viernes, 11 de septiembre de 2020

RONDA DE SOLOS: José Luis Carrasco.



«Música es una interpretación cerebral del ruido, lo que 
te lleva a pensar que un pájaro canta, cuando solo se trata 
de un macho en celo intentando reproducirse. ¿Te suena?»

ADOLFO SAULES

Para mi amigo Adolfo, la música consiste en una interpretación sofisticada de un fenómeno sensible. Es un alivio, porque en estos momentos no asisto a un concierto, ni compongo, ni toco, ni estoy en disposición de hacerlo. Me tendré que conformar con la banda sonora de Avilés

Trato de fijarme, pero no distingo el canto de ningún pájaro. Por encima de ellos se impone la amalgama de ruido de los motores de los coches, la melodía de un móvil, las conversaciones entre vecinos. Y me pregunto si formo parte de esta banda sonora, aunque sea con el ruido de mis zapatos, de mi respiración, el crujido de mis huesos. 

El idioma de la tecnología siempre habla más alto. El tren que llega, uno espera que con puntualidad, a su cita en la estación. Las alarmas de los semáforos que ayudan a los ciegos a cruzar el paso de cebra. El sonido de los manillares de las puertas que se abren y se cierran, los timbres que suenan a su hora, el ruido eléctrico que ha sustituido a la campana, desprovisto de eco y otras imperfecciones, su duración y tono reguladas en sus circuitos. 

El jazz impugna la ritualización del sonido. Es música con estructura, pero su método se basa en la sorpresa, en tocar variaciones sobre un tema. Un ordenador capaz de reproducir el patrón de ruido de una capital nunca lograría ejecutar un tema de jazz como un ser humano, porque una vez programadas las órdenes en lenguaje de código, la música se fosiliza. El jazz no se puede programar, por eso es insoluble en la música electrónica. 

El jazz es la vacuna contra las máquinas.

José Luis Carrasco,
de Ronda de Solos
(Boria Ediciones, 2020).

*
En vísperas de un concierto, un saxofonista de jazz pierde su instrumento y, con él, su razón de ser. Lejos de cualquier amigo, con sus compañeros de banda aún por llegar, siente que ha tocado fondo. Para aferrarse a la vida decide sumergirse tanto en el paisaje urbano de la ciudad de Avilés como en sus propios recuerdos e impresiones.

Se inicia aquí su gran aventura, la del retorno a los orígenes, el diálogo con sus maestros y la búsqueda de la revelación a partir de la ausencia, quizá incluso el descubrimiento de su verdadera relación con la música.

Con la velocidad de un solo de Coltrane, José Luis Carrasco dispara la novela en varias direcciones, en una mezcla de estilos y géneros: la crítica musical, los libros de viajes, la autobiografía, la literatura aforística, pero sobre todo construye una apología de la creatividad frente a la indolencia y de la fe en que, a pesar de las crisis, nunca estaremos perdidos del todo.


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