobre esta tierra inhóspita y glacial;
y vestimos la mortaja de las sombras
porque hilamos cada uno de nosotros
nuestra propia, irrevocable, noche insomne.


Pedro Juan Gomila Martorell, de Arcadia desolada (La Lucerna, 2013)