viernes, 27 de julio de 2012

¡VUELVE, ROBESPIERRE! Patxi Irurzun


Una facción del Partido de la Gente del Bar sumándose al  Ejército Unificado de Liberación Indigente,  sedientos de cerveza y sangre de yugular


Mike Tyson es un sol. El sol de un julio herido de muerte que golpea sobre mi cabeza y me hace caer K.O. sobre la acera. Diez, nueve, ocho. Oigo la cuenta atrás. La voz llega desde muy lejos,  desde una sala de cine vacía en la que se proyectan las imágenes de mi vida y mi vida es una mala película.  Siete, seis, cinco.  Hay que levantarse, antes de que la muerte se ponga el cinturón de campeona del mundo. Cuatro, tres, dos, uno. Estoy de pie y el árbitro me guiña un ojo, algo mosqueado. El combate está amañado, pero yo no me voy a rendir. Morderé a la muerte en la oreja y escupiré el lóbulo sobre la lona y el árbitro resbalará con ella como si fuera el payaso de un circo. Diez, nueve, ocho. Ahora soy yo el que cuenta. Esta película (este artículo) puede que sea un bodrio, pero aún no ha llegado el The End. Ahora la pantalla se ilumina, es la luz al final del túnel y yo voy hacia ella y hacia mí también viene gente, gente sonriendo, y su risa es revolucionaria, su risa es contagiosa, es gente de puta madre, que transmite las consignas para la revuelta como si me contara un chiste, mientras a lo lejos, sobre sus cabezas, entre los bloques de VPO, una columna de polvo, humo y destrucción se eleva y avanza y comienza a envolvernos, como la capa de un superhéroe monumental e invencible que acabará de una vez por todas con todos los malos y se meará de la risa mientras lo hace.
—Es el EULI, el Ejército Unificado de Liberación  Indigente—me susurran alborozados los vecinos que me cruzo en la acera—. Cada vez están más cerca. Cada vez somos más, compañero —me guiñan también los ojos, y yo les creo, quiero creer que este combate no es un tongo, lo compruebo cuando veo aparecer a los primeros milicianos, con sus camisetas en las que se leen lemas como “Nosotros sí que estamos a favor de los recortes”, y veo también sus armas,  las guillotinas, los cuchillos de cocina aburridos de no poder cortar filetes, sedientos de sangre de yugular,  las hoces que enarbolan sacudiendo el óxido,  las recortadas que han apañado con tubos de escape arrancados de los coches que quedan ardiendo a sus espaldas... Un ejército de andarines que avanza imparable y zumbón al grito de “¡Robespierre, vuelve!” y que me devuelve la esperanza: ya no soy el último peatón, de hecho ahora soy yo quien encabeza a esta horda de desahuciados, y nos abrimos paso a sangre y fuego, dejamos atrás los barrios dormitorios, ya nadie duerme en ellos, ni grita a sus televisores, en cada portal van sumándose nuevos combatientes, que entran a los bancos con las huchas de sus hijos y revientan las cajas fuertes  y vuelven a llenar los cerditos, a los que metieron el cuchillo una tarde de lluvia y lágrimas, de rabia y rabietas, y siguen, seguimos adelante, ahora estamos  en los bares de lo viejo y en ellos se suma a la revuelta el Partido de la Gente del Bar, “Bebe y lucha”, recuerdan los viejos militantes sus gritos de guerra, y sus corazones desgarrados y macerados en alcohol de garrafa ahora son granadas de mano, y cuando retiran la espoleta los televisores de los bares estallan, y desde ellos saltan todos los parias de la tierra, los niños de las ciudades miserias y los de los campos de refugiados, todos los que han muerto esa mañana por culpa de una diarrea salen enarbolando sus pañales, como si fueran hondas, y las mujeres violadas y asesinadas, ellas también están aquí, vivas, con los labios y las yemas de los dedos intactos, con su arsenal de besos y caricias preparado para prender fuego, todas juntas, los mendigos, los parados, los sinpapeles, seguimos avanzando,  dejamos abiertas las puertas de los calabozos, atrancamos las de los cuarteles y las de las autoescuelas, ocupamos los palacios, y cuando salen a recibirnos presidentas, alcaldes, jueces, príncipes, tertulianas, nos reímos más alto que ellos, nos reímos de verdad, y eso sí que no,  eso no lo pueden soportar, se defenestran desde los alto de sus tronos y escaños y consejos de administración, ahora somos nosotros, los peatones, la escoria de la tierra, los últimos de la fila, los que los ocupamos y nos partimos el culo, ¡ja, ja, ja!, oigo mi propia carcajada, y siento como Mike Tyson se agacha y besa mi rostro, y el sol de julio acariciando mi frente, y a lo lejos las sirenas de una ambulancia, y algo más cerca, la voz de mi vecino diciendo: “Y ahora una insolación. Lo que le faltaba a este hombre. ¡Qué calamidad!”, pero yo no le hago caso, es solo un desertor del EULI, un amargado, alguien al que no he visto reírse en toda su miserable vida.

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