jueves, 11 de junio de 2009

EL FENÓMENO QUINQUI por José Ángel Barrueco.


Crecí viendo películas de quinquis. A veces esos quinquis retratados en la pantalla estaban en la misma sala que yo, viendo un espejo de sí mismos. No me refiero a “El Jaro”, a “El Torete” o a “El Vaquilla”, sino a los quinquis que había en mi ciudad. También los hubo, claro. Y les encantaban esas películas. Yo no recuerdo si, entonces, a mí me gustaban o no esas historias broncas y salvajes de Eloy de la Iglesia o José Antonio de la Loma. Pero mi hermano, mis primos y yo no nos perdíamos una. “Perros callejeros”, “Colegas”, “Navajeros”, “Los últimos golpes de El Torete”, “El pico” y su secuela, “La patria de El Rata”, entre otras. Te estoy hablando de los setenta y de los primeros ochenta.
Como digo, no sé si me gustaban porque lo cierto es que, al menos yo, salía horrorizado y con un pequeño trauma a las espaldas. Tenían su morbo. Cuando eres un chaval y ves un filme en el que a un tío lo castran y luego cae con su coche por un precipicio, y otro en el que se inyectan heroína y sufren el mono de caballo, y otro en el que se tira de navaja para quitarle el bolso a una señora, pues eso te afecta de algún modo. Ahora, mirando hacia el pasado, creo firmemente que no sólo la insistencia y la educación de mi madre me persuadieron de probar las drogas, sino que también contribuyeron las escenas más fuertes y desagradables de esas películas. Porque entonces, de crío, en la butaca, le cogí miedo y asco a la aguja, al mono e incluso al olor a porro que emanaba de las pandas de quinquis que fumaban, antes de las proyecciones, en las escaleras previas a la tribuna o a la puerta de los cines. Tal vez no sea mala idea educar a los críos con “El pico” o “Perros callejeros”, aunque también inspiraron a muchos de los golfillos de barrio y de chabola que quisieron emular a sus protagonistas. El caso es que a mí “El pico” y su secuela me dejaron una impresión salvaje respecto a las huellas que deja la droga. En su día fueron muy criticadas por la prensa oficial, pero hoy son películas de culto. Y es lógico. Ya sabemos que el tiempo se encarga de arreglarlo todo y no siempre los críticos aciertan en sus valoraciones. Me vienen a la memoria las caras de los protagonistas. Casi todos murieron de sobredosis o de sida o probaron la vida entre rejas: José Luis Manzano, Sonia Martínez, Antonio Flores, Ángel Fernández Franco “El Torete”, José Antonio Valdelomar, etcétera. Pero mi favorito era José Luis Fernández “El Pirri”, un tipo mítico, intenso y delgadísimo, que aportaba algunas notas de humor en estas cintas. Recuerdo la noticia de su muerte en los periódicos: encontraron su cadáver en un descampado, a las afueras de Madrid.
Viene todo esto a cuento por el libro que acompaña a la exposición sobre quinquis que estos días (y hasta septiembre) puede verse en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona: “Quinquis dels 80” (en catalán y en castellano). Pedí una copia por correo a la Diputación de Barcelona, me costó unos diecisiete euros en total y lo he devorado nada más recibirlo. Incluye textos de Amanda Cuesta, Mery Cuesta, Eloy Fernández Porta y Sabino Méndez. Incluye la reproducción de carteles y fotos de películas, portadas de discos y de libros, cómics de la época, declaraciones de algunos protagonistas de entonces, recortes de prensa e incluso un glosario quinqui. Me alegra que Eloy Fernández analice la reedición de “El demonio te coma las orejas [1997 – 2008]”, de David González, porque así se le hace justicia a un libro imprescindible, del que muy pocos medios de comunicación informaron el año pasado. Es uno de los títulos recomendados en la expo del CCCB, que espero ver este verano.

José Ángel Barrueco, del blog Escrito en el Viento.

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