lunes, 10 de marzo de 2014

ANILLOS DE SATURNO: Prólogo.



Para Sonia siempre que llueve llueve dos veces. Lo mismo cuando hace sol y se refleja en los charcos y en el barro que se forma en las cuestas del pueblo de sus abuelos. Todo sucede dos veces. Dos veces mira a su pequeño cachorrillo cada vez que lo mira. No es que lo mire una vez y luego otra, no: cada vez que lo mira lo hace dos veces a un tiempo. Y dos veces lo besa con cada beso. También le rompen dos veces el corazón cada vez que se lo rompen y también lo estrena dos veces de golpe cuando toca. Dos veces duele el dolor y doblemente se ama y así hasta el infinito. Eso le sucede porque es poeta.

No es que un poeta viva el doble que cualquier otra persona (y quiero no sé si corregirme porque me vienen a la mente estos versos demoledores de Riechmann que dicen porque hacer literatura no sustituye / el amor que no se vivió / la dignidad que no se tuvo pero también esta frase de Henry David Thoreau que dice En el perímetro de las costillas de un hombre hay espacio y lugar suficiente para cualquier biografía, y ya no sé a cuál de los dos encomendarme). Decía, no es que un poeta viva el doble. Pero casi. Porque algo sucede una vez y de la revisión de ese suceso nace el poema. El escalofrío. La belleza o el asco nos salen al encuentro y no hay manera de evitarlos. Ese "revivir" es agradable sólo a veces, es cierto. Pero la suerte del poeta es poder encontrar alivio creando amor, conocimiento, conciencia en forma de palabras. Dando consuelo (¿hay mayor belleza que regalar consuelo?). Lo escribe alguien a quien las palabras le han salvado muchas veces. Prácticamente a diario. La bondad de las palabras. Su abrazo incluso (¿es más abrazo el de los brazos que acogen o el del "te quiero" que se pronuncia a la vez?). También podría contar todo lo que me han condenado las palabras por el mismo motivo, pero eso lo dejo para otro rato. A Sonia las palabras también le salvan y le condenan, como a todos, pero prevalece lo primero, porque en ellas encuentra refugio. Y parece que las palabras también encuentran refugio en ella. 

Este es su cuarto libro (y este un muy buen momento para recomendarles que busquen y lean los otros tres). Y no se ha auto-impuesto el castigo de la prisa para escribirlo (el último, Punto de fuga, lo publicó con nuestra querida editorial Eclipsados en el 2008). Como son de la misma persona comparten ciertos tics (si mal no recuerdo, era Jean Cocteau quien decía que un estilo es una repetición de tics), como una evidente pretensión de claridad, de hacer que su poesía sea algo asequible al disfrute de muchos, el gusto por la metáfora, la emoción y la presencia del viaje y la naturaleza. El amor por la tierra. Literalmente, el amor por el barro, por la piedra llana (Defenderé el adobe antes de hacer el edificio. / Cada guijarro cuenta), que entronca con su deseo de subrayar lo pequeño, lo no evidente, la dignidad de los engranajes ocultos que nos sostienen. Todo ello acompañado de una permanente tensión – confusión entre dureza y ternura. 

En este libro, uno percibe desde la primera línea con un leve escalofrío esa voluntad de la poesía (que la poeta logra traducir a la perfección) de querer hablar de verdades, de apresar con éxito lo, a priori, inapresable. De trenzar una brillante certidumbre con los mimbres opacos de la incertidumbre. 

Tener prole es visitar (habitar en realidad) otra dimensión y de eso va, sobre todo, este libro que sostienen entre las manos. Supone reaprender, reconsiderar el amor en todas sus dimensiones (hacia los progenitores, hacia las crías, hacia el compañero, hacia el resto de la manada, hacia uno mismo) y eso Sonia lo sabe contar muy bien. Cómo irradia ese amor nuevo, qué órbita describe, qué partes ilumina especialmente, cuáles y cuándo quedan a la sombra. 

Resuena constantemente en estos poemas el deseo de "estrenarse", de querer sentirse nueva en la vida que empieza, y la frustración que trae consigo tener que ceder a la evidencia de que no hay manera de desprenderse de los restos del naufragio, de los sucesivos naufragios. El mar en el que se naufraga una y otra vez viene a ser el espacio que queda, la distancia, entre la realidad y el deseo, entre aquello que quisimos ser y lo que somos en realidad (esa distancia que suele ser lo que comúnmente llamamos vida). Resulta fácil identificarse y conectar con estos poemas, con esa necesidad manifiesta que transmiten de soltar amarres, de reconstruirnos, de hacernos nuevos (Renacer o morir. / De momento duele), tomando la naturaleza como espejo, el apego a la tierra, a los ciclos naturales y a su belleza implacable, tan ajena a nosotros y tan nuestra a un tiempo (Eres un trozo de acantilado de carne y miedo / expuesto a las olas y al viento del norte.). 

No hay herida sin premio nos cuenta: muchas cosas no están en nuestra mano pero no tienen por qué no estar a nuestro favor (De todas formas el mar / sigue trabajando sin tu permiso). La esperanza sirve. No se puede sacar una vida adelante sin su ayuda. La esperanza y el otro. El compromiso está ahí. Igual que la pretensión de que la poesía, como el pan, sea de todos (que diría Roque Dalton) (Y seguir soñando con un sol bien repartido / que nos haga arder, que dice ella). 

La poeta incide en su pequeño radio de acción sin olvidar el espacio mundo. El tan ingrato a veces espacio mundo, al que se enfrenta de nuevo volcando su esperanza en el otro, en las personas buenas y, más aún, en las personas nuevas (Nada que hacer / salvo parir flores nuevas / y hermosas que habiten sus mañanas). Para ella parir es parir una esperanza. Habitar esa dimensión distinta que comentábamos, en la que el verbo amar adquiere significados nuevos, igual que conocer y dolor, como nos muestra en algunos hermosísimos poemas de amor a su pequeña criatura. Nos muestra cómo descubrirse mamífero total y amante y hasta qué punto eso nos humaniza más que ninguna otra cosa (Cuanto más animal contigo /más humana me siento).

Sobrado de humanidad y amor va este poemario. Agazapadas entre sus líneas están todas las cosas que de verdad importan. Con ellas quedan. Y con la generosa posibilidad que los buenos libros nos ofrecen de vivir más de una vez más de una vida. 


Carmen Beltrán, en Logroño a 21 de marzo de 2013



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