viernes, 27 de febrero de 2009

ALGUNOS HOMBRES INSACIABLES, por Almudena Vidorreta.


Caramelos ácidos por todas partes, piruletas de niñas mayores
y la lengua de uno de aquellos hombres insaciables
ofreciéndome un pastilla de los deseos en su punta
como esa escena de Ghost en la que el muerto eleva una moneda en el aire
con su dedo índice como medida de existencia.
Aquel verano estaban de moda las sonrisas y las mariposas,
así las llamaban.
La hija del hombre dijo no
pero besó su lengua atormentada algunos días más tarde,
como si fuera a curarle la vida al cadáver de un sueño,
al presagio de un sueño en otro cuerpo.
Y todos me vieron tragándome la muerte, cavando mi propia tumba,
dejando atrás las confesiones, los rosarios
y la comunión que emprendimos hace siglos.

Pero ya estaba sucia de aquella lengua mucho antes de emborracharme con los restos
de algún insecto o alguna boca alegre y química.
Olvidó que yo estaba viva y me sostuvo entre sus brazos como su tuviera fuerza
y yo vi el mundo, y vi venir la lluvia,
y vi caer las lágrimas con indiferencia y granizo a gran velocidad,
speed en las montañas como nieve y olvido
y no intuimos la piedad capaz de salvarnos a todos,
y no quiero esto, yo no quiero esto, me dije,
soy alérgica al polvo, al polvo y a la lluvia
y a ti qué.

La hija del hombre emprendió su vuelo,
elevada con polvo de hadas,
con polvos mágicos; soy alérgica al polvo...
qué polvo quieres tú.

Cuando se olvidó de aquella noche pasaron tantas otras hechas de tentación y vértigo,
un acantilado de oscuridad y acaso cuatro tipos desnudos con las manos llenas
de cuyos dedos se dejaba caer el vacío a gramos y cápsulas.

Quedé con mi tristeza bebiéndome la lluvia.
Era domingo y comulgué por enésima vez.

Almudena Vidorreta Torres, de Algunos hombres insaciables (Editorial Aqua, 2009).
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