domingo, 6 de abril de 2014

LA BALADA DE MOLLY SINCLAIR: 2 Poemas.



Yumeji’s Theme

Bajar y subir los mismos escalones
sin descanso,
doblar, redoblar la misma esquina,
esperar repetidamente junto a una ventana,
empaparse bajo una lluvia artificial,
detenerse, volver a comenzar desde el principio,
repetir luego la acción con pequeñísimas variantes,
una, cien veces, multiplicar
su perfil, añadir
su opacidad al dibujo de los adoquines,
estirar la memoria hasta convertirla
en una superficie difuminada, quebradiza,
en el cielo pintado de un decorado.
Vuelve a sonar la misma música,
tratan de dejarse llevar, de enredarse
en el tres por cuatro, de balancearse
en esas cuerdas pinzadas por dedos invisibles;
pero siempre es un poco demasiado tarde:
la mirada cae fuera de racord, el gesto
de la mano izquierda queda levemente desajustado,
el humo del cigarrillo se pierde
por la parte superior del encuadre,
el ritmo
se ralentiza,
todo corre ahora el peligro de convertirse
en un inmenso plano fijo.
Él contempla su pasado como a través de un cristal sucio.
Ella flirtea con el azar, comprende
que la suerte no estará nunca de su parte,
cambia de vestido, se engaña
introduciendo un nuevo color,
una nueva textura sobre ese fondo invariable,
incrusta su imagen día tras día, año tras año,
sobre una serie limitada de escenas,
de pasillos, de callejones, de pentagramas,
de oficinas presididas por relojes gigantescos.
Y aun así
persisten, cada uno
en la oscuridad de sus respectivos cuartos,
en solitario o junto a la respiración acompasada
de otro animal malherido, atentos
a esas imágenes que van surgiendo desde el bajo vientre,
que regresan de entre las sombras sin disiparlas
para convertirse en el centro del universo
durante unas horas siquiera,
desplegando
su rito absurdo y desgastado
mientras los últimos bares abiertos escupen
a los últimos clientes, mientras los camareros
limpian somnolientos los cercos húmedos del mármol
y las persianas chocan de repente contra el suelo
como metáforas inútiles.


Dark Lolita

Te fascina
esa manera suya de tontear con todo el mundo
aparentando al mismo tiempo no darse cuenta
de estar haciéndolo.
Durante un par de horas te dejas absorber
por su estudiada naturalidad,
sentada en el filo de la silla,
recostada sobre la mesa,
junto a la ventana como una de las perturbadoras
niñas de Balthus;
o acercándose con timidez a la barra,
jugueteando con una botella,
permitiendo que la espuma de su cerveza
le decore traviesamente los labios.

Habláis un rato:
libros, ciudades,
nombres de alcoholes raros y de autores oscuros.
Ella tira de catálogo,
la guía telefónica del malditismo,
Lautréamont, Panero y todo eso.
Tú mencionas a François Villon
y le susurras al oído cualquier verso:
vieil je serai, vous laide et sans couleur…

Su habitación huele a incienso barato.
El tatuaje se desplaza
desde el final de la espalda donde lo imaginaste
hasta el ombligo,
la tarántula convertida en cuatro símbolos flamígeros.
A media luz, cubierta la lámpara con una tela,
entre pósters de Joy Division y pelos de gato gris,
sus ojos demasiado pintados,
sus manos habilidosas, el arco insolente
de su cuerpo,
te clavan como a un insecto expresionista
sobre las sombras agitadas de la pared.

Sonríe y se lía un porro,
bebéis a morro tres o cuatro
latas. Después
pone en su Mac una película coreana
en la que apalean a un tipo desnudo
con un gran bate de cricket.
Ella se tapa con el edredón hasta la barbilla,
dejando al descubierto los pies,
y tú te miras dócilmente el sexo fláccido
pensando en el fin de todos los tiempos.


Juan Vico, de La balada de Molly Sinclair (Origami, 2013).

http://jvico.blogspot.com.es/