martes, 21 de abril de 2009

EN QUÉ CREO. J.G. Ballard (1930-2009)


Creo en el poder de la imaginación para rehacer el mundo, liberar la verdad que 

hay en  nosotros, alejar la noche, trascender la muerte, encantar las autopistas, 

congraciarnos con los pájaros y asegurarnos los secretos de los locos. 

 

Creo en mis propias obsesiones, en la belleza de un choque de autos, en la paz del 

bosque sumergido, en la excitación de una playa de vacaciones desierta, en la 

elegancia de los cementerios de automóviles, en el misterio de los 

estacionamientos de varios pisos, en la poesía de los hoteles abandonados. 

 

Creo en las pistas de aterrizaje olvidadas de Wake Island, señalando a los 

Pacíficos de nuestras imaginaciones. 

 

Creo en la belleza misteriosa de Margaret Thatcher, en el arco de sus fosas 

nasales y el borde de su labio inferior; en la melancolía de los conscriptos 

argentinos heridos; en las sonrisas perturbadas de los empleados de estaciones 

de servicio; en mi sueño sobre Margaret Thatcher acariciada por ese joven 

soldado argentino en un motel olvidado, observados por un empleado de estación 

de servicio tuberculoso. 

 

Creo en la belleza de todas las mujeres, en la perfidia de sus fantasías, tan cerca 

de mi corazón; en la unión de sus cuerpos desencantados con los rieles de cromo 

de las góndolas de supermercado; en su cálida tolerancia de mis propias perversiones. 

 

Creo en la muerte del mañana, en el acabamiento del tiempo, en la búsqueda de 

un tiempo nuevo en las sonrisas de las mozas de los bares de las rutas y en los 

ojos cansados de los controladores de tráfico aéreo en aeropuertos fuera de 

temporada. 

 

Creo en los órganos genitales de los grandes hombres y mujeres, en las posturas 

corporales de Ronald Reagan, Margaret Thatcher y la Princesa Diana, en el suave 

olor que emana de sus labios cuando miran a las cámaras del mundo entero. 

 

Creo en la locura, en la verdad de lo inexplicable, en el sentido común de las 

piedras, en la demencia de las flores, en la enfermedad reservada para la raza 

humana por los astronautas del Apolo. 

 

No creo en nada. 

 

Creo en Max Ernst, Delvaux, Dalí, Tiziano, Goya, Leonardo, Vermeer, de Chirico, 

Magritte, Redon, Durero, Tanguy, el Facteur Cheval, las torres Watts, Bocklin, 

Francis Bacon, y en todos los artistas invisibles dentro de las instituciones 

psiquiátricas del mundo. 

 

Creo en la imposibilidad de la existencia, en el humor de las montañas, en lo 

absurdo del electromagnetismo, en la farsa de la geometría, en la crueldad de la 

aritmética, en las intenciones asesinas de la lógica. 

 

Creo en las adolescentes, en la corrupción que hay en ellas sólo por la postura de 

sus piernas, en la pureza de sus cuerpos desaliñados, en los rastros que sus partes 

pudendas dejan en los baños de moteles miserables. 

 

Creo en el vuelo, en la belleza del ala, y en la belleza de todo lo que alguna vez 

haya volado, en la piedra arrojada por un niño pequeño que lleva en sí misma la 

sabiduría de los estadistas y de las parteras. 

 

Creo en la amabilidad del bisturí, en la geometría sin límites de la pantalla de 

cine, en el universo oculto dentro de los supermercados, en la soledad del sol, en 

la locuacidad de los planetas, en la redundancia de nosotros mismos, en la 

inexistencia del universo y el aburrimiento del átomo. 

 

Creo en la luz que arrojan las videograbadoras en las vidrieras de las grandes 

tiendas, en la agudeza de las parrillas de los radiadores en los salones de venta de 

automóviles, en la elegancia de las manchas de aceite sobre las barquillas de los 

motores de los 747 estacionados en las pistas de los aeropuertos. 

 

Creo en la no existencia del pasado, en la muerte del futuro, y en las infinitas 

posibilidades del presente. 

 

Creo en el desarreglo de los sentidos: en Rimbaud, William Burroughs, 

Huysmans, Genet, Celine, Swift, Defoe, Carroll, Coleridge, Kafka. 

 

Creo en los diseñadores de las Pirámides, el Empire State, el bunker del Fuhrer 

en Berlín, las pistas de aterrizaje de Wake Island. 

 

Creo en la fragancia del cuerpo de la Princesa Diana. 

 

Creo en los próximos cinco minutos. 

 

Creo en la historia de mis pies. 

 

Creo en las migrañas, el aburrimiento de las tardes, el temor a los calendarios, la 

traición de los relojes. 

 

Creo en la ansiedad, la psicosis y la desesperanza. 

 

Creo en las perversiones, en el amor obsesivo por los árboles, las princesas, los 

primeros ministros, las estaciones de servicio abandonadas (más bellas que el Taj 

Mahal), las nubes y los pájaros. 

 

Creo en la muerte de laa emociones y el triunfo de la imaginación. 

 

Creo en Tokio, Benidorm, La Grande Motte, Wake Island, Eniwetok, Dealey Plaza. 

 

Creo en el alcoholismo, las enfermedades venéreas, la fiebre y el agotamiento. 

 

Creo en el dolor. 

 

Creo en la desesperanza. 

 

Creo en todos los niños. 

 

Creo en mapas, diagramas, códigos, juegos de ajedrez, rompecabezas, tableros de 

horarios de vuelos, carteles indicadores de los aeropuertos. 

 

Creo en todas las excusas. 

 

Creo en todas las razones. 

 

Creo en todas las alucinaciones. 

 

Creo en toda la rabia. 

 

Creo en todas las mitologías, recuerdos, mentiras, fantasías y evasiones. 

 

Creo en el misterio y la melancolía de una mano, en la amabilidad de los árboles, 

en la sabiduría de la luz. 

 

 

[Traducción Claudia Kozak] 


Este texto está saqueado de la revista artefacto. Un texto terriblemente  hermoso, un epitafio perfecto para un gran escritor.

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