lunes, 3 de marzo de 2014

OCHO RELATOS DE BOXEO: Fragmentos.




El aspirante al título

Duncan Hamilton era 14 años más joven. También más fuerte y más rápido. Su mirada era arrogante y hostil, dura y desafiante; llena de tensión y furia asesina. Tenía hambre de victoria. Un hambre insaciable que se reflejaba en unos ojos que brillaban y echaban fuego. Sabía que aquella vieja gloria que tenía enfrente era su único obstáculo para conquistar sus sueños. La gran meta para la que se había preparado a conciencia durante tantos años. Lewis Maloy era el actual campeón de los pesos pesados y un referente admirado en el mundo del boxeo. A sus 39 años seguía estando en buena forma y todavía nadie había conseguido arrebatarle el título.
Sería un combate a 15 asaltos. Maloy tenía una gran experiencia y sabía cómo dosificar sus fuerzas para aguantar todo ese tiempo. Por el contrario, Duncan casi siempre conseguía noquear a sus adversarios antes del cuarto o quinto round. Su palmarés como profesional era de 18 victorias, 13 por la vía rápida y ninguna derrota; algo impresionante, aunque nadie sabía si aquel chico estaría preparado para una pelea tan larga contra alguien como Maloy.


Cincinnati Arena

Era otra velada de boxeo en el Cincinnati Arena. Me gustaba el ambiente. Dos hombres intentando matarse con los puños mientras miles de personas les animaban a que lo hicieran. Era demencial y excitante. Llegué justo para el último combate: el plato fuerte de la noche. Chico Rodríguez contra Billy Monroe. Chico era un mejicano perturbado y agresivo. Parece ser que estuvo un par de años en un reformatorio por matar a un hombre a cuchilladas. Cuando salió de allí se metió en el mundo del boxeo para canalizar toda esa violencia dentro de un cuadrilátero. Seguramente eso le salvó de volver al trullo. Billy también había estado en chirona. En su caso le trincaron por robar en una licorería a punta de pistola. Pasó unos cuantos meses a la sombra. Ambos púgiles subieron al ring. Chico llevaba calzón negro con una franja roja en la cintura. Su rostro era inquietante, con grietas y cicatrices, y sus ojos delataban al animal salvaje que escondía en su interior. En el lado izquierdo de su pecho tenía tatuado un tigre como símbolo de su espíritu combativo. Billy llevaba un pantalón de color blanco que contrastaba de manera formidable con su piel negra y brillante. El speaker subió al cuadrilátero. El micrófono bajó desde el techo del estadio. Lo cogió, comenzó con una breve introducción digna del mejor showman e hizo las presentaciones: Chico Rodríguez; 25 años; 1,79; 88 kg. Billy Monroe; 27 años; 1,81; 85 kg. Justo después Billy empezó a dar vueltas y a bailar por el ring. Era parte de su espectáculo. A continuación se subió a las cuerdas de su esquina. Acercó los guantes a los labios y extendió los brazos con fuerza repetidamente lanzando besos a los espectadores. Era un payaso, pero la gente lo adoraba. Chico permanecía de cara a su esquina escuchando las indicaciones de su entrenador. 
Cuando peleaba un boxeador blanco contra otro negro la elección era sencilla: apuesta SIEMPRE por el negro. Era casi imposible que pudieras equivocarte. ¿Pero qué pasaba cuando uno era negro y el otro un mejicano loco? Esos tipos estaban hechos de una pasta distinta. Eran inmunes al dolor y al agotamiento. Habían nacido para morir peleando, y Rodríguez era un buen ejemplo de ello. Sonó la campana.


Contra las cuerdas

—Lo siento, Joe, pero esta noche no puedes ganar.
—¡No me jodas, Charly! ¡Ese capullo no es mejor que yo! ¡Puedo vencerle sin problemas!
—Lo sé. Lo sé… Pero no es así como funciona este tinglado. Esto es boxeo, chico. Se trata de hacer negocio; de sacar tajada del espectáculo. ¿A quién le importa quién sea en realidad el mejor púgil cuando uno tiene los bolsillos llenos de billetes? Aquí hay un gran pastel y cada cual quiere su trozo. 
—¿Pero qué clase de entrenador eres tú?
—Uno que va a evitar que te maten…
—¿De qué estás hablando?
—Mira, Joe, esta gente es peligrosa. Es la mafia, por Dios. Son capaces de cualquier cosa… Puedes apostar en tu contra. Sacarás una fortuna…
—No tengo nada. Ni siquiera podría apostar 100 pavos… ¡Pero si gano me embolsaré 50.000 limpios!
—Olvídalo, serías un fiambre mañana a primera hora.


Dentro del cuadrilátero

Sonó la campana una vez más. Tucker estaba tan desorientado que echó a andar en dirección equivocada. El árbitro le cogió del brazo y le señaló la dirección correcta hacia su esquina. Se sentó en el taburete y abrió la boca esperando que le cayera un chorro de agua. Le pusieron la botella en los labios mientras otro de sus ayudantes trataba de detener la hemorragia de su ceja con la ayuda de los bastoncillos y la vaselina.

—Harry, ¿cómo estás? —preguntó su entrenador.
—Bien.
—¿Quieres que detengamos la pelea?
—Si lo haces te mato.
—¿Seguro que estás bien?
—Seguro.
—¿Cuántos dedos hay aquí?
—Quítame la mano de la cara, maldita sea. Ya te he dicho que estoy bien.
—¿Sabes que anoche me follé a tu hermana?
—No seas capullo. Sabes que yo no tengo hermanas.
—Vale, estás bien. 
—Ya te lo he dicho.
—Oye, Harry, ese tío te está haciendo polvo con la derecha. Tienes que vigilar eso, ¿vale? Cada vez que saca la mano te alcanza de pleno. Como te coja un par de veces más vas a tener problemas, ¿me oyes?
—No me digas. Creía que era yo el que estaba ahí dentro —respondió con ironía.
—Escucha, muévete hacia su izquierda para evitar su mano buena y mantente fuera de su alcance, ¿de acuerdo?
—¿Y cómo esperas que gane así el combate?
—¿Ganar el combate? Ahora mismo lo único que quiero es que no te arranquen la cabeza.


La noche del combate

Chicago, 1953

Dos de los mejores pesos wélter del momento se iban a enfrentar por primera vez. Hacía días que la radio y los periódicos no hablaban de otra cosa. El registro de Marvin Webber era de 32 combates, 29 victorias, 24 por K.O., 2 derrotas y un empate. Zack Patterson llevaba 37 encuentros, 33 victorias, 22 por K.O. y 4 derrotas. El estadio estaba a rebosar. Nadie quería perderse la pelea. En cuanto los púgiles hicieron su aparición la muchedumbre empezó a rugir. En las primeras filas estaban sentados los peces gordos de la ciudad; gangsters en su mayoría. Joe Baxter, Franky Di Paolo, Salvatore Sposito, Tony Gianetti, Mike Dowling, Craig McKenna… Incluso Ron Mancuso estaba sentado ahí con un puro en los labios y una chica-trofeo a su lado. Una rubia escultural 20 años más joven que él, vestida con un abrigo de pieles y dispuesta a representar su papel a cambio de una vida de lujo. Webber subió al ring y bailó unos segundos sobre la punta de sus pies mientras agitaba los brazos golpeando al aire. Después uno de sus ayudantes le quitó el batín descubriendo un cuerpo lleno de músculo y odio. A continuación subió Patterson. Giró la cintura un par de veces con la guardia alta y sacó unas cuantas manos con rapidez demostrando que estaba en plena forma. El combate había sido pactado a 12 asaltos. Marvin Webber llevaba calzón negro. Zack Patterson vestía pantalón blanco con una franja lateral negra. Ambos boxeadores se acercaron al centro del cuadrilátero mientras el árbitro les advertía que quería una pelea limpia. Después chocaron sus guantes y fueron a sus esquinas. Segundos más tarde sonaba la campana.


Arregui, la leyenda del boxeador

Azkoitia (Gipuzkoa), junio de 1936

La prueba de aizkolaris acababa de dar comienzo. Aquellos cuatro hombres alzaban sus hachas a velocidad de vértigo y las dejaban caer con violencia contra el tronco sobre el que apoyaban los pies haciendo un corte limpio en la madera. Una vez tras otra elevaban el filo plateado sobre sus cabezas y lo descargaban con todas sus fuerzas en mitad del leño. Era un acto repetitivo y frenético, casi hipnótico. El hombre de Nueva York registraba cada movimiento de aquellos hombres con su cámara de cine. Cuando la parte del madero por la que habían comenzado estaba casi acabada, los aizkolaris daban media vuelta y continuaban despedazando el lado que aún seguía intacto. El primero en partir cuatro troncos por la mitad sería el vencedor. La tensión era palpable. Había dinero en juego. Cada participante atacaba la madera con cortes diagonales creando una especie de cuña en el tronco hasta conseguir atravesarlo. Una vez que terminaban con uno corrían al siguiente subiéndose sobre él y empezaban de nuevo la serie de hachazos. La plaza estaba llena de gente que vociferaba y animaba con entusiasmo al hombre por el que habían apostado. El duelo estaba entre Iruretagoyena y Mendizabal. Zubiria y Eguiburu se habían quedado ligeramente atrás. Fueron unos últimos segundos llenos de emoción, hasta que Iruretagoyena asestó el último golpe de hacha y levantó los brazos en señal de victoria. Entonces el americano se acercó al vencedor junto con su ayudante y aprovechó la ocasión para hacerle una pequeña entrevista frente a la cámara. Aquélla sería una buena escena para el reportaje que estaba llevando a cabo para la Agencia Silver Films sobre el País Vasco y sus deportes autóctonos.
La siguiente prueba en realizarse sería la del levantamiento de piedras. Franklin se fijó detenidamente en cada una de ellas. Todas llevaban pintado un número con su peso. Había unas completamente redondas de 70 y 90 kilos; y otras de forma rectangular que iban desde los 125 hasta los 280. Franklin pensó que aquella última piedra la levantarían entre dos hombres; y aun y todo, conseguir hacerlo, habría sido toda una demostración de fuerza. Preguntó por ello, pero le informaron que ésta era una prueba individual y que la mayoría de la gente había apostado a que Arregui conseguiría levantar la piedra. ¿Cómo iba a levantar un solo hombre un peso de 280 kilos? Eso era del todo imposible. Por muy fuerte que fuese una persona jamás podría realizar semejante hazaña. Él, desde luego, no hubiese apostado ni medio dólar a su favor. 


La pesadilla del luchador

Se pasaba las noches despierto y lamentándose en silencio: “Si hubiese tenido un mánager que se ocupara de mi carrera… Si hubiera contado con su apoyo… Bobby Leighman lo tuvo y llegó a disputar el título contra Joe Massera. Clayton Brown ganó más de 100.000 dólares en su combate contra Buster Wilcox. Y Don Harvick se retiró con toda una fortuna a los 32 años. Yo peleé contra todos ellos y les vencí. A Clayton Brown incluso en dos ocasiones. Y Terry Mossler ni siquiera quiso enfrentarse a mí. Sabía que si subía conmigo a un cuadrilátero le daría una paliza de muerte.” 
Sus mejores años ya habían pasado. Su cuerpo había envejecido rápido. Demasiadas peleas a sus espaldas. Sus manos estaban hinchadas y doloridas, y sus piernas ya no tenían la misma agilidad ni resistencia. Muchos aficionados todavía le recordaban de algunos combates legendarios, pero eso a él no le consolaba. No podía consolarle cuando apenas podía pagar el alquiler de una buhardilla minúscula y destartalada en mitad del barrio chino. 


Sangre

Estaba furioso y enloquecido, peleaba como si llevara dos días sin comer. Sus ojos eran los de un perturbado o un asesino. Sacaba los puños con violencia una y otra vez. Su adversario se cubría subiendo la guardia y forzaba los desplazamientos intentando quitarse de encima a aquella bestia que no dejaba de atacar ni un solo segundo. En las primeras filas el público chillaba extasiado. El tiempo corría. Estaban al final del octavo round. El vencedor se llevaría el total de la bolsa. Era todo o nada. Simmons no dejaba de embestir buscando el golpe definitivo. “No volvería a aquel trabajo en la fábrica de montaje. Eso nunca. Antes mataría con mis propias manos al hombre que tengo delante”, repetía insistentemente en su cabeza mientras arrinconaba a su rival contra las cuerdas y lo castigaba con golpes terribles.


Fragmentos de Ocho relatos de boxeo, de Alexander Drake (Ediciones Lupercalia)



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