jueves, 24 de julio de 2008

TURNO DE NOCHE. Patxi Irurzun




-Tienes que venir el sábado- dijo el encargado

Trabajaba en el turno de noche. Había que entrar dentro de un horno y sacar vagonetas con tazas de baño. Empezaba a cansarme todo aquello. Por lo menos los fines de semana sólo había que alimentar el horno bajo mínimos.

-Te toca con Mamadú-

Así que allá estábamos los dos, sentados junto a la boca del horno.

-Ahora tendría que estar por ahí, borracho -dije

Mamadú se levantó y volvió con una botella de güisqui. Señaló hacia la mesa del encargado. O sea que además de un capullo el encargado era un borracho de mierda. Yo también era un borracho, aunque todavía no un borracho de mierda. Me aticé un buen lingotazo.

La siguiente vagoneta salió unos minutos después. Cuando me levanté noté la cabeza ligera, vacía como un globo. La primera taza que cogí se me fue al suelo. Mamadú se rió y a mí me gustó su risa cantarina, sus dientes amarillos y cariados como el teclado de un piano viejo.

-Bah, hay muchas- dije, y tiré otra taza.

Mamadú volvió a reírse, y él también hizo añicos contra el suelo su retrete. Aquella vagoneta tardamos en descargarla la mitad de tiempo.

-Lo malo es que ahora tendremos que barrer todo eso- dije.

Faltaba todavía un rato para que asomara otra vagoneta pero nos quedamos allá, mirando los trozos de porcelana desparramados a nuestro alrededor. La porcelana era bonita, pero si las hacías pedazos ya no valía para nada. Sólo para tirarla a la basura. O para cortarte con ella.

-Una otra- señaló un buen rato después Mamadú la boca del horno.

-Que se joda- dije.

No me apetecía nada levantarme. Mamadú me miró sorprendido. Las teclas de su viejo piano escupieron un trino nervioso, pero él tampoco se levantó. Me gustaba. Tenía dignidad. No estaba dispuesto a hacer el trabajo de los dos.

La vagoneta llegó al final de la vía y fue a estrellarse contra una pared. Hubo un estruendo terrible. Luego se levantó una gran nube de polvo. Cuando se extinguió pudimos ver el montón de escombros.

-Yo no barrer eso- dijo Mamadú.

- Yo tampoco.

Volví a beber. La botella había pegado ya un buen bajón. Se la pasé a Mamadú. De vez en cuando se oía caer otra vagoneta, pero nosotros seguíamos bebiendo. Hasta que se acabó el güisqui. Entonces Mamadú abrió su bragueta y meó dentro de la botella. Todo el mundo hablaba sobre su polla pero a mí me pareció una polla como otra cualquiera. Luego Mamadú llevó la botella a la mesa del encargado. Nos reímos.

Después, poco a poco, las risas se fueron extinguiendo, y ya sólo se oían más vagonetas estrellándose contra la pared, y ahora también alarmas, y se veían los parpadeos de sirenas de todos los colores y finalmente de ninguno.

Cerré los ojos y me pregunté que pensarían a la mañana siguiente.... No me importaba. Supongo que tampoco a nadie le importaba que yo tuviera 20 años y estuviera un sábado por la noche en aquella fábrica, por 600 euros al mes, ni que Mamadú hubiese venido desde tan lejos para que todo el mundo hiciera bromas sobre su polla, ni que dentro de unos años todos termináramos convertidos en unos borrachos de mierda, hechos añicos y en el cubo de la basura. Sí, me daba igual, yo prefería que se cortaran con mis pedazos.

Antes de quedarme sobado se escuchó una explosión y después el horno dejó de emitir su monótono zumbido.

-Que se jodan- oí decir entonces a Mamadú. Y muy bien dicho, por cierto.

Patxi Irurzun

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