martes, 24 de julio de 2012

VISIÓN DE GAZA. Un cuento de Ghassan Kanafani



Mi querido Mustafá:
Acabo de recibir la carta donde dices que arreglaste todo para mí en Sacramento.
También recibí un aviso de la Universidad de California, informando sobre mi admisión en Arquitectura. Necesito agradecerte por todo lo que hiciste, pero tengo que decir que cambié de idea. Quiero que sepas, mi querido Mustafá, que mi decisión había sido tomada cuando aún no podía ver las cosas muy claramente. Por eso, mi amigo, no te voy a hacer compañía en el “país del verde y de los bellos rostros”, que describiste. Me voy a quedar por aquí. No voy a salir más.
Lamento mucho esa decisión cuando pienso que no vamos a poder continuar más juntos. Casi puedo oírte diciendo que debemos caminar lado a lado (y aquel nuestro juramento: “nos vamos a hacer ricos”). Pero ahora no tengo elección. Estás en lo cierto, me acuerdo bien de aquel día en que te acompañé hasta el aeropuerto de El Cairo. Apretamos las manos mientras comenzaban a girar las hélices del avión. Las imágenes, allí, se confundían en un torbellino ruidoso, acompañando el movimiento de las hélices. Hasta hoy te veo parado delante de mí, con el rostro serio y silencioso. El mismo rostro que tenías en nuestro barrio de Al Shagiah, en Gaza. Con algunas arrugas de más, es verdad. Crecimos juntos y hoy no necesitamos de muchas palabras para conversar. Prometimos estar siempre juntos. Sin embargo..., “dentro de un cuarto de hora el avión despega. Deja de empujar la vida de esa manera. Mira aquí: el próximo año tú vas a Kuwait. Ahorra algún dinero, el suficiente para dejar Gaza e ir a California. Nosotros comenzamos juntos y necesitamos continuar juntos”.
Yo miraba el movimiento rápido, inquieto de tus labios. Era el mismo modo de hablar, sin puntos ni comas. Pero yo sentía, aunque de una manera medio confusa, que tú no estabas contento con ese escape. Fui incapaz de enumerarme tres motivos. Ya había sufrido mucho y tenía todas las razones para preguntarme: ¿por qué no abandonar Gaza y salir fuera? Pero tú, por el contrario, ya estabas mejorando de vida. El Ministerio de Educación de Kuwait había confirmado el empleo, mientras yo había sido rechazado. Durante aquellos años de miseria, recibí de ti algunas pequeñas cantidades de dinero, que siempre hice llamar préstamos para no humillarme. Conocías bien mi situación familiar y sabías que el pequeño salario que yo recibía en la escuela primaria no era suficiente para las necesidades de mi madre, ni de la viuda de mi hermano y sus cuatro hijos.
“Escucha bien. Escribe todos los días, todas las horas, todos los minutos. El avión va a despegar... Adiós. Mejor hasta la vista... Hasta la vista”.
Tus labios fríos tocaron mi rostro. Tú comenzaste a andar en dirección al avión. Cuando te diste la vuelta, a lo lejos, pude percibir tus ojos llenos de lágrimas.
Poco tiempo después, el Ministerio de Educación de Kuwait me ofreció un empleo. No necesito dar detalles nuevamente de mi vida cotidiana después de eso. Te he escrito sin parar. La vida era monótona y medio vacía; vivía hecho una ostra. Sofocado por una terrible soledad, luchaba todo el tiempo y veía el futuro tan oscuro como el corazón de la noche. Una rutina insoportable, arrastrada, una resistencia sin fin contra la fuerza del deterioro provocado por el pasar del tiempo. Todo a mi alrededor era vicioso, asfixiante. La vida era apenas la espera viscosa del fin de cada mes.
Hacia la mitad del año, los judíos comenzaban a levantarse contra la base de Al Shagiah, y después bombardearon Gaza. Cubrieron nuestra Gaza de bombas y fuego. Eso podría haber quebrado la rutina en que yo vivía, pero a aquella altura nada me motivaba. Estaba casi abandonando para ir a California, vivir un poco para mí después de tantos años de sufrimiento. Odiaba Gaza y a todo el mundo que vivía en ella. Todo lo que existía en esta tierra desolada me recordaba un cuadro pintado, una vez, por un compañero de cuarto en el hospital, todo en tonos grises. Siempre di el dinero suficiente para la supervivencia de mi madre, de la viuda de mi hermano y de sus hijos. Me inspiraban gran piedad, pero no podían justificar que me resignase a mi tragedia y continuase vegetando, hundiéndome más y más. En California podría también librarme de esa responsabilidad. En ese verde país, lejos de los aires de la derrota que me persiguió por siete años... Era preciso huir.
Mustafá, tú comprendes esos sentimientos porque también pasaste por eso. Y, ¿de qué estará hecho ese vínculo misterioso que nos aferra, a pesar de todo, a Gaza y que frena nuestro impulso rumbo a lo desconocido? ¿Por qué no intentamos analizar ese misterio, intentando esclarecerlo? Porque en el fondo de nosotros, ¿no existía la certeza de querer olvidar la derrota y curar las heridas, de querer abrazar una nueva vida, más alegre, sin preocupaciones? ¿Por qué? A esa pregunta nunca osamos responder. Por lo menos, hasta hoy...
En las vacaciones de junio, cuando ya estaba arreglando todo para partir, cuando mi imaginación se zambullía en las primeras y pequeñas cosas que dan a la vida sabor y placer, descubrí en Gaza cosas que nunca había visto antes, como un viejo marisco pegado a su concha que el mar había botado, por ahí, en la arena. Más doblado sobre sí mismo que el alma de quien duerme en plena pesadilla. En las minúsculas calles y pasajes, siempre el aroma hecho de la mezcla de derrota y pobreza, las casas con sus balcones somnolientos. Era Gaza... Una red de ríos inexplicablemente enlazados que nos unía a nuestras familias, nuestras casas, nuestros recuerdos, como una fuente que atrae hacia ella al viajante perdido.
No sé exactamente lo que pasó conmigo. Todo lo que sé es que fui a visitar a mi madre un día, bien temprano. Allí, encontré a la viuda de mi hermano, que me pidió, llorando, que atendiese al pedido de su hija Nadia, para verla en la misma noche en el hospital de Gaza. ¿Tú conociste a Nadia, la hija de mi hermano, tan bonita ya con sus trece años de edad?
Al final de la tarde, compré una libra de manzanas y fui al hospital. Yo sabía que mi madre y la viuda de mi hermano me habían escondido alguna cosa con respecto a Nadia, algo que no podían decir frente a mí. Sentí, pero no podía adivinar. Me gustaba Nadia como me gustaban todos los niños de esa generación. Niños que habían bebido la leche de la derrota y que se habían acostumbrado a la vida errante; al punto de que una vida sedentaria, tranquila, les parecía una especie de anomalía social.
¿Qué ocurrió en el hospital? Entré tranquilamente en el cuarto blanco. Un niño enfermo tiene algo de santo. Pero, ¿a qué se parece un niño marcado por las crueles y dolorosas heridas? Nadia estaba acostada en la cama, sobre una sábana muy blanca. Sus cabellos despeinados hacían al rostro parecer una joya en una caja de pelos blancos. Había un profundo silencio en los ojos, y noté las lágrimas en el fondo de ellos. Pero tenía la mirada serena, como la de un profeta atormentado. Era aún una niña, pero había crecido mucho en poco tiempo, se podía percibir.
— Nadia...
No sé si fui yo u otra persona quien pronunció su nombre. Ella levantó los ojos hacia mí. Cuando vi aquellos ojos negros sentí derretirme como un pedazo de azúcar metido en una cucharada de té hirviendo. Vi su sonrisa transparente y oí su voz:
— ¡Tío! ¿Viniste de Kuwait?
Su voz parecía quebrarse dentro de la garganta. Necesitó apoyarse sobre las manos para levantar el cuello en mi dirección. Coloqué la mano en su espalda y me senté en la orilla del colchón:
—Traje unos presentes de Kuwait. Muchos presentes, pero voy a esperar hasta que te levantes, que te mejores y vuelvas a casa. Compré un pantalón, aquel pantalón rojo que me pediste, ¿recuerdas?
Fue un error que la tensión que venía creciendo sin parar dentro de mí acabó por provocar. Nadia tiritó, como si un escalofrío recorriera su cuerpo. Agachó la cabeza, guardando una calma espantosa. Sentí sus lágrimas en las palmas de la mano.
— ¿Qué ocurrió Nadia? ¿No quieres el pantalón rojo?
Ella me miró como si fuese a decir algo, pero continuó en silencio. Después de un momento, oí su voz, que parecía venir de muy lejos:
—Tío...
Retiró la colcha blanca para mostrarme la pierna, amputada a la altura del fémur.
Mustafá, ya nunca más voy a poder olvidar eso. No voy a poder olvidar la tristeza que a partir de entonces marca todos los trazos del rostro de ella. Dejé el hospital al final de la tarde para salir andando por los barrios de la ciudad, con las manos crispadas sobre el paquete de manzanas. Con la luz del sol que caía, las calles me parecieron bañadas en sangre. Gaza me pareció enteramente diferente de la ciudad que tú y yo conocimos. Las piedras amontonadas a la entrada del barrio de Shagiah daban la impresión de transmitir algo que se me escapaba. La Gaza en que pasamos siete años de tristeza y frustración no estaba ya allí. En su lugar, había una especie de inicio, de muestra de algo que venía desde el frente.
La calle principal, que tomé para volver a casa parecía el primer techo de una carretera, más larga que aquella que va hasta Safad. Gaza, y todo lo que había en ella, se estremecía alrededor de la pierna amputada de Nadia, gritaba una petición que era más que una petición, era el deseo delirante de dar de vuelta a Nadia la pierna cortada.
Caminé por las calles que el sol aún bañaba. Supe que Nadia había perdido la pierna al intentar proteger a los hermanos cuando su casa se incendió durante el bombardeo. Ella podría haber huido y escapado ilesa. Pero no fue así. ¿Tú sabes por qué?
No, Mustafá. No voy a Sacramento. No lamento eso. No voy a poder ir hasta el fin de los sueños que tuvimos juntos desde la infancia. Es preciso que dejemos crecer este extraño sentimiento, que ciertamente tuve, como una herida, al dejar Gaza.
Tenemos que hacer que él supere a todos los otros. Busca dentro de ti mismo hasta encontrarlo. Pero creo que tú no podrás reencontrarlo a no ser que lo hagas aquí, en medio de las ruinas de nuestra tragedia.
No voy a partir más. Tú eres quien debe volver. Volver para aprender, delante de la pierna amputada de Nadia, lo que vale la vida, nuestra vida.
Vuelve, nosotros te esperamos.


El 8 de julio de 1972 un coche bomba en Beirut hacía volar por los aires al escritor Ghassan Kanafani y su sobrina de 12 años. Los autores del atentado fueron los servicios secretos israelís. Kanafani tenía 36 años y unas cuantos libros y novelas publicados a sus espaldas, como la maravillosa y emocionante novela corta Hombres al sol, que editó hace años la editorial navarra Pamiela, y que se puede descargar en el enlace de abajo Le  acompaña un pequeño estudio sobre la vida y obra de este autor palestino. P.


HOMBRES AL SOL

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