martes, 21 de abril de 2009

ARTILLERÍA BARATA DE VISCARRA. Miguel Sánchez-Ostiz


Miguel Sánchez-Ostiz ha vuelto a viajar a Bolivia, después de escribir su Cuaderno boliviano, y esta vez podemos leer sus impresiones sobre ese país en vivo, en su blog VIVIR DE BUENA GANA. En la entrada de hoy escribe sobre algunos de los escenarios y personajes que aparecen en los libros de Victor Hugo Viscarra, escritor  que en cuanto a peripecia vital deja a Bukowski convertido en una novicia: alcohol, vagabundos, sexo callejero... Todo de primera mano, en primera persona. Os recomiendo también este otro post de Sanchez-Ostiz sobre los cementerios clandestinos de La Paz, que pone los pelos como escarpias. P.

ARTILLERÍA BARATA DE VISCARRA

SEGÚN el pintoresco diccionario que publicó Víctor-Hugo Viscarra en 1981, titulado Coba. Lenguaje secreto del hampa boliviana, dice que Artillería barata es un "Grupo de dipsómanos que beben alcohol aguado por las calles". Los hay también pesados, y hay prostitutas niñas y no niñas, y drogadictos, delincuentes de todas clases, marginados, carne de morgue y de sala de disección. Son los personajes que pueblan la obra narrativa de Viscarra.

Esos personajes andan o duermen y mueren aovillados por los arrabales de La Paz, por los desmontes, en grupo, en parejas, con una botella de licor infame en la mano, vagan por los vertederos, los desmontes, las torrenteras, los callejones, el corazón de las ruinas...

"En los extramuros de la ciudad, donde la legalidad pierde gran parte de su eficacia, hay un mundo diferente al que conocemos (...) Yo vivo en aquel mundo creado por el Dios del mal. Ni siquiera he aprendido a conocer la felicidad que vive en las páginas de un diccionario...", escribe Viscarra hacia 1996.

Y andan también por el centro de la ciudad, por lo que queda de la plaza Pérez Velasco o de Los Héroes, son lustrabotas o no son nada, rotos, rotas, como su Gaucha que resucitada deambula, idéntica a como aparece en El abandono hecho poesía, entre los puestos de comida de la plaza de San Francisco, entre los grupos que devoran patitas rebozadas, mote, chicharrón, chorizos... manjares que comen y beben otros. Es una gente cuyo mayor signo de vida, dice el escritor, puede ser una mirada fugas en la que brillan los efluvios de la clefa, de la gasolina o del alcohol de la peor calidad o puro mezclado con té o bebidas carbónicas. Son más jóvenes que viejos, aunque tengan, como dice él, arrugas hasta en las encías. De poco valen ongs, obras de caridad, intitucionalismo regeneracionista. Son legión y cada vez más, en un país donde la desestructuración familiar acelerada con la inmigración es una calamidad que pocos señalan. El precio de las remesas es muy alto.

En esas páginas, necesarias, urgentes, breves de Viscarra anida un dolor inaplacable, mostrado sin adornos, un aullido de socorro, algo más que una página literaria, algo más que un icono de la bohemia paceña que le convidaba, cuando lo hacía, a tomar un trago en el Bocaisapo: "Yo le pagué una copa a Viscarra".

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