martes, 1 de febrero de 2011

DRAGONES Y QUERUBINES by Rubén Casado.


-Es curioso, de veras. Sí, definitivamente no le encuentro lógica.

- ¿De qué se trata?

- Es decir…, está bien, vale. Se trata de lo siguiente: Ese momento fastidioso del despertar, ¿sabes? ¿Comprendes lo que te digo? Bien. El momento que transcurre desde la pérdida del sueño hasta el aterrizaje a la realidad. A veces, no sé, es una sensación tan desagradable…

- Oh sí, sí. Sé de lo que me hablas. Claro, es extraño, cierto.

- Bien, pero voy más allá. La cosa es la siguiente, fíjate, la cosa está en que yo, al menos, es mi manera de verlo. La cosa está en que tengo una fuerte sensación de que el sueño irreal del que estoy despertando es más real que aquello otro que me espera, es decir, lo puedo jurar y perjurar, es increíble. Incluso si he soñado que estoy rodeado de dragones y querubines, pienso, mejor dicho, siento que esos seres extraños son tan normales que, cuando de pronto soy consciente de que estoy tumbado en mi cama con una espantosa baba cayéndome de los labios, no me lo puedo creer…

- Sí, sí. Te comprendo amigo, yo…

-¡Espera! Está bien. Joder, esa imagen. Esa imagen. Yo, babeando, con los ojos hinchados, las sábanas revueltas y ese sonido de fondo; el tráfico, los pajarracos y esas cosas, la cisterna del wáter. Es decir, ¡mierda! ¿Qué piensas de todo esto?

- Es más terrible que ver dragones.

- Eso mismo pienso yo. ¿Qué es lo real? ¿Ese despertar terrorífico en la pesadilla? Sin lugar a dudas. Sin lugar a dudas, no puede ser eso la realidad.

- Sí, chico, lo veo. Lo veo cada día. Cada día en el currelo. Me dirijo al Centro Comercial, una luz agradable y una brisa marina me circundan, ¿de acuerdo? Está bien, entonces, de pronto. Entonces, te digo, se abren las compuertas. Y allí está. No sé lo que es, amigo. Dios, Satanás, Martin Luther King… Dios sabe qué. Pero huelo y al mismo tiempo soy incapaz de oler, de percibir a qué huelen esas personas, ese espacio. No sé, me gustaría explicarte exactamente de qué manera se me encoje el corazón al entrar en aquel lugar terrorífico…

- Te comprendo. No sabes hasta qué punto. Es un aire viciado, sí. Parece como si todos los que por allí merodean se hubiesen meado por todas las paredes y aún así ¡ahí están! limpios y relucientes. Como muñequitos recién estrenados. Sin embargo, ¡qué horror! Sin embargo, no se puede adivinar de dónde viene aquel olor pegajoso que se mete por todos los orificios del cuerpo.

- Exacto, sí. A eso me refiero. Entro y cruzo el pasillo que lleva hasta mi puesto, ¿de acuerdo? Y de repente la vista se me nubla, la voz me cambia, se me reseca la garganta debido al potente aire acondicionado. Y seguidamente, como en una pesadilla doblemente terrorífica por su cruda realidad, comienzan a aparecer seres de otros mundos, perdidos, preguntando por cosas, exigiéndote cosas que te es imposible darles, recibiendo desprecios sin merecerlos. Y te dan ganas de despertar, donde sea, rodeado de dragones, demonios, insectos gigantes, es igual donde… en el mismísimo infierno de Dante. Allí sí que se estaría bien. Paseando círculos abajo, charlando con Virgilio, un placer, una delicia. Y no este infierno enmascarado. No esta invitación al suicidio. Es para volverse loco…

- No me lo podrías haber explicado mejor, hermano mío. Por eso, por eso puedo hablar contigo. ¿Me entiendes? Tu alma, la mía. Las dos juntas. Otra alma. Y de nuevo es posible respirar. Darse cuenta de que uno no está del todo loco. También a otros les pasa. Es alentador que ocurra algo así. Sino, ¿cómo seríamos capaces de soportarlo? La única prueba de que esto es real y no es un sueño es que somos muchos los que estamos jodidos. Pero, ¿por qué no se dice? Por qué no nos reunimos, nosotros, desamparados, unas cervezas y a hablar, a hablar de esta putada inmerecida. Pero no. Preferimos hablar del partido de ayer, del programa de anoche, del último día de trabajo, del día anterior a nuestra cercana muerte. Es desolador, tú lo sabes. Yo lo sé. ¡Oh Dios!

- ¿Queda whisky?

- Sí, espera. ¡Sí! ¡Traigo otra botella! Descuida. No te marches…

- No, no me marcharé. Pero, ¿qué es eso, tío? ¿Qué son esas alas? ¿Por qué no tienes nada en la entrepierna?

- Maldita sea, ¡soy un querubín!

- ¿Qué puñetas es todo esto?


Rubén Casado

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