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viernes, 23 de diciembre de 2011

LA INVOLUCIÓN CÍTRICA: Prólogo.



La Involución Cítrica de Adriana Bañares son las crónicas de un tránsito, fragmentos de un juego del que no conocemos las reglas y, a pesar de todo, jugamos. Paisajes donde el microcosmos del bar como alimento del alma y la lírica de la habitación cerrada es el contrapunto perfecto para el descanso del espíritu. Todos buscamos llenarnos la boca para saciar el ansia que traen las guitarras eléctricas desafinadas y los cuerpos conocidos. Un libro que amalgama prosa y verso, en un desorden cotejado por la postmodernidad, de pop sangrante y veladas cansinas, construido bajo las directrices inmediatas que marca la red, nueva biblioteca de Babilonia, abierta, incontenible. El espectador, que contempla el devenir de las palabras, la mutación de la vida, tránsito perenne entre adolescencia y días grises, camina junto a la autora por las calles encharcadas y bebe apoyado en su misma barra, a unos pocos centímetros, mudo ante el torrente interno que se muestra pleno, arterial, salvaje. Los personajes que van apareciendo se vertebran sobre las puntas afiladas de la existencia, siluetas recortadas sobre un escenario de cartón donde la autora no da más guión que el devenir agotador de las jornadas, las anécdotas minúsculas que avalan nuestro libre albedrío. Carmen, Aída, Jaime, Carmen otra vez, Lorena, nombres inventados para gente que camina, hambrienta, zombificada. Colección de favoritas, como el disco de los Sencillos, si yo no puedo estar en tus sueños, por lo menos ven un rato a los míos.

Tú eliges las canciones, aunque en mi cabeza todas terminan sonando igual.


Octavio Gómez Milián, del blog Zaragota.

Título: La involución cítrica
Autor: Adriana Bañares Camacho
Editorial Origami
ISBN: 978-84-938996-7-7
Precio: 10€
Pedidos: contacto@editorialorigami.com

lunes, 10 de enero de 2011

JOLIBU by Domingo López.



Los tipos de la televisión llegaron corriendo y allí nos tenían a todos, al Chuli, al Madeja, a la Mona, al Basto y a mí, nerviosos, peinándonos unos a otros a manotazos como primates coquetos. Bueno, todos no estábamos, faltaba El Jerele que hacía ya un buen rato que se lo habían llevado occiso perdido a la morgue - cuya sangre tras rubificar la acera había cubierto con serrín Manolete, el camarero del bar de la esquina - y que por lo tanto el pobre, con la garganta abierta, ya no cantiñearía con arte más fandanguitos y era, digamos, el culpable de que fuéramos a salir en directo en un programa truculento de sucesos como los amigotes compungidos de la víctima y como testigos presenciales del violento y mañanero deceso. En realidad el caso no tenía mucha chicha y al Moreno, el borracho que le había rebanado sin venir a cuento el cuello, ya se lo habían llevado los maderos así que no había mucho hilo de donde tirar y por eso el reportero del micrófono, antes de empezar a grabar, dijo que nos inventáramos los que nos saliera de los mismísimos huevos. Por supuesto, para chupar toda la cámara posible, el que dijo más fantasiosos disparates fui yo y como recompensa al final me dejaron mostrar el diccionario que me encontré hace algunos meses en la basura y que siempre llevo conmigo y con el que me cultivo e ilustro diariamente e incluso pude saludar a mi madre por si me veía desde el infierno de su llameante y eterna combustión y a los coleguitas por si me veían desde las tascuchas inmundas o los salones sociales de las cárceles y al final nos dieron la calderilla prometida para las litronas y los vimos arrancar el furgón - Antena Total TV, tenía escrito en el capó – y nos volvimos ufanos y del tirón ya famosos al parque para beber y rascarnos al sol y decidir entre todos, por unanimidad y a mano alzada, si este día podía considerarse sin exageración o excesivo error, exceptuando, está claro, el de la comunión o el del primer polvo, el más importante de nuestras tristes vidas.


Domingo López, de Alentejo Blues y otros textos (Papeles de Uno, 2010).