miércoles, 23 de diciembre de 2009

RECUERDOS DE UN CINE DE BARRIO


Otro de los grandes descubrimientos, el héroe habitual de las salas de barrio y programa doble en los 70 y principios de los 80 fue, para mí y muchos de mis homónimos, el karateka Bruce Lee. Su sangre, amalgama del fusionado de Oriente y Occidente, la brillantez de sus golpes velocísimos y el humor de sus gestos y grititos lo convirtieron en santo de nuestra devoción. Los chicos de mi generación siempre soñamos con ser Bruce Lee, quien mediante el dominio de las artes marciales era capaz de derrotar a cualquiera, ya fuese chino furioso, japonés engreído, macarra yanqui, luchador con medallas u hombre armado. El chino americano poseía, además, otros rasgos diferentes del resto de mamporreros orientales: un cuerpo perfecto, fibroso, delgado, y un rostro fotogénico que no arrastraba la tara del característico careto vulgar y feúcho de otros “actores” chinos. Los chavales salían de las películas dándose de hostias (pero de hostias ficticias, claro), soltando alaridos y queriendo saltar varios metros por encima de las cabezas del resto de los mortales. Los viejos que veían a Bruce Lee miraban luego a los críos y en sus ojos se dibujaba la envidia: ellos también querían darse hostias y brincar, emocionados por las acrobacias asiáticas. Ese fue el tiempo en que comenzó el ardor por los palos cortos y unidos por una cadena, encofrados de plástico o cuero, con los que nuestro héroe atormentaba a sus enemigos; se conocían con el nombre de nunchakus o algo por el estilo. Mi hermano y yo, al no poder comprarlos, atosigábamos a uno de los empleados de mi abuelo para que nos los fabricara, y con una escoba vieja, una sierra y una cadena que adquiríamos en alguna ferretería, nos confeccionaba una copia, cutre pero eficaz. Lo demás era práctica, es decir, realizar movimientos lentos y, aún así, darnos golpes en la cabeza, la frente y la espalda, e ir dejando un reguero de cardenales por el cuerpo. El arma mortal de Bruce Lee se convertía, en nuestras manos, en un instrumento de autoflagelo que, por supuesto, nuestros padres desaprobaban. Con estos fracasos asumimos que el arte marcial, como lo practicaba nuestro ídolo, era imposible de imitar. Y eso también lo convertía en un héroe único. Sin embargo, podíamos repetir sus patadas. Las víctimas elegidas para nuestros certeros golpes eran aquellos empleados más jóvenes y transigentes. La inocencia de un niño esconde una maldad tan profunda que sabe que, si a un adulto que trabaja en el negocio familiar le sacude un mamporro, no recibirá más que una pequeña reprimenda. Con tales visos, Sergio y yo atacábamos a alguno de ellos y lo rociábamos con una ensalada de patadas y puñetazos, aliñada con el vinagre del dolor. Uno de los grandiosos momentos de nuestra imitación se produjo cuando lanzamos un golpe de pie y zapato a los huevos de un portero y, mientras se retorcía por el daño encima de una butaca, nosotros reímos, o más bien nos descojonamos, con esa perversidad característica de los chiquillos.

José Ángel Barrueco, de Recuerdos de un cine de Barrio (Baile del sol, 2009).

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